martes, 19 de mayo de 2026

Mis Años de Beisbol.

 Philip Roth The New York Times.Abril 2, 1973
En uno de sus ensayos, George Orwell escribe que aunque no era muy bueno en ese juego, tuvo un largo amorío imposible con el cricket hasta que cumplió 16 años. Mis relaciones con el beisbol fueron similares. Desde la edad de 9 años hasta los 13, debo haber pasado semanas de 40 horas durante los meses sin nieve en los campos deportivos de vecindario fuesen de softbol, beisbol, o caimaneras circunstanciales, mientras simultaneamente desarrollaba un trabajo a tiempo completo como alumno en la escuela local de primaria y luego secundaria., como lo recuerdo, las noticias de los eventos públicos más cataclísmicos de mi niñez, la muerte del Presidente Roosevelt y el bombardeo de Hiroshima, me alcanzaron cuando estaba afuera “jugando pelota”. Mis actuaciones eran erráticas; buenas para esos juegos informales de “vente tú”, pero me faltaba la calma y experticia que los naturales mostraban en la alta competencia. Mi gusto y mi talento, eran más para la atrapada circunstancial que para el elevado que se perdía en las nubes, me encantaba correr y saltar, me gustaba eso de “todo o nada”, de alguna manera perdí la confianza al esperar y esperar que la pelota cayera donde yo estaba. Nunca jugué con el equipo de la escuela secundaria, aun así recuerdo que uno de los dos años que intenté en vano (en ambos sentidos de la palabra), hice una buena imitación del estilo de un pelotero capaz de bromear con el entrenador hasta el día cuando se separaba a los soñadores, del equipo definitivo y se entregaban los uniformes. Mi decepción, por profunda que fuese, no significó un cambio en mis planes para el futuro. Jugar beisbol no era a lo que los chicos judíos de nuestro barrio de clase media baja se dedicaban más adelante en la vida. Si me hubiesen expulsado de la escuela secundaria, se habría armado un gran lío en mi casa, y habría sentido mucha confusión y vergüenza,pero tal como sucedieron las cosas, mi familia se tomó mi disgusto con calma y no perdió la fe en mí más de la que perdí en mí mismo. Probablemente se habrían sorprendido si hubiese entrado en el equipo. Tal vez yo también. De seguro eso me habría puesto en una posición diferente con este juego que amaba con todo mi corazón, no simplemente por la diversión de jugarlo (la diversión era secundaria), sino por la dimensión mítica y estética que le da a la vida de un muchacho estadounidense (particularmente uno cuyos abuelos apenas hablaban inglés). Para alguien cuyas raíces en Estados Unidos eran fuertes pero solo de centímetros en profundidad, y que no tenía experiencia, como la podría tener un muchacho católico, de una jerarquía impresionante que era real y se sentía, el beisbol era una especie de iglesia secular que llegaba a cada clase y región de la nación y nos unía en preocupaciones comunes, lealtades, rituales, entusiasmo, y antagonismo. El beisbol me hizo entender de la mejor manera de que trataba el patriotismo. No es que Hitler, y la Marcha de la Muerte de Bataan, y la batalla por las islas Salomón, y la invasión de Normandía, no hicieran de mi y mis contemporáneos la que seguramente debe haber sido la generación más patriótica de escolares estadounidenses de nuestra historia (y la más voluntaria y exitosamente influenciada por la publicidad). Sino que la guerra que empezó cuando yo tenía ocho años de edad, había empujado al país hacia lo que le parecía a un niño, y no solo a un niño, una lucha a muerte (un forcejeo incondicional”) entre el bien y el mal. Cargada de posibilidades peligrosas e impensables que inevitablemente basado en la virtud moral y el odio sanguinario, el patriotismo que clava una bayoneta sobre la Biblia. Me parece que a través del beisbol llegué a entender y experimentar el patriotismo en sus aspectos más tiernos y humanos, lírico más que marcial o justo en espíritu, y sin el tufillo a celo santo, un patriotismo que no podía resumirse fácilmente en un eslogan, ni estar contenido en una fórmula pomposa a la que uno tuviese que jurar algo vago pero que abarcara toda la “lealtad”.
Cantar el Himno Nacional en el auditorio de la escuela cada semana, aún durante los peores años de la guerra, generalmente me dejaba frío, la educadora entusiasta agitaba sus brazos en el aire y obedecíamos con las palabras:” ¡Mira! ¡Luz! ¡Prueba! ¡Noche! ¡Ahí!” Nada se removió en nuestro interior, por muy estridentes que fuésemos; al final, solo fue otro ejercicio escolar.Pero los domingos en el Ruppert Stadium (una franja verde de pasto milagrosamente amurallada entre las fábricas, almacenes y depósitos de camiones de la sección industrial "Ironbound" de Newark), esperando a que los Bears de Newark se enfrentaran al enemigo del otro lado de los pantanos, los odiados Giants de Jersey City (dentro de nuestra iglesia las divisiones son profundas), me habría parecido una emoción desperdiciada si no hubiéramos tenido que ponernos de pie primero (mi padre, mi hermano y yo, junto con nuestros compatriotas hostiles, los irlandeses, alemanes, italianos, polacos de Newark y, en la África de las gradas, los negros de Newark) para celebrar la América que había