The Human Side of Baseball. Anécdotas. Vivencias.
Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
viernes, 20 de febrero de 2026
El adiós del último de los DiMaggio.
Al enterarme del fallecimiento de Dom DiMaggio este el viernes 08 de mayo de 2009 fue inevitable regresar a la sal del hogar de mis padres una tarde dominical de mediados de los años setenta. En el televisor pasaban la biografía de Joe DiMaggio. Papá veía la pantalla de reojo. Sólo cuando empezaron a hablar que los padres de los jardineros centrales Vince, Joe y Dominic eran inmigrantes sicilianos, sus ojos se clavaron en las imágenes de blanco y negro.
Dominic siguió a los Medias Rojas de Boston hasta el último momento. Al expirar su último suspiro, el televisor de su habitación transmitía la repetición del juego del jueves entre los Indios de Cleveland y los patirrojos.
Papá sonrió cuando hablaron de la cadena de 56 juegos dando de hit de Joe. Sus conocimientos del béisbol llegaban hasta cierto punto. Por eso cuando explicaron que Dom había impuesto una marca de 503 outs para un center fielder en 1948 que fue batida por Chet Lemon en 1977 giró sus manos hacia delante y estrechó los ojos.
Su apodo de “Pequeño Profesor”, iba más allá de las simples apariencias de un hombre de 1,75 metros que usaba espejuelos. Fue un genio de las matemáticas quién consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Santa Clara y luego de retirarse estableció un exitoso negocio para lo cual le sirvieron de mucho sus conocimientos.
De acuerdo a declaraciones del hijo de Dom DiMaggio, Dominic Paul, su padre respetaba mucho al tío Joe y todo lo que hizo. Pero nunca se sintió inferior, era un gran competidor. Enos Slaughter dijo que su carrera descabellada de la Serie Mundial de 1946, que terminó dándole el título a los Cardenales de San Luis, estuvo a punto de ser detenida en tercera base, pero recordó que Dom DiMaggio no estaba en el centerfield. Dom había igualado el partido a 3 carreras en el octavo inning con un doble de dos carreras pero se lesionó un músculo de la pierna al deslizarse en segunda y debió salir del juego.
Dom dice que ver la carrera de Slaughter hacia el plato en la Serie Mundial fue muy doloroso para él, antes del batazo de Harry Walker estuvo haciéndole señas desde el dugout a su sustituto, Leon Culberson, pero este no lo vio y no se ubicó en el lugar que le indicaba Dom DiMaggio.
Papá se quedó mirando las declaraciones que hacía Joe DiMaggio sobre sus hermanos Vince y Dominic. De este ùltimo en principio dudaba si iba a ser capaz de jugar en las Grandes Ligas pero pronto notó que esas dudas eran infundadas. “Los únicos que sabían bien quién era Dom eran los aficionados de Boston, pero en el resto del país no le daban mucho crédito. Él podía tocar la pelota, podía hacer la jugada de bateo y corrido, podía batear largo si tenía que hacerlo, podía robar bases. Te podía vencer de muchas formas”.
Su compañero de los Medias Rojas Mace Brown siempre habló de la calidad defensiva de Dom. “Jugaba muy corto en el jardín central, su rapidez e inteligencia le permitían hacer eso. Muchos juegos se salvaron y muchos rallies detenidos porque Dom venía corriendo a tomar flancitos detrás de segunda cuando estaban a punto de caer y después de tomar la bola no se caía, sino que hacía el disparo donde debía hacerlo”.
En la televisión hablaban las fechas de nacimiento de los 3 center fielders DiMaggio. Vince, Joe y Dominic quién nació en San Francisco en 1917 y empezó a jugar con sus hermanos en terrenos baldíos, las bases eran piedras, usaban una pelota vieja ajustada con cinta plástica, su bate era una pedazo de remo que tomaban del bote de su padre el pescador Giusseppe DiMaggio. Papá sonreía cada vez más con las imágenes de la familia DiMaggio.
Dom DiMaggio siempre estuvo pendiente de los peloteros de su época que adolecían de una pensión, por mucho tiempo donó el dinero que hacía firmando autógrafos, a la Asociación Americana de Jugadores de Béisbol Profesional, una organización que ayudaba a mantener a los jugadores en edad avanzada que carecían de un plan de retiro.
