viernes, 26 de diciembre de 2025

Al final de la maldición del Bambino Ruth, una bendición: Los Medias Rojas de 2004, deportistas del Año. (III)

Si naces al norte de Hartford. no hay otro equipo de beisbol de Grandes Ligas que seguir, como ha sido desde que los Bravos se fueron de Boston para Milwaukee en 1953. Es un derecho de nacimiento del cual se aprende rápidamente la historia oral. El Bambino, Denny Galehouse, Johnny Pesky, Bucky Dent, Bill Buckner y Aaron Boone son los nudos de una cuerda, un antirosario incrustado en la memoria de cada hijo e hija de la nación. "No he conocido nada parecido en mi vida", dice David Nathan, 34, quien como su hermano Marc, 37, aprendieron de la mano de su padre, Leslie, 68, quien aprendió de la mano de su padre Morris, 96. "Es muy dificil de ponerlo en palabras. Yo tenía 16 años en 1986, estaba sentado en la sala cuando la pelota pasó entre las piernas de Buckner. Teníamos la champaña lista, y te vuelves a sentar y miras incrédulo. "Yo estaba en el séptimo juego el año pasado y llevé a mi esposa. Le dije, 'Necesitas experimentarlo' Los Medias Rojas ganaban 5-2, y mi esposa me dijo, 'Tienen el juego en el refrigerador'. Le dije. 'No, que va. Que te lo digo, no han ganado hasta el último out'. "Solía mirar a mi papá y no entendía porque lloraba cuando perdían o lloraba cuando ganaban. Ahora lo entiendo". A las 11:40 de la noche del 27 de octubre, David Nathan sostuvo una botella de champaña con una mano y un teléfono en la otra, su padre estaba al otro extremo de la línea. David gritó tan alto que despertó a su hijo de cuatro años, Jack, la cuarta generación Nathan quién junto a la hija de cuatro años de Marc, Jessica, conocerá un nuevo mundo de seguimiento de los Medias Rojas. La cadena de nudos está rota. La esposa de David grabó el momento con una video cámara. Dos semanas despues David se sentaría y escribiría todo en un largo correo electrónico, expresando su agradecimiento al dueño de los Medias Rojas John Henry.  "Como me dijo mi padre el día siguiente", escribió David, "él sintió como que una carga había sido levantada de sus hombros luego de tantos años".  Le leyó el correo a su padre por teléfono. Terminaba así: "Gracias otra vez y larga vida a la Red Sox Nation". David podía llorar a su padre en el teléfono.  "Es bueno saber que luego de todos estos años", dijo Leslie, "algo mío ha pasado a tí".    Era un minuto después de la medianoche del 20 de octubre, y Jared Dolphin, 30, había asumido su puesto de guardia del turno nocturno en el correccional Corrigan-Radgowski de Montville, Conn.,una prisóin de nivel IV, uno por debajo del máximo. El recluso de la celda más próxima a él había cumplido 10 años de una condena de 180 por matar la familia completa de su novia, incluyendo el perro.  Algunos de los reclusos usaban gorras hechas  a mano de los Medias Rojas, una bandana de comisaría o pañuelo festoneado con un "B" icónica dibujada a mano. Técnicamente eran consideradas contrabando, pero las reglas se podían evitar si se trataba de aupar a los Medias Rojas en octubre. Unos pocos reclusos vieron el séptimo juego de la serie de campeonato de la Liga Americana en un televisor portátil de 12 pulgadas que habían comprado en la prisión por 200 $. Muchos recostaban sus rostros contra la pequeña ventana de la puerta de su celda para ver el juego en la televisión del grupo de celdas. Otros veían solo el reflejo de la televisión en la ventana de otra puerta.
Un aficionado de los Medias Rojas, Dolphin vio como Alan Embree retiró a Rubén Sierra de los Yanquis con un roletazo para completar la remontada más grande de la historia de los deportes. Dolphin empezó a llorar.  “De pronto el retén entró en erupción” escribió Dolphin en un correo electrónico. “Salté de inmediato y por instinto mi mano agarró la linterna. Aquello era un pandemónium, silbidos, gritos, golpes en los fregaderos, puertas cualquier cosa que encontraran los convictos. Esto estaba fuera del libro de reglas del recinto, así que me incorporé listo para hacer cumplir la ley. “Pero mientras estaba parado mirando alrededor, sentí algo más. Sentí esperanza. Aquí estaba, a menos de tres metros de los tipos que nunca saldrían de la prisión en sus vidas. El tipo de la celda a mi izquierda tenía 180 años de condena. No iba  a ninguna parte en lo inmediato. Pero mientras lo veía gritar y golpear la puerta me di cuenta que el y yo teníamos algo en común. La esperanza de esa noche también iluminó su vida. Como  aficionados de los Medias Rojas habíamos visto ocurrir lo imposible, y si ese sueño `podía hacerse realidad porque no otros.  “En vez de rodear el retén tratando de restaurar el orden, bajé la linterna y aplaudí. Mi aplauso se unió al escándalo que hacían y eso no se detuvo por cinco minutos. Aplaudí hasta que me dolieron las manos. Estaba aplaudiendo las posibilidades del futuro”.     El día después de la Navidad de 2003, Gregory Miller, 38, de Foxboro, Mass., un aficionado entusiasta de los deportes, especialmente de los Medias Rojas, cayó fulminado por un aneurisma. Dejó a su esposa, Sharon, dos gemelos de seis años y una hija de 18 meses. Sharon cayó en una tristeza y soledad indescriptibles.  Y entonces vinieron octubre y los Medias Rojas.  