miércoles, 18 de marzo de 2026

Las señales de un campeonato

Varias veces sentí una abstracción, un vacío de cápsula espacial, un bloqueo mental de ingravidez en medio de ese juego efervescente . Sabía que Venezuela tenía todos los recursos técnicos y tácticos para fajarse versus Estados Unidos en esa final de Clásico Mundial 2026, sin embargo el aspecto emocional, la celeridad de las decisiones sobre la marcha, la ingravidez de la inercia, siempre tiene sobresaltos guardados y esta noche del 17 de marzo, el primero de esos momentos llegó cuando Eduardo Rodríguez salió del juego luego de 4.1 innings de enfoque puro, de concentración infinita y una comunicación automática con Salvador Pérez. Esa caminata desde el montículo hacia el dugout delineó un momento fantasmal que remarcaba los suspiros, que plasmaba en el lienzo de las esperanzas esas respiraciones contenidas de confirmar que si hay coraje para enfrentar juegos de forcejeos infinitos, esa ovación sonó por varios minutos en la esperanza de muchísimos venezolanos en el estadio, en el exilio y también los que agonizan en el territorio nacional, cada paso de Rodríguez hacia ese dugout retumbó en la convicción de que podemos vencer la oscuridad. La segunda vez que me petrifiqué fue cuando Wilyer Abreú descargó ese estacazo fantasmal por todo el jardín central, en la apertura de quinto inning Nolan McLean, lucía imbateable, como en una continua revancha por demostrar que la carrera del tercer inning mediante elevado de Maikel García para remolcar a Salvador Pérez, solo había sido un descuido circunstancial y ahora sellaría cualquier intento ofensivo. Cuando sonó el impacto de la madera sobre el cuero de la pelota supe que la esférica estaba lejos, que se llevaría la cerca como decía Felo Ramírez, me anticipé al “allá va” enronquecido de Carlos Feo, en el fondo se escuchaba el eco de la voz intensa de Delio Amado León: “...la bola se va...se va...se va...jooooooonroooooon” sentí tantos erizos en la piel que era imposible respirar, mucho menos saltar, ni siquiera tragar algo de saliva. Sabía que el juego apenas iba por la mitad, pero había algo, una voz secreta como en “El Campo de los Sueños” que susurraba: ten fe que eso llegará. En esa película inolvidable de “El Campo de los Sueños” el pesronaje de James Earl Jones le dice al de Kevin Costner, “Este país ha pasado por muchos cambios en más de dos siglos de existencia, lo único que se ha mantenido constante es el beisbol”. Tal vez la extrapolación al contexto venezolano tenga sus ajustes, pero a todo lo largo del siglo 20 y lo que va del 21 el beisbol ha significado ese aglutinante que ha mostrado ser crisol donde es posible forjar sueños de amplitud, respeto y resiliencia. Esa imagen estalló en mis ojos cuando Andrés Machado ponchó a Aaron Judge en el octavo inning luego que el jonrón de Bryce Harper igualó la pizarra 2-2. La desilusión parecía desbordar todo lo que veníamos soñando. Entonces Salvador Pérez corrió hacia el montículo y nos mostró como hay que levantarse de los golpes más rudos. Ideó con Machado un mapa de lanzamientos donde la épica rezumaba de pinceladas con gradaciones intensas al bordar de zig zags el plato. Aquel inicio del noveno debe estar entre los dos o tres comienzos de esa instancia donde más he sufrido de apnea o principio de síncope cardíaco. No sabía si arrodillarme junto a la cama o salirme del cuarto para ver el juego desde el pasillo.El boleto de Arraez me templó hacia el marco de la puerta. De pronto es posible descifrar los garabatos de Whitlock. Javier Sanoja terminó de inflamar la atmósfera de ansiedad. Sabíamos que la idea era llegar hasta segunda base. La carrera fue cercana a la velocidad de la luz, solo que el tiro de Will Smith fue perfecto, y cuando empezábamos a suspirar profundo, Sanoja escurrió el pie y llegó primero a la base y luego mantuvo el spike sobre la almohadilla.mientras Brice Turang mantenia el guante sobre su pierna. Llegó el turno de Eugenio Suárez. Era una especie de reedición de aquel cierre del noveno versus Dominicana, esta vez si entró a la caja de bateo. El batazo fue elevado pero entre left y centerfield . Cuando esa pelota impactó la cerca salté tanto que solo aterricé cuando Sanoja marco el 3-2. Siempre asocié los cierres del noveno inning ganando por una carrera con aquellas películas de Alfred Hitchcock. Esta vez imaginé que Hitchcock había buscado de guionista a Stephen King. Salvador Pérez siguió llamando un juego inmenso. Y Daniel Palencia mostró una sangre fría hirviente, parecía un tren expreso de medianoche con paradas muy fugaces Momentos hiperkinéticos, de visiones sonoras que hacen articular sonidos en otros idiomas sin conocerlos. Cada lanzamiento de Palencia un estallido pectoral, cada strike un apretón más intenso de la mano derecha sobre la izquierda y luego viceversa. Así nos encontró ese último out, ese ponche de Roman Anthony luego de aquel elevado al cuadro de Gunnar Henderson que tomó Maikel García, al arrodillarse comenzó la película que tanto habíamos soñado.
Alfonso L. Tusa C. Marzo 18, 2026.

