jueves, 26 de febrero de 2026

Ron Guidry puede explicar la atracción por los jardines (outfield)

 Harvey Araton. The New York Times. 05-05-2012
 Ron Guidry entendió perfectamente. Sabía porque a Mariano Rivera le gustaba perseguir elevados durante la práctica de bateo y porqué el sueño de Rivera ha sido jugar en el jardín central antes de que termine su carrera de Salón de la Fama.  Cuando lo llamaban el Relámpago de Louissiana mientras pitcheaba, Guidry no sólo tenía la misma rutina diaria, en realidad llegó a jugar dos tercios de inning en la más reverenciada de las posiciones de Yankee Stadium, distribuidos en dos memorables ocasiones (para él).  “Honestamente, fue grandioso, mejor que cualquier sentimiento que tuve mientras pitcheaba”, dijo Guidry este viernes 04 de mayo en la mañana, horas después de enterarse de la triste noticia proveniente de Kansas City acerca de la lesión que terminó con la temporada de 2012 para Rivera y amenaza su carrera como pelotero.  ¿De verdad?, le preguntaron. ¿Mejor que dejar marca de 25-3 con 1.74 de efectividad y 9 blanqueos en 1978?  “Les digo que fue fantástico”, dijo.  Consideren esto como una ventana a la aventura, el alma competitiva de un pitcher que se enorgullecía de su atleticismo superior, quién creía que podía correr, fildear, lanzar y quizás en otra vida hasta batear como los mejores.  Haber jugado como pitcher y jardinero central en la secundaria y la  universidad, le permitió a Guidry decir: “Siempre pensé que podía ser mejor center fielder que pitcher, pero alguién más tenía otra idea”.  Al hablar por teléfono desde su hogar cerca de Lafayette, La., Guidry todavía permanecía atrapado por las emociones luego de enterarse que Rivera se había lesionado el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha y también tenía daño en el menisco. Desde la primera vez que vio a Rivera a comienzos de los años ’90 en un diamante del complejo de Fort Lauderdale, Fla., ha simpatizado con el flaco panameño.  Mark Connor, un entrenador de los Yanquis, le pidió a Guidry, un instructor invitado, que fuera a ver a un joven pitcher que había empezado a escalar posiciones a través de la organización, en ruta a convertirse en el mejor cerrador de la historia del juego.  “Me recuerda mucho a cierta persona”, dijo Connor.  “¿A quién?”, dijo Guidry. “Cuando lo veas, sabrás”.  Cuando Guidry vio a Rivera lanzar, sintió que estaba mirando una versión de si mismo pero a la derecha. El físico endeble de Rivera no cuadraba con la manera como la pelota estallaba en la mascota del catcher, ni con la fluidez casi hipnótica de sus envíos. La conversación que tuvieron luego desembocó en una amistad de dos décadas que se renovaba cada febrero en las crujientes mañanas de Florida, con largas sesiones de lanzamientos y bromas.  “Uno de estos días vas  a ser como yo, viejo”, Guidry le decía a Rivera, quién hasta el jueves en la noche podía ser objeto de confusión en cuanto a su edad.  En los años ’70, Guidry era el Rivera de su época, una maravilla atlética que podía dejar a atrás a los jugadores de posición en las carreras de los jardines y se le podía ver en las prácticas de bateo persiguiendo elevados en todas direcciones.  Guidry también era el pitcher abridor estelar de los Yanquis, y su proclividad a practicar en los jardines irritaba a cierto dueño.
 “Fui llamado a la oficina tal vez seis, siete veces y recibía el jarabe de lengua de Mr. Steinbrenner”, dijo Guidry del Boss George. “Pero yo siempre lo disfrutaba, eso me daba la oportunidad de mantenerme al día con mi trabajo. Correr sólo es aburrido. Perseguía moscas allá afuera, corría casi una hora, nunca parecía tanto tiempo. Eso fortalecía mis piernas”.  Guidry recuerda que le dijo a Steinbrenner, "Si me quitas eso, me voy a casa”.  Mientras consideraba que 2012 sería su última temporada, Rivera intentó convencer al manager Joe Girardi que le permitiera cumplir el deseo que Guidry materializó dos veces. El 29 de septiembre de 1979, Billy Martin envió a Guidry al center field para el noveno inning de una victoria 9-4 sobre Toronto, ante el remanente de una multitud de 30.016 personas.  Cuatro años después, otro “cf” quedó por siempre adherido al nombre de Guidry en un box score más histórico, el infame juego del alquitrán de pino, reanudado el 18 de agosto de 1983. Enfurecido porque el béisbol había permitido que prevaleciera el jonrón de dos carreras de George Brett a pesar del exceso de alquitrán de pino en el bate, Martin envió a Guidry  al center field y a Don Mattingly a segunda base para el out final en la primera parte del noveno inning,  en franca protesta.  Como Guidry llegó allí no importa. “¿Cuántos tipos logran jugar center field en Yankee Stadium?”, dijo y añadió que su único lamento era que ninguno de los dos outs que se hicieron en sus dos apariciones fueron hechos por él.  “Podía hacer las atrapadas”, dijo. “Vi la repetición de Mariano lesionándose y te diré esto: Perseguí pelotas con más intensidad que esa. Salté varias cercas”.  ¿Muy arriesgado? Guidry recordó el hecho de que Dave Robertson, el probable reemplazo de Rivera, se lesionó en la primavera mientras bajaba unas escaleras.  La preocupación de Guidry de que Rivera sería el blanco de las críticas, no tenía fundamento sin embargo. Hay mucha buena voluntad en el banco, como en el caso del pobre Joba Chamberlain, quién recibió su ración de críticas en los medios por romperse el tobillo mientras saltaba en un trampolín con su hijo pequeño, solo trataba de ser papá.  “Somos personas, no sólo pitchers”, dijo Guidry. “Si ellos no hubieran dejado a Mariano disfrutar el juego, tal vez no hubiera pitcheado tanto tiempo”.  Para el viernes en la tarde, Guidry estaba contento de oir que Rivera quería regresar. Ok, tendrá 43 años para el comienzo de la próxima temporada, tal vez deba dejar de correr en los jardines si decide regresar.  “Le dije que se pondría viejo como yo”, dijo Guidry, 61. “Y se puso”.
Traducción:  Alfonso L. Tusa C. Mayo 14. 2012.

martes, 24 de febrero de 2026

El Juego más largo en la historia del beisbol organizado.