Los recuerdos de Dominic Paul acompañando a su padre hasta lo profundo del center field de Fenway Park para despedirse como jugador activo, se mezclan con las emociones de papá pegado del televisor viendo a los DiMaggio jugar “bochas” en el patio de su casa, una música de fondo suena por detrás de una conversación donde Dom le comenta al periodista: “Hubiéramos jugado por nada si no tuvieramos que comer o familias que mantener. Era una gran emoción que sentía al jugar béisbol. También lo fue para mí demostrar que podía jugar a pesar de usar lentes”.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 13, 2009.
jueves, 19 de febrero de 2026
Extracto de un texto inédito.
Cada vez que Basilio se acercaba, Antulio se retiraba siete, diez, quince, cuarenta metros. No entendía, no asimilaba, no le entraba en la cabeza que ese hombre que tanto le había hablado de respeto y consideración se convirtiera en un descuartizador con un bate en las manos. Más de una vez se despertó gritando, “vamos batéame uno de esos lineazos que le disparabas a Matías”, la mirada se le dispersaba en la oscuridad de las tres de la madrugada y pasaba minutos sentado en la cama. Siempre quiso buscar una referencia de parte de un entrenador profesional respecto a la mejor metodología para enseñar a un niño las técnicas y tácticas defensivas de un jugador del cuadro interior. Había encontrado artículos muy técnicos, muy mecánicos, por eso se emocionó hasta ahogar un grito cuando haló aquella entrevista de Cal Ripken Jr. El campocorto de los Orioles de Baltimore explicaba con muchos detalles como enseñar a un niño a atacar roletazos. Había un tono de respeto y consideración y respeto que heló a Antulio.
“Jamás se debe batear roletazos o líneas contundentes a ningún niño en una práctica. Ni siquiera al 75 por ciento de intensidad”, Ripken enfatizaba que lo más importante era que el niño aprendiera a leer, a atacar los batazos. La intensidad, era algo que de debía aprender durante los juegos, ante peloteros de su edad o parecida. Nunca se debe acelerar, apurar el proceso de aprendizaje, de desarrollo físico y mental de un niño. Jamás se le debe exigir como a un adulto. Los avances, el progreso, desarrollo solo lo va a determinar el propio niño con sus gestos, actitud,disposición. No se debe confundir saber respetar las etapas en la vida de un niño con malcriar o mimar en exceso. Malcria muchas veces puede ser maltratar, vejar, humillar al niño con la excusa de la disiplina. La disciplina trata de cumplir normas, y para eso no hace falta acosar, acorralar. De esa manera solo se consigue aislar al niño, silenciarlo hasta la mudez, cargarlo de inseguridad, mancharle la mirada de tristeza.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 19, 2026.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Esa otra arista del Beisbol.
En la actualidad el beisbol por momentos muestra actitudes lamentables como quedarse mirando la pelota ante la inminencia del jonrón conectado, lanzar el bate con displicencia varias veces hacia el dugout, en ocasiones hacia el dugout rival, o hacer gestos burlones hacia el rival cuando se le poncha o domina con rodado al montículo o elevado al cuadro. En ocasiones también hay declaraciones desafortunadas de los técnicos al utilizar palabras totalmente ajenas al juego, al contexto del beisbol. Sin embargo aún existen peloteros que arrancan a correr con cualquier batazo aunque intuyan que es un jonrón y también se retiran a buscar la bolsa de la pez rubia cada vez que ponchan o retiran a un contrario.
Una de estas tardes,en un episodio de una serie televisiva, un niño luego de sufrir fractura de cuello en un accidente automovilistico, pide desde la camilla que le busquen su album de barajitas de beisbol en el carro. Cuando el bombero va a buscarlo el carro estalla en llamas. El bombero se acerca al niño y le dice que tambien tiene barajitas de los Cachorros de Chicago pero no del equipo que ganó la Serie Mundial de 2016, sino de los oseznos de 1989 cuando su pitcher principal era un tal Greg Maddux, el niño en medio de sus dolor, sonríe y dice saber quien es Maddux. Todo se complica cuando la esposa del bombero le recuerda que el vendió esas barajitas de los Cachorros de Maddux. Entonces le pide a su esposa que le haga unas galletas de chocolate y almendras y se aventura hacia las inmediaciones del mítico Wrigley Field, el hogar de los Cachorros. Cuando el niño sale del hospital el bombero lo invita a la estación y salen a pasear en el camión, aún con los ojos desorbitados el niño se aprieta el cabestrillo al hombro lesionado y apura el paso hacia el terreno de Wrigley Field donde lo recibe Kris Bryant y el equipo de los Cachorros.
