lunes, 30 de marzo de 2026

Las coordenadas del estadio Delfin Marval

Si, esa estructura que desde que recuerde ha estado allí, al inicio de la avenida Gran Mariscal, por detrás pasa la calle Bolívar, a un costado la escuela República Argentina, al otro costado el instituto educativo privado Santa Inés. Desde hace cierto tiempo, quizás a partir de los 1990s o mediados de los 1980s, los espacios frontales y la esquina de la entrada principal, fueron invadidos por bienhechurías de ventas de comida rápida, aunque esos son espacios municipales. Casi todo el perímetro, pero más la zona de esas bienhechurías más la esquina de la escuela, rezuma de vahos inequívocos de excrementos urinarios y hasta heces. Se ha pretendido enmascarar la realidad con la aparente restitución de las luces en las torres de alumbrado, y la pintura de la estructura de concreto que conforma la tribuna techada. Se observó la colocación de equipos de aire acondicionado en las cabinas de transmisión de radio y televisión. Esa película tiene un salto muy brusco en continuidad de ese ensayo de visión externa, cuando se tiene oportunidad de observar el terreno de ese estadio. No me conformé con las imágenes del terreno de juego de ese estadio que vi en las redes sociales. Tenía que conseguir imágenes más recientes, más actuales. Hay curiosidad por comprobar el estado de arenas ardientes del Sahara que se aprecia en las fotos en todo el campo de juego desde el lugar donde algún dia hubo un plato pentagonal hasta los jardines que me impresionaron con el esmeralda de la grama la primera vez que entré a ese estadio por el acceso central de la tribuna techada. Esperar las siete de la noche, aprovechar el manto de la oscuridad para escalar el paredón del jardín central o el izquierdo. Sin mucho que pensar ni ver, tanteo los huecos en el muro o bajo casi a pasos de hombre araña. Ese espacio que nunca entendí porque se lo habían robado a los jardines de ese estadio, también era zona de guerra, de excrementos fosilizados. Volví a escalar el otro muro, el que colindaba con el terreno de juego. No recuerdo si me mareé, o sufrí un ligero infarto en el lado derecho del pecho. Aún en la penumbra se podía palpar la desolación, el peladero no de chivos, sino de abandono sostenido. Los sonidos oxidados de tantos juegos, de tantos campeonatos, de tanta competitividad y gallardía, de tanta disciplina incrustada en los uniformes revolcados de arcilla y grama. Ahora eran solo arenas desérticas. Poco a poco empecé a bajar por la cerca del jardín central, me parece que el movimiento fue más de urgencia nostálgica que de habilidad de hombre araña. Resultaba más complicado caminar sobre aquel pedregal que descender por la pared. El camino hacia segunda base parecía más el cauce de un río otrora caudaloso. No se si respiraba o boqueaba. Me veía de niño aquella noche de agosto cuando mi tío Carlos me templó para subir la tribuna central, “¿no habías visto un estadio con grama en el infield y los jardines?” Ya no sabía donde estaba, el sitio donde alguna vez estuvo el montículo donde subieron Ramón Monzant, Werner Birrer, Jim Owens, Bob Gibson, Graciliano Parra y Freddy Mata, parecía una trinchera, una hondonada que el viento y alguna lluvia pasajera habian excavado. Buscaba el movimiento retador, los rectazos de Gibson con la camiseta del Oriente, si el mismo Gibson que ganara dos veces la Serie Mundial con Cardenales de San Luis, el que ganó el campeonato de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional con Valencia Industriales en 1961. Esa oscuridad iluminaba lo que había ocurrido en ese terreno, en ese ahora cauce de piedras y guijarros desperdigados en laberinto de infinitos pasajes que prefiero dirigir hacia algún momento de octubre o noviembre de 1966 cuando Magallanes llegó a ese terreno para enfrentar a Cardenales de Lara en juego oficial de la temporada de LVBP 1966-1967. Graciliano Parra subió a ese montículo ahora pura memoria y nostalgia.
Miro la pantalla del celular 7:30 pm. Hora de regresar. A medida que avanza el tiempo será más dificil para una musculatura de 65 años escalar la pared del jardín izquierdo y luego avanzar a tientas entre excrementos y rocas escarpadas hasta llegar al muro externo que da hacia la calle Bolívar. La dinámica de la infinidad de juegos, la visión de la grama recortada y con matices esmeralda del cuadro interior, me paraliza sobre los restos, ese peladero que ahora es el otrora campo de juego. El atardecer cuando casi arrastraba la mano de mi tío Carlos por la calle Ayacucho hasta llegar a La Copita y desde allí las luces del estadio alumbraban en un gradiente de algunos diezmil kilovatios un radio de siete cuadras. Parecía que era plena mañana cuando entramos a la tribuna central del estadio. Décimo Tercer Campeonato de Beisbol Juvenil. Sucre versus Cojedes. La mirada fija en el monticulo, si, el mismo sitio donde ahora hay una hondonada donde casi muy fui de boca al caminar a tientas. Carlos sonríe. Se extraña que yo nunca haya visto un estadio de esa magnitud. Con Pizarra en el jardín izquierdo y torres de alumbrado. Sobre todo con esa grama verde fosforescente en el cuadro interior y en los jardines. Ahora mientras tropiezo con guijarros y peñascos en ese espacio entre la cerca del terreno de juego y el muro que da hacia la calle Bolívar, veo el rostro de Carlos y como nos levantamos a aplaudir una jugada de Justo Arias de guante de revés unos tres metros detrás de tercera base y luego meter un balazo para el mascotín del primera base. El equipo del estado Sucre terminó ganando de manera holgada y solo salí del estadio porque Carlos prometió que vendríamos al siguiente juego. Las luces de ese estadio aquella noche ahora iluminan esta oscuridad y me impulsan para alcanzar la primera muesca del muro, pronto alcanzo el tope y desde allí miro el esqueleto fosilizado, la estructura mineralizada, las aceras con vahos de orina. Una nostalgia implacable.
Alfonso L. Tusa C. Marzo 29, 2026.

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