Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
miércoles, 8 de abril de 2026
Dick Williams. Remembranzas de un manager.
Aunque escuchaba los ecos de aquellos Medias Rojas cardíacos de 1967 y el Sueño Imposible, poco sabía del tipo que los dirigía desde el dugout. Apenas empezaba a interesarme por el béisbol, quizás escuché a mis hermanos hablar de él. Mi primera referencia propia de su presencia como manager la obtuve en la temporada de 1972. Más concretamente en los play offs y la Serie Mundial. La manera como ganó esas competencias me hizo apreciar al béisbol en toda su magnitud. A través de todos los 25 jugadores del roster. Williams contaba y jugaba con todos ellos. Quizás por eso estaba retándolos a todos cada día, cada segundo que estuvieran en el estadio. El tipo de filosofía que desde fuera te hace ver al manager como un sargento, más a medida que conoces las interioridades del juego, se llega a entender, que el tipo también tiene corazón y lo que desea es que cada quién saque lo mejor de sí.
Hasta que hace poco terminé de leer “No more Mr. Nice Guy”, una biografía de Dick Williams escrita junto a Bill Plaschke, empecé a entender aquella personalidad dura que le ganó varios enfrentamientos con sus peloteros comenzando con los Medias Rojas de 1967. Desde muy pequeño vivió las consecuencias de aquella forma de ser provocadora. A los siete años intentaba adiestrar a un perro, como este no siguiera sus ordenes, el niño insistió tanto y tan seguido que el perro le saltó y lo mordió en la cara. Sus primeros contactos con los juegos de Grandes Ligas los consiguió mediante varias entradas que le entregaban a su hermano Ellery para los juegos de los Cardenales y los Carmelitas de San Luis en Sportman’s Park a las 3 p.m. Esto por pertenecer a un club infantil que conseguía entradas para niños de 10 años o más. Como Ellery no tenía interés por el juego, Dick agarraba las entradas y al salir de la escuela primaria a las 3:15 corria hacia el estadio. Sólo debía actuar como un niño de 10 años, él sólo tenía 7.
Todos los juegos que podía Dick estaba en las gradas del left field, observaba todos los movimientos de los jardineros izquierdos, Joe Medwick de los Cardenales (inquilino del Salón de la Fama, último triple coronado de la Liga Nacional) y Chet Laabs de los Carmelitas, uno de esos jugadores anónimos que tanto valoró Williams en los equipos que dirigió. Laabs jugó 11 años en las mayores, ocho con los Carmelitas, sólo una vez bateó sobre .300 y nunca empujó 100 carreras. Pero era un sobreviviente. Jugó esos años en Grandes Ligas porque jugaba con el corazón y los sesos. Hacía jugadas que nadie que no viera su uniforme lleno de tierra, notaría. Williams lo vio jugar más que a Medwick porque los Carmelitas daban entrada libre a los niños en los juegos dominicales. Pronto se dio cuenta que aquel era su tipo de jugador.
Dick nunca se perdonó el haber causado, según él, la muerte de su padre. Aunque sabía que los hábitos de fumador de toda una vida de su padre la pasarían factura tarde o temprano. Mientras jugaba fútbol americano en la secundaria Dick sufrió una lesión en un tobillo y su padre aun convaleciente de una operación bajó de las tribunas corriendo, para ver que le había ocurrido a su hijo. Gritó y gesticuló hasta que pudo tocar a Dick a un costado del campo. Dick fue atendido y regresó a casa. Aquella noche escuchó varias respiraciones ruidosas en la habitación de su padre. Vino una ambulancia. Al día su mamá lo atendía mientras se recuperaba de la lesión. Llamaron del hospital, su madre regresó llorando. El padre había muerto. Desde entonces Dick se recriminó que de no haber ido a jugar aquel día su padre había vivido más. Sólo tenía 16 años, su padre 47.
Bobby Bragan fue el manager de Dick Williams con el Fort Worth en ligas menores (1949). Con él aprendió la disciplina de jugar en equipo, la importancia de correr para mantenerse en fuena condición física. También le mostró la importancia de que un manager les muestre a sus peloteros su compromiso con la victoria. Una vez envió 8 emergentes por el mismo bateador hasta que consiguió el adecuado. Muchas veces mandó a calentar a un zurdo antes del juego para que los rivales lo creyeran, y detrás de la pared tenía calentando a un derecho que sería el abridor del juego. Algo que parecía imposible aún en aquellos tiempos era colocar un jugador del cuadro en territorio de foul detrás de primera base cuando había jugada de toque en el ambiente. En lo único que Williams se atrevió a disentir de Bragan fue cuando este le sugirió dejar de salir con Norma Mussato, su novia y luego esposa.
