viernes, 13 de febrero de 2026

Clase diaria de literatura y periodismo deportivo con Humberto Acosta.

Ahora, cuando me entero de que mi estimado Humberto Acosta ya no está más con nosotros además de las memorias y los momentos compartidos es inevtable para mi regresar a este texto que escribí cuando se retiró del circuito radiofónico de Leones del Caracas. Siempre muy agradecido por todo tu apoyo y consideración. Vaya siempre con Dios ,Humberto.
Desde aquella vez a finales de los años 1970s o comienzos de los 1980s cuando leí un artículo suyo  “Suerte negra o mala suerte” en referencia a las vicisitudes que vivían los Navegantes del Magallanes en esa época contrastadas ante los momentos positivos del club apuntalados por Clarence Gaston y Dave Parker, descubrí un espacio para entender y disfrutar el beisbol más allá de las transmisiones radioeléctricas. Había conocido la maestría de Rodolfo José Mauriello mediante sus artículos en la revista Sport Gráfico, el diario El Nacional y su columna Extrainning, y la elocuente y prolija prosa de Ruben Mijares a través de sus artículos en el propio El Nacional y en su columna Beisbol por dentro. Encontrar suspensos y vértigos propios de Cien Años de Soledad  o disfrutar imágenes profusas de El Viejo y el Mar hacía que me adentrara en los textos de Humberto Acosta en medio de alucinaciones de Gabriel García Márquez y Ernest Hemingway conversando con Mark Twain sobre Huckleberry Finn y Tom Sawyer.   Cada reseña de un juego resultaba un aula infinita de metáforas, ortografía, reglas de beisbol, sintaxis y semántica, de pronto todos los retos más exigentes de las clases de Castellano y las aristas más intrincadas del beisbol estaban ahí más claras y estimulantes que nunca. Aunque tenía un espacio andado con Mauriello y Mijares acerca de ese rostro ameno y profundo de la crónica deportiva y sus variantes, desde el primer párrafo que leí de Acosta supe que aquel sería un juego cerrado al más genuino duelo de lanzadores estelares. Desde la intensidad de aquel beisbol amateur venezolano con la efervescencia de sus campeonatos distritales, estadales, zonales y nacionales; hasta la incandescencia del beisbol profesional desperdigada en la liga venezolana, y el beisbol organizado estadounidense, resultaba toda una expedición intrigante, un viaje a lo desconocido propio de Julio Verne donde las interrogantes de descifraban sobre la marcha, con el vértigo de un cierre de noveno inning.   Tal vez uno de los lienzos más representativos de la prosa de Acosta proviene de su narración de los fines de semana que iba a ver los juegos de la liga distrital en el estadio de la UCV, sus recuerdos reflejan la emoción de un niño de diez años asombrado de ver como un aparente simple juego aficionado llenaba la tribuna central de aquel monstruo de concreto. Resulta muy valioso para un seguidor del beisbol enfrentarse a esas gemas narrativas que descubren el gran nivel del beisbol aficionado que hacía a muchos asegurar que estaba muy próximo al profesional. Se notaba el mismo compromiso, la misma fruición e intensidad al manejar las estadísticas, las referencias históricas, la memorabilia en esos campeonatos juveniles y AA que en el juego más crucial de las Grandes Ligas, fuese el séptimo de la Serie Mundial o el decisivo del día final de la temporada regular. Se sentía en los cambios de ritmo de los párrafos, en las metáforas inesperadas, en la profundidad de los análisis.   Apreciar el culto de Acosta por Sandy Koufax , sino el zurdo más prominente de la historia de las ligas mayores, si el que ha causado mayor impacto en un lapso de cinco años, resulta poco menos que la visita prolongada a un museo particular saturado de episodios entrañables, situaciones inesperadas, panoramas incandescentes. Su relato emocionado de cómo la revista Sport Gráfico le publicó su primer artículo acerca del intratable zurdo de los Dodgers, me hizo escudriñar en la Biblioteca Nacional y después en la biblioteca del Museo del Beisbol venezolano en Valencia hasta dar con aquel artículo cargado de disección, impregnado de memorias. Se sentía un seguimiento de toda la vida ataviado con los recursos más sofisticados del periodismo y la originalidad. El curso de esa camino intrigante se hace más intrincado  en una de aquellas guardias de pasante en El Nacional cuando Mauriello lo sorprende  con un artículo de un periódico estadounidense sobre Koufax y se lo extiende para que escriba el suyo para el suplemento Pizarra que luego se convirtió en Pantalla, en la sección deportiva del citado diario.
Aunque siempre revisaba la página de la mancheta y los artículos de opinión, además de desplegar un vuelo rasante sobre la portada del cuerpo C, siempre pasaba directo a la segunda página del cuerpo B donde aparecía la columna Tripleplay. Casí leía todos los párrafos a la vez en un ejercicio de vértigo que mezclaba calistenia visual con requiebres gramaticales que marcaban aprendizajes sobre la marcha, del  castellano con visiones fantasmales del juego donde se desplegaban los episodios más inesperados del beisbol, esos que hacen notar la real intensidad del juego, su esencia de jugadas microscópicas, su escuela de humildad, esquizofrenia del cierre del noveno inning. En esos momentos comprobaba porque Napoleón Bravo siempre presentaba a Humberto Acosta como uno de los mejores periodistas deportivos de Venezuela en un programa de concursos que moderaba en Radio Caracas Televisión. No había nada de adulación, ni pleitesía, los textos y las intervenciones orales así lo demostraban.   