BR Bullpen
El juego más largo en la historia del beisbol organizado ocurrió en 1981, entre los Red Sox de Pawtucket y los Red Wings de Rochester de la International League en el McCoy Stadium de Pawtucket y duró 33 innings. El juego empezó el 18 de abril y duró 32 innings antes de ser detenido, para ser reanudado más adelante en la temporada. El juego se reanudo el 23 de junio y solo se necesitó jugar un inning más para que Pawtucket ganase con marcador de 3-2 en el cierre del trigésimo tercer episodio. En el juego participaron los futuros inquilinos del Salón de la Fama Wade Boggs y Cal Ripken Jr., como los dos terceras bases. Bob Ojeda y Marty Barrett también tuvieron notables carreras en las ligas mayores. Los venezolanos Luis Aponte y Manuel Sarmiento también llegaron a jugar en MLB.
Un duelo de pitcheo. El juego empezó tarde un sábado frío y ventoso, luego del primer pitcheo el juego fue detenido por treinta minutos mientras reparaban una torre de alumbrado. Los primeros seis innings fueron un duelo de pitcheo, los abridores Larry Jones por los Red Wings y Danny Parks por los Red Sox lanzaron sin carreras. En la apertura del séptimo inning , Chris Bourjos de Rochester remolcó a Mark Corey con sencillo, entonces Luis Aponte vino a relevar a Parks y contuvo a los Red Wings. En el cierre del noveno inning la pizarra seguía 1-0 a favor de los visitantes. Luego de un doble contra la cerca del jardín central de Chico Walker, un lanzamiento descontrolado de Larry Jones, y un elevado de sacrificio de Russ Laribee, se produjo la carrera de la igualada y el juego fue a extra innings. El juego permanecería empatado por 11 innings, debido a las actuaciones inmensas de ambos bullpens. Aponte poncharía nueve Red Wings hasta el décimo inning, y sería seguido por Manuel Sarmiento (4 IP), Mike Smithson (3.1 IP), y Win Remmerswaal (3.2 IP). En la acera de enfrente, el relevista de Rochester Schneider casi igualaba a Aponte al pochar 8 en 5.1 innings luego de salir a relevar en el noveno inning. Steve Luebber llegaría en el décimo quinto inning por los Red Wings y pitchearía 8 innings. En la apertura del undécimo inning parecía que los Red Wíngs anotarían una carrera mediante un lineazo destinado al jardín izquierdo pero el tercera base Wade Boggs salvó el juego para los Medias Rojas al atraparlo.
El Juego Sin Fin. Más adelante en el juego, en la quinta o la sexta hora. Sam Bowen, jardinero derecho de Pawtucket, trono un elevado inmenso al jardín central que parecía terminar el juego. De acuerdo al jardinero central de Rochester Dallas Williams: “Se había ido...Pero regresó debido al fuerte viento y la atrapé”. En la apertura del vigésimo primer inning, el catcher de los Red Wings, Dave Huppert, bateó doblete remolcador de una carrera para darle ventaja de 2-1 a Rochester. Entonces en el cierre de ese episodio,Wade Boggs de los Medias Rojas, largó un doble para hacer anotar Dave Koza para igualar el marcador. En el vigésimo segundo inning, el manager de Pawtucket Joe Morgan fue expulsado del juego por Dennis Cregg por discutir la sentencia de un toque de bola. Para ese momento, el juego había entrado a su segundo día, y de acuerdo al libro de reglas de la International League había un tiempo límite a partir del cual habría que suspender el juego alrededor de la 1:00 a.m. Sin embargo, el libro de reglas del árbitro principal Dennis Cregg no era la versión actualizada y por tanto no aparecía ese ajuste. Por tanto el juego continuó por otros 11 innings en blanco. Los 10 innings finales para Rochester fueron lanzados por Jim Umbarger, quien permitió solo cuatro imparables y ponchó nueve. Finch y Bruce Hurst pitchearon los diez innings finales de Pawtucket, permitieron seis imparables y poncharon seis. A las 2:00 a.m., el relevista de Pawtucket, Luis Aponte quien había pitcheado desde el séptimo hasta el décimo inning, recibió permiso de su manager para regresar a casa. Sin embargo, su esposa no lo recibió con los brazos abiertos. Al llegar, Xiomara Aponte le preguntó molesta, “¿Donde estabas?” a lo cual el pitcher respondió “En el estadio”, a lo cual su esposa le dijo “Si como no, en el infierno es donde estabas”. Aponte razonó que la noticia del juego estaría en los periódicos del domingo, pero la duración prolongada del juego significó que el juego todavía estaba en proceso cuando cerró la guardia de los periódicos y la noticia del juego no fue publicada hasta el lunes. Aponte pasó ambas noches en el sofá. En la parte alta del inning 30, el juego rompió la marca de ligas menores para el juego más largo el cual se había efectuado el 14 de junio de 1966 en la Florida State League. En aquel juego en Al Lang Field, los Marlins de Miami vencieron a los Cardinals de St. Petersburg 4-3, en 29 innings, 6 horas y 59 minutos. Mientras el juego avanzaba en la madrugada, los peloteros empezaron a hacer cualquier cosa para mantenerse calientes incluyendo quemar los bancos en el bullpen y los bates rotos en el dugout. Mientras tanto, el gerente general de Pawtucket Mike Tamburro intentaba localizar al presidente la International League, Harold Cooper para saber que hacer de acuerdo a la normativa. Finalmente, Cooper fue contactado a las 3:00 am, y ordenó que se suspendiese el juego al completarse el inning en curso. A la 4:09 am del 19 de abril, al cierre del inning 32, el juego fue suspendido y se reanudaría en fecha posterior. En ese momento solo había 19 aficionados en las tribunas, a todos el dueño del equipo Ben Mondor les dio pases vitalicios de entrada al McCoy Stadium.
El Inning Final. El juego se reanudó el 23 de junio cuando los Red Wings regresaron a Pawtucket. Presentes para la continuación del juego había una multitud de casa llena, así como 140 miembros de la prensa de varias partes del mundo, y cuatro estaciones de televisión. Además de la naturaleza histórica del juego, este atrajo la atención porque la segunda parte fue efectuada durante la huelga de peloteros de MLB en 1981. El juego requirió solo un inning y dieciocho minutos para terminar. El octavo pitcher de Pawtucket, Bob Ojeda, fue el “relevista abridor” del equipo. El 18 de abril, Ojeda no había estado disponible para pitchear porque había lanzado la noche anterior, el 17 de abril.Ojeda retiró a Dallas Williams y luego recibió imparable de Cal Ripken Jr. Antes de ponchar a Floy Rayford y dominar a John Valle con elevado a la izquierda. Steve Grilli, quien había empezado la temporada en el sistema de los Azulejos de Toronto y era un veterano de 70 juegos en las mayores, fue la opción de Rochester. Grilli golpeó a Marty Barrett con su primer pitcheo, luego permitió sencillo a Chico Walker que llevó a Barrett hasta la antesala. Russ Laribee fue boleado intencionalmente y otro relevista de los Red Wings fue llamado a lanzar, Cliff Speck, para enfrentar a Dave Koza el bateador con más imparables en el juego. Después de 8 horas, 25 minutos y 33 innings, Koza bateó una curva en conteo de 2-2 hacia el jardín izquierdo para conseguir el imparable remolcador de Barrett para ganar el juego.
Epílogo Esa liga AAA tenía muchos futuros grandes ligas. De los cuarenta y un peloteros que participaron en el juego, 25 jugaron en las ligas mayores, y entre ellos estaban dos inquilinos del Salón de la Fama: Cal Ripken Jr. Y Wade Boggs. Los catorce pitchers del juego utilizaron 160 pelotas y efectuaron 800 pitcheos. Ellos mantuvieron a los batedores en 39 imparables durante 219 turnos al bate, para un promedio de bateo de .178. Dallas Williams al batear de 13-0 estableció la marca aún vigente de más turnos sin imparables en un juego. El jardinero central de Rochester también ejecutó dos toques de sacrificio, lo cual lleva a 15 su conteo de apariciones al plato.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Febrero 24, 2026.