martes, 17 de marzo de 2026

Eduardo Rodríguez:¿ Zurdo natural? No!

Extracto de un reportaje de la prensa de Boston (2015)
Dijo que tenía siete u ocho años de edad cuando su vida cambió para siempre. Era un día lluvioso y él jugaba con sus hermanos. Trató de subir a un camión grande y se resbaló, se rompió el hombro derecho. Con el brazo derecho enyesado, empezó a lanzar con el brazo izquierdo. “Empecé a jugar a lanzar la pelota con el hombro izquierdo y por eso estoy aquí ahora”, dijo él. “El doctor vino y dijo, ‘Epa, no lances con tu brazo derecho porque podría lesionarse otra vez. Así que empecé a jugar con el izquierdo”. Rodriguez también batea a la zurda.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Marzo 17, 2026.

lunes, 16 de marzo de 2026

Extracto de “El Látigo del Beisbol. Una Biografía de Isaías Chávez”. Alfonso L. Tusa. Fundación Magallanes de Carabobo BBC. Laboratorios Vargas. 2007.

A 57 años de aquel desgarrador accidente recuerdo estos párrafos:
Dámaso Blanco, su compañero en las ligas menores de la organizaión Gigantes de San Francisco también viaja en su máquina del tiempo hasta el 12 de marzo de 1969. Muerde una hamburguesa en un McDonald’s de El Paraíso na tarde de marzo de 2001. “Ese día fui a la embajada americana para retirar la visa. Allí me encontré con Isaías. Esa fue la última vez que hablé con él”. “Prefiero quedarme una semana más Dámaso, quiero practicar un poco más, todavía siento el brazo un poco tenso. Además tengo pendiente ir de cacería con El Mataor y otros amigos. (El Mataor era un taxista que frecuentaba mucho Chacao y amigo de vieja data del Látigo). “Recuerdo que llegué al campo de entrenamiento y le pedi al cuida cuarto que me reservara una cama más para Isaías. El domingo me llamó por teléfono César Gutiérrez, que estaba en el equipo grande de los Gigantes, y me dio la noticia. En mi vida había recibido una impresión similar. Lloré desconsoladamente, me quedé esperándolo”. Dámaso Blanco camina con su vista entre la esquina caliente y el morrito. Silba una señal de aliento y se levanta para venir hacia adelante en busca de cualquier batazo que le den al Látigo por los lados de tercera.
Alfonso L. Tusa C. Marzo 16, 2026.

domingo, 15 de marzo de 2026

Los héroes olvidados del beísbol.

Al completarse la victoria de Venezuela sobre Japón en cuartos de final de este Clásico de Beisbol de 2026, los analistas televisión resaltaban el jonrón de Wilyer Abreu para voltear el marcador, el vuelacercas de Maikel García para acercarse 5-4 y el estacazo de Ronald Acuña Jr, para desaparecerla ante el propio Yamamoto en el primer lanzamiento del juego. Por supuesto también resalataron el trabajo de Emmanuel De Jesús, José Buttó, Ángel Zerpa, Andrés Machado y Daniel Palencia para lanzar seis ceros seguidos desde el cuarto inning Hay quien habla de la nulidad con el madero de Salvador Pérez en lo que va de clásico, siempre se olvida la defensiva, eterna parte subestimada del juego. Pues en este juego ante Japón, Salvador Pérez llamó un gran juego, y muchos dirán que eso es algo básico para un receptor de su calibre. Cierto. Sin embargo de nada sirve el rango sino se demuestra en el terreno palmo a palmo, jugada a jugada, conversación a conversación a mitad de camino entre el plato y el montículo, cuando la situación se complica. Eso lo ejecutó muchas veces en el juego de ayer Pérez y eso tiene tanto valor como los jonrones y las actuaciones monticulares. Además hay que estar ahí, en el momento del candelero, con toda esa presión oscilando, para entender los oficios de un gran receptor.
Alfonso L. Tusa C. Marzo 15, 2026.

sábado, 14 de marzo de 2026

Eugenio Suarez debió tomar ese turno.

