viernes, 10 de julio de 2026

Phil Regan: Un manager que siempre regresaba a Venezuela.

Leer esa noticia que sabemos puede llegar en algún momento, me paralizó por instantes. José Alfredo Otero reportaba en su muro de facebook que Phil Regan, el pitcher relevista de los Dodgers de Los Angeles a quien Sandy Koufax apodó El Buitre (The Vulture) porque se quedaba con los triunfos luego que él había lanzado la mayoría de los innings, el manager que hizo toda una escuela de competitividad con Leones del Caracas desde finales de los 1980s hasta finales de los 1990s, ese timonel que llevó a Navegantes del Magallanes a tres finales seguidas, quien en más de una ocasión fuese asomado como manager de la selección venezolana para asistir al Clásico Mundial de Beisbol, había fallecido. La primera imagen que apareció en medio de aquel torbellino fue la de Regan enfrascado con toda su pasión al discutir con el árbitro del plato una jugada muy cerrada, si el juego estaba en el inning final o en extrainning, era muy probable que Regan fuese expulsado, nunca dejaba que alguno de sus peloteros discutiera con los árbitros. Su vehemencia era tal que perseguía al árbitro por varios metros. Cuando el médico cardiólogo Daniel Gutiérrez, autor de varios libros de beisbol profesional venezolano, me obsequió su libro a cuatro manos con Urbano Lugo hijo, “Entre pitcheo y pitcheo”, me relató que la estructura de ese libro se había plasmado en el dugout de Leones del Caracas, en medio de la temporada tal vez 1997-1998, la última de Lugo en LVBP, la última de Regan con Leones del Caracas. Gutiérrez explicó a Regan su proyecto de libro biográfico con Urbano Lugo hijo y el manager acordó que podían hablar en el dugout antes del juego. Que tan pronto los peloteros regresaran al dugout luego de la práctica de bateo y el personal del estadio terminara de retocar las lineas de cal, no quería escuchar nada sobre ese libro. Que Gutiérrez solo tenía que ocuparse en asuntos de asistencia médica para los peloteros. “Solo una vez seguí tomando apuntes hasta el himno nacional. Regan me lanzó una mirada brillante que me encegueció”. Todavía guardo imágenes dolorosas de aquel primer juego de la serie final de la temporada 1999-2000 de LVBP. Navegantes del Magallanes versus Águilas del Zulia. Estadio Luis Aparicio El Grande. Maracaibo. Exceso de aficionados en las tribunas. Alrededor del sexto inning hubo disturbios en las tribunas de los jardines, desprendimiento de la baranda del jardín central, varios peloteros del Magallanes impactados por objetos contundentes. El juego estuvo detenido por más de una hora y luego suspendido. Lo soprendente es que las reglas de campeonato indicaban que si el juego se detenía por causas extraterreno por más de 20 minutos debía ser confiscado a favor del visitante. Nunca ocurrió. Regan retiró su equipo y prometió no regresar al campo si no le garantizaban la seguridad de sus peloteros. Cuando regresó Magallanes al terreno, Richard Paz, el segunda base fue golpeado cor una batería de linterna o de radio transistor en la boca lanzada desde la tribuna, de inmediato Regan salió como trueno al terreno y se llevó a sus peloteros. Es increible como la decisión de la directiva de la liga fue diferida por días y el juego debió reanudarse en Valencia. En sus primeras temporadas con Leones del Caracas mostró su ascendencia, empatía y respeto por los jóvenes peloteros. Siempre en los innings finales de juego aún en lo más intenso de la competitividad, Regan sacaba al novato Bob Abreu a jugar en el jardín derecho, y cuando los escépticos empezaban a levantar la voz para crucificar a Regan por su osadía, Abreu los mandaba a callar con un tiro inmenso desde el rincón de los músicos para sacar el out en la mascota del catcher en el propio cierre del noveno inning o en el décimo. Algo similar ocurría con Roger Cedeño en el jardín central o Wilfredo Romero en el izquierdo. Regan siempre exigía más allá del máximo en las prácticas, reclamaba cuando veía algo de displicencia en el jugador. Luego en el campo, en mitad del juego, en el fragor de la batalla, no había un solo pelotero que Regan no respaldara o estimulara.
Cuando se hizo público el nombramiento de Phil Regan como manager del Magallanes en algun momento de marzo o abril de 1999, muchas de mis amistades se quejaron de que era una mala decisión. Que Regan era un manager segundon. Que hacía demasiado énfasis en el pitcheo y descuidaba la ofensiva. Tuve la tentación de replicarles. Me mordí la lengua varias veces y me dije, “Ya van a ver...van a tener que tragarse sus palabras”. Y luego de perder las finales de 1999-2000 y 2000-2001, tuve que callar y aguantar el chaparrón de “Te lo dije...Regan es un segundón”. Tuve que reconocer que en la segunda final, contra Cardenales, ese juego donde el pitcher abridor Vladimir Nuñez le dijo que podía lanzar el noveno inning y sin embargo lo sacó y el relevo no vino a la altura, siempre me