Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
miércoles, 27 de mayo de 2026
¿No hit no run es igual que juego perfecto?.Remembranzas de mi hermano.
Caminar por esa redoma de la escuela República Argentina una mañana dominical (de agosto de 1970) de juego final de un campeonato nacional de beisbol juvenil, avanzar a zancadas desperdigadas una mañana de septiembre de 1971, para ir a buscar los diarios El Universal y El Nacional a la librería Las Flores de Cumanacoa; son fotografías encajadas en el costado de mis memorias. Ahora en este 2026 cuando Cumaná parece mucho un museo en ruinas de aquellos días de los punzantes 1960s y los retadores 1970s, escucho la voz aguda de Felipe, sus sonrisas retadoras para ver quien llegaba primero a la taquilla del estadio de la Gran Mariscal. Si había algo que apasionaba a Felipe después de las muchachas y el alfandoque, era el beisbol. Esa mañana de septiembre se quedó petrificado casi al lado de la estatua de Domingo Montes. “Armando Bastardo lanza juego perfecto para MOP Zona 10, en el beisbol aficionado de Distrito Federal”.
La camioneta empacada cual sardinas en lata se detuvo frente a la estructura erosionada y pintarrajeada de ocasión. Varias voces se escuchaban al fondo. Mientras me acercaba a un asiento del fondo, uno de los tipos casi se ahogaba con la saliva. “Ese estadio tenía un movimiento, una vida constante.Todos los días había juegos de todas las categorías, desde compota hasta AA. Ahí solo jugaban los juegos más interesantes de todas las ligas, y cuando llegaban los playoffs, escogían los equipos de mejor rendimiento en la temporada regular”. El tipo solicitó parada y se apeó junto a otro señor de guayabera desgastada, de aquellas tan comunes hacia finales de los 1960s. De manera repentina, tal vez porque esa arista de ese estadio la visito regularmente, tal vez porque sospechaba algo de este dueto de personajes, también me bajé. El tipo de piel más bronceada , llevaba una gorra azul claro, muy desgastada con una “S” en el frente. Avanzó a zancadas largas hacia el portón.
Traté de templarlo por el antebrazo izquierdo, parecía anclado, incrustado a un costado de la estatua. Apenas le escuchaba murmurar que en la liga de beisbol profesional venezolana, ni cuando era primera división ningún pitcher había lanzado un juego perfecto. Solo en la categoría mayor del beisbol aficionado, en AA, el carupanero Gustavo “Mocho” García había lanzado un juego perfecto el 19 de abril de 1952 lanzando por Locomotora de La Guaira para vencer 5-0 a Intendencia Naval. Hasta ese momento en el profesional (y hasta el presente) todo lo que se había lanzado eran juegos sin imparables ni carreras. No es igual un juego perfecto que otro sin hits ni carreras. En un juego perfecto el pitcher retira a todos los bateadores que enfrenta sin que se embase nadie, ni por base por bolas, ni pelotazo, ni error, ni nada. Si el juego es de nueve innigs, 27 bateadores, 27 outs. Felipe le dijo que había visto pitchear a Armando Bastardo en el estadio de Cumaná, si, el de la Gran Mariscal.
La guayabera amarilla se manchó con el óxido de la reja del portón. “Por aquí era que entraba a este estadio. Solo la primera vez, cuando mi papá me llevó a inscribirme en el equipo infantil, entré por el portón de la tribuna central...” Su primer manager lo probó en tercera base y aunque pensaba que solo había hecho las rutinas normales de tomar roletazos y algunos elevados delante y detrás de tercera, no se hacía muchas ilusiones, ahí estaban muchos jugadores buenos, cuando llegó aquel sábado al estadio y vio el papel con la alineación del equipo, enmudeció, se quedo clavado frente a ese papel hasta que otros compañeros lo empujaron. No podía creerlo el manager había escrito: Justo Arias tercera base y quinto bate. Aunque en algunas prácticas llegó a jugar campocorto y segunda base, toda su carrera en el beisbol aficionado la hizo como tercera base. Y siempre le gustó esa posición, había escuchado a su papá hablar de Camaleón García, Dámaso Blanco y de un tal Brooks Robinson en grandes ligas.
