Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
sábado, 7 de diciembre de 2024
Extra Innings
El ex beisbolista de ligas mayores Dave Valle pudo haberse dedicado a jugar golf cuando decidió colgar su guante de cátcher, pero lo que hizo fue regresar a República Dominicana a cumplir una promesa.
Todd Pitock. Selecciones. Reader´s Digest. Julio 2009.
El partido había terminado. Los últimos aficionados dejaban a tras los puestos de los vendedores, quienes guardaban sus mercancías, y cuando se apagaron las luces del viejo estadio de beisbol, todo el barrio quedó en las sombras.
Era 1985 y un joven estadounidense llamado Dave Valle estaba perfeccionando sus habilidades como jugador en la liga invernal de beisbol de la República Dominicana. Vivía con su esposa, Vicky, y el bebé de ambos, Philip, en un hotel de Santo Domingo, la capital, y lo transportaban a los partidos en autobús.
Aquella noche el autobús se retrasó, y Valle, que jugaba para los Marineros de Seattle en Estados Unidos, aún llevaba puesto el uniforme de su equipo dominicano, los Caimanes de San Cristóbal. Él y Vicky esperaban con su hijo. Siempre había niños alrededor de Valle. La popularidad era parte de la diversión, y a veces parte de la carga, de ser pelotero, sobre todo en la República Dominicana, donde la gente enloquece por el beisbol.
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que esos niños no buscaban un autógrafo. No les importaba el beisbol ni quien era él. Tenían hambre. Habían hurgado entre la basura, y ahora los barrenderos se la llevaban.
Era doloroso verlos. Valle, fornido cátcher de 1,83 metros de estatura, no era ajeno al dolor. Cuando jugaba, tenía que atrapar los lanzamientos del pitcher aunque cayera de espaldas, y evitar como fuera no romperse el cuello y la cabeza cuando un jugador rival lo embestía a toda velocidad en el home. El sufrimiento era parte del oficio. Pero una cosa era aguantar un golpe en el pecho y otra muy distinta sentirlo en el corazón.
Había visto muchos niños pobres, pero nunca como ahora, sintiendo en sus brazos el peso de su pequeño hijo. El milagro de haberlo visto nacer había reforzado su fe religiosa y cambiado su manera de percibir el mundo. ¿Y si fuera mi hijo el que sintiera tanta hambre y desesperación?, pensó. Uno de los puestos vendía pollo y papas. Los Valle le dijeron a la dueña que cocinara lo que le había sobrado y les diera de comer a los niños.
Al principio se sintieron bien al ayudar, pero cuando reflexionaron sobre el incidente, se dieron cuenta de que se engañaban al pensar que habían cambiado algo. ¨Satisficimos su necesidad por el momento¨, contó Vicky. ¨En unas cuantas horas esos chicos volverían a tener hambre¨. La pareja hizo un pacto: si algún día llegaban a tener los medios para hacer algo más por esos niños, lo harían.
Después de dormir, Valle olvidó lo ocurrido y regresó al trabajo al día siguiente. Cuando un beisbolista tiene 25 años y está tratando de quedarse en las Grandes Ligas, se concentra en mejorar su bateo. Seis años después, siendo ya un bateador veterano, a Valle le sonrió la fortuna con un lucrativo contrato por tres años.
__ Ha llegado el momento __le dijo su esposa.
__ ¿El momento de qué? __ respondió él, desconcertado.
__ De ayudar a aquellos niños, como lo prometimos.
El Plan de juego
En noviembre de 2008 me reuní con Valle en la República Dominicana para ver la materialización de esa promesa: Esperanza, una organización sin fines de lucro que él y Vicky fundaron en 1995 con 30.000 dólares de sus ahorros. Es una agencia de microcréditos que ofrece préstamos de corto plazo a interés bajo __de unos 150 dólares o más__ a personas muy pobres para que inicien un negocio.
