viernes, 13 de marzo de 2026

“El Rival” de Koufax. (Extracto del libro Sandy Koufax y Yo. Los Libros de El Nacional. Humberto Acosta)

Toda una prosa cargada de pasión por el beisbol, de efervescencia por lo inesperado, de sorpresa por los sueños que estallan de la nada en las expectativas más fantásticas del ser humano. Alfonso L. Tusa.
Aún tenía por delante una larga vida como aficionado cuando Sandy Koufax decidió retirarse en 1966. Solo contaba con |16 años de edad. Si embargo nunca pretendí reemplazarlo en mi corazón, pero la tarde del viernes 17 de marzo de 1972, salí presuroso y emocionado de Seguros Caracas donde trabajaba como oficinista. Dejé atrás la esquina de Doctor Paúl, atravesé la plaza El Venezolano, recorté camino por el pasaje Zingg, me sumergí en las profundidades del Centro Simón Bolívar y desemboqué en la avenida Baralt. Frente a la plaza Miranda entre a la tienda de artículos deportivos Miño Sports, y con veinte bolivares, por primera y última vez compré una pelota de beisbol profesional. Una McGregor 97. Al siguiente día me aposté con ella desde muy temprano en el lobby del hotel Caracas Hilton. No sabía como lo conseguiría aunque confiaba en que el borícua Roberto Clemente estampara su firma sobre su blanca superficie de cuero de caballo. Desde la madrugada de ese sábado, Clemente se había hospedado allí con el resto del equipo de los Piratas de Pittsburgh y delos Rojos de Cincinnati, protagonistas de los juegos de exhibición de esa tarde y la mañana del domingo en el estadio Universitario de Caracas. Eran aproximadamente las once de la mañana cuando llegué al Hilton con la McGregor 97 aún dentro de su caja de cartón. Bastó que traspasara la pesada puerta de vidrio y metal para comprobar la acostumbrada agitación del lobby de todo hotel de cinco estrellas de las grandes ciudades. No pretendía subir y tocar en la habitación donde se hallaba Clemente, pero de una vez fui a la recepción a preguntar por él. No estaba. Había salido a hacer varias visitas a amigos con Tuto Zabala, el empresario cubano organizador de la serie entre los Piratas y los Rojos. Con el tiempo de mi lado, me senté a esperarlo. Los hoteles de rango internacional provocan, en quien los visita sin estar registrado en sus instalaciones, la sensación de encontrarse en un país extranjero. Se escuchan conversaciones en inglés y en uno que otro idioma ajeno al de uno. Se ve a hombres y mujeres de distintas razas y nacionalidades entrar y salir escoltados por jóvenes impecablemente uniformados, llevando su equipaje mientras uno se pregunta de dónde vienen y a dónde van. Escrutaba la atmósfera que me envolvía desde un lugar estratégico, ofreciéndome una visión perfecta de la entrada por donde debía surgir Clemente en cualquier instante. En eso, los demás jugadores hicieron su aparición, dándole al recinto un ambiente de fiesta. La idea de lograr que Roberto me obsequiara su autógrafo me asaltó tan pronto supe que vendría a Venezuela con los Piratas, semanas después de ganar la Serie Mundial anterior sobre los Orioles de Baltimore y ser escogido como el Más Valioso del clásico. Había seguido cada uno de los siete partidos, y cada uno de los 31 turnos al bate de Clemente, a través de la televisión todavía en blanco y negro pero en vivo y en directo. Desde la del 66 entre los Dodgers y los Orioles, no había detallado con tanto frenesí una Serie Mundial. Sin embargo, al ver como Joe Morgan caminaba en mi dirección, caí en cuenta de otra realidad. ¿Y si Clemente no aparece? Entonces resolví aprovechar la posibilidad que se presentaba sin el menor obstáculo. Me sorprendió que Morgan era de mi tamaño. ¿Por este jugador tan pequeño los Rojos cambiaron a un bateador como Lee May a los Astros? Estuve a punto de dejarlo pasar pero le di el privilegio de ser el primero en escribir su nombre y apellido en mi pelota. Con los años me arrepentiría toda la vida de haberlo subestimado. El nuevo segunda base de Cincinnati fue el Más Valioso de la Liga Nacional 1n 1975 y 1976.