Esa atmósfera propia del beisbol que se aprendió a vivir desde esas demostraciones de coraje y determinación de aquellos pitchers que lanzaban nueve, once o hasta catorce innings y discutían con el manager cuando intentaba relevarlos, de aquel juego donde Jerry Adair debió salir de un juego de los Orioles de Baltimore por un pelotazo en la boca que ameritó varios puntos de sutura internos y externos, para el segundo juego de esa jornada, Adair estaba otra vez en alineación tan voluntarioso y humorístico como siempre. Desde aquel momento previo a un juego decisivo de la temporada 1993-1994 cuando Álvaro Espinoza con uno o dos dedos del pie fracturados le dijo al cuida cuartos que cortara ese pedazo de sus spikes para salir a defender al Magallanes en un juego crucial, el tipo lo miraba casi paralizado y Álvaro le dijo que se apresurase que faltaban pocos minutos para que cantasen play ball. Durante el juego casi nadi notó el corte en la zona delantera del spike, Álvaro jugaba con tan intensidad como si sus dedos estuviesen completamente sanos. En algún momento de 1970 o 1971 Armando Ortiz (aquel jardinero de Magallanes que siempre salía a sorprender a todos a finales de los 1960s o inicios de los 1970s) realizó una atrapada inmensa que le costó un impactó muy fuerte que lo dejó tirado sobre la zona de seguridad unos minutos.Aunque los quiroprácticos del equipo recomendaron que debía retirarse del juego, Ortíz insistió en seguir jugando y completó el juego. Al día siguiente los exámenes médicos revelaron fisura en el hombro izquierdo y torcedura de tobillo.
Mientras buscaba la marca de más juegos seguidos jugados en las ligas mayores, Cal Ripken Jr, recibió un pelotazo en el rostro que le fracturó el tabique nasal, cuando regresó al dugout, se fue al vestuario y el mismo se enderezó el tabique, cuando el equipo salió de nuevo al terreno Ripken ocupaba otra vez su lugar en el campocorto.
En la actualidad hay peloteros como José Altuve, Mookie Betts, Garret Crochet, Aaron Judge o Miguel Rojas que demuestran que la esencia del juego, el respeto por el rival aún sigue en el ambiente. Que aquella imagen de Mickey Mantle corriendo las bases cabizbajo luego de conectar un jonrón,sigue flotando en la conciencia sino de muchos si de unos cuantos que aún recuerdan la honorabilidad del beisbol.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 17, 2026.
lunes, 16 de febrero de 2026
Conciencia
Se puede intentar descifrar porque una buena parte de un equipo deportivo haya decidido celebrar su victoria junto a la nomenclatura dudosa de un régimen que ha significado dolor, oprobio, destrucción, muerte, por 27 años para mis hermanos, mi familia, mi gente. Me siento muy lejos de esas posiciones, porque significa prestarse para maquillar las heridas profundas y latentes de un país acribillado hasta fracturarle los huesos, humillado hasta borrar la dignidad, vejado hasta apuñalar el respeto. La decisión de simpatizar por un equipo deportivo, en mi caso Navegantes del Magallanes, es un acto muy personal, muy íntimo, en mi caso muy ligado a la familia, porque fue a través de escuchar por radio los juegos del Magallanes como aprendí a compartir momentos gratos e imborrables con mis hermanos, muchos de los cuales han muerto en estos 27 años no precisamente por ley natural sino por pensar distinto a los designios del gran hermano, como decía George Orwell en 1984. Eso nunca me lo podrá arrebatar ninguna posición circunstancial, ni resabio de fanatismo.
Alfonso L. Tusa C. Feberero 16, 2026.
domingo, 15 de febrero de 2026
Topps 1962 (Extracto del libro Sandy Koufax y Yo. Los Libros de El Nacional. Humberto Acosta)
“Tenía algo más de 11 años cuando conocí a Sandy Koufax. A los abastos y bodegas de Caracas, y a los que se encontraban entre la calle Real del Prado de María y la esquina donde se cruza la avenida Roosevelt con los Samanes en los linderos de El Cementerio, habían llegado las barajitas del beisbol de las grandes ligas de la firma Topps correspondientes a 1962. Así que al salir todos los mediodías del salón del 5° grado A de la escuela Gran Colombia, nos deteníamos en el primer abasto o bodega que halláramos en el camino a casa. En realidad no era un encuentro fortuito. Muy bien que sabíamos donde estaban todos y cada uno de ellos. El paquete costaba 25 centavos de bolívar y traía cuatro barajitas impregnadas de una dulce fragancia a chicle bomba, que cada vez que volvemos a percibir, nos conduce al umbral de nuestra infancia. En uno de esos sobres apareció Sandy Koufax”.