pregunté ¿por qué no dejar a Nuñez si estaba pitcheando bien y dijo que podía salir para el noveno? Ha debido al menos darle el primer bateador de ese inning. Los Navegantes del Magallanes venían de dos temporadas quedándose en el round robin semifinal. La directiva de Magallanes nombró a Dámaso Blanco como asistente de Juan José Ávila en la gerencia deportiva. El primer movimiento que hizo Dámaso fue contactar a Phil Regan para tantear la posibilidad de dirigir al Magallanes. Tan pronto como Regan aprobó la propuesta, Dámaso lo puso en contacto con Juan José Ávila y empezaron los trámites del contrato. Aunque Regan se incorporó al equipo con cierto retraso, siempre estuvo en contacto con los peloteros desde que firmó contrato. Cuando finalmente llegó al dugout ya se respiraba una química que había empezado desde antes de la temporada. Cesar Cedeño había cumplido al pie de la letra las instrucciones de enfatizar en la comunicación y de compartir en equipo, al terminar cada juego había una mesa grande con refrigerios para los peloteros. En aquella final de dientes apretados y emociones desbocadas entre Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes, 1993-1994, la competitividad era tal que hasta Tim Tolman y Phil Regan se miraban como dos pistoleros del oeste. Cada juego crecía la tensión. Se sentía un crujir de tizones al rojo ígneo. Dámaso Blanco cuenta que en sus labores de comentarista del circuito radiofónico magallanero siempre buscaba alguna entrevista con algún integrante del rival. En esa final se le dificultó mucho conseguir esas entrevistas, a pesar de toda su trayectoria y contactos en todos los equipos, incluido el Caracas. Para el juego final, el séptimo de aquella serie, Dámaso entrevistó a Tolman unas horas antes del juego. Cuando trató de hacer lo propio con Regan este rechazó la posibilidad, recalcó que antes de ese tipo de juego prefería no hablar con nadie. En 2000 Tom LaSorda escogió a Regan como su coach de pitcheo del equipo de Estados Unidos que competiría en los Juegos Olímpicos de Sydney, Australia. LaSorda conocía perfectamente a Regan desde sus días en los Dodgers, y Regan no lo decepcionó al manejar impecablemente el pitcheo de los estadounidenses rumbo a la medalla dorada. En esos juegos es muy probable que Regan haya empezado a convencer a John Cotton para que regresara a reforzar a Navegantes del Magallanes. Ya había reforzado al equipo en la temporada 1999-2000, con destacada actuación en el round robin semifinal. Casi de seguro eso influyó para que Regan recomendara a este jugador con LaSorda y lo levaran a Sidney. Cotton regresó en las temporadas 2000-2001 y 2001-2002.
En la temporada 2001-2002 cuando finalmente Regan rompió la barrera de segundón con Magallanes, por fin pude ver a la cara a todos aquellos que aseguraban que Regan nunca ganaría un campeonato con Magallanes. Ese año se encargó muy personalmente de compenetrar, de acondicionar, de preparar el engranaje de dos pitchers que resultarían esenciales en ese campeonato: Ruben Quevedo y Johan Santana. Quevedo ganó un juego en el round robin, abrió cuatro y completó uno; tuvo efectividad de 1.37 en 26.1 innings. Luego en la final ganó otro juego en dos aperturas, dejó efectividad de 1.35 en 13.2 inings pitcheados. Santana ganó un juego en el round robin, lanzó en cuatro juegos y dejó efectividad de 2.89 en 18.1 innings. En la serie final ganó otro juego en su única presentación, efectividad de 1.29 en 7 innings lanzados. Para esa final solo podía tomarse un refuerzo. Regan pidió que fuese Robert Pérez, necesitaba ese bateador de poder derecho para equilibrar la alineación con mayoría de zurdos. No hubo que esperar mucho para entender y respetar esa decisión. En el propio primer juego, cierre del noveno inning. Tigres 2 - Magallanes 2. El manager Bill Plummer trae a relevar a Kelvim Escobar. Robert Pérez la sacó a mil millas para dejar en el campo a los Tigres. Un momento de alta tensión del que aún quedan burbujas intermitentes. Phil Regan siempre fue un gran seguidor de la rivalidad Caracas-Magallanes, desde sus días con el Caracas hasta sus juegos más agónicos con Magallanes. Alguna vez llegué a leer declaraciones a periodistas estadounidenses donde hablaba de la rivalidad Navegantes-Leones con la misma intensidad de los enfrentamientos de más tradición y renombre en MLB. Regan no titubeaba para colorcar el derby de los eternos rivales a la par con la efervescencia Yankees-Medias Rojas o la historia de San Luis-Chicago. Los fablistanes gringos le decían que exageraba, que estaba inclinado emocionalmente por los tantos años que había dirigido en Venezuela. Regan sonreía y callaba. No en vano ha sido hasta el momento el único manager campeón con Leones del Caracas (1989-1990) y Navegantes del Magallanes (2001-2002) en LVBP. Dios brille para tí la luz perpetua Phil Regan.
Alfonso L. Tusa C. Julio 09, 2026.

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