Aunque la banca de los microcréditos existe desde los años 70, Esperanza agregó otros elementos al crear una escuela, varios centros de capacitación en informática, un programa de servicios de salud financiado por los socios, un sistema de tratamiento de aguas y un plan para mejoramiento de viviendas. También ha patrocinado la construcción de cinco canchas de béisbol que serían la envidia de muchos poblados prósperos de Estados Unidos, con el fin de que este deporte cumpla su objetivo más amplio de desarrollo comunitario.
Valle, su hijo Philip, hoy de 23 años, el director ejecutivo de Esperanza, Carlos Pimentel, y yo empezamos nuestro recorrido en Santo Domingo, y nos dirigimos en auto hacia el norte para cruzar una cordillera que se alza 2.740 metros y que está cubierta por una vegetación exuberante.
A primera vista, el visitante podría pensar que todo marcha bien en este país. Además de contar con paisajes encantadores, la República Dominicana ha tenido recientemente un crecimiento económico de entre 7 y 10 por ciento anual. Una sorprendente cantidad de camionetas transita por carreteras modernas, y los nuevos desarrollos inmobiliarios y turísticos como Cap Cana, en la costa oriental, son coloridos y opulentos.
Sin embargo no pueden ocultar la realidad de muchos dominicanos. De los 9.3 millones de habitantes del país, dos millones viven con menos de dos dólares al día. Veinte por ciento de las muchachas se embarazan antes de los 19 años de edad, y el analfabetismo y la delincuencia abundan. A pesar de haber tenido un alentador progreso económico a principios del decenio, el producto interno bruto cayó 15 por ciento en los últimos años. Y Haití, el país vecino, se encuentra en condiciones aún peores.
Esperanza se concentra, desde luego, en las personas extremadamente pobres, para las cuales la única posibilidad de acceso a un crédito es acudir a prestamistas y usureros, quienes cobran réditos exorbitantes.
El microcrédito funciona de esta manera: las personas que tienen idea para emprender un negocio se juntan y como grupo solicitan un préstamo. Algunos negocios comunes son pequeñas tiendas, salones de belleza y puestos de comida. Los socios casi siempre son vecinos y se comprometen a responder solidariamente unos por otros. En las reuniones bimensuales de pago, entre todos cubren la parte de cualquiera de ellos que no pueda cumplir, lo cual fomenta el apoyo y la responsabilidad mutuos. La tasa de pago en República Dominicana es de 98 por ciento, al igual que en Haití, donde Esperanza inició operaciones a principios de 2006. Una vez que pagan sus adeudos, pueden negociar nuevos préstamos.
Al correrse la voz sobre Esperanza, aumentó la solicitud de préstamos. Desde 1995, cuando empezó a operar con 20 prestatarios, la organización ha distribuido unos 15 millones de dólares en 75.000 préstamos, incluidas casi 21.500 cuentas activas en 2008, y tiene 2.800 prestatarios en Haití. Esperanza calcula que por lo menos cinco personas se han beneficiado con cada préstamo en la República Dominicana, y seis en Haití.
¨Los métodos tradicionales de ayuda social, las dádivas, no han funcionado¨, señaló Pimentel, dominicano que antes trabajó en Somalia para la organización humanitaria CARE. ¨La gente tiene que tomar el control del proceso y aprender a hacerse responsable. Esa es la clave de nuestro método. Nosotros proporcionamos los recursos y la capacitación, pero las personas tienen que poner el espíritu y la responsabilidad¨.
Ochenta y ocho por ciento de los prestatarios son mujeres. Por lo general, el término ¨hogar mono parental o con un solo padre¨ se refiere a la madre. ¨Nuestro objetivo siempre fue ayudar a los niños¨, dijo Valle, ¨y pensábamos que para hacerlo necesitábamos ayudar a las madres¨.