Aquí, desde mi ignorancia beisbolera inmensa, desde mi respeto y valoración del manager Omar López, por sus logros en LVBP con Caribes de Anzoategui, en la liga puertorriqueña con Cangrejeros de Santurce, en la organización Astros de Houston a través de su trayectoria por ligas menores y ahora como técnico del equipo grande. He recreado ese momento del cierre del noveno inning del juego de este miércoles 11 de marzo versus República Dominicana, en el Clásico Mundial, si hubiese estado en ese dugout en ese momento de bases llenas, un out, la carrera del empate en segunda base, la del triunfo en primera, al menos hubiese alzado la voz para pronunciar el nombre: Eugenio Suarez, este es su momento. Salvador Pérez no estaba en su noche, 4-0, el beisbol es un deporte de equipo, si hoy no puede uno, puede otro. Lo primordial a esas alturas del juego es al menos igualar la pizarra, después se verá quien puede ocupar la receptoría en caso de que William Contreras no pueda seguir. Por otro lado Suarez ha podido dejar en el terreno a los quisqueyanos con un jonrón, o con un batazo al fondo del rincón de los músicos que rodara muchos metros en la zona de seguridad, o pudo empatar el marcador con doble para dejar la carrera de ganar en tercera y luego el pitcher en medio de una tensión infinita ha podido lanzar un wild pitch.
Alfonso L. Tusa C. Marzo 14, 2026.

viernes, 13 de marzo de 2026

Los mejores segundas bases defensivos.

Hace unos días falleció Bill Mazeroski tal vez uno de los tres mejores camareros defensivos de Major League Baseball. Las comparaciones no dejan de ser odiosas, sin embargo, ante la insistencia y vehemencia de unos cuantos seguidores del beisbol a veces es inevitable contrastar los números aunque provengan de distintas épocas. Respecto a las asistencias (1)Eddie Collins lidera la lista de todos los tiempos con 7630 en 23516 innings, seguido por (2)Charlie Gehringer 7068 en 19351, (3)Joe Morgan 6967 en 21543.1, (4)Bid McPhee 6919 en 18734, (5)Bill Mazeroski 6685 en 18336.1, (6)Lou Whitaker 6653 en 19068, (7)Roberto Alomar 6254 en 19876, (8)Nellie Fox 6373 en 20217, (9)Ryne Sandberg 6363 en 17231 y (10)Willie Randolph 6336 en 18660.
En cuanto a los outs el lider es (1)Bid McPhee con 6552 outs en 18734 innings, siguen(2)Eddie Collins 6526 en 23516, (3)Nellie Fox 6090 en 20217, (4)Joe Morgan 5742 en 21543.1,(5)Nap Lajoie 5496 en 17902, (6)Charlie Gehringer 5369 en 19351, (7)Bill Mazeroski 4974 en 18336.1, (8)Bobby Doerr 4928 en 16303.1, (9)Willie Randolph 4859 en 18660, (10)Billy Herman 4780 en 16048.
Respecto a los dobleplays, (1)Bill Mazeroski encabeza la lista con 1706 en 18336.1 innings, seguido de (2)Nellie Fox 1619 en 20217, (3)Willie Randolph 1547 en 18660, (4)Lou Whitaker 1527 en 19068, (5)Bobby Doerr 1507 en 16303.1, (6)Joe Morgan 1505 en 21543.1,(7)Charlie Gehringer 1444 en 19351, (8)Robinson Canó 1418 en 18812, (9)Roberto Alomar 1407 en19876, (10)Frank White 1382 en 17809.1.
Mazeroski (quinto, séptimo, primero) es uno de cinco camareros ubicados entre los diez mejores de por vida en las categoría defensivas de asistencias, outs y dobleplays, junto a Charlie Gehringer (segundo, sexto, séptimo), Joe Morgan (tercero, cuarto, sexto), Nellie Fox (octavo, tercero, segundo), Willie Randolph (décimo, noveno, tercero).
Alfonso L. Tusa C. Marzo 13, 2026.