lunes, 23 de febrero de 2026

Mickey Lolich, el Héroe de Detroit en la Serie Mundial de 1968, fallece a los 85 años de edad.

El pitcher de los Tigres logró tres victorias en juegos completos para vencer a los Cardenales de San Luis por el campeonato, y se acreditó los honores del jugador más valioso de la serie.
Richard Goldstein. The New York Times. Febrero 4, 2026.
Mickey Lolich, pitcher zurdo de poder cuyas tres victorias de juegos completos sobre los Cardenales de San Luis propulsaron a los Tigres de Detroit al campeonato de la Serie Mundial de 1968, lo cual le valio los honores de jugador más valioso de ese evento, falleció este miércoles 4 de febrero de 2026 en Sterling Heights. Su deceso, en una facilidad de cuidados asistidos, fue confirmado por su esposa Joyce Lolich. Pitcheó 16 temporadas en las ligas mayores , principalmente con los Tigres, Lolich ganó 217 juegos y ponchó 2832 bateadores, ponchó más de 200 bateadores en una temporada siete veces. Para nada representaba la complexión atlética ideal: su peso excedía el valor adecuado para su estatura. Pero su resistente brazo izquierdo aportaba muchas mejores consecuencias que su panza. Los Tigres terminaron 12 juegos por delante de los Orioles de Baltimore y ganaron el banderín de 1968 en la Liga Americana, el último disputado en el formato de liga, liderados por el derecho Denny McLain quien ganó 31 juegos y perdió solo seis esa temporada al convertirse en el primer pitcher que alcanzaba la marca de las 30 victorias en 34 años. Lolich, por su parte compiló una marca de 17-9. McClain fue superado por el futuro inquilino del Salón de la fama, Bob Gibson en el primer juego de la Serie Mundial, efectuado en el Busch Stadium de San Luis. Aunque debió batallar con una infección en la ingle que le apareció durante la noche, Lolich llevó a los Tigres a una victoria 8-1 en el segundo juego y despachó el único jonrón de su carrera, una línea por toda la línea del jardín izquierdo ante el abridor de los Cardenales, Nelson Briles. Los Tigres pérdieron los siguientes dos juegos en casa y estaban al borde de la descalificación cuando Lolich volvió a subir al montículo, de nuevo contra Briles, pero esta vez en Tiger Stadium. Lolich permitió tres carreras en el primer inning, pero los Tigres se las arreglaron para remontar y ganar 5-3. Ganaron el sexto juego en San Luis, apoyados en el sólido pitcheo de McLain y un tercer inning de 10 carreras. Lolich fue seleccionado como pitcher abridor de nuevo para el séptimo juego, cuando enfrentó a Gibson.
Con el juego igualado a cero en el séptimo inning, el jardinero de los Tigres, Jim Northrup, conectó una línea sobre la cabeza de Curt Flood, el jardinero central de los Cardenales, que se convirtió en triple remolcador de dos anotaciones, había dos outs. Detroit se apuntó la victoria 4-1, dándole a los Tigres su primer campeonato de Serie Mundial desde que vencieran a los Cachorros de Chicago en siete juegos en 1945. Cincuenta años después, Lolich le dijo a The Portland Tribune en Oregon que se sentido “ligeramente cansado” antes del séptimo juego, “pero cuando mi brazo estaba cansado mi sinker (recta subterránea) se hundía más de lo normal”. Con aquel out final. Un elevado en foul de Tim McCarver de los cardenales que llevóa Lolich a saltar hacia los brazos del catcher de los Tigres, Bill Freehan, Lolich se convirtió en el único pitcher zurdo en la historia de la Liga Americana en ganar tres juegos completos en una Serie Mundial. Ganar el premio al jugador más valioso de la Serie Mundial fue particularmente dulce para él, luego de ver su temporada regular de 17 triunfos opacada por otra más brillante de McLain, el ganador del premio Cy Young de ese año y jugador más valioso de la Liga Americana. “Siempre había alguien más”, le dijo Lolich a The Detroit Free Press en 2018, “pero finalmente haía llegado mi día”. Michael Stephen Lolich nació el 12 de septiembre de 1940 en Portland, Ore., en el hogar de Steve y Margarite (Greblo) Lolich. Su padre trabajaba para el departamento de parques de la ciudad. Cuando tenía 10 años de edad, su padre “me llamó para jugar en el jardín derecho para llenar una vacante en un juego de muchachos entre 13 y 15 años de edad, el pitcher estaba recibiendo mucho castigo”, dijo Lolich a The New York Times en diciembre de 1975, poco después los Tigres lo cambiaron a los Mets de Nueva York. “Le dije a alguien, ‘Yo puedo hacer eso de mejor manera’”, agregó, “y el entrenador me escuchó y me puso a pitchear para callarme la boca. Solo que hice tronar la pelota e hice el trabajo. Ahí fue cuando supe que tenía un buen brazo”. Lolich fue firmado por los Tigres para pitchear en su sistema de ligas menores en 1958, había sido la estrella de su equipo en la escuela secundaria. En 1962, , cuando los Tigres lo prestaron a los Beavers de Portland de la Pacific Coast League, fue tutoreado por Gerry Staley, el entrenador de pitcheo del equipo y pitcher de ligas mayores por mucho tiempo. “Me dijo que si le daba 10 días el trataría de convertirme en pitcher”, le dijo Lolich a Tim Wendel para su libro de 2012 “Summer of ‘68” (Verano del ‘68)”. “Entonces yo solo era un tirador. Me paré allí y lancé tan duro como pude”. Staley enseñó a Lolich como hacer que su recta se hundiese y a concentrarse en el control, para mantener la pelota baja y en la esquina externa más que simplemente tratar de pasar al bateador con cada pitcheo.
“Gerry Staley cambió toda mi vida”, recordó Lolich. “Tan simple como eso”. Lolich debutó con los Tigres en 1963 y se estableció como abridor de primera línea en 1964 cuando ganó 18 juegos y perdió 9. En el verano de 1967, Detroit fue impactada por uno de los peores disturbios urbanos de la época. Lolich, sargento de Michigan Air National Guard, perdió alrededor de dos semanas de la temporada cuando la guardia fue activada para ayudar a restaurar el orden. Pero él terminó la temporada con marca de 14-13, junto a Earl Wilson, quien ganó 22 juegos, McLain y Joe Sparma en una rotación que mantuvo a los Tigres en la lucha por el banderín hasta el último día de la temporada, cuando terminaron igualados con los Mellizos de Minnesota en el segundo lugar, un juego detrás de los Medias Rojas de Boston. Lolich tuvo marca de 25-14 en 1971, cuando lanzó 29 juegos completos y ponchó 308 bateadores, y dejó registro de 22-14 en 1972. Lanzó más de 300 innings cada temporada desde 1971 hasta 1974. Aunque la mayoría de los pitchers usaba hielo para calmar el dolor en el brazo de lanzar, Lolich aplicaba agua muy caliente y trabajaba duro en los estiramientos. Fue negociado a los Mets después de la temporada de 1975 en una transacción múltiple que llevó a Rusty Staub a Detroit. Tuvo marca de 8-13 con los Mets en 1976 y se retiró brevemente después de esa temporada, pero regresó a pitchear para los Padres de San Diego en 1978 y 1979. Terminó su carrera con marca de 217-191 y fue tres veces al juego de estrellas. A Lolich le sobreviven su esposa; tres hijas, Kimberly Stout, Stacy Lolich-Ellenbrook y Jody Lolich; y tres nietos. Lolich y su esposa administraron y operaron una pastelería en Lake Orion, Mich., cerca de Detroit, por muchos años, una profesión retadora para alguien de las características físicas de él. Pero él se defendía de frente a los chistes sobre su peso. “A través de mis 16 años en las ligas mayores, cada vez que las cosas no iban bien, la gente siempre buscaba razones”, le dijo a The Times en 1989. “Para algunos era ‘Tal vez se están quedando afuera mucho tiempo en las noches”, ‘Tal vez muchos intereses externos’, ‘Tal vez no tienen la cabeza bien puesta’. Para mí, era ‘’El está muy gordo’”. “Pero cuando yo pitcheaba bien”, añadió, “decían, ‘Es fuerte como un toro’”.
Ash Wu contribuyó reporteando.
Traducción: .Alfonso L. Tusa C. Febrero 23, 2026.