Sharon, solo una aficionada casual antes de entonces, se vio atrapada en el recorrido de postemporada del equipo. Ella llamaba a su madre, Carolyn Bailey, en Walpole,, como 15 veces durante el transcurso de un juego para quejarse, expresarse, preocuparse, condolerse y celebrar. Hasta hacía chistes. “Mis ojos necesitaban palillos para mantenerse abiertos”, decía Sharon hacia el final de los juegos. “Más colirio. Necesito más colirio”.  Carolyn reía, y su corazón saltaba de ver a su hija divertirse de nuevo. No la había visto o escuchado así desde la muerte de Gregory.  “Fue la primera vez que empezó a reír de nuevo”, dice Carolyn.   “Los Medias Rojas le dieron algo que buscar cada día. Ellos se convirtieron como en parte de la familia”.   El día después que los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial, Carolyn le escribió una carta al equipo. En ella hablaba de su hija. “Los Medias Rojas se convirtieron en su medicina en el camino de regreso de su tragedia. De parte de toda mi familia, les agradecemos desde el fondo de nuestros corazones”.    Leah Storey de Tilton, N.H., redactó su carta de agradecimiento a los Medias Rojas. Su padre había fallecido exactamente un año antes de que los Medias Rojas ganasen la Serie Mundial. Entonces su hermano de 26 años, Ethan, murió de una sobredosis accidental de drogas solo cuatro horas luego de ver con entusiasmo como los Medias Rojas ganaban el quinto juego de la serie de campeonato de la Liga Americana. Cuando los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial, los amigos de Ethan y la familia salieron fuera de la casa de los Storey, gritaron de alegría, descorcharon una botella de Dom Perignon y miraron hacia arriba en busca de un eclipse lunar.
 “Para nosotros, con la memoria de Ethan feliz en nuestras mentes, esos juegos tomaron un nuevo significado”, escribió Leah de la ruta de Boston hasta el campeonato. “Casi como si estos hubiesen sido jugado en su honor. Gracias por no desilusionarlo. No puedo expresar por completo el bienestar que sentíamos al verlos jugar noche tras noche. Eso no borró el dolor, pero lo alivió”.    El 25 de octubre los Medias Rojas estaban a dos victorias de ganar la Serie Mundial cuando los doctores enviaron a George Sumner a morir a su casa de Waltham. No había nada más que pudieran hacer por él. En casa, sin embargo, el estómago de George empezó a llenarse de fluidos, y hubo que llevarlo de vuelta al hospital. Los doctores hicieron lo que pudieron. Dijeron que estaba en tan malas condiciones que dudaban si podría sobrevivir el regreso a casa.  De pronto, con los ojos aún cerrados, George señaló hacia una esquina de la habitación, como si alguien  estuviese allí, y dijo, “No, todavía no”.  Y entonces George regresó a su casa en Waltham. Leah sabía que cada día y cada juego eran preciosos. Ella rezó mucho por una barrida.  La mañana del cuarto juego, lo que resultó ser el momento más importante de la vida de Jaime Andrews, aficionado obseso de los Medias Rojas, llegó a ser “patético”; su esposa Alice, rompió fuente. Aquí estaba: el conflicto que Jaime había temido todo el verano. A las 2:30 p.m. él la llevó al South Shore Hospital, donde fueron recibidos por enfermeras que usaban camisetas de los Medias Rojas sobre sus indumentarias.  A las 8:25 p.m., Alice estaba en la sala de parto. Había un televisor allí. El juego estaba por comenzar en San Luis.  “Pongan el juego”.  Era Alice quien pedía que encendieran el televisor. Damon, el abridor de la alineación, entró a la caja de bateo.  “¡Johnny Damon!”, exclamó Alice. “Él bateará un jonrón”.  Y Damon, con su melena marrón emergiendo de la parte trasera de su casco de batear, la complació.  Los Medias Rojas ganaban 3-0, en la parte baja del quinto inning cuando los Cardenales pusieron hombre en tercera con un out. Jaime no podía resistir la ansiedad. Le dolía la cabeza. Tenía dificultades para respirar.  Le brotaron rosetones alérgicos. Era mucho  para él. Le pidió a Alice que apagara el televisor. Alice insistió en que lo vieran hasta el final del inning. Vieron a Lowe sortear la dificultad. Jaime apagó nerviosamente el televisor.  En casa en Waltham, George Sumner se dormía y despertaba. Sus ojos estaban alerta cuando el juego estaba en curso, pero cuando terminaba un inning el decía entre susurros, “Despiértenme cuando empiece el inning”. Cada vez nadie podía estar seguro si él abriría los ojos otra vez.  Los Medias Rojas mantuvieron la ventaja de 3-0, y el televisor se mantuvo apagado en la sala de parto del South Shore Hospital. A las 11:27 p.m. Alice parió un lindo niño. Jaime notó que el bebé tenía un inusual cabello largo que le llegaba a la nuca. Las enfermeras limpiaron y midieron al niño. Jaime todavía estaba nervioso.  “¿Puedo prender el televisor para ver como quedó el juego?” le preguntó a Alice. “Seguro”, dijo ella.  Eran las 11:40 p.m. Los Medias Rojas saltaban unos sobre otros en el medio del diamante. Eran campeones mundiales.
Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Como la antigua estrella de MLB Brad Lidge se convirtió en arqueólogo

Ted Berg. USA Today. Septiembre 27, 2018. Como muchos ex grandes ligas con su pedigree, Brad Lidge se mantiene cercano y alrededor del ...