No imaginé que el contacto con los peloteros fuera tan sencillo. Detrás de lafirma de Morgan llegaron las de Pete Rose, Johnny Bench, Tany Pérez, Bobby Tolan, Manny Sanguillén, Bob Veale, Richie Zisk, Dock Ellis, Bruce Kison, y Bob Robertson. David Concepción y Victor Davalillo que formaban parte de las novenas visitantes sin estar alojados en el hotel, se presentaron y se unieron al improvisado jolgorio.No obstante, era ya la una y media de la tarde y Clemente seguía sin hacer su arribo triunfal. Decidí montar guardia del lado de afuera de la puerta principal. El tiempo ya no estaba a mi favor porque tenía que ir con mi esposa Xiomara al cine. Resolví aguardar hasta las dos. Un sentimiento de resignación y frustración me fue embargando a medida que pasaban aquellos postreros 30 minutos. Quizás consiga que Clemente me la firme mañana en el estadio. Amaneceré allá, pensé. A las dos en punto guardé la pelota en su caja y comencé a dirigir mis pasos hacia la parada del autobus en la plaza Morelos. Fue cuando escuché a mis espaldas el ruido del motor de un carro.Era un Ford LTD de color blanco y techo de vinil negro, que transformado en taxi de lujo, se detenía frente al Hilton. Por su puerta trasera izquierda descendió Clemente, justo frente a mí. Lucía una inmaculada guayabera beige de mangas largas y el tiempo parecía también estar en su contra. Solo disponía de algunos minutos para no perder el transporte que lo llevaría con el equipo al parque de la UCV. Sin mediar palabras me acerqué y le ofrecí la pelota con el bolígrafo. No dijo nada y tampoco me vio a los ojos. Se concentró en trazar su rúbrica lo mejor posible y entretanto pudo advertir esa dureza en la expresión de su rostro que tanto había observado en las fotografías de los periódicos. No obstante, había amabilidad en su gesto. Me entregó la bola, siguió su camino y yo el mío, feliz. El juego del domingo lo presencie desde los ya desaparecidos bancos de la tribuna techada del Universitario. Por el lado de la izquierda y sobre el dugout de los Rojos. Veinte bolívares costó la entrada. El manager Bill Virdon colocó a Clemente en sus lugares acostumbrados: tercero en el orden al bate y en el jardín derecho. Me quedé hasta el final pero he podido marcharme satisfecho luego de la exhibición del toletero puertorriqueño en el primer inning. Primero porque abandonó el encuentro en su primera mitad para visitar a su padre enfermo en Puerto Rico. Segundo, porlo acaecido en ese turno. Con dos outs y las bases limpias, el abridor de los Rojos, Tony Cloninger, lo envió al suelo con el primer lanzamiento. La bola pasó cerca de su cabeza y el instante quedó guardado para la posteridad porque la foto del revolcón apareció en todos los diarios del lunes. La expresión de Clemente, entre sorprendido y asustado, acostado boca abajo sobre el plato, aún resulta conmovedora.
Miró al catcher Johnny Bench y se paró lentamente. Sacudió el polvo del uniforme que ya no era gris, se ajustó el casco y se metió un poco más sobre la esquina de adentro del plato. Giró de un lado a otro su cabeza para suavizar el crónico malestar en su cuello. Se inclinó, adelantó el mentón sobre su hombro izquierdo y le dirigió a Cloninger una mirada con un gesto de agresividad. Se apoyó en su pierna derecha, dobló levemente la izquierda mientras solo la punta del pie hacía contacto con el suelo y levantó sus manos sosteniendo el bate a la altura de las letras de la franela. El segundo pitcheo fue conectado de línea entre el center y right field donde Bobby Tolan y George Foster corrieron inútilmente tras la bola que se internó en la zona de seguridad. Si existe una manera de describir la manera de correr de Clemente no es otra que “de lado”. Sobre todo cuando tenía la intención de convertir en triple uno de sus batazos. Sus piernas subían y bajaban como pistones y sus brazos completaban un movimiento similar sin elevarse más allá del dorso. A primera vista parecía un esfuerzo excesivo, pero si seguía a cámara lenta se apreciaba un desplazamiento de excelsa simetría sin la menor concesión al temor de lastimarse. Segundos más tarde, se deslizaba con garbo y violencia sobre la tercera almohadilla para apuntarse un triple. No podía llegar de pie porque ya la pelota estaba de regreso. Incluso aterrizó en su destino con ella dentro del guante del antesalista Hal McRae. El lance nos ofreció una muestra más de plasticidad alrededor de las bases. Con la pierna izquierda doblada hizo contacto con la almohadilla mientras la derecha estaba alzada muy cerca del pecho. Los dos brazos elevados con las manos abiertas parecían quere amortiguar la embestida.
Transcripción: Alfonso L. Tusa C. Marzo 12, 2026.

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