sábado, 21 de febrero de 2026

Willie Colón: Una música suturada en el Alma Latinoamericana.

“...ese que toca la flauta, se llama Willie Colón..” Siempre te llamó la atención que esa línea de aquella canción “La Murga” mencionase al músico borícua interpretando un instrumento diferente a su icónico trombón o su impactante trompeta. Luego supiste que Willie Colón tuvo una formación musical que abarcaba varios instrumentos incluido el piano. Leer sobre su fallecimiento trae por momentos pedazos de películas biográficas de 1969 o 1970 con incisos de 1972 y 1981. Cada vez que salíamos a jugar beisbol en la calle Las Flores o en el solar de asfalto frente al centro de salud de Cumanacoa, esa orquesta de trombones atiplada por la intensidad vocal de Héctor Lavoe, nos hacía tomar un ritmo infinito de pasos imperceptibles que hacía tomar roletazos invisibles y despachar lineazos que se perdían en la inmensidad del cañaveral posterior al centro de salud. Solo teníamos que seguir la letra y el ritmo de esa orquesta y el juego adquiría dimensiones especiales. Luego cuando el juego terminaba, cuando hablábamos de los errores cometidos, del batazo decisivo, de la jugada fantasmal,seguíamos escuchando a la distancia un radio, una caravana de éxitos en Radio Sucre donde Lavoe seguía cantando “panameña, panameña como tu estás....panameña, panameña que linda estás...” Había una quimica inexplicable, una sustancia efervescente que nos hacía explicar cada detalle del juego sin atropellarnos, ni mucho menos pelearnos,todo fluía con una cadencia de octavas y diapasón, de clavijas y botones, de acordes y allegros punzantes cargados de éxtasis y armonías. Si, todos queríamos conocer al tipo ese que aunque no cantaba si hacia tronar el trombón porque nos daba esa sustancia, esa inspiración para sacar nuestro mejor juego. Luego en 1977 te maravillaste, te enmudeciste al ver aquel long playing Baquiné de Angelitos Negros, donde Willie Colón inspirado en el poema de Andrés Eloy Blanco creó un ballet televisivo donde fusionó la salsa, con elementos sinfónicos y afrocaribeños. Siempre los compases de Colón recargaban la atmósfera de esa química indescifrable de naturalidad y efusividad, fuese Lavoe o Rubén Blades, hasta que cristalizaba la esencia de esos muchachos jugando en la calle, integrando emociones hasta destilarlas en sentires serenos y de pronto no sabías como habías atrapado esa pelota o como habías escuchado a tu compañero en vez de gritarle. Por eso todavía sacas aquel larga duración llamado Fantasmas, de cartones azul celeste y vuelves a colocar la aguja en aquella espiritual canción “Oh que será”, para tí tal vez la adaptación más magistral que se haya ejecutado en el mundo de la salsa, tal vez hasta el propio Chico Buarque se haya atragantado al escuchar esa joya. Escuchas la aguija saltar en medio de un chisporroteo de agua en aceite caliente y sientes toda la energía de esa música. Tal vez esa energía es solo comparable con aquel solo de trombón de Willie Colón en aquel último trabajo junto a Rubén Blades (“..que a besos yo te levante al rayar el día..” Letra de Tití Amadeo), todo un estruendo melódico, que siempre hará extrañar esa dupla Colón-Blades como la de Lavoe-Colón cuando al final de una presentación Lavoe exclamaba, “nos la comimos Willie”.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 21, 2026.

Venezolanismos

Hay palabras, modismos, refranes o expresiones propias de una cultura, de una manera de asimilar la vida, de una jerga muy particular que constituye la esencia de eso que se lleva por dentro y más que procesión es entraña, diferencia, esa manera distinta de respirar. Hay expresiones muy gráficas como “taparero”, es un regionalismo cumanés para referir una discusión o enfrentamiento muy fuerte, con gritos y hasta impactos físicos. También hay imágenes, relatos o pinturas orales como cuando en Cumanacoa hacia los 1960s o 1970s alguien hablaba del “pito” (silbato) del central (ingenio) azucarero como referencia para levantarse en la mañana para ir a la escuela, saber que estaba cerca la hora de almorzar a mediodía o intuir que la esperada hora de salir de la escuela al atardecer estaba cerca. También hay otras palabras sacadas de su contexto original que se conocen en la jerga de todo un país. Hay una canción de Aldemaro Romero (El Catire), donde se dice: “Doña, póngale reparo al muchachito... mire que se va a dá una matá..” Matá es una abreviación del participio pasado “matada” y hay que conocer el lenguaje venezolano para entender el significado de esa frase o esa palabra, En este caso la palabra “matá” no tiene nada que ver con dejar de existir. Los intrincados pasadizos de los venezolanismos indican que significa una caída violenta de consecuencias complicadas, como una hematoma o cortadura. Tal vez dos de las expresiones más gráficas o elocuentes de la jerga venezolana las aprendí o entendí cuando en mi infancia en Cumanacoa, varios de mis compañeros de jugar pelota siempre se molestaban cuando los dejaban fuera para el primer juego de la mañana, esa molestia duraba hasta que alguno mencionaba que prefería estar sin jugar en esos juegos y que lo seleccionaran para jugar contra el equipo de los faramalleros esos que siempre andan diciendo que nadie les gana. Entonces había conato de discusión fuerte porque los que estaban jugando empezaban a llamar llorones a quienes quedaron en la banca. Algunos trataban de calmar los ánimos al decir, no les hagan caso solo es mamadera de gallo.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 21, 2026.

