Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
viernes, 26 de diciembre de 2025
Al final de la maldición del Bambino Ruth, una bendición: Los Medias Rojas de 2004, deportistas del Año. (IV)
George Sumner había esperado toda una vida par aver esto, 79 años, para ser exactos, los últimos tres batallando contra el cáncer. Reunió toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo y en el susurro más alto que podía pronunciar, dijo, “¡Yipiii!”
Entonces cerró sus ojos y se durmió.
“Ese fue probablemente el último momento consciente que tuvo”, dice Leah.
George abrió sus ojos una vez más el día siguiente. Cuando vio que estaba rodeado por toda su familia, dijo: “Hola”, y se durmió por última vez.
George Sumner, ávido aficionado de los Medias Rojas, pasó a mejor vida a las 2:30 a.m. del 29 de octubre. Fue enterrado con honores militares el 2 de noviembre.
El día que George Sumner moría, Alice y Jaime llevaban a casa a un saludable bebé. Lo llamaron Damon.
Los peloteros no son científicos sociales o historiadores culturales. Todo lo contrario, ellos crean una fortaleza de abstracción en la cual todas la consideraciones que van más allá del juego son temidas como el veneno de lo que es conocido genéricamente como “distracciones”.
Los Medias Rojas no son de Boston; ellos proceden de todos los rincones de Estados Unidos y Latinoamérica, y viajaron a sus hogares reales inmediatamente luego de un gran y catársico desfile el 30 de octubre, durante el cual la vida normal de Nueva Inglaterra fue televisada por tres horas. (“¡Tres millones y medio de personas allí y 33 viendo por televisión!” se maravilló Steinberg).
Existe un desbalance odioso en nuestra relación con los atletas, como si estuviésemos mirando un espejo en una sola dirección. Los conocemos, los idolatramos, vestimos como ellos y de alguna manera creemos que nuestras acciones, aunque triviales, alterarán las de ellos, todo mientras ellos saben que estamos ahí pero en realidad no pueden vernos.
Howard Frank Mosher de Vermont estaba al norte de Maine en el verano de 2003 en un acto de firma de libros, durante el cual él habló de su próxima novela, Waiting for Teddy Williams, un relato en el cual los Medias Rojas (¿te imaginas?) ganan la Serie Mundial; él escuchó a un pequeño grupo de personas cantando en la parte trasera de la librería. Sonaban como, Johnny Angel, how I love him…
Mientras Mosher se acercaba notó que estaban cantando, Johnny Angel, how I love him…
¿Qué estaba pasando? Se preguntó.
“Estamos interpretando un encantamiento”, dijo uno de los hombres. “Damon ha estado en slump. Pensamos que esto funciona. Anoche bateó de 5-4”.
Locura. ¿Como podia Damon saber de esto? ¿Cómo podía cualquier pelotero de Boston saber que el reverendo William Bourke, un ávido aficionado de los Medias Rojas quien falleciera en su nativa Rhode Island antes del segundo juego de la Serie Mundial, fue enterrado el día después que Boston lo ganara todo, con una pelota conmemorativa de los Medias Rojas y el periódico de esa mañana adherido a su féretro?
¿Cómo podía Pedro Martínez saber que en la mañana del segundo juego de la Serie Mundial, Diane Connolly, su hijo de tres años, Patrick, y el resto de la congregación de la parroquia St. Francis of Assisi en Litchfield, N.H., oyeron al coro cantar una oración para los Medias Rojas luego del receso? “Nuestro Padre, quien trabaja en Fenway”, comenzaron los cantores. “Danos este día a nuestro Pedro perfecto; y perdona aquellos, como Bill Buckner; y llevanos lejos de la depresión…”
¿Cómo podía saber Curt Schilling que Laura Deforge, 84, de Winooski, Vt., quién vio cada juego de los Medias Rojas por televisión, muchos de ellos dos veces, volteó la tendencia de la serie de campeonato de la Liga Americana cuando ella encontró un gorra sortaria de los Medias Rojas, que tenía 30 años en su armario, luego del tercer juego? Laura la usó en todas partes por los siguientes 11 días, incluyendo el bingo. (Y todavía la usa).
“Solo he estado aquí un año”, dice Schilling, “y resulta impresionante ser parte de la relación entre la Red Sox Nation y este equipo. No la puedo entender. No puedo. Todo lo que puedo hacer es darle gracias a Dios por haberme bendecido con las herramientas que pueden tener un impacto en las vidas de las personas de manera positiva”.
Las vidas de estos peloteros han cambiado para siempre como profesionales. El cátcher de reserva Doug Mirabelli, será una celebridad dentro de 30 años si aparece en cualquier parte desde Woonsocket hasta Winooski. Los Medias Rojas de 2004 tienen un brillo que nunca desaparecerá o será superado.
La resonancia real de este campeonato, sin embargo, es lo mucho que cambió a las personas en la otra cara del espejo de una sola vía, poetas y convictos, padres e hijos, madres e hijas, moribundos y recién nacidos.
El amanecer que rompió en Nueva Inglaterra el 28 de octubre, el primero en la vida del pequeño Damon Andrews, fue muy distinto a cualquier otro visto en tres generaciones. Aquí empezó el nacimiento de una nueva Red Sox Nation, los hijos ya no llevaran las cicatrices y el dolor de sus padres y abuelos. Se sentía tan limpio y fresco como un d{ia de Año Nuevo.
El primer amanecer de Damon también fue el último en la plena vida de George Sumner.
“Fui a trabajar ese día”, dice Leah Sumner, “y tenía lágrimas en los ojos. La gente decía, ‘¿Él lo vio? ¿Él lo vio? Por favor dime que tu padre lo vio’ Ni tienes idea de cuanta paz le dio eso a mis hermanos y hermanas. Hubiera sido muy triste si él no lo hubiese visto”.
“Fue como una bendición. Una dama me dijo que él vivía y moría de la mano de Dios. No soy religiosa, pero él estaba bendecido. Si estaba sentado aquí, él reconocía que había algo muy fuerte ahí”.
“Fue el mejor año, y fue el peor año. Fue un año increíble. Le contaré a mis hijos y me aseguraré que ellos lo hagan con los suyos”.
La historia que ellos contarán no es solo la historia de George Sumner. No es solo la historia de los Medias Rojas de 2004. Es la historia del vínculo entre una nación de aficionados y su querido equipo.
“Ni siquiera es alivio”, dice Leah. “No, es como si fuésemos parte de esto. Es como si ellos no lo hicieron por ellos mismos o por dinero, sino por nosotros”.
“Es más grande que el dinero. Es más grande que la fama. Es como le digo a las personas. Hay tres cosas que deben saber de mi. Amo a mi familia. Amo la música de blues. Y amó al béisbol”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Diciembre 10, 2014.
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