“ La barajita de Koufax es la número cinco de la colección. Todavía resulta una imagen extraña aunque con el tiempo hemos descifrado su enigma. Está con el uniforme blanco y azul rey que los Dodgers de Los Ángeles utilizan como home club. Sandy está parado a un lado de la jaula de bateo y hay en él cierta incomodidad ante la cámara fotográfica que su mirada delata. Como si tratara de eludir el lente viendo sin ver hacia un punto lejano. La barajita es vertical y la toma está hecha de abajo hacia arriba. Su mano derecha está en la cintura, en una pose que luego descubriríamos tan característica de su personalidad como su recta de humo o su maligna curva”.
Transcripción: Alfonso L. Tusa C. Febrero 15, 2026.
La Química de la Remontada.
La esencia, el alma de un equipo, su resiliencia, su épica, su determinación respira en esa mirada firme, esa obstinación en seguir dando lo mejor aunque las circunstancias parezcan muy adversas. Eso fue lo que volvió a hacer Navegantes del Magallanes este viernes 13 de enero en el juego final de la Serie de las Américas 2026 escenificado en el estadio Monumental de Caracas.Todo había empezado a inicios de noviembre de 2025, cuando Yadier Molina llegó para encargarse de dirigir a los Navegantes, con el equipo agonizando con marca de 5-14 luego 8-20, Molina indicó que había que dejar a un lado posiciones individualistas per se y empezar a sudar la camiseta en pro del teamwork. Este viernes 13 de febrero de 2026, Molina no estaba en el dugout magallanero razones reglamentaria de MLB lo impedían. Sin embargo esa esencia épica, esa resiliencia infinita, ese trabajo de equipo contínuo y constante estaban allí para que los Navegantes viniesen de atrás en un juego que perdían 9-1, como cuando estuvieron al borde de la descalificación en el round robin con marca de 1-5 y empezaron a remontar juegos que parecían perdidos. Ver a Hernán Pérez despachar aquel triple de bala fría para poner la pizarra 9-8 reverdeció todos los elementos de esa tabla periódica, de esa química subterránea, invisible que siguió latiendo hasta que Renato Nuñez soltó el imparable para decretar la ventaja 10-9 y Felipe Rivero salvara el juego con un relevo de gran factura. Ahí estaba ese equipo que parecía eliminado en noviembre, descalificado en enero, diseñando todos esos mapas para alcanzar el tesoro.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 15, 2026.
viernes, 13 de febrero de 2026
Clase diaria de literatura y periodismo deportivo con Humberto Acosta.
Ahora, cuando me entero de que mi estimado Humberto Acosta ya no está más con nosotros además de las memorias y los momentos compartidos es inevtable para mi regresar a este texto que escribí cuando se retiró del circuito radiofónico de Leones del Caracas. Siempre muy agradecido por todo tu apoyo y consideración. Vaya siempre con Dios ,Humberto.
Desde aquella vez a finales de los años 1970s o comienzos de los 1980s cuando leí un artículo suyo “Suerte negra o mala suerte” en referencia a las vicisitudes que vivían los Navegantes del Magallanes en esa época contrastadas ante los momentos positivos del club apuntalados por Clarence Gaston y Dave Parker, descubrí un espacio para entender y disfrutar el beisbol más allá de las transmisiones radioeléctricas. Había conocido la maestría de Rodolfo José Mauriello mediante sus artículos en la revista Sport Gráfico, el diario El Nacional y su columna Extrainning, y la elocuente y prolija prosa de Ruben Mijares a través de sus artículos en el propio El Nacional y en su columna Beisbol por dentro. Encontrar suspensos y vértigos propios de Cien Años de Soledad o disfrutar imágenes profusas de El Viejo y el Mar hacía que me adentrara en los textos de Humberto Acosta en medio de alucinaciones de Gabriel García Márquez y Ernest Hemingway conversando con Mark Twain sobre Huckleberry Finn y Tom Sawyer.