Preguntas y respuestas con el ex relevista de los Medias Rojas de Boston Bob Stanley.

By Michael McCord. 27 de febrero de 2009.
En un reciente día invernal, el pitcher de ligas menores Chris Anderson trabaja  sus fundamentos de béisbol en el Centro de Entrenamientos USA de Newington. Anderson, 22, es nativo de Portsmouth y lanza en la categoría Clase A del sistema de granjas de los Mellizos de Minnesota. Está a unas semanas de viajar a los entrenamientos primaverales, por lo cual trabaja en su movimiento, la ubicación de sus piés, la postura y sobre todo la mecánica de sus envíos, bajo la mirada vigilante de un coach quién conoce muy bien lo que es ser un pitcher profesional, Bob Stanley, el antíguo lanzador de los Medias Rojas de Boston quién fue unos de los mejores relevistas de su época.  “Siempre me ha gustado trabajar con los muchachos”, dijo Stanley, una antigua escogencia de los Medias Rojas en la primera ronda del draft de 1974, quién permaneció toda su carrera con el equipo, desde 1977 a 1989. Stanley, quién era conocido como “The Steamer” en sus días de jugador, todavía es el líder del club en juegos salvados con 132. Eso ocurrió en una época cuando los cerradores trabajaban a menudo más de 1 inning.  “Mi primera aparición fue el día inaugural de 1977 en Cleveland. Lancé 4 innings y me llevé el salvado”, dijo Stanley. Desde su retiro en 1989 debido a una inusual lesión en la mano, Stanley ha sido coach de pitcheo en las ligas menores por 12 años. Los últimos 6 años trabajó con los Defenders de Connecticut, un equipo afiliado a los Gigantes de San Francisco que participa en la Eastern League AA. También trabajó con los Fisher Cats de New Hampshire en Manchester. Stanley estima que durante su estadía con los Gigantes ha tutoreado tantos como 9 lanzadores que luego han subido a la Gran Carpa.  Stanley, quién estaba en el montículo cuando los Medias Rojas desaprovecharon la oportunidad de ganar la Serie Mundial de 1986 contra los Mets de Nueva York, mostró a sus estudiantes la importancia de saber enfrentar los altibajos del juego y de seguir adelante en la próxima salida.  Después de mudarse a Stratham el año pasado, Stanley rechazó un contrato de los Gigantes para otro trabajo en ligas menores, esta vez en Georgia, decidió que era tiempo de quedarse en casa. A través de un contacto local, se relacionó con Dave Hoyt, quién regenta los centros de Entrenamiento USA, los cuales se están convirtiendo rapidamente en referencias de primera mano al norte de Nueva Inglaterra, en cuanto a entrenamiento especializado en béisbol y softbol. P: ¿Cómo llegaste a los Centros de Entrenamiento USA? Bob Stanley: Luego de rechazar una oferta de trabajo con un equipo Clase A baja en Augusta, Ga., Conocí a Dave (Hoyt) a través de un amigo mutuo (un empresario de Portsmouth) PeterWeeks. Siempre me había agradado trabajar con muchachos. En las ligas menores pasas mucho tiempo metido en un autobús y trabajando con pitchers jóvenes. Tenía ese deseo de enseñarles lo que aprendí de tantos grandes coaches de pitcheo. Todo lo que sé es de béisbol. P:¿Qué es lo que hace un buen coach de pitcheo? BS: Yo enseño balance, como sacar la pelota del guante y usar los ojos para aprender como colocar la pelota. Estos son aspectos de pitcheo simples pero cruciales que si no los aprendes terminas visitando a Bill Morgan (el antíguo médico cirujano de los Medias Rojas de Boston) con el brazo lesionado. No soy partidario de leer libros sobre la teoría del pitcheo. Me interesa más hacer énfasis en los fundamentos y tener un programa de pitcheo completo.
P:¿Cuan importante es el temperamento para llegar a las Grandes Ligas? BS: Algunas veces jugamos a ser psicólogos. A veces no es el talento puro lo que te hace llegar a la meta. Hay que aprender a lidiar con los errores. Como enfrentar lo bueno y lo malo que viene con cada juego. He visto chicos muy talentosos que no supieron manejar los altibajos. P:¿Por qué no firmaste con los Dodgers, quienes te draftearon originalmente? BS: No quise firmar por los $4000 que me ofrecieron, porque pensaba que merecía más. En aquellos días, había draft de verano y de invierno. Decidí rechazarlos y regresar al draft. Los Dodgers notificaron mi rechazo y terminé trabajando en una compañía química de Nueva Jersey  por algunos meses, antes que los Medias Rojas me draftearan en 1974. Decidí que no quería trabajar más en aquella compañía. Firmé con los Medias Rojas por $4000. P:¿Por qué nunca trabajaste con los Medias Rojas? BS: Hice la solicitud varias veces a lo largo de los años. Pero nunca me dieron la oportunidad. Estuve en el sistema de granjas de los Mets de Nueva York por 6 años. Y luego 6 años con los Gigantes. P:¿Quiénes fueron tus maestros de pitcheo? BS: Johnny Podres, Al Jackson, Lee Stange y Bill Fischer. Todos fueron pitchers veteranos, quienes me enseñaron como pitchear. Yo he compartido todo lo que sé, con los pitchers con quienes he trabajado. P¿Qué piensas de tu compañero de equipo Jim Rice, finalmente elegido al Salón de la Fama del Béisbol? BS: Ya era tiempo. Debió haber entrado más temprano. P: ¿Te gustaría regresar al béisbol profesional? BS: Realmente disfruto lo que hago ahora, trabajando con jóvenes y viéndolos progresar. No extraño los largos viajes en autobús, y voy a disfrutar mi primer verano con la familia en 13 años, voy a trabajar con los niños y a jugar algo de golf. No estoy seguro si mi esposa me va a soportar tanto tiempo en casa.  
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Marzo 04, 2009.

viernes, 20 de febrero de 2026

El adiós del último de los DiMaggio.

Al enterarme del fallecimiento de Dom DiMaggio este el viernes 08 de mayo de 2009 fue inevitable regresar a la sal del hogar de mis padres una tarde dominical de mediados de los años setenta. En el televisor pasaban la biografía de Joe DiMaggio. Papá veía la pantalla de reojo. Sólo cuando empezaron a hablar que los padres de los jardineros centrales Vince, Joe y Dominic eran inmigrantes sicilianos, sus ojos se clavaron en las imágenes de blanco y negro.  Dominic siguió a los Medias Rojas de Boston hasta el último momento. Al expirar su último suspiro, el televisor de su habitación transmitía la repetición del juego del jueves entre los Indios de Cleveland y los patirrojos.  Papá sonrió cuando hablaron de la cadena de 56 juegos dando de hit de Joe. Sus conocimientos del béisbol llegaban hasta cierto punto. Por eso cuando explicaron que Dom había impuesto una marca de 503 outs para un center fielder en 1948 que fue batida por Chet Lemon en 1977 giró sus manos hacia delante y estrechó los ojos.  Su apodo de “Pequeño Profesor”, iba más allá de las simples apariencias de un hombre de 1,75 metros que usaba espejuelos. Fue un genio de las matemáticas quién consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Santa Clara y luego de retirarse estableció un exitoso negocio para lo cual le sirvieron de mucho sus conocimientos.  De acuerdo a declaraciones del hijo de Dom DiMaggio, Dominic Paul, su padre respetaba mucho al tío Joe y todo lo que hizo. Pero nunca se sintió inferior, era un gran competidor. Enos Slaughter dijo que su carrera descabellada de la Serie Mundial de 1946, que terminó dándole el título a los Cardenales de San Luis, estuvo a punto de ser detenida en tercera base, pero recordó que Dom DiMaggio no estaba en el centerfield. Dom había igualado el partido a 3 carreras en el octavo inning con un doble de dos carreras pero se lesionó un músculo de la pierna al deslizarse en segunda y debió salir del juego.  Dom dice que ver la carrera de Slaughter hacia el plato en la Serie Mundial fue muy doloroso para él, antes del batazo de Harry Walker estuvo haciéndole señas desde el dugout a su sustituto, Leon Culberson, pero este no lo vio y no se ubicó en el lugar que le indicaba Dom DiMaggio. Papá se quedó mirando las declaraciones que hacía Joe DiMaggio sobre sus hermanos Vince y Dominic. De este ùltimo en principio dudaba si iba a ser capaz de jugar en las Grandes Ligas pero pronto notó que esas dudas eran infundadas. “Los únicos que sabían bien quién era Dom eran los aficionados de Boston, pero en el resto del país no le daban mucho crédito. Él podía tocar la pelota, podía hacer la jugada de bateo y corrido, podía batear largo si tenía que hacerlo, podía robar bases. Te podía vencer de muchas formas”.  Su compañero de los Medias Rojas Mace Brown siempre habló de la calidad defensiva de Dom. “Jugaba muy corto en el jardín central, su rapidez e inteligencia le permitían hacer eso. Muchos juegos se salvaron y muchos rallies detenidos porque Dom venía corriendo a tomar flancitos detrás de segunda cuando estaban a punto de caer y después de tomar la bola no se caía, sino que hacía el disparo donde debía hacerlo”.  En la televisión hablaban las fechas de nacimiento de los 3 center fielders DiMaggio. Vince, Joe y Dominic quién nació en San Francisco en 1917 y empezó a jugar con sus hermanos en terrenos baldíos, las bases eran piedras, usaban una pelota vieja ajustada con cinta plástica, su bate era una pedazo de remo que tomaban del bote de su padre el pescador Giusseppe DiMaggio. Papá sonreía cada vez más con las imágenes de la familia DiMaggio.
 Dom DiMaggio siempre estuvo pendiente de los peloteros de su época que adolecían de una pensión, por mucho tiempo donó el dinero que hacía firmando autógrafos, a la Asociación Americana de Jugadores de Béisbol Profesional, una organización  que ayudaba a mantener a los jugadores en edad avanzada que carecían de un plan de retiro. Los recuerdos de Dominic Paul acompañando a su padre hasta lo profundo del center field de Fenway Park para despedirse como jugador activo, se mezclan con las emociones de papá pegado del televisor viendo a los DiMaggio jugar “bochas” en el patio de su casa, una música de fondo suena por detrás de una conversación donde Dom le comenta al periodista: “Hubiéramos jugado por nada si no tuvieramos que comer o familias que mantener. Era una gran emoción que sentía al jugar béisbol. También lo fue para mí demostrar que podía jugar a pesar de usar lentes”.
Alfonso L. Tusa C. Mayo 13, 2009.