Campos de sueños
Valle me llevó a conocer los rostros que hay detrás de las estadísticas. Fuimos a Hoyo de Bartola, un barrio de las afueras de Santiago, e iniciamos un recorrido por estrechos callejones donde había casas de una sola habitación con muros de ladrillos grises y techos de lámina acanalada. En la cuneta parcialmente descubierta del callejón principal había basura recién depositada y de varios días.
A sus 48 años Valle es un hombre afortunado. Además de Philip, su esposa y él tienen dos hijas: Natalia de 19 años, y Alina de 15. Sigue conectado con el beisbol como comentarista de los Marineros de Seattle, equipo con el que pasó la mayor parte de su carrera de 13 años en las Ligas Mayores. Cuando dispone de tiempo para otro trabajo lo dedica casi totalmente a Esperanza, que empezó a pagarle un sueldo en 2008.
¨Cuando uno empieza su carrera quiere tener éxito¨, dijo mientras comíamos un almuerzo tradicional de pollo rostizado, plátano macho frito, arroz y frijoles, ¨pero una vez que lo alcanza desea hacer algo más importante¨.
Nunca dio por sentado que alcanzaría el éxito. Era el séptimo de ocho hijos de una familia neoyorquina del distrito de Queens, y tenía ocho años cuando su padre murió de un infarto. Su madre, que era enfermera, volvió al trabajo en el turno de noche para poder estar en casa con sus hijos antes y después de la escuela. Como Valle, cristiano devoto desde los 19 años de edad, había batallado para criar a sus tres hijos aún teniendo un matrimonio sólido y seguridad económica, le parecía asombroso que su madre se las hubiese arreglado para mantener un hogar estable. ¨Siempre nos decía que todo saldría bien¨, recordó, ¨y así fue. No sé como lo logró¨.
Ve muchos indicios de la fortaleza de su madre en las mujeres que ha conocido por medio de Esperanza, entre ellas Miguelina Suera, de 39 años, que tiene una pequeña verdulería en su casa de ladrillos grises y piso de concreto cerca de la entrada a Hoyo de Bartola. El escaparate de la tienda es la ventana de su cocina, donde tiene berenjenas, chiles, pimientos y grandes manojos de perejil fresco, mercancías que pudo adquirir gracias a un préstamo de Esperanza.
Mientras conversábamos con ella, los vecinos se asomaban para vernos, y niños descalzos se arremolinaban cerca. En cierto momento pasaron corriendo varios hombres armados y con chalecos a prueba de balas. En el barrio hay problemas con pandillas, y nos advirtieron que nos fuéramos antes de que oscureciera.
Nos dirigimos a otro barrio de Santiago bordeado por el lecho seco de un río que se había convertido en depósito de basura y refugio de perros callejeros. Ana Mercedes Martes, de 39 años, confecciona ropa y elabora dulces de coco que vende habitualmente a cuatro restaurantes, aunque sabe que, para crecer, tendrá que arreglárselas para hacer más y encontrar otros canales de distribución, como las tiendas de abarrotes.
__Me gustaría darles una muestra de los dulces, pero por desgracia ya se me acabaron __nos dijo.
__Ninguna desgracia! __ exclamó Pimentel__. ¡Que bueno!
Ana Mercedes canalizaba sus ganancias a una casa que estaba construyendo en el campo. ¨Me gustaría tener una tienda¨, comentó. ¨Me encantan los negocios! Es algo que estoy logrando con mi inteligencia. Todo esto es fruto de mi esfuerzo¨.
Peloteros generosos.
El beisbol fue el oficio de toda la vida de Valle, y es muy entretenido oírlo hablar del juego y de lo difícil que es atrapar los velocísimos lanzamientos de un pitcher como Randy Johnson. Este deporte también le ha permitido hacerse de importantes contactos y socios, entre ellos las Ligas Mayores de Beisbol, la Asociación de Jugadores de las Grandes Ligas y beisbolistas dominicanos como Alfonso Soriano, jardinero izquierdo de los Cachorros de Chicago, y José Reyes, shortstop de los Mets de Nueva York. El gerente general de este último equipo, Omar Minaya, es miembro de la junta directiva de Esperanza.