Cada reseña de un juego resultaba un aula infinita de metáforas, ortografía, reglas de beisbol, sintaxis y semántica, de pronto todos los retos más exigentes de las clases de Castellano y las aristas más intrincadas del beisbol estaban ahí más claras y estimulantes que nunca. Aunque tenía un espacio andado con Mauriello y Mijares acerca de ese rostro ameno y profundo de la crónica deportiva y sus variantes, desde el primer párrafo que leí de Acosta supe que aquel sería un juego cerrado al más genuino duelo de lanzadores estelares. Desde la intensidad de aquel beisbol amateur venezolano con la efervescencia de sus campeonatos distritales, estadales, zonales y nacionales; hasta la incandescencia del beisbol profesional desperdigada en la liga venezolana, y el beisbol organizado estadounidense, resultaba toda una expedición intrigante, un viaje a lo desconocido propio de Julio Verne donde las interrogantes de descifraban sobre la marcha, con el vértigo de un cierre de noveno inning.
Tal vez uno de los lienzos más representativos de la prosa de Acosta proviene de su narración de los fines de semana que iba a ver los juegos de la liga distrital en el estadio de la UCV, sus recuerdos reflejan la emoción de un niño de diez años asombrado de ver como un aparente simple juego aficionado llenaba la tribuna central de aquel monstruo de concreto. Resulta muy valioso para un seguidor del beisbol enfrentarse a esas gemas narrativas que descubren el gran nivel del beisbol aficionado que hacía a muchos asegurar que estaba muy próximo al profesional. Se notaba el mismo compromiso, la misma fruición e intensidad al manejar las estadísticas, las referencias históricas, la memorabilia en esos campeonatos juveniles y AA que en el juego más crucial de las Grandes Ligas, fuese el séptimo de la Serie Mundial o el decisivo del día final de la temporada regular. Se sentía en los cambios de ritmo de los párrafos, en las metáforas inesperadas, en la profundidad de los análisis.
Apreciar el culto de Acosta por Sandy Koufax , sino el zurdo más prominente de la historia de las ligas mayores, si el que ha causado mayor impacto en un lapso de cinco años, resulta poco menos que la visita prolongada a un museo particular saturado de episodios entrañables, situaciones inesperadas, panoramas incandescentes. Su relato emocionado de cómo la revista Sport Gráfico le publicó su primer artículo acerca del intratable zurdo de los Dodgers, me hizo escudriñar en la Biblioteca Nacional y después en la biblioteca del Museo del Beisbol venezolano en Valencia hasta dar con aquel artículo cargado de disección, impregnado de memorias. Se sentía un seguimiento de toda la vida ataviado con los recursos más sofisticados del periodismo y la originalidad. El curso de esa camino intrigante se hace más intrincado en una de aquellas guardias de pasante en El Nacional cuando Mauriello lo sorprende con un artículo de un periódico estadounidense sobre Koufax y se lo extiende para que escriba el suyo para el suplemento Pizarra que luego se convirtió en Pantalla, en la sección deportiva del citado diario.
Aunque siempre revisaba la página de la mancheta y los artículos de opinión, además de desplegar un vuelo rasante sobre la portada del cuerpo C, siempre pasaba directo a la segunda página del cuerpo B donde aparecía la columna Tripleplay. Casí leía todos los párrafos a la vez en un ejercicio de vértigo que mezclaba calistenia visual con requiebres gramaticales que marcaban aprendizajes sobre la marcha, del castellano con visiones fantasmales del juego donde se desplegaban los episodios más inesperados del beisbol, esos que hacen notar la real intensidad del juego, su esencia de jugadas microscópicas, su escuela de humildad, esquizofrenia del cierre del noveno inning. En esos momentos comprobaba porque Napoleón Bravo siempre presentaba a Humberto Acosta como uno de los mejores periodistas deportivos de Venezuela en un programa de concursos que moderaba en Radio Caracas Televisión. No había nada de adulación, ni pleitesía, los textos y las intervenciones orales así lo demostraban.
A través de todas esas lecturas y de todas las preguntas via correo que le hacía, quizás de manera un tanto abrumadora, siempre me llamó la atención cada vez que asomaba su intención o determinación de algún día escribir un libro sobre Sandy Koufax. Más de una vez le consulté para cuando estimaba que publicaría ese libro, siempre respondía que eso era un proceso y que no veía muy claro quien podría interesarse en financiar la producción de ese tipo de libro. Por eso me sorprendió cuando terminó publicando primero un libro sobre otro de sus peloteros favoritos: Andrés Galarraga. Luego cuando pensaba que el libro de Koufax había quedado en el olvido, un día se me paraliza la mirada entre las líneas de Tripleplay, las pruebas finales del proceso de producción del libro Sandy Koufax y Yo, auspiciado por el diario El Nacional, estaban en sus detalles finales. Todo un tratado de beisbol y dedicación, de perseverancia y empeño, de minuciosidad y periodismo incisivo.