jueves, 19 de febrero de 2026

Extracto de un texto inédito.

Cada vez que Basilio se acercaba, Antulio se retiraba siete, diez, quince, cuarenta metros. No entendía, no asimilaba, no le entraba en la cabeza que ese hombre que tanto le había hablado de respeto y consideración se convirtiera en un descuartizador con un bate en las manos. Más de una vez se despertó gritando, “vamos batéame uno de esos lineazos que le disparabas a Matías”, la mirada se le dispersaba en la oscuridad de las tres de la madrugada y pasaba minutos sentado en la cama. Siempre quiso buscar una referencia de parte de un entrenador profesional respecto a la mejor metodología para enseñar a un niño las técnicas y tácticas defensivas de un jugador del cuadro interior. Había encontrado artículos muy técnicos, muy mecánicos, por eso se emocionó hasta ahogar un grito cuando haló aquella entrevista de Cal Ripken Jr. El campocorto de los Orioles de Baltimore explicaba con muchos detalles como enseñar a un niño a atacar roletazos. Había un tono de respeto y consideración y respeto que heló a Antulio. “Jamás se debe batear roletazos o líneas contundentes a ningún niño en una práctica. Ni siquiera al 75 por ciento de intensidad”, Ripken enfatizaba que lo más importante era que el niño aprendiera a leer, a atacar los batazos. La intensidad, era algo que de debía aprender durante los juegos, ante peloteros de su edad o parecida. Nunca se debe acelerar, apurar el proceso de aprendizaje, de desarrollo físico y mental de un niño. Jamás se le debe exigir como a un adulto. Los avances, el progreso, desarrollo solo lo va a determinar el propio niño con sus gestos, actitud,disposición. No se debe confundir saber respetar las etapas en la vida de un niño con malcriar o mimar en exceso. Malcria muchas veces puede ser maltratar, vejar, humillar al niño con la excusa de la disiplina. La disciplina trata de cumplir normas, y para eso no hace falta acosar, acorralar. De esa manera solo se consigue aislar al niño, silenciarlo hasta la mudez, cargarlo de inseguridad, mancharle la mirada de tristeza.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 19, 2026.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Esa otra arista del Beisbol.

En la actualidad el beisbol por momentos muestra actitudes lamentables como quedarse mirando la pelota ante la inminencia del jonrón conectado, lanzar el bate con displicencia varias veces hacia el dugout, en ocasiones hacia el dugout rival, o hacer gestos burlones hacia el rival cuando se le poncha o domina con rodado al montículo o elevado al cuadro. En ocasiones también hay declaraciones desafortunadas de los técnicos al utilizar palabras totalmente ajenas al juego, al contexto del beisbol. Sin embargo aún existen peloteros que arrancan a correr con cualquier batazo aunque intuyan que es un jonrón y también se retiran a buscar la bolsa de la pez rubia cada vez que ponchan o retiran a un contrario. Una de estas tardes,en un episodio de una serie televisiva, un niño luego de sufrir fractura de cuello en un accidente automovilistico, pide desde la camilla que le busquen su album de barajitas de beisbol en el carro. Cuando el bombero va a buscarlo el carro estalla en llamas. El bombero se acerca al niño y le dice que tambien tiene barajitas de los Cachorros de Chicago pero no del equipo que ganó la Serie Mundial de 2016, sino de los oseznos de 1989 cuando su pitcher principal era un tal Greg Maddux, el niño en medio de sus dolor, sonríe y dice saber quien es Maddux. Todo se complica cuando la esposa del bombero le recuerda que el vendió esas barajitas de los Cachorros de Maddux. Entonces le pide a su esposa que le haga unas galletas de chocolate y almendras y se aventura hacia las inmediaciones del mítico Wrigley Field, el hogar de los Cachorros. Cuando el niño sale del hospital el bombero lo invita a la estación y salen a pasear en el camión, aún con los ojos desorbitados el niño se aprieta el cabestrillo al hombro lesionado y apura el paso hacia el terreno de Wrigley Field donde lo recibe Kris Bryant y el equipo de los Cachorros.
Esa atmósfera propia del beisbol que se aprendió a vivir desde esas demostraciones de coraje y determinación de aquellos pitchers que lanzaban nueve, once o hasta catorce innings y discutían con el manager cuando intentaba relevarlos, de aquel juego donde Jerry Adair debió salir de un juego de los Orioles de Baltimore por un pelotazo en la boca que ameritó varios puntos de sutura internos y externos, para el segundo juego de esa jornada, Adair estaba otra vez en alineación tan voluntarioso y humorístico como siempre. Desde aquel momento previo a un juego decisivo de la temporada 1993-1994 cuando Álvaro Espinoza con uno o dos dedos del pie fracturados le dijo al cuida cuartos que cortara ese pedazo de sus spikes para salir a defender al Magallanes en un juego crucial, el tipo lo miraba casi paralizado y Álvaro le dijo que se apresurase que faltaban pocos minutos para que cantasen play ball. Durante el juego casi nadi notó el corte en la zona delantera del spike, Álvaro jugaba con tan intensidad como si sus dedos estuviesen completamente sanos. En algún momento de 1970 o 1971 Armando Ortiz (aquel jardinero de Magallanes que siempre salía a sorprender a todos a finales de los 1960s o inicios de los 1970s) realizó una atrapada inmensa que le costó un impactó muy fuerte que lo dejó tirado sobre la zona de seguridad unos minutos.Aunque los quiroprácticos del equipo recomendaron que debía retirarse del juego, Ortíz insistió en seguir jugando y completó el juego. Al día siguiente los exámenes médicos revelaron fisura en el hombro izquierdo y torcedura de tobillo.
Mientras buscaba la marca de más juegos seguidos jugados en las ligas mayores, Cal Ripken Jr, recibió un pelotazo en el rostro que le fracturó el tabique nasal, cuando regresó al dugout, se fue al vestuario y el mismo se enderezó el tabique, cuando el equipo salió de nuevo al terreno Ripken ocupaba otra vez su lugar en el campocorto. En la actualidad hay peloteros como José Altuve, Mookie Betts, Garret Crochet, Aaron Judge o Miguel Rojas que demuestran que la esencia del juego, el respeto por el rival aún sigue en el ambiente. Que aquella imagen de Mickey Mantle corriendo las bases cabizbajo luego de conectar un jonrón,sigue flotando en la conciencia sino de muchos si de unos cuantos que aún recuerdan la honorabilidad del beisbol.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 17, 2026.

lunes, 16 de febrero de 2026

Conciencia

Se puede intentar descifrar porque una buena parte de un equipo deportivo haya decidido celebrar su victoria junto a la nomenclatura dudosa de un régimen que ha significado dolor, oprobio, destrucción, muerte, por 27 años para mis hermanos, mi familia, mi gente. Me siento muy lejos de esas posiciones, porque significa prestarse para maquillar las heridas profundas y latentes de un país acribillado hasta fracturarle los huesos, humillado hasta borrar la dignidad, vejado hasta apuñalar el respeto. La decisión de simpatizar por un equipo deportivo, en mi caso Navegantes del Magallanes, es un acto muy personal, muy íntimo, en mi caso muy ligado a la familia, porque fue a través de escuchar por radio los juegos del Magallanes como aprendí a compartir momentos gratos e imborrables con mis hermanos, muchos de los cuales han muerto en estos 27 años no precisamente por ley natural sino por pensar distinto a los designios del gran hermano, como decía George Orwell en 1984. Eso nunca me lo podrá arrebatar ninguna posición circunstancial, ni resabio de fanatismo.
Alfonso L. Tusa C. Feberero 16, 2026.

domingo, 15 de febrero de 2026

Topps 1962 (Extracto del libro Sandy Koufax y Yo. Los Libros de El Nacional. Humberto Acosta)

“Tenía algo más de 11 años cuando conocí a Sandy Koufax. A los abastos y bodegas de Caracas, y a los que se encontraban entre la calle Real del Prado de María y la esquina donde se cruza la avenida Roosevelt con los Samanes en los linderos de El Cementerio, habían llegado las barajitas del beisbol de las grandes ligas de la firma Topps correspondientes a 1962. Así que al salir todos los mediodías del salón del 5° grado A de la escuela Gran Colombia, nos deteníamos en el primer abasto o bodega que halláramos en el camino a casa. En realidad no era un encuentro fortuito. Muy bien que sabíamos donde estaban todos y cada uno de ellos. El paquete costaba 25 centavos de bolívar y traía cuatro barajitas impregnadas de una dulce fragancia a chicle bomba, que cada vez que volvemos a percibir, nos conduce al umbral de nuestra infancia. En uno de esos sobres apareció Sandy Koufax”. “ La barajita de Koufax es la número cinco de la colección. Todavía resulta una imagen extraña aunque con el tiempo hemos descifrado su enigma. Está con el uniforme blanco y azul rey que los Dodgers de Los Ángeles utilizan como home club. Sandy está parado a un lado de la jaula de bateo y hay en él cierta incomodidad ante la cámara fotográfica que su mirada delata. Como si tratara de eludir el lente viendo sin ver hacia un punto lejano. La barajita es vertical y la toma está hecha de abajo hacia arriba. Su mano derecha está en la cintura, en una pose que luego descubriríamos tan característica de su personalidad como su recta de humo o su maligna curva”.
Transcripción: Alfonso L. Tusa C. Febrero 15, 2026.

