martes, 12 de mayo de 2026

Visiones paralelas

Una de estas madrugadas, cuando el calor punzante de Cumaná destila una riada de sudor sobre la sábana, salté en busca de algo de brisa marina. En medio de aquella asfixia prolongada escalé hacia el techo a través de una compuerta con dimensiones de ventana. Aquella oscuridad apenas rasgada por un puñado de estrellas y la incipiencia de los primeros crespones cárdenos del amanecer me sorprendió con la lejanía de una esfera bermeja hacia el oriente, casi al borde de la taquicardia divisé otra esfera, esta con tonalidades cobalto en dirección opuesta. Esa escena de Marte versus Venus me conectó con la habitación de John Sullivan en “Frequency” (Gregory Hobblit. 2000). Por eso anduve de nuevo por las caimaneras de beisbol de las tardes sabatinas de mediados de los 1970s, la sintonización del canal TVN5 a las cuatro pm, la voz enigmática y apasionada de un narrador de futbol desconocido, la yunta de ese narrador con uno de los tres mejores comentaristas deportivos de Venezuela en la transmisión del Mundial de Futbol de España 1982, la noticia del fallecimiento de aquel narrador enigmático que alguna vez le comentó al comentarista que disfrutaba mucho seguir un juego de beisbol y siempre soñó narrar un desafío Caracas-Magallanes. Ignoro que comparación cósmica pueda haber entre la aurora boreal que conectó a John Sullivan y su padre Frank, y la aparente alineación entre la lejanía de Marte y la proximidad de Venus. Mientras giraba desde una esfera a la otra, mis pasos avanzaron, se deslizaron hasta llegar al terreno de beisbol del liceo Luis Beltrán Sanabria de Cumanacoa, allí terminamos jugando luego que nuestro solar de asfalto fuese invadido con centenares de cilindros de concreto para implementar el sistema de cloacas del pueblo. A veces nos llegábamos hasta la trilla de secado de café o maíz en la hacienda de los Bárcenas, en otras ocasiones nos ibamos en bicicleta hasta San Salvador y allá jugábamos en un terreno baldío. Por lo general esos juegos terminaban alrededor de las 4 pm. Siempre salía del terreno primero que todos y pedía que me dejaran manejar la bicicleta, mis amigos me miraban con ojos exorbitantes, en menos de cinco minutos estábamos en la plaza Montes y desde allí aplicaba un ritmo de dos minutos por cada tres cuadras. Giraba la antena entre 40 y 60 grados hacia la derecha y en la pantalla aparecía la voz pausada que de pronto tomaba matices cinéticos y aparecían adjetivos inesperados y adverbios de vértigo. Pronto la televisora nacional formaba parte de mis momentos esperados de la semana. Quería escuchar a ese tipo que se refería mediante apodos propios de amigos de la cuadra a los futbolistas de la Bundesliga alemana. Era toda una experiencia escuchar aquella voz describir las escaramuzas de Migajita Littbarski en el área rival, el empuje y el coraje de Caperucita Roja Rumenigge en sus arrancadas por las bandas, las zancadas rabiosas del Cavernícola Breitner, las travesuras de la Pulga Simonssen y las hazañas del Super Ratón Kevin Keegan. Siempre me quedaba hasta que pasaban los créditos de esos juegos de Bundesliga, así fue que descubrí el nombre del narrador: Andrés Salcedo.
Desde que Carlitos Gonzalez contrató a Andrés Salcedo para narrar los juegos más resaltantes de aquel Mundial de futbol de 1982, avizoré grandes momentos en el desarrollo de esa competencia. Por más que en Venevisión estaba el torrente emocional y ocurrente de Lázaro Candal, siempre terminaba sintonizando RCTV en los momentos cruciales. En el juego Italia versus Argentina, Salcedo siempre hablaba de Il Lupo di Mare y sus merodeos por los alrededores del area y sus remates letales, así se refería a aquel delantero italiano Bruno Conti. Luego en el encuentro Brasil-Italia, hubo un momento cuando los amazónicos montaron una samba en el area italiana y la creatividad de Andrés Salcedo galvanizó en aquella “guasacaca dinámica asfixiante”. En uno de aquellos comentarios pre o pos partido, alguna vez afloró el tema de la afición de Salcedo por el beisbol y Carlitos González lo invitó para que viniera en la temporada de la liga venezolana para que narrase un Caracas-Magallanes. El recuerdo de la noticia del fallecimiento de Andrés Salcedo, además de la melancolía por aquellas tardes sabatinas de TVN5, de la poesía desbordada en el mundial de 1982, también me enteré en parte de los proyectos que había dejado Salcedo, algunos completados otros a medio camino. Por eso aquella madrugada de puntos, de esferas bermejas y cobalto, me hizo sintonizar un juego de comienzos de noviembre a mediados de los 1980s, llegamos al estadio de la UCV por el puente de Las Acacias. Era un juego sabatino. A la distancia desde la bajada del puente hacia el estadio divisé el saco beige y los lentes oscuros de González y el cabello desordenado por la brisa de Salcedo. Quise alcanzarlos, pero la muchedumbre me lo impidió.Solo me quedó sacar el radio transistor. “Amigos...además de toda la expectativa, el suspenso, la atmósfera de un Caracas-Magallanes...hoy me complazco en presentarles a alguien que a mi también me sorprendió cuando me dijo que el beisbol es el deporte que más disfrutó desde su niñez. Que siempre había escuchado a Pancho Pepe Croquer, Delio Amado León y todos esos narradores venezolanos. Con ellos podía ver los juegos. Me está haciendo señas de que le de unos instantes para tomar aire, el hombre está muy emocionado. Me dice que esto es tan impresionante como cualquier final de mundial de futbol.No se extrañen si explica con total naturalidad un squeeze play, o una jugada de cuadro adentro, o bateo y corrido. Aquí le presentó a mi apreciado Andrés Salcedo”.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 11, 2026.

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