De regreso en Santo Domingo, Valle y Pimentel hablaron con otro beisbolista dominicano, Pedro Martínez, también de los Mets, y se sintieron felices de haberlo convencido para que se sumara a su labor.
Otros peloteros de las Ligas Mayores están apoyando una iniciativa de Esperanza para financiar y construir canchas de beisbol en comunidades pobres. Hasta la fecha se han terminado cuatro, y se está construyendo la quinta. Son campos estupendos, pero el beisbol en realidad es un medio para alcanzar un fin mayor: el desarrollo comunitario. ¨La idea no es forjar mejores beisbolistas¨, señaló Valle. ¨Es usar esta gran pasión y energía para movilizar a la gente¨.
Esperanza consigue los terrenos por medio de contratos de arrendamiento de largo plazo con el gobierno, y proporciona la asesoría técnica y administrativa para construir las canchas. La comunidad aporta la mano de obra, y más adelante, el mantenimiento. Todo niño que participe en una liga o torneo tiene que estar inscrito en una escuela. El plan es que las canchas formen parte de complejos más grandes que incluyan, por ejemplo, escuelas de capacitación vocacional.
Un chico dominicano que ha triunfado en grande es Alfonso Soriano, cuyo subsidio ayudó a construir una cancha en San Pedro de Macorís, su provincia natal. Después de la ceremonia de inauguración, Valle se volvió hacia él y le dijo:
__Me muero de hambre.
__Te voy a llevar a comer el mejor pollo que hayas probado nunca __le respondió Soriano.
Cuando llegaron al pequeño restaurante llamado Sazón de Mamá, Valle se enteró de que la dueña, Bienvenida Nina Santo, de 33 años, era clienta de Esperanza. Había sido compañera de escuela de Soriano, y los invitó a pasar a su casa, detrás del restaurante. Comparada con las casuchas de tablas del resto del barrio, la de Bienvenida parecía un palacio: una pintoresca construcción de dos plantas, con azulejos en la entrada y ribeteada de rosa y rojos vivos. Su esposo la construyó, pero ella la pagó con el dinero ganado con su negocio.
__Tienes que apoyar a Esperanza __le dijo Bienvenida a Soriano__. Le está salvando la vida a la gente.
Este comentario no era una exageración ni un simple cumplido, como descubrió Valle cuando la hija menor de la dueña entró a la casa, se acercó a su madre y apoyó la cabeza sobre su hombro con desaliento. La niña tenía más o menos la misma edad que él cuando murió su padre.
__Está bien, está bien __la consoló la mujer__. Todo va a estar bien.
Valle se acordó de su madre y sintió que retrocedía en el tiempo cuando se enteró de que el esposo de Bienvenida había muerto y dejado huérfanos a sus cuatro hijos y un montó de deudas con altos réditos. El préstamo de Esperanza había permitido a la familia mantenerse a flote.
Ahora Bienvenida tiene ingresos de hasta 300 dólares a la semana, una suma impresionante en la República Dominicana, y sus tres hermanos, siguiendo su ejemplo, han abierto sucursales del Sazón de Mamá. Sus hijas tienen grandes aspiraciones. Carina, de 15 años, quiere ser psicóloga infantil; Daniela, de 14, abogada, y Clara, de nueve, médica. Con el ejemplo de su madre, no es difícil imaginar que harán realidad sus sueños.
__Sé que vamos a estar bien porque tengo mi negocio __le dijo Bienvenida a Valle__. Sin la ayuda de ustedes, no sé donde estaríamos.
Transcripción: Alfonso L. Tusa C. 20 de octubre de 2022.
viernes, 6 de diciembre de 2024
Doce Momentos Escalofriantes en la Historia de Navegantes del Magallanes.
