sábado, 30 de mayo de 2026

Atmósfera de penumbras

Sigue siendo tu momento preferido del día, el punto de inflexión cuando el crepúsculo quiebra hacia las siluetas oscuras recortadas en perspectiva de sombras cinéticas que llevan hasta aquellos juegos de beisbol de puro oido y tacto en medio de las penumbras más espesas del solar de asfalto, los pies eludían guijarros e irregularidades, la velocidad aumentaba en función de la distancia de las voces, y la pelota rebotaba en los matorrales. El juego seguía con más intensidad, los jonrones sonaban más nítidos y se observaba la esencia, el alma de cada pundonor, cada coraje, cada pasión por combinar el sudor con los suspiros, por mezclar la urgencia de cinética con la efervescencia de la competencia, zancadas en rafágas que no se detienen por miedo a que se rompa la magia y se escape la noche a los esfuerzos del juego. Aún ahora en medio de las estrofas de When I’m 64 discutes con McCartney que si puedes escaparte en ese compartimiento imperceptible de los arreboles vespertinos, para internarte en aquel laberinto de juegos simultáneos cada uno más dramático que el otro, dispuesto a retar a los rivales a que te alcancen rumbo al plato en la carrera más desvencijada y acelerada por frenar y de pronto empezar un tira y encoge en zig zag que estruja los sentidos y te impulsa a avanzar en esas sombras de ciertos relumbrones de luciérnagas y de pronto compartes allá en las penumbras del rombo de latas aplastadas de leche en polvo Tip Top o Reina del Campo, con pelotas desgastadas a las que descifras el tamaño de sus manchas, el color de sus rugosidades mediante el zumbido de las costuras sueltas del cuero de caballo. Esos cinco diez minutos diarios te aislan, transportan a unos pasadizos con nuevas texturas, nuevas tonalidades cada día. Vuelves a sentir la creatividad de aquella música, el vértigo de aquellas zancadas cuanticas para levitar desde esas luces atenuadas previas a las siete de la noche, hasta la oscuridad desgarrada por las estrellas del cielo de la galeria del cine Royal, o los reflejos de las lámparas mortecinas de la galeria del cine Gardel, dos excursiones paralelas, dos viajes a la vez con olores y sonidos únicos que completan la paleta para plasmar toda esa crudeza, esa espontaneidad, esa falta de palabras para describir la sustancia inolvidable, la originalidad vertiginosa de los 1960s y la ingravidez expectante, hipnotizante de los 1970s.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 29, 2026.

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