“El Rival” de Koufax. (Extracto del libro Sandy Koufax y Yo. Los Libros de El Nacional. Humberto Acosta)

Toda una prosa cargada de pasión por el beisbol, de efervescencia por lo inesperado, de sorpresa por los sueños que estallan de la nada en las expectativas más fantásticas del ser humano. Alfonso L. Tusa.
Aún tenía por delante una larga vida como aficionado cuando Sandy Koufax decidió retirarse en 1966. Solo contaba con |16 años de edad. Si embargo nunca pretendí reemplazarlo en mi corazón, pero la tarde del viernes 17 de marzo de 1972, salí presuroso y emocionado de Seguros Caracas donde trabajaba como oficinista. Dejé atrás la esquina de Doctor Paúl, atravesé la plaza El Venezolano, recorté camino por el pasaje Zingg, me sumergí en las profundidades del Centro Simón Bolívar y desemboqué en la avenida Baralt. Frente a la plaza Miranda entre a la tienda de artículos deportivos Miño Sports, y con veinte bolivares, por primera y última vez compré una pelota de beisbol profesional. Una McGregor 97. Al siguiente día me aposté con ella desde muy temprano en el lobby del hotel Caracas Hilton. No sabía como lo conseguiría aunque confiaba en que el borícua Roberto Clemente estampara su firma sobre su blanca superficie de cuero de caballo. Desde la madrugada de ese sábado, Clemente se había hospedado allí con el resto del equipo de los Piratas de Pittsburgh y delos Rojos de Cincinnati, protagonistas de los juegos de exhibición de esa tarde y la mañana del domingo en el estadio Universitario de Caracas. Eran aproximadamente las once de la mañana cuando llegué al Hilton con la McGregor 97 aún dentro de su caja de cartón. Bastó que traspasara la pesada puerta de vidrio y metal para comprobar la acostumbrada agitación del lobby de todo hotel de cinco estrellas de las grandes ciudades. No pretendía subir y tocar en la habitación donde se hallaba Clemente, pero de una vez fui a la recepción a preguntar por él. No estaba. Había salido a hacer varias visitas a amigos con Tuto Zabala, el empresario cubano organizador de la serie entre los Piratas y los Rojos. Con el tiempo de mi lado, me senté a esperarlo. Los hoteles de rango internacional provocan, en quien los visita sin estar registrado en sus instalaciones, la sensación de encontrarse en un país extranjero. Se escuchan conversaciones en inglés y en uno que otro idioma ajeno al de uno. Se ve a hombres y mujeres de distintas razas y nacionalidades entrar y salir escoltados por jóvenes impecablemente uniformados, llevando su equipaje mientras uno se pregunta de dónde vienen y a dónde van. Escrutaba la atmósfera que me envolvía desde un lugar estratégico, ofreciéndome una visión perfecta de la entrada por donde debía surgir Clemente en cualquier instante. En eso, los demás jugadores hicieron su aparición, dándole al recinto un ambiente de fiesta. La idea de lograr que Roberto me obsequiara su autógrafo me asaltó tan pronto supe que vendría a Venezuela con los Piratas, semanas después de ganar la Serie Mundial anterior sobre los Orioles de Baltimore y ser escogido como el Más Valioso del clásico. Había seguido cada uno de los siete partidos, y cada uno de los 31 turnos al bate de Clemente, a través de la televisión todavía en blanco y negro pero en vivo y en directo. Desde la del 66 entre los Dodgers y los Orioles, no había detallado con tanto frenesí una Serie Mundial. Sin embargo, al ver como Joe Morgan caminaba en mi dirección, caí en cuenta de otra realidad. ¿Y si Clemente no aparece? Entonces resolví aprovechar la posibilidad que se presentaba sin el menor obstáculo. Me sorprendió que Morgan era de mi tamaño. ¿Por este jugador tan pequeño los Rojos cambiaron a un bateador como Lee May a los Astros? Estuve a punto de dejarlo pasar pero le di el privilegio de ser el primero en escribir su nombre y apellido en mi pelota. Con los años me arrepentiría toda la vida de haberlo subestimado. El nuevo segunda base de Cincinnati fue el Más Valioso de la Liga Nacional 1n 1975 y 1976.