La Química de la Remontada.

La esencia, el alma de un equipo, su resiliencia, su épica, su determinación respira en esa mirada firme, esa obstinación en seguir dando lo mejor aunque las circunstancias parezcan muy adversas. Eso fue lo que volvió a hacer Navegantes del Magallanes este viernes 13 de enero en el juego final de la Serie de las Américas 2026 escenificado en el estadio Monumental de Caracas.Todo había empezado a inicios de noviembre de 2025, cuando Yadier Molina llegó para encargarse de dirigir a los Navegantes, con el equipo agonizando con marca de 5-14 luego 8-20, Molina indicó que había que dejar a un lado posiciones individualistas per se y empezar a sudar la camiseta en pro del teamwork. Este viernes 13 de febrero de 2026, Molina no estaba en el dugout magallanero razones reglamentaria de MLB lo impedían. Sin embargo esa esencia épica, esa resiliencia infinita, ese trabajo de equipo contínuo y constante estaban allí para que los Navegantes viniesen de atrás en un juego que perdían 9-1, como cuando estuvieron al borde de la descalificación en el round robin con marca de 1-5 y empezaron a remontar juegos que parecían perdidos. Ver a Hernán Pérez despachar aquel triple de bala fría para poner la pizarra 9-8 reverdeció todos los elementos de esa tabla periódica, de esa química subterránea, invisible que siguió latiendo hasta que Renato Nuñez soltó el imparable para decretar la ventaja 10-9 y Felipe Rivero salvara el juego con un relevo de gran factura. Ahí estaba ese equipo que parecía eliminado en noviembre, descalificado en enero, diseñando todos esos mapas para alcanzar el tesoro.
Alfonso L. Tusa C. Febrero 15, 2026.

viernes, 13 de febrero de 2026

Clase diaria de literatura y periodismo deportivo con Humberto Acosta.

Ahora, cuando me entero de que mi estimado Humberto Acosta ya no está más con nosotros además de las memorias y los momentos compartidos es inevtable para mi regresar a este texto que escribí cuando se retiró del circuito radiofónico de Leones del Caracas. Siempre muy agradecido por todo tu apoyo y consideración. Vaya siempre con Dios ,Humberto.
Desde aquella vez a finales de los años 1970s o comienzos de los 1980s cuando leí un artículo suyo  “Suerte negra o mala suerte” en referencia a las vicisitudes que vivían los Navegantes del Magallanes en esa época contrastadas ante los momentos positivos del club apuntalados por Clarence Gaston y Dave Parker, descubrí un espacio para entender y disfrutar el beisbol más allá de las transmisiones radioeléctricas. Había conocido la maestría de Rodolfo José Mauriello mediante sus artículos en la revista Sport Gráfico, el diario El Nacional y su columna Extrainning, y la elocuente y prolija prosa de Ruben Mijares a través de sus artículos en el propio El Nacional y en su columna Beisbol por dentro. Encontrar suspensos y vértigos propios de Cien Años de Soledad  o disfrutar imágenes profusas de El Viejo y el Mar hacía que me adentrara en los textos de Humberto Acosta en medio de alucinaciones de Gabriel García Márquez y Ernest Hemingway conversando con Mark Twain sobre Huckleberry Finn y Tom Sawyer.   Cada reseña de un juego resultaba un aula infinita de metáforas, ortografía, reglas de beisbol, sintaxis y semántica, de pronto todos los retos más exigentes de las clases de Castellano y las aristas más intrincadas del beisbol estaban ahí más claras y estimulantes que nunca. Aunque tenía un espacio andado con Mauriello y Mijares acerca de ese rostro ameno y profundo de la crónica deportiva y sus variantes, desde el primer párrafo que leí de Acosta supe que aquel sería un juego cerrado al más genuino duelo de lanzadores estelares. Desde la intensidad de aquel beisbol amateur venezolano con la efervescencia de sus campeonatos distritales, estadales, zonales y nacionales; hasta la incandescencia del beisbol profesional desperdigada en la liga venezolana, y el beisbol organizado estadounidense, resultaba toda una expedición intrigante, un viaje a lo desconocido propio de Julio Verne donde las interrogantes de descifraban sobre la marcha, con el vértigo de un cierre de noveno inning.   Tal vez uno de los lienzos más representativos de la prosa de Acosta proviene de su narración de los fines de semana que iba a ver los juegos de la liga distrital en el estadio de la UCV, sus recuerdos reflejan la emoción de un niño de diez años asombrado de ver como un aparente simple juego aficionado llenaba la tribuna central de aquel monstruo de concreto. Resulta muy valioso para un seguidor del beisbol enfrentarse a esas gemas narrativas que descubren el gran nivel del beisbol aficionado que hacía a muchos asegurar que estaba muy próximo al profesional. Se notaba el mismo compromiso, la misma fruición e intensidad al manejar las estadísticas, las referencias históricas, la memorabilia en esos campeonatos juveniles y AA que en el juego más crucial de las Grandes Ligas, fuese el séptimo de la Serie Mundial o el decisivo del día final de la temporada regular. Se sentía en los cambios de ritmo de los párrafos, en las metáforas inesperadas, en la profundidad de los análisis.   Apreciar el culto de Acosta por Sandy Koufax , sino el zurdo más prominente de la historia de las ligas mayores, si el que ha causado mayor impacto en un lapso de cinco años, resulta poco menos que la visita prolongada a un museo particular saturado de episodios entrañables, situaciones inesperadas, panoramas incandescentes. Su relato emocionado de cómo la revista Sport Gráfico le publicó su primer artículo acerca del intratable zurdo de los Dodgers, me hizo escudriñar en la Biblioteca Nacional y después en la biblioteca del Museo del Beisbol venezolano en Valencia hasta dar con aquel artículo cargado de disección, impregnado de memorias. Se sentía un seguimiento de toda la vida ataviado con los recursos más sofisticados del periodismo y la originalidad. El curso de esa camino intrigante se hace más intrincado  en una de aquellas guardias de pasante en El Nacional cuando Mauriello lo sorprende  con un artículo de un periódico estadounidense sobre Koufax y se lo extiende para que escriba el suyo para el suplemento Pizarra que luego se convirtió en Pantalla, en la sección deportiva del citado diario.
Aunque siempre revisaba la página de la mancheta y los artículos de opinión, además de desplegar un vuelo rasante sobre la portada del cuerpo C, siempre pasaba directo a la segunda página del cuerpo B donde aparecía la columna Tripleplay. Casí leía todos los párrafos a la vez en un ejercicio de vértigo que mezclaba calistenia visual con requiebres gramaticales que marcaban aprendizajes sobre la marcha, del  castellano con visiones fantasmales del juego donde se desplegaban los episodios más inesperados del beisbol, esos que hacen notar la real intensidad del juego, su esencia de jugadas microscópicas, su escuela de humildad, esquizofrenia del cierre del noveno inning. En esos momentos comprobaba porque Napoleón Bravo siempre presentaba a Humberto Acosta como uno de los mejores periodistas deportivos de Venezuela en un programa de concursos que moderaba en Radio Caracas Televisión. No había nada de adulación, ni pleitesía, los textos y las intervenciones orales así lo demostraban.   A través de todas esas lecturas y de todas las preguntas via correo que le hacía, quizás de manera un tanto abrumadora, siempre me llamó la atención cada vez que asomaba su intención o determinación de algún día escribir un libro sobre Sandy Koufax. Más de una vez le consulté para cuando estimaba que publicaría ese libro, siempre respondía que eso era un proceso y que no veía muy claro quien podría interesarse en financiar la producción de ese tipo de libro. Por eso me sorprendió cuando terminó publicando primero un libro sobre otro de sus peloteros favoritos: Andrés Galarraga.  Luego cuando pensaba que el libro de Koufax había quedado en el olvido, un día se me paraliza la mirada entre las líneas de Tripleplay, las pruebas finales del proceso de producción del libro Sandy Koufax y Yo, auspiciado por el diario El Nacional, estaban en sus detalles finales. Todo un tratado de beisbol y dedicación, de perseverancia y empeño, de minuciosidad y periodismo incisivo.   Uno de los episodios cuando empecé a valorar más de cerca la profundidad y sobriedad de los análisis y reflexiones de Humberto Acosta acerca del beisbol fue cuando compartió los comentarios con Dámaso Blanco en el circuito radiofónico de los Navegantes del Magallanes en la temporada 1993-94. Ya lo había escuchado junto a delio Amado León en el circuito de los Leones del Caracas y junto a Manuel Correa y Carlos Alberto Hidalgo en las transmisiones de Radio Caracas Televisión. Conocía la calidad de sus intervenciones tanto en la caseta como desde el terreno de juego. Esta vez pude apreciar aquel bagaje de conocimientos de Humberto y la manera como se compaginaba con maestría con la visión de Dámaso Blanco. Todo un ejercicio de armonía entre la historia y la estructura del juego con la práctica y la metodología del mismo. Dificilmente he vuelto a ver esa combinación tanto en las transmisiones venezolanas como en las foráneas.    Los domingos el jefe de la sección deportiva de El Nacional, Cristobal Guerra tenía un espacio en la página cuatro, si mal no recuerdo. Se llamaba Juegos de palabras, allí participaban periodistas y lectores. En una oportunidad Acosta publicó un texto sobre el título alcanzado por los Navegantes del Magallanes en la Serie del Caribe de 1970. Lo impactante de la historia residía en el ángulo personal desde el cual Acosta enfocó el evento. Declaró su afición por los Leones del Caracas y como discutía con su papá cada vez que jugaban los eternos rivales quien dese su inclinación por el Magallanes, reconocía los pergaminos de los felinos. Acosta envidiaba la sirena que animaba a los parciales magallaneros, siempre trataba de acercarse a aquellos tipos que entraban por la tribuna de la derecha con y cargaban la atmósfera del más genuino fluido de competitividad y expectativa. La Serie del Caribe empezó y cuenta Acosta que ante la falta de algun dinero para completar la entrada a la jornada inaugural, recurrió a la cartera de su madre, como más de uno hizo a esa edad  adolescente. Ver a Armando Ortíz descargar un cuadrangular ante el propio co-ganador del premio Cy Young, Miguel Cuellar fue una experiencia que bien valió la pena tomar prestado ese dinero.
 Hay un artículo del suplemento Pantalla que aún restalla en el fondo del cráneo. La foto grande del pitcher iniciando el wind up, la mirada fija bajo la visera de la gorra, el inicio del ascenso del pie izquierdo en aquella meteórica patada hacia el cielo. “Hace 18 años El Látigo no Fustigó Más”. Aquel lunes de finales de enero o inicios de febrero de 1987  pasé mas de treinta minutos paralizado frente a esa página, recreando ante la prosa de Acosta, párrafo por párrafo, imagen por imagen, metáfora por metáfora, pasajes inéditos para mí en ese momento en la vida beisbolística de Isaías Látigo Chávez, el prometedor y ya notable pitcher de los Navegantes del Magallanes desaparecido en un accidente en Maracaibo, en marzo de 1969. Desplazar la mirada por aquellas líneas, más que conversar a la distancia con Acosta significó una especie de conexión con Isaías Chávez que me llevó a una prolongada investigación la cual desembocó en un libro biográfico. Tripleplay-Camiseta 10, asi denominaron Cristobal Guerra y Humberto Acosta el espacio radiofónico que compartía temprano en las mañanas de hace alrededor de unos diez años en Unión Radio Deportes. Sintonizaba la emisora más de media hora antes del inicio del programa, siempre había una sorpresa, una novedad, algo inesperado que hacia sonar puertas lejanas hasta hacerse tan presentes que podías desayuna con la literatura  todas esas mañanas. A  veces apretaba el volante del carro y no sabía si era 1967, 1994 o 2009, hurgaba en la guantera, me temblaban las manos sobre el tacómetro a ver si en las agujas podía distinguir alguna que mostrase cierto control de máquina del tiempo. Ciertamente había mucho de las citadas columnas de Acosta y Guerra, pero también un vasto mapa de contactos en tiempo real con personajes icónicos del deporte venezolano que encuadernaban el más impactante compendio de lecciones de vida  despuntando entre reportajes, reseñas y anécdotas. Era difícil aceptar que había terminado aquella hora, complicado  seguir escuchando la radio, retador salir corriendo a indagar sobre los temas tratados esa mañana.
 Alfonso L. Tusa C. 24 de diciembre de 2021. ©