Uno de los episodios cuando empecé a valorar más de cerca la profundidad y sobriedad de los análisis y reflexiones de Humberto Acosta acerca del beisbol fue cuando compartió los comentarios con Dámaso Blanco en el circuito radiofónico de los Navegantes del Magallanes en la temporada 1993-94. Ya lo había escuchado junto a delio Amado León en el circuito de los Leones del Caracas y junto a Manuel Correa y Carlos Alberto Hidalgo en las transmisiones de Radio Caracas Televisión. Conocía la calidad de sus intervenciones tanto en la caseta como desde el terreno de juego. Esta vez pude apreciar aquel bagaje de conocimientos de Humberto y la manera como se compaginaba con maestría con la visión de Dámaso Blanco. Todo un ejercicio de armonía entre la historia y la estructura del juego con la práctica y la metodología del mismo. Dificilmente he vuelto a ver esa combinación tanto en las transmisiones venezolanas como en las foráneas.
Los domingos el jefe de la sección deportiva de El Nacional, Cristobal Guerra tenía un espacio en la página cuatro, si mal no recuerdo. Se llamaba Juegos de palabras, allí participaban periodistas y lectores. En una oportunidad Acosta publicó un texto sobre el título alcanzado por los Navegantes del Magallanes en la Serie del Caribe de 1970. Lo impactante de la historia residía en el ángulo personal desde el cual Acosta enfocó el evento. Declaró su afición por los Leones del Caracas y como discutía con su papá cada vez que jugaban los eternos rivales quien dese su inclinación por el Magallanes, reconocía los pergaminos de los felinos. Acosta envidiaba la sirena que animaba a los parciales magallaneros, siempre trataba de acercarse a aquellos tipos que entraban por la tribuna de la derecha con y cargaban la atmósfera del más genuino fluido de competitividad y expectativa. La Serie del Caribe empezó y cuenta Acosta que ante la falta de algun dinero para completar la entrada a la jornada inaugural, recurrió a la cartera de su madre, como más de uno hizo a esa edad adolescente. Ver a Armando Ortíz descargar un cuadrangular ante el propio co-ganador del premio Cy Young, Miguel Cuellar fue una experiencia que bien valió la pena tomar prestado ese dinero.
Hay un artículo del suplemento Pantalla que aún restalla en el fondo del cráneo. La foto grande del pitcher iniciando el wind up, la mirada fija bajo la visera de la gorra, el inicio del ascenso del pie izquierdo en aquella meteórica patada hacia el cielo. “Hace 18 años El Látigo no Fustigó Más”. Aquel lunes de finales de enero o inicios de febrero de 1987 pasé mas de treinta minutos paralizado frente a esa página, recreando ante la prosa de Acosta, párrafo por párrafo, imagen por imagen, metáfora por metáfora, pasajes inéditos para mí en ese momento en la vida beisbolística de Isaías Látigo Chávez, el prometedor y ya notable pitcher de los Navegantes del Magallanes desaparecido en un accidente en Maracaibo, en marzo de 1969. Desplazar la mirada por aquellas líneas, más que conversar a la distancia con Acosta significó una especie de conexión con Isaías Chávez que me llevó a una prolongada investigación la cual desembocó en un libro biográfico.
Tripleplay-Camiseta 10, asi denominaron Cristobal Guerra y Humberto Acosta el espacio radiofónico que compartía temprano en las mañanas de hace alrededor de unos diez años en Unión Radio Deportes. Sintonizaba la emisora más de media hora antes del inicio del programa, siempre había una sorpresa, una novedad, algo inesperado que hacia sonar puertas lejanas hasta hacerse tan presentes que podías desayuna con la literatura todas esas mañanas. A veces apretaba el volante del carro y no sabía si era 1967, 1994 o 2009, hurgaba en la guantera, me temblaban las manos sobre el tacómetro a ver si en las agujas podía distinguir alguna que mostrase cierto control de máquina del tiempo. Ciertamente había mucho de las citadas columnas de Acosta y Guerra, pero también un vasto mapa de contactos en tiempo real con personajes icónicos del deporte venezolano que encuadernaban el más impactante compendio de lecciones de vida despuntando entre reportajes, reseñas y anécdotas. Era difícil aceptar que había terminado aquella hora, complicado seguir escuchando la radio, retador salir corriendo a indagar sobre los temas tratados esa mañana.
Alfonso L. Tusa C. 24 de diciembre de 2021. ©
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