El día que Williams llegó a Ebbets Field como un desconocido, la mayoría de aquellos emblemáticos jugadores (Pee Wee Reese, Duke Snider, Roy Campanella, Carl Furillo, Carl Erskine) estaban muy entretenidos y siguió de largo para ver el campo. Jackie Robinson se acercó y le dijo. “Un largo camino desde casa ¿no? Me agrada que estés aquí”. Antes de llegar a ser regular con aquellos Dodgers de Brooklyn, Dick Williams se convirtió en el provocador por excelencia del equipo. Cada vez que jugaban contra los Gigantes y su manager Leo Durocher, Dick aprovechaba que su manager Charlie Dressen les había contado como siendo coach de los Yanquis había visto a Durocher robar el reloj de bolsillo de Babe Ruth. Le gritaba desde el dugout. “Leo ¿Qué hora es? ¿Todavía funciona el reloj de Ruth? ¿Te trae buena suerte? Leeeo. Oh, Leeooo.” Dressen se moría de la risa. Luego Williams debía pagar las consecuencias. Cada vez que iba a batear, Leo le ordenaba al pitcher que me pegara la pelota en el trasero.
En el desenlace del juego final para decidir el campeón de la Liga Nacional de 1951, antes del jonrón de Bobby Thomson, Williams criticó a Dressen porque con tres carreras de ventaja puso a Gil Hodges a cuidar a un corredor que ni siquiera era el empate, eso permitió que pasara el rolewtazo de Don Mueller que sirvió la mesa para la reacción de los Gigantes. Si Hodges hubiese juagado por detrás del corredor hubiese tenido oportunidad de hacer un dobleplay o al menos un out.
Williams empezó a ganarse la titularidad en los Dodgers cuando fue capaz de realizar una jugada impensable. Con hombre en primera y segunda hubo toque de sacrificio, los corredores pasaron a tercera y segunda, el de segunda se abrió considerablemente porque el segunda base cubría la primera base y el campocorto estaba pendiente del corredor de tercera. Williams corrió desde el jardín izquierdo. Gil Hodges le lanzó la pelota e hicieron out al corredor.
Luego perdió la titularidad y prácticamente su carrera en Grandes Ligas al lesionarse el hombro derecho. De allí en adelante deambuló por varios equipos (Baltimore, Cleveland, Kansas City, Boston). En esa última parada empezó su carrera como manager del equipo AAA ubicado en Toronto. Luego de temporadas donde terminó tercero y segundo en 1965 y 1966 respectivamente. Williams fue nombrado manager de los Medias Rojas de Boston para la temporada 1967 por el gerente general Dick O’Connell. Allí empezó su despegue como uno de los mejores estrategas de las Grandes Ligas de todos los tiempos. Su táctica principal, además de una gran disciplina física y técnica, residía en la provocación de sus peloteros diciéndoles que eran incapaces de hacer esto o lo otro.
Era tal el énfasis que Williams ponía en la condición física y el peso de sus jugadores que en una ocasión entrevistaron al infielder Jim Fregosi sobre los métodos del manager Dick Williams y respondió que en la Liga Americana había 9 managers y un dietista. Al terminar la temporada Williams le envió una nota a Fregosi. “Me temo que ganó el dietista”. Al día siguiente del bolazo que recibió Tony Conigliaro en el ojo izquierdo. Dick Williams intentó ir a visitar a su jardinero derecho en la clínica. El dueño del equipo Tom Yawkey le indicó que no estaban permitidas las visitas y así se lo reiteró cuando Williams intentó visitarlo en ocasiones posteriores. Conigliaro resintió que el manager no lo hubiese visitado en el hospital y ese episodio pasó a formar parte de la difícil relación que existía entre estos hombres. Williams, escribió que lamentó mucho que nadie le informara a Tony C que había intentado visitarlo varias veces mientras estuvo en la clínica.