Nelson Briles 1976 Topps. Esquina de las barajitas.

Bruce Markusen
 Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados al beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown.
 No puedo decir que fui amigo del antiguo pitcher de grandes ligas Nellie Briles; solo compartí con él una vez. Pero esa ocasión, la cual ocurrió hace 15 años, me generó una profunda admiración por un hombre especial quien también fue un buen lanzador.    Eso fue en 2001, el viernes del fin de semana de la inducción al Salón de  la Fama. El buen amigo de Nellie desde sus días con los Piratas de Pittsburgh, Bill Mazeroski, estaba  apunto de ingresar al templo de Cooperstown. A última hora, le pregunté  a Nellie, de quien apenas me había enterado que asistiría, si estaría dispuesto a conceder una entrevista acerca de Maz en nuestro Bullpen Theater. Fue una idea de último minuto, no fue un evento que arrastrara una gran multitud, pero era en potencia una programación significativa que podría agregar algo a la experiencia del visitante.     Briles no dudó. A pesar de ser un día ocupado, sin mencionar la incomodidad del calor y la humedad, Briles no solo  estaba dispuesto a hablar de Mazeroski, sentía el honor de hacerlo. No decepcionó. Briles fue articulado, reflexivo y profundo durante nuestra conversación de media hora. Además de eso, fue gracioso y encantador. Fue como si Nellie no quisiera perder la oportunidad de rendir tributo a su amigo en el fin de semana cuando fue inducido a su nicho del Salón de la Fama. Después supe que Nellie había trabajado duro para abogar por la elección de Mazeroski al Salón de la Fama.    Despues del programa del viernes, pensé que sería agradable entrevistar a Nellie otra vez en Cooperstown. Bien hablado y arreglado, Briles era el tipo de persona que queríamos entrevistar para el archivo de audio y video del Salón de la Fama. Desafortunadamente nunca tuvimos esa oportunidad.    Basado en esa única experiencia con Nellie, he tratado de coleccionar cada una de sus barajitas Topps. Ahora tengo la mayoría de ellas, excepto las tres primeras, emitidas en 1966, 1967 y 1968. Mi favorita de todas es la que salió hace 40 años: La barajita Topps de 1976 que muestra a Briles lanzando con los Rangers de Texas.     La barajita tiene unas notas de interés. Menciona a Briles como “Nelson”, nada de “Nellie”. Todas la barajitas de beisbol de Briles se refieren a él con su nombre formal. Recuerdo que los narradores también lo llamaban Nelson  frecuentemente. Pero las personas quienes conocían a Briles, sus compañeros de equipo y amigos, casi siempre lo llamaban Nellie. Para un tipo afable como Briles, el nombre de Nellie parecía ajustarse mejor a él. Así es como yo lo llamé también.     La barajita Topps de Briles de 1976 también cae en una especie de categoría nebulosa. No es en realidad una toma de acción debido a que no proviene de un juego real;  se trata de una imagen de Briles lanzando en las adyacencias del terreno, tal vez calentando en el bullpen. A la vez esta da una especie de primer plano de Briles. Se puede ver claramente el rostro de Briles, lo cual es menudo es difícil de hacer mientras el pitcher está en medio de su movimiento.    Si miramos un poco más de cerca, podríamos notar que la gorra y el uniforme de Briles han sido pintados sobre la foto original. (Briles lanzó toda la temporada de 1975 con los Reales de Kansas City, antes de ser cambiado a los Rangers durante el invierno). La mayor parte del tiempo, Topps reservaba los retoques de pintura para las fotos de perfil, retrato u otros tipos de pose. Era muy raro que Topps pintara el uniforme de un pitcher en medio de sus lanzamientos. Considerando todo esto, ese es uno de los mejores esfuerzos de retoque de pintura de Topps en la década de 1970.
 La carrera de grandes ligas de Briles se remonta hasta 1965, cuando debutó con los Cardenales de San Luis. Lanzó principalmente como relevista, lo hizo decentemente, con efectividad de 3.50 en 82 innings. En 1966 lanzó con más eficiencia, pero la mala fortuna le ocasionó una marca negativa de triunfos/derrotas. Compartió sus labores como relevista y abridor, solo ganó 4 de 19 decisiones. Aún así, ponchó 100 bateadores en 154 innings y salvó seis juegos.      Entonces vino la consolidación de Briles. En 1967, Briles destacó como relevista y abridor ocasional. Casi reversó completamente su marca, dejó números de 14-5 para liderar la Liga Nacional en porcentaje de victorias. Disminuyó su efectividad hasta 2.43, la mejor entre los relevistas de los Cardenales. El desempeño de Briles le ganó una consideración en la votación para el jugador más valioso, donde terminó en el puesto 15. Briles también se llevó a casa un anillo de Serie Mundial, cuando los Cardenales vencieron a los Medias Rojas de Boston.     ¿Cómo lo hizo Briles? Tenía una recta decente, pero su envío principal era la curva. Antes que depender de los envíos de poder, él tuvo éxito al mantener la pelota baja e inducir roletazos. En 1968, el manager Red Schoendienst le entregó a su especialista de la bola de roletazos la responsabilidad de estar a tiempo completo en la rotación de abridores. Briles hizo 33 aperturas, ganó 19 de ellas, y acumuló un tope personal de 243 innings lanzados.     La temporada de 1968 fue tan dominada por los pitchers que las grandes ligas cambiaron sus reglas a partir de la siguiente temporada. Quizás la alteración más dramática fue la disminución de la altura del montículo desde 15 hasta 10 pulgadas. Ese cambio de reglas afectó más a Briles que a la mayoría. Con su estilo sin wind up y su curva por encima del brazo, Briles necesitaba la altura adicional del montículo. Sin eso, careció de fuerza en sus envíos. Su curva sufrió. También la marca de Briles. Su efectividad subió hasta 3.52, aún decente, pero más de una carrera superior a lo que había sido en 1968.     Aún fastidiado por el montículo rebajado, junto a una serie de lesiones, el pitcheo de Briles se vino abajo por completo en 1970. Solo hizo 19 aperturas, perdió su puesto de tanto tiempo en la rotación de abridores de los Cardenales. Al final de la temporada, su efectividad llegó hasta 6.24, totalmente fuera de lugar respecto al resto de su actuación vitalicia.      El cambio del montículo afectó tan mal a Briles que los Cardenales decidieron cambiarlo en el invierno de 1970. Al desear mejorar sus jardines, los Cardenales acordaron enviar a Briles junto al extraordinario bateador emergente Victor Davalillo a los Piratas por el jardinero Matty Alou y el veterano pitcher zurdo, George Brunet. Para los Piratas, Briles fue la clave del cambio.     Con su nuevo equipo, Briles cambió su movimiento de pitcheo. Abandonó el estilo de pitcheo sin wind up que había usado en San Luis, en su lugar intentó utilizar un wind up completo que era más convencional entre los pitchers de ese tiempo.     El cambió funcionó. Aunque Briles a menudo terminaba paralelo al suelo, y a veces caía completamente hacia su lado. Su nuevo movimiento le permitió recuperar la fortaleza en sus envíos. El manager de los Piratas, Danny Murtaugh, también utilizó a Briles con mucha destreza, combinándolo como relevo largo la mayor parte del tiempo y como abridor ocasional, a consecuencia del calendario y las lesiones de los abridores de los bucaneros. A veces Briles fungió como relevo corto. Al emerger como miembro versátil y valioso del cuerpo de lanzadores, Briles ayudó a los Piratas a ganar la división este de la Liga Nacional.
Mientras los abridores Dock Ellis y Steve Blass se llevaron la mayoría de los titulares durante la temporada regular, Briles emergió desde las sombras en la postemporada. Con Ellis incapacitado por dolores en el brazo de lanzar, Murtaugh recurrió a Briles para abrir el quinto juego de la Serie Mundial. No era una tarea fácil, los rivales Orioles de Baltimore contaban con una alineación cargada de toleteros, desde Boog Powell, pasando por los Robinson (Frank y Brooks) hasta el joven Dave Johnson.    Briles quien había sido ignorado completamente en la serie de campeonato, convirtió su única apertura en la serie en una obra maestra. Los Orioles apenas le conectaron dos imparables, Briles lanzó completo sin permitir notaciones, ganó 4-0 y puso a los Piratas arriba en la serie, tres juegos a dos.  Su esfuerzo permanece como una de las actuaciones de pitcheo de Serie Mundial más grandes de todos los tiempos, se podría decir que es la segunda mejor de todos los tiempos, solo por detrás del juego perfecto de Don Larsen.    Sin Briles, tal vez los Piratas no habrían logrado vencer a los Orioles. Con él, ganaron su primer campeonato mundial desde 1960, de esa manera Briles ganaba su segundo anillo de Serie Mundial. El aporte de Briles a los Piratas de 1971 es considerado como su legado más resaltante como pitcher.    Apoyado por mucho tiempo por el esfuerzo de ese quinto juego, Briles se convirtió en abridor a tiempo completo de los Piratas en 1972 y 1973. Ganó 28 juegos compartidos en ambas temporadas, y acumuló más de 400 innings lanzados. Briles fue sin discusión el as del cuerpo de lanzadores de los Piratas, y aún solo tenía 29 años de edad.     Briles siguió siendo noticia durante la Serie Mundial de 1973, aunque los Piratas habían quedado fuera de la postemporada. Antes del cuarto juego en Shea Stadium, Briles cantó el himno nacional, por lo cual impresionó a los observadores con la calidad de su voz. Por años, Briles había cantado en clubes nocturnos, pero la escena de la Serie Mundial le dio la primera oportunidad de ser reconocido nacionalmente.    Por supuesto, a los Piratas poco les importaba acerca de la voz de Briles en términos de su valor para el equipo. Les gustaba la calidad de su pitcheo y su personalidad, por lo cual resultó difícil de entender por qué Pittsburgh decidiera cambiarlo ese invierno. En las reuniones invernales, los Piratas enviaron a Briles a los Reales por dos peloteros utility (Ed Kirkpatrick y Kurt Bevacqua) y un prospecto de ligas menores. Los Piratas consideraban a Kirkpatrick la clave del cambio, creían que sería un respaldo valioso para el catcher Manny Sanguillén.     El cambio fue rechazado por los peloteros de los Piratas y los seguidores del equipo. Pero los Reales estaban muy contentos, particularmente su manager Jack McKeon. “De todos los pitchers disponibles, Briles era a quien queríamos”, le dijo McKeon al periodista deportivo Joe Heiling. “Él es un ganador…un profesional…un tipo con clase”.    Los Reales no sabían que Briles se lastimaría su codo de lanzar en 1974, lo cual limitó a 18 juegos su primer verano con los Reales. Tampoco estuvo completamente bien en 1975, su actuación estuvo reducida a 16 juegos.     Al pensar que Briles ya no era el mismo pitcher de su apogeo en Pittsburgh, los Reales lo negociaron a los Rangers por el rápido infielder, Dave Nelson, El brazo de Briles pareció recuperarse en Texas. Como tercer abridor del equipo, hizo 31 aperturas y lanzó 210 innings, aunque había perdido potencia en su recta. Al convertirse en un pitcher que sabía ubicar sus envíos, Briles se las ingenió para bajar su efectividad hasta 3.26.
 El resurgimiento no duró. Briles tuvo dificultades en la primera mitad de 1977. Su valor de cambio disminuyó tanto que los Rangers terminaron colocando a Briles en waivers en septiembre. Los Orioles lo reclamaron, les costó solo 25000 $, pero lanzó pobremente en dos juegos antes que terminara la temporada.    Para 1978, era evidente que Briles estaba ido. Hizo 16 apariciones más para los Orioles, pero su brazo estaba esencialmente deteriorado. Primero, los Orioles lo mantuvieron en su nómina de 40 peloteros, pero en enero, decidieron que era tiempo de  desprenderse de él. Briles recibió su despido a principios de 1979. Los Mets de Nueva York lo invitaron a su entrenamiento primaveral pero no pudo ganarse un puesto en el roster inaugural. A los 34 años de edad, era el momento de que Briles se fuese a casa.  Para un hombre de la inteligencia y el talento de Briles, el fin de sus días de pelotero activo abrió la puerta a otras oportunidades. Como cantante, Briles ya había grabado un sencillo. Su calidad como orador, hizo que pareciera el candidato perfecto para trabajar como comentarista en los medios. También tenía contactos en Hollywood, lo cual servía la escena para una posible carrera en la actuación. Como bono adicional, Briles tenía un toque de comedia. Hacía imitaciones de las celebridades. Una era la mímica del comediante Paul Lynde, la estrella de Hollywood Squares. La otra era una imitación del Presidente Richard Nixon. Ambas personificaciones producían muchas risas, en el clubhouse y en escena.    Briles destacó en muchas de esas areas, pero su primer amor siempre fue el beisbol, donde comentó juegos para los Piratas y los Marineros de Seattle. Finalmente regresó a los Piratas como director de proyectos corporativos. También hizo muchas actividades para organizar la asociación de antiguos peloteros del equipo, junto con Sally O’Leary, quien falleció a principios de este año. Nellie y Sally hicieron del grupo de antíguos peloteros de los Piratas uno de los mejores del beisbol.    Briles continuó su buen trabajo a través de los primeros días de 2005. En febrero de ese año, asistió en Orlando Fla., al torneo anual de golf de los antíguos peloteros de los Piratas. Nellie no solo ayudaba a organizar el evento;  le gustaba participar en el torneo. Mientras jugaba golf, Briles de pronto colapsó. Sufrió un ataque cardíaco masivo, uno que se llevó su vida a los 61 años de edad.     La muerte de Briles devastó al beisbol, desde la comunidad de Pittsburgh hasta quienes lo conocimos en Cooperstown. Hacía solo cuatro años que había conocido y entrevistado a Nellie, quién parecía tan vibrante y lleno de vida como cualquiera.     Más de una década después, todavía lamento no haber tenido la oportunidad de reunirme con Nellie en una segunda ocasión. Sin embargo, fui muy afortunado de haberlo conocido, de conocer su admiración por Maz y profundizar sobre su carrera como jugador activo. Cuando alguien construye una primera impresión tan fuerte como lo hizo Nellie, esta se mantiene por siempre.
Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. Julio 05, 2017.

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