Esa remontada escalofriante de anoche jueves 05 de diciembre de 2024 me hizo rememorar este texto que armé hace unos meses. La manera como los peloteros fueron capaces de hilvanar batazos (ningún extrabases) y negociar boletos, junto a la manera corajuda de Diego Castillo de correr con el alma para lograr el imparable de pierna, pareciera vislumbrar el punto de inflexión respecto a la química de liderazgo compartido determinante en el engranaje de trabajo de equipo necesario para bordar esa seguidilla de victorias.
Cierto, el beisbol es solo un juego, un pasatiempo, algo adventicio en nuestras vidas de seguidores del deporte, sin embargo puede haber muchas ocasiones cuando la escena se torna tan solemne, tan crispada, tan punzante que solo una urgencia familiar nos sacaría de esa abstracción. Por supuesto que se prefiere salir con la victoria como compañera luego de una de esas batallas despiadadas, donde la épica se confunde con la tristeza y la alegría casi a la vez y no hay anestesia capaz de aminorar ese aceleramiento progresivo. Que me disculpen los peloteros protagonistas de algunos momentos que seguramente olvidaré o dejaré a un lado. Estos son los que más burbujean en la imprecisión de mi memoria.
1.- El desprendimiento de Carlos García desde tercera base con elevado corto al jardín izquierdo en el cierre del noveno inning del sexto juego de la serie final de la temporada 1993-94 ante Leones del Caracas. La incertidumbre, el vértigo de observar por televisión como El Almirante multiplicaba las zancadas para marcar la carrera de la victoria, determinaba una atmósfera de asfixia que parecía una eternidad. El momento transforma la expectativa televisiva en presencia forzada por el flujo infinito de adrenalina, observar a García deslizarse sobre el plato del estadio José Bernardo Pérez con el mensaje del empate de la serie final, oscila entre bufidos cardíacos y ensayos de saltos atropellados, cargados de agonía. Los segundos parecen suspenderse, el tiempo semeja un reloj de arena atascada, la respiración es una mezcla de infarto y síncope. Cuando el narrador recupera la voz el tumulto de sus compañeros aplasta al Almirante bajo una pirámide que retrataba un momento cincelado a bombazos cardíacos cada vez más redoblados durante el duelo entre Urbano Lugo hijo y Juan Carlos Pulido y rematado por un relevo magistral de John Hudek
2.- La carrera de Dámaso Blanco en el noveno inning de un juego igualado 3-3 ante Leones de Ponce (Puerto Rico) en la Serie del Caribe de 1970. Sandy Alomar padre vino a batear ante Aurelio Monteagudo con Jorge Roque en tercera base, la atmosfera de abstracción era tan punzante que se podía escuchar la caída de un alfiler en las tribunas del estadio de la UCV aquel 10 de febrero de 1970. Dámaso jugaba paralelo a la almohadilla quizás ligeramente adelantado varios metros justo en el ángulo de observar los detalles del wind up de Monteagudo. De pronto observó un movimiento casi imperceptible en las manos de Alomar y algo hizo clic en su cráneo. Justo cuando Monteagudo soltaba la pelota Dámaso arrancó cual velocista de cien metros planos. Alomar tocó la pelota mientras Roque corría a la par de Dámaso en la más vertiginosa carrera. Un suspenso invasivo acalló hasta las voces más afiladas de los vendedores de cerveza. Sin aminorar el paso por un segundo Dámaso tomó la pelota a mano limpia. En las fracciones de segundo cuando Dámaso aún tenía la pelota en la mano, Ray Fosse abría la mascota a la altura del pecho casi montado sobre el plato. Dámaso soltó la pelota y en un desenlace de bang-bang Fosse bloqueó el plato y lograron el out que los salvaba de la amenaza boricua.