Nunca había visto a Felipe hablar con tanta emotividad, con tantas palabras atropelladas, ni siquiera cuando iba a ver una película del agente 007, o cuando conseguía sintonizar en onda corta aquella emisora que transmitía en inglés los juegos de la Serie Mundial de beisbol, o cuando compraba la revista Sport Gráfico. Junto a varios amigos se iban pidiendo cola hasta Cumaná para ver las eliminatorias estadales, esa vez la final fue entre los distritos Sucre y Montes. Armando Bastardo versus Rafael Velasquez, el zurdito de Arenas. Luego de algún regateo, consiguieron pagar las entradas a mitad de precio. En el tercer inning, 0-0. Velasquez había ponchado a tres, una base por bolas, dos sencillos. Bastardo, dos ponches, siete roletazos al cuadro, un boleto. Nos sentamos un momento en el escalón de la estatua, Felipe contó que el juego llegó 0-0 al cierre del noveno inning.Ya eran las seis de la tarde y sabía que los carros por puesto viajaban hacia Cumanacoa cuando mucho hasta las seis y media.
El otro tipo, usaba una franela blanca de mangas azul cielo de tres cuartos de brazo. Su voz apenas se escuchaba, solo tomaba matices de tenor agazapado cuando Justo le templaba la visera de la gorra y golpeaba con la mano derecha la zona izquierda de su pecho. “Vamos Freddy Mata, muéstrame todo ese coraje y esa determinación que tenías en el montículo en aquellos torneos distritales y estadales y despues con el equipo de Sucre en aquel campeonato juvenil de 1970, varias veces me ponchaste o dominaste en turnos clave, y yo solo te miraba con una mezcla de rabia y respeto”. El tipo de la franela de tres cuartos de manga entrecerró la mirada. “Mi papá siempre me llevaba por el portón del jardín izquierdo, el que da hacia la calle Bonpland. Después cuando iba por mi cuenta seguí entrando por ahí aunque mi equipo estuviera del lado de la derecha. Yo siempre recuerdo aquellos juegos de preparación con el equipo de Sucre cuando tomabas esos toques de bola malintencionados por tercera base y hacias esos outs impensables, luego de lanzar sin balance, sin equilibrio y a veces desde el suelo, varios de esos outs significaron la victoria en juegos muy cerrados”.
El juego llegó hasta el inning 12 y tuvieron que prender las torres de luz. Fue muy triste ver perder al equipo del distrito Montes porque la pelota se le fue entre las piernas al campocorto. “Al principio lamenté haberme quedado a ver tan deprimente espectáculo”. Felipe miraba fijo el titular de la sección deportiva de El Universal. “Vi al zurdo Velasquez bataquear su guante contra el montículo. Luego lo vi incorporarse y caminar hacia el jardín izquierdo corto. Allí seguía arrodillado el parador en cortos. Podía escuchar sus lamentos, sus disculpas. Velasquez se arrodillo junto al campocorto y allí estuvieron hablando como tres minutos, tuvo que salir el manager y los coaches a levantarlos. Aunque al principio tenían una actitud beligerante con asomos de ladridos, luego el manager colocó una mano sobre la gorra del campocorto y aplicó dos palmadas en el hombro izquierdo del zurdito de Arenas. El beisbol es un juego que exige mucha humildad porque a veces las cosas no salen bien”.
En aquel juego de agosto de 1970, varias veces Justo Arias se acercó desde tercera base para hablar con el zurdo Freddy Mata en el montículo, el árbitro principal tenía que acercarse para terminar la conferencia. Felipe comentaba que esas conversaciones, esas dos o tres palabras que Justo Arias le decía a Freddy Mata, siempre eran muy valoradas por los pitchers, sobre todo en juegos tan tensos como una final. Cuando el juego terminó fue Justo Arias el que buscó a Freddy Mata en el montículo y lo acompañó hasta el dugout luego de perder 2-1 versus Anzoategui.
De regreso a casa, esa vez nos metimos por el antiguo parque de juegos previo a la acequia y lateral a la escuela José Luis Ramos. Desde uno de los jabillos cayó un fruto verde que rebotó desde el zapato izquierdo de Felipe y cayó en el derecho mío. Por puros reflejos solté un patadón y el proyectil se incrustó en un nido de avispas que colgaba del tronco de otro jabillo. En medio de la carrera en huida de las avispas, Felipe me dijo que pitchear un juego perfecto podía ser tan circunstancial como ese fruto de jabillos y la combinación futbolistica. “Lo que no me gusta de la comparación son todas estas avispas persiguiéndonos”.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 26, 2026.
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