domingo, 1 de febrero de 2026

En un tambor de agua.

Finales de enero de 1970 es una de esas épocas que si no burbujean con total claridad en los compartimentos de las remembranzas, existe un factor de nitidez amarrado con tu recién adoptada inclinación por seguir ese juego, ese deporte que se juega en cualquier campo baldío o en plena calle, con cuatro bases en rombo, una pelota de costuras rojas, unos guantes tres veces más grande que tus manos y unos bates tallados en madera de guayaba que largaban jonrones más largos que los de fábrica. Junto a todos esos juegos diurnos había un artefacto, pequeño o mediano, a veces recubierto por una carcasa de cuero. En ese radio transistor seguías con tus hermanos las incidencia de los juegos de la temporada de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional, sufrías todas las veces que Navegantes del Magallanes parecía desfallecer en medio de los juegos ante lo que parecía una desventaja muy grande en peloteros criollos respecto a equipos como Leones del caracas o Tiburones de La Guaira. Por lo general te quedabas dormido cuando los Navegantes aún perdían alrededor del octavo inning, la mañana siguiente pensabas que tus hermanos te gastaban bromas al darte el resultado del juego. Luego dejabas de reclamar cuando llegabas a la librería y veías la reseña de El Nacional, El Universal, Meridiano. Lamentabas no haberte mantenido despierto para escuchar la remontada de los Navegantes. Por eso celebrabas mucho la llegada del fin de semana, los juegos sabatinos empezaban a las seis y media de la tarde y los dominicales a las once de la mañana. Cada día tenía nuevas preguntas para Felipe y Jesús Mario, a veces te quejabas del número de bolas, si con tres strikes te ponchaban también debería darte la base con tres bolas. Luego en la noche mientras escuchabas las explicaciones de los narradores en la transmisión radiofónica, entendías algo más pero siempre te quedaban ciertas dudas. Aquella temporada de juegos de pelota en terrenos baldíos y en la corneta del radio fue muy entretenida. Luego de muchos forcejeos, incidentes y tropiezos, los Navegantes lograron clasificar al playoff semifinal para jugar ante los Tigres de Aragua y otra vez los expertos decían que había mucho que demostrar para que el Magallanes pudiera avanzar a una hipotética serie final. Los Tigres eran un equipo de grandes jugadores como David Concepción, Elio Chacón, John Bateman, Jim Williams, Mike Corkins, entre otros. Aquel enero de 1970 hizo mucho frío en Cumanacoa, y aún así se jugaba mucho carnaval con agua a toda hora. Los escalofríos de aquellos baños de agua helada a cualquier hora del día eran casi imperceptibles a lo que sentiste la noche del primer juego de la semifinal, los Tigres destrozaron literalmente el pitcheo de los navegantes y muchos empezaron a reconocer que hasta ahí había llegado el sueño. Tus hermanos callaban, pero entre ellos, en el cuarto mantenían su postura obstinada de que aquello apenas comenzaba. Luego de varias jugadas de filigrana de Dámaso Blanco, varios pivots espectaculares de Gustavo Gil para concretar out fantásticos, unos cuantos batazos atravesados de Armando Ortíz, aquel relevo e 10 innings de Gregorio Machado, aquel triple increíble de Gustavo gil para remolcar a Machado desde primera base, el panorama empezó a mostrar que la madera de aquel equipo no era elemento funcional solo en la temporada regular. Estabas encandilado, hipnotizado, no te creías que el Magallanes, un equipo que tenía tres temporadas sin clasificar, recién mudado a valencia, con buenos peloteros pero a mucha distancia para competir de tú a tú con Caracas y La Guaira, ahora estaba ahí cual los Milagrosos Mets de Nueva York, desafiando a los entendidos del beisbol, al acceder a la serie final, cuando sobre el papel parecía en mucha desventaja también ante Tigres y Cardenales además de Leones y Tiburones. Tenías miedo que aquella final ante La Guaira fuese a resultar una disputa de una sola calle, una derrota vergonzosa.
Por eso cuando Orlando Peña le plantó cara al propio Mike Hedlund ganador de 10 juegos en la temporada regular con efectividad record de 0.75, para ganarle 4-0; te pareció estar soñando, estuviste preguntándole a Felipe como había hecho Peña para dominar a Ángel Bravo, José Herrera, Enzo Hernández, Víctor Davalillo y Paul Casanova entre otros, por varios minutos, hasta que te dijo que “Así es la vida”. Luego vino el blanqueo del novato Don Eddy ante el mismísimo Larry Jaster, si el propio que había vencido a los campeones Dodgers de Los Angeles hasta cinco veces en la temporada de 1966. Que Eddy tuviese el aplomo de resistir nueve entradas sin permitir libertades a esa temible alineación guairista (solo Víctor Davalillo y Ramón Webster pudieron batearle imparables, ambos sencillos), te hizo creer en la posibilidad de ganar el campeonato. Entonces Jay Ritchie salió a fajarse con el zurdo Marcelino López aquella mañana dominical del primero de febrero de 1970. En pleno cierre del noveno inning tu abuela te comentó que necesitaba unos condimentos para la sopa de pescado. Siguiendo sus consejos te asomaste en el jardín y escuchaste a la distancia el sonido de los tobos de aguas volando por los aires y los gritos de sorpresa y reclamo. Volteaste hacia la calle Boyacá y el panorama era igual de complicado con mangueras cual dragones de agua a presión y describiendo parábolas en el aire. Tenías que arriesgarte, preferiste tratar de burlar la trinchera de Ramoncito y Pedro Augusto que lidiar con otros fenómenos que apenas conocías. Cuando cruzabas en el callejón La Paz sentiste que de pronto caminabas en el aire. En aquella proyección de subir y bajar escuchaste muy lejana la voz de Delio Amado León describiendo los detalles del segundo out. No te importaba que te sumergieran en aquel tambor inmenso de agua en la sombra de la casa de la esquina. Estiraste el brazo todo lo que pudiste con el radio apretado en la humedad de tus dedos. Cuando saltaste desde el tambor ni siquiera miraste a los perpetradores corriste hacia la bodega, aún no te explicas como hiciste para comprar los condimentos de tu abuela y regresar a tiempo para prender el radio de bulbos de la sala y escuchar a Delio Amado ilustrar con una voz pausada y emotiva: “Magallanes tiene montada la olla para el sancocho de tiburón…” Entonces Jay Ritchie retiró a Fred Rico para el out 27 y empezó la celebración del campeonato, el primero de los Navegantes en 15 años.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 06, 2025. ©

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