No imaginé que el contacto con los peloteros fuera tan sencillo. Detrás de lafirma de Morgan llegaron las de Pete Rose, Johnny Bench, Tany Pérez, Bobby Tolan, Manny Sanguillén, Bob Veale, Richie Zisk, Dock Ellis, Bruce Kison, y Bob Robertson. David Concepción y Victor Davalillo que formaban parte de las novenas visitantes sin estar alojados en el hotel, se presentaron y se unieron al improvisado jolgorio.No obstante, era ya la una y media de la tarde y Clemente seguía sin hacer su arribo triunfal. Decidí montar guardia del lado de afuera de la puerta principal. El tiempo ya no estaba a mi favor porque tenía que ir con mi esposa Xiomara al cine. Resolví aguardar hasta las dos. Un sentimiento de resignación y frustración me fue embargando a medida que pasaban aquellos postreros 30 minutos. Quizás consiga que Clemente me la firme mañana en el estadio. Amaneceré allá, pensé. A las dos en punto guardé la pelota en su caja y comencé a dirigir mis pasos hacia la parada del autobus en la plaza Morelos. Fue cuando escuché a mis espaldas el ruido del motor de un carro.Era un Ford LTD de color blanco y techo de vinil negro, que transformado en taxi de lujo, se detenía frente al Hilton. Por su puerta trasera izquierda descendió Clemente, justo frente a mí. Lucía una inmaculada guayabera beige de mangas largas y el tiempo parecía también estar en su contra. Solo disponía de algunos minutos para no perder el transporte que lo llevaría con el equipo al parque de la UCV. Sin mediar palabras me acerqué y le ofrecí la pelota con el bolígrafo. No dijo nada y tampoco me vio a los ojos. Se concentró en trazar su rúbrica lo mejor posible y entretanto pudo advertir esa dureza en la expresión de su rostro que tanto había observado en las fotografías de los periódicos. No obstante, había amabilidad en su gesto. Me entregó la bola, siguió su camino y yo el mío, feliz. El juego del domingo lo presencie desde los ya desaparecidos bancos de la tribuna techada del Universitario. Por el lado de la izquierda y sobre el dugout de los Rojos. Veinte bolívares costó la entrada. El manager Bill Virdon colocó a Clemente en sus lugares acostumbrados: tercero en el orden al bate y en el jardín derecho. Me quedé hasta el final pero he podido marcharme satisfecho luego de la exhibición del toletero puertorriqueño en el primer inning. Primero porque abandonó el encuentro en su primera mitad para visitar a su padre enfermo en Puerto Rico. Segundo, porlo acaecido en ese turno. Con dos outs y las bases limpias, el abridor de los Rojos, Tony Cloninger, lo envió al suelo con el primer lanzamiento. La bola pasó cerca de su cabeza y el instante quedó guardado para la posteridad porque la foto del revolcón apareció en todos los diarios del lunes. La expresión de Clemente, entre sorprendido y asustado, acostado boca abajo sobre el plato, aún resulta conmovedora.
Miró al catcher Johnny Bench y se paró lentamente. Sacudió el polvo del uniforme que ya no era gris, se ajustó el casco y se metió un poco más sobre la esquina de adentro del plato. Giró de un lado a otro su cabeza para suavizar el crónico malestar en su cuello. Se inclinó, adelantó el mentón sobre su hombro izquierdo y le dirigió a Cloninger una mirada con un gesto de agresividad. Se apoyó en su pierna derecha, dobló levemente la izquierda mientras solo la punta del pie hacía contacto con el suelo y levantó sus manos sosteniendo el bate a la altura de las letras de la franela. El segundo pitcheo fue conectado de línea entre el center y right field donde Bobby Tolan y George Foster corrieron inútilmente tras la bola que se internó en la zona de seguridad. Si existe una manera de describir la manera de correr de Clemente no es otra que “de lado”. Sobre todo cuando tenía la intención de convertir en triple uno de sus batazos. Sus piernas subían y bajaban como pistones y sus brazos completaban un movimiento similar sin elevarse más allá del dorso. A primera vista parecía un esfuerzo excesivo, pero si seguía a cámara lenta se apreciaba un desplazamiento de excelsa simetría sin la menor concesión al temor de lastimarse. Segundos más tarde, se deslizaba con garbo y violencia sobre la tercera almohadilla para apuntarse un triple. No podía llegar de pie porque ya la pelota estaba de regreso. Incluso aterrizó en su destino con ella dentro del guante del antesalista Hal McRae. El lance nos ofreció una muestra más de plasticidad alrededor de las bases. Con la pierna izquierda doblada hizo contacto con la almohadilla mientras la derecha estaba alzada muy cerca del pecho. Los dos brazos elevados con las manos abiertas parecían quere amortiguar la embestida.
Transcripción: Alfonso L. Tusa C. Marzo 12, 2026.

Las señales de un campeonato

Varias veces sentí una abstracción, un vacío de cápsula espacial, un bloqueo mental de ingravidez en medio de ese juego efervescente . Sa...