Hacia finales de aquella temporada del Sueño Imposible (1967) una mujer del área de Boston llamó a Dick Williams para pedirle que le hiciera su milagro particular. Su hijo Bobby Broderick estaba muriendo de cáncer y quería ver al manager de su equipo favorito. Fue al final de una serie en Fenway Park y por supuesto Dick fue al hospital. No recordaba mucho el rostro del niño, solo que tenía como 9 años de edad y se aferraba desde su fragilidad a la esperanza de que los Medias Rojas ganaran el banderín de la Liga Americana. Ni siquiera el duro Dick Williams tuvo el valor de prometerle que ganarían el campeonato, sólo que tratarían. Luego mientras caminaba por el pasillo de hospital, juró que si lo intentarían con todo el corazón. Bobby Broderick murió 36 horas después. Su madre le informó a Dick Williams en una carta muy bien escrita sobre papel azul. Williams siempre la conservó en sus archivos. En una parte decía: “No hay carta que describa adecuadamente la felicidad que usted le dio a Bobby Broderick y a sus seres queridos cuando vino a visitarlo”.
Muchos recuerdan la época de Williams en Oakland por las dos Series Mundiales, para mí el punto más indeleble en mi memoria fue el episodio de Mike Andrews en la Serie Mundial de 1973. Charlie Finley había conseguido a Andrews como agente libre luego del Juego de las Estrellas. En el segundo juego de la Serie Mundial (Octubre 14) Oakland llegó empatado a 6 carreras con los Mets de Nueva York al inning 12. Había dos corredores en base y dos outs. John Milner bateó un roletazo por segunda que le hizo un extraño a Andrews y los Mets anotaron dos carreras. Luego Jerry Grote bateó otro roletazo hacia Andrews, esta vez el inicialista Gene Tenace sacó el pie antes de tiempo, le cargaron otro error a Andrews. Otras dos carreras para los Mets. Luego del juego Williams pasó por el club house y le dio varias palmadas a un apesadumbrado Mike Andrews. “Recuerda que los errores físicos son parte del juego. Eres un ser humano”. Finley pensaba distinto e intentó sustituir a Andrews con Manny Trillo alegando una lesión. Para ello hizo que uno de los médicos del equipo redactara un informe donde diagnosticaba dolencias en la espalda de Andrews. Allí empezó el final de los días de Williams en Oakland. Al principio Andrews se negó a firmar un papel reconociendo que estaba lesionado porque no lo estaba. Luego lo firmó bajo amenaza de Finley. Ese fue uno de los momentos más duros de la carrera de Williams como manager. Antes del tercer juego de la Serie el comisionado Bowie Kuhn anunció que Finley no podía activar a Trillo y que debía reenganchar a Andrews. Andrews regresó al equipo para el cuarto juego. En el octavo inning de un juego que perdía 6-1, Williams sacó de emergente a Mike Andrews por el pitcher Horacio Piña. 55000 aficionados de los Mets en Shea Stadium se levantaron para ovacionar a un pelotero del equipo rival.
Luego fue manager de los Angelinos de California (1974-1976), el propio Williams reconocía que el equipo sólo tenía oportunidad de ganar cuando lanzaban Nolan Ryan o Frank Tanana. Era el primero en reconocer los méritos de Ryan como lanzador, se hablaba mucho de su recta pero en los momentos clave del juego siempre sorprendía a todo el mundo con un cambio, una curva o cualquier lanzamiento quebrado, como cuando dominó a Bobby Grich con un cambio para completar su cuarto no hitter ante los Orioles de Baltimore con pizarra de 1-0. Williams trataba de incentivar a sus pitchers de los Angelinos, les decía que si lograban que los contrarios le batearan 18 roletazos para outs o que pudieran serlo, les compraría un flux. Ryan le contestó que el estaba fuera de ese concurso. Williams le dijo, ok, si lanzas el juego sin conceder bases por bolas te compro el flux. Sabía que era muy difícil que Ryan consiguiera eso. Pero varios años después, cuando lanzaba para los Astros de Houston y Williams dirigía a San Diego, Ryan lanzó un juego de dos hits ante los Padres sin conceder boletos. Al terminar el juego Ryan se quedó mirando hacia el dugout de San Diego y se rió. Cuando Williams cayó en cuenta de aquella apuesta hizo los arreglos para que al día siguiente le llevaran un botella de champaña Dom Perignon a Ryan al dugout de los Astros.
Alfonso L. Tusa C. Octubre 01, 2013.
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