viernes, 26 de diciembre de 2025

Al final de la maldición del Bambino Ruth, una bendición: Los Medias Rojas de 2004, deportistas del Año. (I)

Tom Verducci. 31-10-2014.
Los Medias Rojas efectuaron la remontada más improbable de la historia del beisbol y liberaron a su largamente sufrida nación de aficionados  En honor al aniversario 60 de Sports Illustrated, Si.com esta reeditando en su totalidad, 60 de las mejores publicadas en la revista. La selección de hoy es "Deportistas del Año", la conmovedora historia de Tom Verducci sobre los Medias Rojas de Boston de 2004 y su impacto en toda una nación.  El cáncer habría matado a la mayoría de los hombres hace mucho tiempo, pero no a George Sumner. El nativo de Waltham, Mass., había servido tres años a bordo del USS Arkansas en la segunda guerra mundial, criado a seis hijos con mucho más amor que el dinero proveniente de reparar estufas, y veia desde su silla de cuero favorita frente al televisor, excepto las pocas veces que tuvo el dinero para comprar entradas para las gradas de Fenway, a sus Medias Rojas, quienes habían encontrado la manera de no ganar la Serie Mundial en cada uno de sus 79 años de vida. George Sumner sabía algo sobre la persistencia.  Los médicos y su familia pensaron que habían perdido a George la última Navidad, más de dos años después del diagnóstico. De alguna manera George sobrevivió. Y pronto, aunque todavía enfermo y afectado por la quimioterapia, la radiación y los viajes de ida y vuelta a los hospitales por semanas contínuas. George tenía aliento para decir, "Me parece que con Pedro y Schilling tenemos un cuerpo de lanzadores muy bueno este año. Por favor, espero que este si sea el año".  La noche del 13 de octubre de 2004, George Sumner que estaba perdiendo la persistencia. El televisor de su habitación en el Newton-Wellesley Hospital mostraba a Pedro Martínez y los Medias Rojas perdiendo ante los Yanquis de Nueva York en el segundo juego de la serie de campeonato de la Liga Americana, Boston había perdido el primer juego con Curt Schilling como abridor. Durante los cortes comerciales, Sumner hablaba con su hija Leah sobre que hacer con sus pertenencias personales. Solo unos pocos días antes, su esposa, Jeanne, le había dicho, "Si te molesta mucho el dolor, George, está bien si te quieres ir".  Pero Leah sabía cuanto quería George a los Medias Rojas, veía con cuanta atención él todavía seguía sus juegos y entendía que su padre siempre rápido con una sonrisa o un chiste, estaba motivado por algo.  "Papá, tu estás esperando a ver si ellos van a la Serie Mundial, ¿verdad?", dijo ella. "Quieres que ellos ganen la Serie ¿cierto?" Un brillo relumbró en los ojos del hombre enfermo y una sonrisa infló sus labios.  "No se lo digas  a tu madre", susurró él. En ese momento, a 30 millas de distancia en Weymouth, Mass., James Andrews se quejaba porque los Medias Rojas perdían otra vez pero encontró cierto alivio al saber que podría liberarse del conflicto que había temido por casi nueve meses. Su esposa, Alice, tenía el 27 de octubre como fecha para dar a luz. El cuarto juego de la Serie Mundial estaba programado para esa fecha. James era el tipo de atormentado aficionado que no podía ver el juego cuando los Medias Rojas llegaban al final del juego en ventaja, debido a una certeza crónica y dolorosa de que su equipo perdería la ventaja de nuevo. Alice no estaba feliz de que James se preocupara del posible conflicto entre el nacimiento y los Medias Rojas. Ella amenazó con prohibir su presencia en la sala de maternidad si Boston jugaba esa noche. "Patético" llamó ella la obsesión de él por el equipo. "No es mi culpa", diría Jaime, y se plegaba a defenderse mediante la herencia. "Eso se transmitió a través de las generaciones, de mi abuelo, a mi madre, a mí".
 Bueno, pensó James mientras veía  a los Medias Rojas perder el segundo juego, por lo menos no tendré que preocuparme de mi equipo en la Serie Mundial cuando nazca mi bebé.  Queridos Medias Rojas:  Mi novio es un fanático de toda la vida de los Medias Rojas. Él me dijo que nos casaremos cuando los Medias Rojas ganen la Serie Mundial... Vi cada pitcheo de los playoffs. Firmado por una futura novia.  Las palabras más poderosas del idioma inglés son monosílabas: love, hate, born, live, die, sex, kill, laugh, cry, want, need, give, take, Sawx (Sox).  Los Medias Rojas de Boston son, por supuesto, una religión cívica en Nueva Inglaterra. Mientras una cuadrilla de trabajadores caminaba hacia el terreno de Fenway Park el pasado verano despues de un juego nocturno, uno de ellos encontró una botella plástica blanca con agua bendita en la grama del outfield. Había un mensaje escrito a mano en un costado. Go Sox. El punto culminante de la película del equipo de 2003, puntualizaba por el jonrón lapidario de Aaron Boone para que los Yanquis ganaran el séptimo juego de la serie de campeonato de la Liga Americana, fue bautizado: Todavía creemos. "Tomamos las palabras directas del canon católico", dice el presidente del equipo Larry Lucchino. "No es Todavía creemos. Nuestra frase del año próximo es Esto es más que béisbol. Esto es Medias Rojas".  Aupar a los Medias Rojas es evidente a diario hasta en las páginas de obituarios, el mensaje definitivo de toda una vida. Cada día en toda Nueva Inglaterra, y algunas veces más allá, las esquelas fúnebres incluyen edad, ocupación, parroquia y alianza con los Medias Rojas. Charles F. Brazeau, nativo de North Adams, Mass., y veterano de la armada premiado con un Corazón Púrpura en la segunda guerra mundial, vivió sus 85 años sin ver a los Medias Rojas ganar la Serie Mundial, aunque casi lo hizo. Cuando falleció en Amarillo, texas, solo dos días antes que Boston ganara la Serie Mundial de 2004, el Amarillo Globe News le dedicó una elegía describiéndolo como un hombre quien "amaba a los Medias Rojas y a la cerveza barata". Descanse en paz.  