A través de todas esas lecturas y de todas las preguntas via correo que le hacía, quizás de manera un tanto abrumadora, siempre me llamó la atención cada vez que asomaba su intención o determinación de algún día escribir un libro sobre Sandy Koufax. Más de una vez le consulté para cuando estimaba que publicaría ese libro, siempre respondía que eso era un proceso y que no veía muy claro quien podría interesarse en financiar la producción de ese tipo de libro. Por eso me sorprendió cuando terminó publicando primero un libro sobre otro de sus peloteros favoritos: Andrés Galarraga.  Luego cuando pensaba que el libro de Koufax había quedado en el olvido, un día se me paraliza la mirada entre las líneas de Tripleplay, las pruebas finales del proceso de producción del libro Sandy Koufax y Yo, auspiciado por el diario El Nacional, estaban en sus detalles finales. Todo un tratado de beisbol y dedicación, de perseverancia y empeño, de minuciosidad y periodismo incisivo.   Uno de los episodios cuando empecé a valorar más de cerca la profundidad y sobriedad de los análisis y reflexiones de Humberto Acosta acerca del beisbol fue cuando compartió los comentarios con Dámaso Blanco en el circuito radiofónico de los Navegantes del Magallanes en la temporada 1993-94. Ya lo había escuchado junto a delio Amado León en el circuito de los Leones del Caracas y junto a Manuel Correa y Carlos Alberto Hidalgo en las transmisiones de Radio Caracas Televisión. Conocía la calidad de sus intervenciones tanto en la caseta como desde el terreno de juego. Esta vez pude apreciar aquel bagaje de conocimientos de Humberto y la manera como se compaginaba con maestría con la visión de Dámaso Blanco. Todo un ejercicio de armonía entre la historia y la estructura del juego con la práctica y la metodología del mismo. Dificilmente he vuelto a ver esa combinación tanto en las transmisiones venezolanas como en las foráneas.    Los domingos el jefe de la sección deportiva de El Nacional, Cristobal Guerra tenía un espacio en la página cuatro, si mal no recuerdo. Se llamaba Juegos de palabras, allí participaban periodistas y lectores. En una oportunidad Acosta publicó un texto sobre el título alcanzado por los Navegantes del Magallanes en la Serie del Caribe de 1970. Lo impactante de la historia residía en el ángulo personal desde el cual Acosta enfocó el evento. Declaró su afición por los Leones del Caracas y como discutía con su papá cada vez que jugaban los eternos rivales quien dese su inclinación por el Magallanes, reconocía los pergaminos de los felinos. Acosta envidiaba la sirena que animaba a los parciales magallaneros, siempre trataba de acercarse a aquellos tipos que entraban por la tribuna de la derecha con y cargaban la atmósfera del más genuino fluido de competitividad y expectativa. La Serie del Caribe empezó y cuenta Acosta que ante la falta de algun dinero para completar la entrada a la jornada inaugural, recurrió a la cartera de su madre, como más de uno hizo a esa edad  adolescente. Ver a Armando Ortíz descargar un cuadrangular ante el propio co-ganador del premio Cy Young, Miguel Cuellar fue una experiencia que bien valió la pena tomar prestado ese dinero.
 Hay un artículo del suplemento Pantalla que aún restalla en el fondo del cráneo. La foto grande del pitcher iniciando el wind up, la mirada fija bajo la visera de la gorra, el inicio del ascenso del pie izquierdo en aquella meteórica patada hacia el cielo. “Hace 18 años El Látigo no Fustigó Más”. Aquel lunes de finales de enero o inicios de febrero de 1987  pasé mas de treinta minutos paralizado frente a esa página, recreando ante la prosa de Acosta, párrafo por párrafo, imagen por imagen, metáfora por metáfora, pasajes inéditos para mí en ese momento en la vida beisbolística de Isaías Látigo Chávez, el prometedor y ya notable pitcher de los Navegantes del Magallanes desaparecido en un accidente en Maracaibo, en marzo de 1969. Desplazar la mirada por aquellas líneas, más que conversar a la distancia con Acosta significó una especie de conexión con Isaías Chávez que me llevó a una prolongada investigación la cual desembocó en un libro biográfico. Tripleplay-Camiseta 10, asi denominaron Cristobal Guerra y Humberto Acosta el espacio radiofónico que compartía temprano en las mañanas de hace alrededor de unos diez años en Unión Radio Deportes. Sintonizaba la emisora más de media hora antes del inicio del programa, siempre había una sorpresa, una novedad, algo inesperado que hacia sonar puertas lejanas hasta hacerse tan presentes que podías desayuna con la literatura  todas esas mañanas. A  veces apretaba el volante del carro y no sabía si era 1967, 1994 o 2009, hurgaba en la guantera, me temblaban las manos sobre el tacómetro a ver si en las agujas podía distinguir alguna que mostrase cierto control de máquina del tiempo. Ciertamente había mucho de las citadas columnas de Acosta y Guerra, pero también un vasto mapa de contactos en tiempo real con personajes icónicos del deporte venezolano que encuadernaban el más impactante compendio de lecciones de vida  despuntando entre reportajes, reseñas y anécdotas. Era difícil aceptar que había terminado aquella hora, complicado  seguir escuchando la radio, retador salir corriendo a indagar sobre los temas tratados esa mañana.
 Alfonso L. Tusa C. 24 de diciembre de 2021. ©

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