Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
sábado, 9 de mayo de 2026
Croquis de ciertas calles de Cumanacoa
Ignoro si la configuración sigue intacta, si los olores característicos variaron, si el reflejo de los atardeceres sigue demarcando ese espectáculo fantasmal de sombras dinámicas, si las esquinas destilan ambientes de atmósfera liviana. Por momentos recuerdo aquellos ejercicios de dibujo técnico donde el profesor insistía en dibujar la calle de Cumanacoa que más nos inspirase, que más los haga flotar, disfrutar de solo caminar por ella. Eso sí, no quería nada de lápices de color, todo debía ser al carboncillo, al más puro grafito de un Mongol 2.Y no sepodía sacar punta. La primera calle que siempre resplandecía, burbujeaba en mis manos era la Bolívar. Había algo de competencia de La Florida por las carreras desbocadas tras los camiones de caña rumbo al central, Las Flores por las zancadas de neblina en las mañanas para llegar a la escuela José Luis Ramos antes del Himno Nacional o los remates meridianos de tres cuadras por cuatro minutos para entrar a la bodega de la señora Santos antes de la clase de las dos pm, y Palotal por los juegos de pelota de goma frente a la panadería de Primitivo o la bodega de María La Catira que más de una vez causaron castigos por retraso del mandado, pero la Bolívar resaltaba por otros detalles en principio poco notables que iban ensanchándose hasta hacerme empezar a dibujar el cañaveral de La Rinconada donde mi memoria recuerda el inicio de esa calle. Hasta allá se extendían los espacios del Centro de Salud.
Hacia finales de la hora de dibujo técnico el profesor se acercó, hizo varias observaciones, la que más recuerdo es su curiosidad por saber porque había tanto brillo de grafito en aquella cuadra del Centro de Salud. Apenas si sonreí, me excusé diciendo que debía terminar el croquis. A medida que inclinaba la mirada, doblaba el cuello, me acercaba al pupitre para cambiar las perspectivas de aquella cuadra, me acercaba a la casa del Dr. Márquez, siempre hablábamos con cierta confianza luego de alguna consulta de fiebre alta. Cierta tarde cercana al mediodía, me hizo señas: “Si quieres que esas hojillas verdugas de los otros papagayos no sigan cortando el pabilo del tuyo, prueba a untarlo con cera de abejas, pero tiene que ser de un panal que no haya caído al piso”. Me dije que el Doctor estaba en algo, me arriesgué a monear un roble de algunos tres metros de altura, y aunque la cera que conseguí fue poca, bastó para que mi papagayo volase invicto esa tarde. Mientras aplicaba retoques finales con un grafito invisible, remarqué ciertas coordenadas, esta voz rebotó junto a la pelota de spalding que llegué persiguiendo desde el solar de asfalto. El señor Alfredo Gómez siempre bromeaba sobre la rivalidad Caracas-Magallanes, “ese equipo tuyo no tiene vida con el Caracas...” No había que molestarse, si perdías hoy, mañana podrías ganar.
Mientras me entregaba aquella pelota cuyo cuero estaba cortado, desgastado, manchado de arcilla y clorofila, varias costuras flojas, varias zonas sin hilo rojo, Alfredo sugirió que eran preferibles las pelotas artesanales esas que se hacían con una bolondrona de las más resistentes, había que conseguir hilo de “huevito”, si, de ese que es color crema y parece mecatillo, nada de pabilo clásico, ese también hacia que la pelota saltara mucho y cinta adhesiva blanca para poder encontrarla más rápido cuando cayera en matorrales tupidos. He visto que han perdido muchas pelotas de spalding o de goma porque salen mucho y caen a mitad del cañaveral detrás del Centro de Salud, o en algún patio poco accesible porque las cercas son muy complicadas. Alguna vez seguí el procedimiento de Alfredo y la pelota aunque no era para nada pesada o “muerta”, rebotaba lo suficiente para hacer correr a quienes servían al campo, pero nunca salían batazos inmensos que caían a mitad del cañaveral. Eso si, costaba desprenderse de cualquier bolondrona porque esas eran las metras más valoradas, te podían entregar hasta diez metras pequeñas por una bolondrona brillante.
En medio del sonido metálico del timbre, los pasos disparados del profesor reclamando la entrega de los dibujos, escuché unos acordes de clarinete desde el porche de la casa de la esquina, había visto en su barbería varias sesiones de otros músicos que conformaban con Salvatore un particular conjunto de música clásica que intercalaba algunas tarantelas y varias versiones de Río Manzanares y El Catire de Aldemaro Romero. A veces Salvatore se iba con el clarinete en la mano y se ponía a mirar nuestras caimaneras desde los matorrales del solar de asfalto que daban hacia la calle Bolívar. Una vez alguien bateó una pelota hacia esos matorrales, luego de más de diez minutos de búsqueda, Salvatore empezó a interpretar O Sole Mío con el clarinete y varios matos verdines tropezaron con unas iguanas al costado de la pelota perdida. Esa tarde le pregunté a Salvatore si conocía a Iván, el señor que componía relojes como dos cuadras despues de su barbería, a unas casas de la oficina de telégrafos y como a tres o cuatro cuadras antes del puente aquel del final de la calle Bolívar que tenía una estructura metálica aerea. Salvatore me dijo que siempre iba a ensayar con Iván, que intercambiaban partituras de clarinete y oboe y hasta habían empezado a trabajar en un tema sobre Cumanacoa. A veces Iván invitaba a Salvatore para que tocase con él en la retreta de la plaza Bolívar. A veces Salvatore invitaba a Iván para que participara en las sesiones vespertinas del cuarteto de trompeta, saxo y trombón que improvisaba al final de la jornada de la barbería.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 09, 2026.
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