Lo que los Medias Rojas significan para sus feligreses, y más aún, lo que el deporte en su máxima expresión significa para la cultura estadounidense, nunca fue más evidente que precisamente el 27 de octubre a las 11:40 pm. Para ese momento en San Luis, el cerrador de los Medias Rojas Keith Foulke, luego de fildear un roletazo, lanzó la pelota al primera base Doug Mienkiewicz para el out final de la Serie Mundial, el primer título mundial de los Medias Rojas desde 1918. Entonces el infierno en vez de romperse se congeló.  En toda Nueva Inglaterra, sonaron las campanas de las iglesias. Los hombres lloraron. Los poetas cantaron. Los convictos celebraron. Los niños corrieron a las calles. Las cornetas crujieron. Los corchos de la champaña explotaron. Los extraños se abrazaron.  Virginia Muise, de 111 años, y Fred Hale de 113, sonrieron. Virginia, quién mantenía una gorra de los Medias Rojas al lado de su mesa de noche en New Hampshire y Fred, quien vivía en Maine hasta que se mudó a Syracuse, N.Y. cuando tenía 109 años, eran aficionados de los Medias Rojas, quienes maldición aparte, habían nacido antes que el propio Babe Ruth. Virginia era la persona más longeva de Nueva Inglaterra. Fred era el hombre más viejo del mundo. Luego de tres semanas después de haber visto a los Medias Rojas ganar la Serie Mundial, ambos fallecieron.  Murieron felices.
En su nivel más básico, el deporte satisface la demanda del ser humano por retar sus aptitudes físicas. Y algunas veces, si es practicado lo suficientemente bien, se inspira a otros para que alcancen sus metas. Y después, en raras ocasiones, este puede cambiar la historia social y cultural de un país; cambia vidas. Los Medias Rojas de Boston de 2004 son ese tipo de ejemplo.  Los Medias Rojas son los deportistas del año de Sports Illustrated, un honor que pueden haber ganado aún si la magnitud de su logro atlético sin precedentes fuese todo lo que habría sido considerado. A tres outs de ser barridos en la serie de campeonato de la Liga Americana, ellos ganaron ocho juegos seguidos, los últimos seis sin nunca estar en desventaja. Su lugar en el panteón deportivo está asegurado; el San Judas de los deportes, el santo patrón de las causas atléticas pérdidas, su espíritu será invocado en los momentos más dificiles.  "Es la historia de la esperanza y la fe recompensadas", dice el vicepresidente ejecutivo de los Medias Rojas Charles Steinberg. "Hay que creer que esta es la historia que ellos van a contar a los niños de 7 años dentro de 50 años. Cuando ellos digan, '¡Que va, no puedo hacer esto! tu les puedes decir, 'Claro que puedes. Estos 25 tipos la tenían más dificil, y ellos pudieron. Tu también.'".  Lo que los hace deportistas innegables e inolvidables, es que su logró trascendió al estadio como no lo ha hecho ningún otro equipo profesional. Los Dodgers de Brooklyn de 1955 fueron el epílogo de una época dulce y especial de Estados Unidos. Los Tigres de Detroit de 1968 le dieron una necesaria alegría a una ciudad asediada por la rabia y la confrontación. Los Yanquis de 2001 le entregaron un lugar de reencuentro, una diversión, a una ciudad herida y triste. Los Medias Rojas de 2004 tuvieron un impacto más profundo porque su campeonato tardo mucho tiempo en fraguarse.  Este equipo de Boston conectó a generaciones, por primera vez, mediante la alegría en vez del disgusto, como un mortero emocional. Este equipo cambió la manera como las personas, criadas para esperar lo peor, pensaban en si mismas hacia el futuro. Y el impacto, como todas las cosas, en esa gran comunidad llamada Red Sox Nation, resonó desde las cunas hasta las tumbas.   La mañana despues a que los Medias Rojas ganaran la Serie Mundial, el sargento Paul Barnicle, un detective de la policía de Boston y hermano del columnista del Boston Herald, Mike Barnicle, salió de su guardia a las seis, compró una rosa roja en el mercado de flores de la ciudad, manejó 42 millas hasta un cementerio en Fitchburg, Mass., y colocó la rosa en la lápida de su madre y su padre, quienes estaban entre los muchos que no vivieron lo suficiente para ver ese campeonato.  Cinco días después, Roger Altman, antíguo diputado y secretario del tesoro en la administración Clintom, quien había nacido en Brookline, Mass., voló desde la ciudad de Nueva York hasta Boston con la portada laminada del ejemplar del New York Times del 28 de octubre (encabezado: "Los Medias Rojas borran 86 años de futilidad en cuatro juegos".) Manejó hasta la tumba de su madre, quién había fallecido en noviembre de 2003 a la edad de 95 años, cavó un hueco pequeño y allí enterró la portada del periódico.  Tales peregrinaciones hacia los fallecidos, comunes luego que los Medias Rojas conquistaron a los Yanquis en la serie de campeonato de la Liga Americana, se repitieron en todos los cementerios de Nueva Inglaterra. Los símbolos variaban, pero los sentimientos permanecían iguales. En el cementerio Mount Auburn de Cambridge, las tumbas fueron decoradas con banderines de los Medias Rojas, gorras, camisetas, pelotas, placas de automoviles y calabazas pintadas a mano.
Continuará

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