Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
martes, 22 de septiembre de 2026
Bocetos de Ebbets Field.
Aquel viaje por tren desde Boston hacia Nueva York en julio de1983 te hizo ver varias veces el rostro de tu padre, en el anden tragabas el disgusto por no haber completado tu propósito de estudiar bioquímica, en el asiento escuchabas aquella voz grave, “deja ya los lamentos, Dios siempre te va a dar otras oportunidades si lo buscas”, soltaste la mirada mientras el tren se alejaba de la estación, tenías que pasar la página, sabías que tu padre hubiese ingeniado algo para que empezaras a estudiar en Suffolk University, pero él ya no estaba, tenías que arreglártelas con lo que habías aprendido de él más por ósmosis que por asertividad. Enmudeciste cuando de la nada escuchaste aquella voz que taladró la muchedumbre. Ahí, estaba Maria con sus espejuelos plateados, y Alfonso con su sonrisa, intactos desde aquel julio de 1968 cuando tu papá te llevó a la casa de ellos en Brooklyn. Solo querías algo de esencia familiar, de aquella sustancia subterránea que te hacia sentir que pertenecías al entrar a la oficina de tu papá.
Luego de la lasagna y algunas anécdotas de aquel viaje de 1968, de varias conversaciones y salidas con tu papá; María te sorprendió mirando un juego de beisbol en la televisión y te dijo que hacía años que no seguía ese deporte. Para ellos las grandes ligas no fueron las mismas después de 1957. Los Dodgers se fueron de Brooklyn, Mr. O’Malley se los llevó a Los Angeles y demolieron Ebbets Field, donde María y Alfonso iban al menos a dos o tres juegos mensuales y después conseguían boletos para ir a todas aquellas Series Mundiales que perdieron ante los odiados Yankees. “No te desanimes porque haya momentos dificiles, tienes que asumirlos como retos y fajarte con ellos como los buenos. Como hicieron los Dodgers para vencer a los Yankees en la Serie Mundial de 1955. No he vuelto a ver ni un solo juego de beisbol, ni el campeonato de 1959, ni la gesta de Sandy Koufax en 1963 y 1965; para mi esos no son mi equipo, no son los Dodgers que ibamos a ver en Ebbets Field”.
María hizo una especie de bitácora, un mapa de excursiones a lugares icónicos de Nueva York, insistió en subir al tope de la Estatua de la Libertad para ver la ciudad a traves de sus ojos. Entramos a una conferencia en el edificio de la Naciones Unidas y discutimos porque me dijo que no le creía ni el PadreNuestro a esos que se la daban de redentores sociales. Caminamos varios kilómetros en las arenas de Coney Island. Tomamos un taxi y María le pagó para que recorriese los distintos niveles del puente de Brooklyn. Fuimos a Staten Island a visitar a su otro hermano Leo y su esposa sueca Louise, mucha efusividad italiana. Luego fuimos al edificio de oficinas donde María habia trabajado, todavía había muchas personas que habían sido sus compañeros. Al salir noté la imponencia del edificio y de su torre gemela. Ella me dijo que eso se llamaba el World Trade Center. Ahora en retrospectiva es inevitable recrear aquellas imágenes y solaparlas sobre el vacío del crimen de 2001.
Alfonso te explicó las transferencias que debías hacer en el metro para llegar hasta el Shea Stadium en Queens. Maria bromeaba que era mejor ir a ver a los Mets que a los atorrantes Yankees. Ese día no había juego en el Bronx, los Yankees estaban de gira. Recuerdas que confundiste un tren y debiste regresar a la estación de transferencia. Eso hizo que preguntaras cada cinco minutos en que dirección ibas, en tu mejorado flamante inglés de la academia y las calles de Boston. En las cuadras próximas a Shea Stadium se hablaba que el juego estaba comenzando. Apretaste el paso todo lo que te dieron las piernas, a trompicones y saltos de tres escalones entraste a la tribuna de primera base. Ya el visitador había bateado la primera parte del primer inning, los uniformes azul claro con aquella M artística de extremos en serpentina, te indicaban que los Expos de Montreal visitaban a los Mets. En ese momento el catcher Gary Carter corría hacia el montículo para conversar con su pitcher Steve Rogers.
Estuvieron viendo varias fotografías propias y recortes de periódico, en varias aparecía el estadio de aquellos Dodgers: Ebbets Field. Preguntaste si había regresado a ese lugar. María bajó la mirada y respondió que muy pocas veces, solo había ido porque debía hacer diligencias en la zona. La mañana siguiente tomaron el metro y se bajaron en Flatbush. Caminaron varias cuadras hasta que María señaló unos paredones de ladrillos. “Ahí estaban las tribunas de los jardines de Ebbets Field”. El sitio donde estuvo el estadio ahora era un complejo residencial de edificios. María buscaba con la mirada luego te hizo señas. Caminaba con lentitud. Como si temiese llegar al lugar. Entonces te mostró un pentágono de bronce embutido en la acera: “Site of Ebbets Field home plate. Home to the Brooklyn Dodgers 1913-1957. At this location on April 15, 1947 Jack Roosevelt Robinson integrated Major League Baseball”. María estuvo allí inmóvil por varios minutos.
No te atrevías a romper el silencio. De pronto ella volteó y te guiñó el ojo izquierdo. Caminó unos 20 metros y justo al lado de un hidrante gritó “Primera base. Gil Hodges”. Luego calculando la formación de rombo avanzó otros 20 metros y toreando a un carro en medio de la calle remarcó que esa era la posición de Jackie Robinson, que lo vio moverse allí como un fantasma. Entonces avanzó unos siete metros y luego se fue otros cuatro o cinco más hacia el fondo y desde ahí pronunció Pee Wee Reese, shortstop. Después regresó a la línea original y pisó la cuneta de la acera. Aquí estaba la tercera base y Billy Cox atrapaba cualquier pelota. . Desde allí regresó al pentágono de bronce y te empujó dos o tres metros, tenías que dejarle espacio al catcher Roy Campanella. Por un momento María se quitó los anteojos y se secó los ojos con un pañuelo que sacó del bolso. Caminó hacia el centro del rombo que había demarcado. “Aquí subían Carl Erskine, Johnny Podres, Ralph Branca o aquel novato Sandy Koufax”.
Después te templó por el brazo y avanzaron 100, 120 metros desde e hidrante hasta llegar entre un Buick y un Pontiac. “Este era el jardín derecho, aquí jugaba Carl Furillo, nunca vi a nadie con un brazo mejor, por algo lo apodaban ‘el rifle’”. Entonces señaló a la distancia los postes donde quedaban el jardín central y el izquierdo. Siempre que iba a ese estadio, Duke Snider cubria el centerfield y Sandy Amorós, si el mismo de aquella jugada increible en la Serie Mundial de 1955, estaba el el left field. María calló. Regresaron al pentágono de bronce y te dijo que al menos iba a pasar una semana rebobinando todos aquellos días de los 1950s cuando iba con sus hermanos al menos a cinco juegos mensuales de los Dodgers en Ebbets Field.
Alfonso L. Tusa. Septiembre 22, 2026.
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