dado a esta colección dispar de hombres y muchachos un juego tan grandioso y hermoso. Como durante mis días de escuela secundaria aprendí los nombres de las grandes instituciones de enseñanza superior no de un “orientador universitario”, sino organizando quinielas de fútbol americano universitario para un corredor de apuestas del barrio, así llegué a tener una idea más clara del panorama estadounidense al seguir a los equipos de ligas mayores en sus giras, y al leer de las docenas de equipos de ligas menores en las últimas páginas del The Sporting News, que mirando mapas de rutas pioneras en la escuela. El tamaño del continente finalmente te impactaba cuando tenías que quedarte despierto hasta las 10:30 pm en New Jersey (donde llovía) para escuchar via radio teletipo, al pitcher de los Cardenales Mort Cooper lanzar el primer strike de la noche ante el campocorto de Brooklyn, Pee We Reese en el caluroso Sportsmen Park de San Luis, Missouri. Y por mucho que nos enseñasen en clase sobre los mataderos de ganado o los disturbios de Haymarket, Chicago solo empezó a existir como un lugar real, a tener importancia en la historia estadounidense, cuando empecé a temer (como aficionado de los Dodgers) al bate de Phil Cavaretta, primera base de los Cachorros de Chicago. No fue hasta que fui a la universidad y conocí la literatura que encontré algo comparable a la atmósfera emocional y al atractivo fuerte y estético del beisbol. No me refiero a sugerir que fue un simple intercambio, una pasión por otra. Entre descubrir a los Bears de Newark y los Dodgers de Brooklyn a la edad de 7 u 8 años y mirar por primera vez “Lord Jim” de Conrad a la edad de 18, yo había crecido algo. Solo digo que mi descubrimiento de la literatura, y la ficción en particular, y el “romance” , en cierto modo desesperado, pero sincero, que ha surgido, deriva en parte de esta fascinación infantil por el beisbol. O quizás, con mayor precisión, el beisbol, con su tradición y leyendas, su poder cultural, sus asociaciones estacionales, su autenticidad intrínseca, sus reglas simples y estrategias transparentes, sus momentos largos y emocionantes, su amplitud, su suspenso, su peculiar tedio hipnótico, sus hazañas heroícas, sus matices, sus “personajes”, su lenguaje, y su sentido mítico de si mismo, fue la literatura de la niñez.
El beisbol como se jugaba en grandes ligas, era algo muy ajeno a mi vida, sin embargo podía conmoverme hasta el éxtasis y las lágrimas, algo que podía despertar la imaginación y mantener la atención tanto con sus minucias como con su gran dramatismo: la pierna flexionada de Mel Ott al batear la pelota, el desplazamiento de los pies de Jackie Robinson al avanzar hacia segunda base, tan profundamente conmovedor a lo largo de los años como aquella noche “inconcebible”, “inescrutable”, como cualquier noche que el Marlow de Conrad pudiera tener dificultades para comprender, la noche en que el salvaje de los Dodgers, Rex Barney (quien nunca estuvo a la altura de nuestras expectativas, quien debería haber sido nuestro Koufax) no solo completó el partido sin permitir media docena de carreras, sino que lanzó un juego sin imparables ni carreras. Un misterio apasionante, maravillosamente enriquecido por el hecho de que había estado cayendo una llovizna al anochecer, y Barney, pensando que el partido iba a ser aplazado, se había comido un perro caliente justo antes de que le dijeran que tomara la pelota. Este detalle nos lo transmitió Red Barber, el locutor deportivo de radio de los Dodgers en la década de 1940, un sureño respetuoso y afable, con un sutil acento rural en su vocabulario y un tono de voz suave, propio de un párroco rural.Que las aventuras de los (”dem bums”, asi apodaban a los Dodgers)vagabundos de Brooklyn —una región entonces símbolo de la excentricidad y el tumulto urbanos— fueran narradas desde la perspectiva tan ajena como afectuosa de Red Barber constituyó un auténtico triunfo de lo que mis profesores de literatura me enseñarían más tarde a llamar «punto de vista». El propio Henry James podría haber admirado las ironías culturales implícitas y las espléndidas posibilidades para el comentario moral y social indirecto. Y en cuanto al detalle de Rex Barney comiendo su perro caliente, era irresistible, ya que unía lo espectacular con lo mundano y le brindaba a un adolescente una visión de un lado inesperadamente ordinario, incluso monótono, del heroísmo masculino. Por supuesto, con el paso del tiempo, ni el sabor y la sugestividad de la narración de Red Barber, ni los detalles específicos, tan vívidos y reveladores como el perro caliente de Rex Barney antes del partido, pudieron seguir satisfaciendo un apetito literario en desarrollo; sin embargo, no cabe duda de que me ayudaron a mantenerme hasta que tuve la edad y el conocimeinto suficientes para empezar a responder a los grandes inventores del detalle narrativo y a los maestros de la voz y la perspectiva narrativas, como James, Conrad, Dostoievski y Bellow. Philip Roth es el autor de “The Great American Novel”, que trata de beisbol.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Mayo 18, 2026.

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