Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
Un Koan[1] de Mickey Mantle. (II)
En primer lugar, las baterías de la condenada esférica nunca se agotarían. Por semanas, meses, años, cada momento veía esas nueve palabras en tinta azul que me dejaban fuera de balance como si recibiera un golpe repentino desde atrás. Ellas eran un emblema de todas las aseveraciones falsas de los cirujanos, todas las oraciones futiles de los predicadores, y todo el vacío de las historias de béisbol que decían “los muchachos buenos no pueden perder”, que había escuchado o leído. Eran un lanzamiento que nunca atraparía. Y aún... la pelota decía REACH, la señal de la calidad.
Año tras año, seguí tratando, seguí esperanzado en de alguna manera descifrar el koan.
Me convertí en adolescente, enrolé mi cuerpo en la escuela obligatoria de dolor sin dignidad llamada pubertad, y casi reprobé, luego me gradué casi sin notarlo. Descubrí en el proceso que algunas muchachas no tenían nada que ver con 95 % de odiosidad. También descubrí que había vida después del béisbol, que Estados Unidos no era solo los chicos buenos, que Dios no era cristiano, que yo prefería el mito a la teología, y que cuando se trataba de héroes, Odysseus, Rama y Finn McCool significaban incomparablemente más para mí que los George Washington, Davy Crockett y Babe Ruth que me habían impuesto. Descubrí (algunas veces prematuramente o sobreabundantemente, pero nunca para lamentarme), la metafísica, lo salvaje, Europa, el té negro, los lagos altos, el rock, Bach, el tabaco, la poesía, los arroyos de truchas, el Oriente, la novela, el trabajo de mi vida, y cientos de otras herramientas y juguetes de la adultez. Pero entre estas maduraciones y transformaciones, permanecía una indeseada constante: en la presencia de esa pelota confundida, yo seguía siendo un muchacho de trece años. Una mirada al koan “Tu amigo” y cualquier madurez o sabiduría o ecuanimidad que tuviera era involucionada, dejándome tan irritado como cualquier monje inexperto o bateador en mal momento.
Me tomó cuatro años resolver el enigma de la pelota. Era otoño cuando ocurrió, el mismo otoño cuando cumpliría más años de los que mi hermano jamás alcanzó. Como siempre ocurre con las soluciones de un koan, ni siquiera pensaba en la pelota en ese momento. Como también es el caso con los koans, no puedo describir con palabras el impacto de la respuesta, la sanación instantanea que ocurrió, o el sentido relajante de ligereza y libertad. Pero diré lo que pueda.
La solución llegó durante un momento de agitación traído por una caliente noche de verano indio. Había terminado de ver a los Milagrosos Mets arrollar a los Orioles en la Serie Mundial y estaba parado solo en la sala, mirando el patio y al sol ocultándose, me sentía un poco impaciente y apático, cuando me di cuenta de que este era el tipo de impaciencia que no sufría cuando John vivía, porque siempre la evitábamos con un largo juego de lanzarnos la pelota. Con ese pensamiento, en ese momento, simplemente vi a mi hermano recibir y lanzar la pelota. Esto no ocurrió ni afuera ni adentro. Duró un par de segundos, no más. Pero lo vi tan claro, y desapareció tan bruscamente que mis ojos se oscurecieron, me dolió el pecho y la garganta, y no necesité ver la pelota de Mantle para darme cuenta exactamente de lo que quería.
Desde el momento en que fijé mis ojos en ella por primera vez, todo lo que quería era llevar a esa inmaculada pelota a nuestro corredor en una noche como esta, para ocupar mi lugar cerca de los manzanos en el norte y encontrar a mi hermano esperando bajo los inmensos pinos en el sur. Todo lo que quería era arrancar esa pelota perfecta de su pedestal y proceder sin hablar, a jugar a lanzarla de manera tan intensa e indefinida que las manchas y las raspadura de la grama más el sudor de nuestras manos finalmente borrara cada trazo de la tinta azul de Mantle, hasta que todo lo que él nos hubiera dado fuese solo una vieja, desgastada pelota verde grama, marrón tierra.
Pelotas viejas y desgastadas era todo lo que habíamos tenido. Era todo lo que habíamos necesitado. Mientras más sucias estuvieran y más desgastado y remendado el cuero, zumbaban más duro y curveaban mejor. Al recordar esto, recupero en un instante el conocimiento de cuan poco necesitábamos para ser felices, mi sufrimiento por mi hermano se hizo palpable, tomó forma, peso, color, textura y hasta olor. La medida de mi pérdida era precisamente la diferencia entre las pelotas desgastadas, color tierra, manchadas de grama que nos habían proporcionado tal felicidad y esta pelota-ícono de olor antiséptico y fabricación triste en su pedestal de caja de vendajes. Mientras sentía esto, parado ahí palpando mi dolor, moviéndolo alrededor como una piedra en mi mano, me caí en un piso dentro de mí y caí en una cámara profunda y brillante, a tiempo de sentir algo o alguien decirme: ¿Pero quién es quién para decir que necesitamos una pelota vieja para ser felices? ¿Quién es quién para decir que no lo podemos ser con menos? ¿Quién es quién para decir que no podemos ser felices aun sin la pelota?
