Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
martes, 10 de febrero de 2026
La Portada de Tom Terrific en Sport Gráfico.
Sabía de la revista porque era la preferida de mis hermanos por su afición a los deportes, particularmente por el béisbol, ese juego que a los seis años me parecía demasiado lento, con muchas reglas y cargado de implementos, aunque era un territorio muy explorado en mi curiosidad orientada hacia las excursiones en busca de lagartijas y cigarras cada vez que lograba escaparme hacia los matorrales aledaños a la casa de mis padres, de vez en cuando lanzaba visuales hacia el descampado donde jugaban encuentros de beisbol. Quizás la memoria humana no permita la mejor referencia del pasado, porque casi siempre tiende a delinear los recuerdos bajo el faro de la subjetividad y las emociones, por más que intentamos acercarnos a lo que denominamos verdad, o realidad, el fantasma de la conveniencia o la emotividad termina alterando los trazos hasta rematar una imagen impresionante pero imprecisa, maravillosa pero incompleta, telúrica pero sospechosa. Esto es más o menos lo que me ocurre cuando intento viajar por aquellos territorios cercanos y distantes de la niñez.
La alegría por salir de la escuela cada atardecer se desvanecía al llegar a casa, trataba a toda costa distraer a mamá, esconderme tras los armarios de suministros de papeles y carpetas en la oficina de papá. Ella parecía tener una brújula infalible para detectar mis coordenadas exactas. Me disgustaba mucho con ella, para mis adentros, porque me hacía practicar varias veces las lecciones de lectura que había aprobado en clase, no valían las calificaciones o notas de felicitación de la maestra, mamá tenía que comprobar mi nivel de lectura. Luego al ver que me sumía en un mutismo por más de quince minutos, me ofrecía algunas compensaciones. La mañana siguiente era yo quien la buscaba en la cocina o el rincón más apartado del lavandero, entonces íbamos hasta aquella media cuadra frente a la plaza Montes, indeleble para mí, primero íbamos a la heladería de la esquina y me pedía una barquilla de mantecado, y yo reclamaba que prefería chocolate, después casi la templaba por la mano hasta la librería “Las Flores”. Apreté los labios cuando Pedro Luis dijo que se habían terminado los ejemplares de Lorenzo y Pepita, La Zorra y el Cuervo, y Archie.
Cuando casi cerraba los ojos para obstruir el paso de las lágrimas, Pedro Luis señaló una revista a mitad de su estante de publicaciones periódicas. Sabía que esa revista del recuadrito anaranjado con letras blancas en la esquina superior derecha de la portada, era la favorita de mis hermanos, pero para ese momento no era muy aficionado a los deportes, Sport Gráfico me parecía un álbum de fotografía en blanco y negro donde Felipe y Jesús Mario se emocionaban comentando los juegos de beisbol que oían todas la noches en el radio. Aunque la foto de la portada casi siempre era a todo color, para mi no se podía comparar con los matices y la pigmentación de cada una de las páginas de los suplementos de historietas, por eso fui incapaz de apreciar el valor de aquella fotografía donde aparecía un beisbolista con el rostro sudoroso, la visera de la gorra ligeramente ladeada y la mirada disparada en medio de la soledad del clubhouse. Estuve a punto de lanzar la revista al suelo cuando Pedro Luis me la entregó. Lo único que me frenó de rechazar la revista fue el temor de enfrentar el castigo implacable de mamá, sabía que aquello podía implicar varios días sin merienda escolar y sin salir a jugar.
No había lanzado muy bien la revista sobre el colchón de mi cama cuando Felipe casi se lanza como en un piscina tras ella, “Tom El Terrífico, el primer pitcher que gana 16 juegos en la historia de los Mets de Nueva York, el tipo que transforma a ese equipo desastroso cada vez que sube al montículo hasta hacerlo que compita como el más genuino contendor al banderín de la Liga Nacional”, toda esa perorata era indescifrable para mí, el beisbol era un código encriptado que me aislaba de mis hermanos, por eso quizás en aquel momento sentía algo de resentimiento por ese deporte. Cuando llegó Jesús Mario no podía dejar de agacharse para ver la portada de la revista y hasta sacó una barajita de aquellas de las Topps que se editaron en Venezuela a mediados de los 1960s, Tom Seaver decía en la parte inferior del cartón, debajo del apelativo Mets en letras azul celeste. Felipe tuvo que retirarse hasta el otro extremo de su cama para evitar el asedio insistente que incluía templones del papel.
El aspecto que más atraía a mis hermanos de Tom Terrific era el parecido en actitud respecto a un pitcher que lanzaba en la liga venezolana de beisbol profesional con un equipo que en esa época era tan débil como los Mets de Nueva York, se trata de los Navegantes del Magallanes de mediados de los años 1960s y de Isaías Látigo Chávez. Felipe y Jesús Mario decían que el efecto de la presencia de Tom Terrific en el montículo de los Mets era exactamente el mismo que cuando El Látigo se encaramaba en la lomita del Magallanes, el equipo se transformaba, dejaba de ser el remolino de errores y desaciertos para fajarse hasta el último out con los mismísimos punteros de la liga. Solo algún tiempo después fue que entendí perfectamente aquella fruición de mis hermanos por disputarse aquel Sport Gráfico que había tomado de mala gana de las manos de Pedro Luis, hasta lo miré con ojos de muy pocos amigos, en mi mente lo acusé de esconder algún suplemento de La Zorra y El Cuervo, para otro niño.
Sabía que Felipe había guardado la revista debajo se su colchón, por eso cuando aquel mediodía dominical del 16 de marzo de 1969, cuando escuchamos la noticia del accidente aéreo donde falleció El Látigo, de inmediato levanté el colchón y me quedé mirando las gotas de sudor de Tom Terrific, como buscando las aristas más inescrutables de aquella similitud de carácter sobre el morrito. Pasé como dos semanas regresando todos los mediodías después de las clases de tercer grado a levantar el colchón para ver aquel Sport Gráfico, era mi forma de revivir a El Látigo. Luego ese mismo año la rutina se hizo más intensa luego que escuché de mis hermanos que los caraquistas habían dicho que el Magallanes solo sería campeón de la liga venezolana cuando los Mets ganaran la Serie Mundial y el hombre llegara a la luna. Entonces todos los días me llevaba el periódico del día y lo ojeaba en el cuarto junto a la revista que sacaba de abajo del colchón. Después que el Apolo 11 llegó a la luna, seguí viendo la revista junto con las reseñas diarias de la gesta de los Milagrosos Mets, hasta que se adueñaron de la Serie Mundial. Y durante la temporada venezolana me llevaba la página deportiva de El Nacional y la veía junto a aquel Sport Gráfico y veía al lado del colchón el windup de El Látigo superponerse con el de Tom Terrific. Cuando los Navegantes ganaron el campeonato y la Serie del Caribe estuve más tiempo viendo aquel Sport Gráfico que el ejemplar de la semana cuando Magallanes atrapó el torneo caribeño. Luego Felipe accedió a que yo guardara esa revista, la atesoraba junto a una colección de más de doscientos Sport Gráficos que guardaba debajo de mi cama. Unas vacaciones escolares fui a casa de mis abuelos en Cumaná y cuando regresé, mamá había decidido desechar los Sport Gráficos que tenía debajo de la cama, pasé más de quince días casi sin hablarle, ya no vería más aquella expresión competitiva de Tom Terrific superpuesta sobre los movimientos de El Látigo, levantando la pierna izquierda hacia el cielo.
Alfonso L. Tusa C. 14 de septiembre de 2020.
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