Y con eso el koan fue resuelto.
No puedo explicar porque esto se sintió como una solución completa. Al leer las palabras desnudas, dos décadas después, no parecen una solución. Pero la respuesta de un koan no es verbal, ni literaria, ni siquiera una experiencia personal. Y un muchacho, un hombre y “yo” no tienen experiencias espirituales, solo el espíritu tiene experiencias espirituales. Por eso es que las iglesias de pronto se convierten en cajas de vendajes que promueven íconos antisépticos que pierden todo su valor en el momento que les remueven los verdes y marrones de la grama y el polvo de la vida. Por eso es que un buen monje Zen siempre declara una solución koan en los términos más simples posibles. “¡Nada de pelotas!”, es quizás lo que debí haber escrito, porque entonces nadie tendría sugerencias de lo que se había querido decir y se evitarían malentendidos, se habría asegurado la inmediatez, integridad y autoridad de la experiencia.
Esto se está poniendo un poco condicional para una historia deportiva. Pero los jóvenes mueren, y entonces ¿Qué? El hermano con el que jugué mil veces a lanzar la pelota esta muerto como yo lo estaré algún día, y a menos que seas un atleta excepcional tú también lo estarás. Ante la evidencia de este hecho, encontré más que un poco consolador recordar cuan clara y brillante me la trajeron a casa aquel dia de octubre, que hay algo en nosotros que no necesita absolutamente nada, ni siquiera una pelota con orejas de perro, para ser felices. Desde ese día, la reliquia del mantel perdió sus tonos enigmáticos y se convirtió en una simple pelota autografiada, nada más, nada menos. Ahora reposa en mi escritorio, al lado de una pelota vieja que mi hermano y yo desgastamos y eso me da una satisfacción que no puedo explicar al sentarme, ahora y entonces, y compararlas aunque todavía cambiaría alegremente la blanca por un buen juego de lanzar la pelota.
Sobre el momento preciso de su llegada, solo recientemente supe de un par de hechos que arrojaron alguna luz. Primero descubrí, en una copia de la vieja carta que mi madre escribió a Mantle, que ella había dejado completamente claro que mi hermano estaba muriendo. Así que cuando el Mick escribió lo que escribió, sabía perfectamente cual podría ser la situación cuando llegara la pelota. Y segundo, supe que mi madre se adelantó y le mostró la pelota a mi hermano. La verdad es que lo que quedaba de él estaba embalsamado. Pero lo que estaba embalsamado no incluía la totalidad de él. Y no tengo razón para asumir que la parte no embalsamada había cambiado mucho. Debe recordarse entonces que mientras mi hermano vivió fue más que un poco vano, que si hubiera sido consultado con motivo de su muerte para mostrar una elegante cabellera marrón, y que cuando mi madre y la pelota de béisbol llegaran a la funeraria, esa elegante cabellera fuese preparada para una urna abierta por un par de cadavéricos empleados cuyos modales aceitosos, cabellos y ropajes, dejaban claro que no sabían diferenciar a Kookie de Roger Maris ni a Relajación Sólida (Solid Cool) de Kool-Aid. ¿Que tal si a este par se les metía en la cabeza vestir a John para la posteridad con un corte de campamento bíblico? Peor aún, que tal si trataran de mostrar los artistas sensitivos y acomodaticios que eran y lo vistieran como un condenado Elvis La Pelvis. No estoy tratando de ser morboso. Solo trato de aclarar los hechos. “El Cuerpo” (“The Bod”) que mi hermano había disfrutado mucho, estaba a punto de ser visto por última vez por todos sus amigos, su familia, y una novia que solo tenía 1.5 % de odiosidad, y la parte del ensamblaje total con la que él había sido más quisquilloso, el estilo del peinado, ¡estaba completamente fuera de su control! Necesitaba los mejores deseos. Necesitaba un amigo. Preferiblemente uno con un peine.
Entra mi valiente madre, y echa una mirada a lo que los dos empleados hacían al cabello, y dijo: ¡No, no, no! Hizo una seña y les dijo, “El lo quiere exactamente como esto”, se sentó para criticar sus esfuerzos y siguió criticándolos hasta que al final se hubiera pensado que el propio John hubiese dado su aprobación.
Solo entonces ella les pidió que se fueran. Solo entonces ella sacó la pelota de su cartera, la compartió con su hijo, y le leyó la inscripción.
Como siempre ocurre con las pelotas de béisbol que llegan, el tiempo es la clave. Gracias a la sincronía que ha hecho del Mick una leyenda, la última vez que vimos a mi hermano, parecía completamente el propio.
Le regreso todos esos mejores deseos al amigo de mi hermano.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Junio 02, 2014.
[1] Paradoja de meditación utilizada para entrenar a los monjes zen budistas en abandonar la dependencia de la razón y forzarlos a ganar iluminación intuitiva
[2] Viejo maestro Zen
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