3. Aquel triple de Gustavo Gil a las profundidades del jardín derecho del estadio José Pérez Colmenares en la apertura del décimo cuarto inning de un juego igualado 3-3. Los Tigres habían empezado ganando 3-0 hasta el cuarto inning, entonces desde el barco “. Y luego en el cierre de ese inning salió para terminar de cerrarles el paso a los Tigres.
4.- La atrapada fantasmal de Melvin Mora ante batazo de Omar Vizquel en el sexto inning del sexto juego de la final 1993-94 con la pizarra nivelada 0-0 en medio del más carbonizante duelo de pitcheo entre Urbano Lugo hijo y Juan Carlos Pulido. La carrera de la ventaja ondeaba en tercera base. El momento crepitaba de suspiros ahogados y un tenue olor a sudores glaciales bajaba por el cuello de todos los que seguían el juego en cualquier rincón a leguas del estadio. Pulido parecía buscar la zona más escondida en la mascota de Clemente Álvarez. Cuando sonó el impacto de la pelota con el bate un suspenso telúrico estremeció las partículas de oxigeno en las narices de los espectadores. Mientras algunos empezaban a levantar los brazos en señal de triunfo y ventaja, otros bajaban la mirada y tragaban hasta que ese bocado de aire se atragantaba en el esófago. Todo cambió en milésimas de segundo, las imágenes televisivas congelaron una sombra desplegada en el jardín central corto y la voz entrecortada de Carlos Tovar Bracho describía como la pelota caía en la malla del guante de Melvin Mora estirado a toda la longitud de su humanidad para lograr un out que heló la sangre y cambió la serie
5.- Jonrón agónico de Clarence Gaston en el décimo tercer inning. La temporada de 1968-69 fue la última de los Navegantes del Magallanes como home club en Caracas. Este juego del 8 de diciembre de 1968 los Navegantes fueron el equipo de casa. Aquella fue una temporada de altibajos para el Magallanes aunque al final lograron clasificar. Gaston fue a tomar turno ante Bob Lee cuando este parecía más imbateable en un relevo de cinco innings y además se encontraba invicto con marca de 8-0. En las tribunas se respiraba una atmósfera de juego interminable y los caraquistas no dejaban de asomar que a su pitcher nadie le iba a anotar. Magallanes estuvo ganando 2-0 hasta el octavo inning cuando los Leones descifraron a Bob Belinsky para igualar la pizarra 2-2. Entonces Napoleón Reyes trajo a relevar a Salvatore Campisi, Bill Butler y a Roberto Muñoz en un forcejeo que desembocó en el décimo tercer inning. Lee empezó retirando a Gustavo Gil, lo cual mantenía muy tensa la atmósfera de competitividad. Entonces Gaston entró al cajón de bateo y enderezó un envío de Lee que describió una parábola que desgarraba la noche con flujos de adrenalina y resuellos cardíaco que estallaron en delirio cuando la pelota aterrizó a mitad de las gradas del jardín central para decretar el manicomio en un estadio pletórico de emociones.
6.- Los amagos de Dave Parker desconcentraron a Gilberto Marcano. El 17 de enero las Águilas del Zulia llegaron ganando el segundo juego de la serie semifinal ante Navegantes del Magallanes 1-0 (habían ganado el primer juego) en medio de un duelo de pitcheo entre Chris Batton versus Gilberto Marcano. En la apertura de aquel noveno inning Marcano empezó dominando a Jimmy Sexton con ratoncito al montículo. Parecía cerca la segunda victoria zuliana, solo que Parker negoció boleto y la temperatura empezó a incrementar con la distancia que tomaba para salir a la conquista de la intermedia. Entonces Mitchell Page descargó un linietazo trepidante que casi tumba el paredón del jardín izquierdo. Parker parecía un mercurio centelleando en las bases. Logró anotar el empate pero hubo de regresar a la antesala porque los árbitros decretaron que la conexión de Page era doble por reglas de terreno. La expectativa reverberaba en cada partícula de aire. Parker empezó a corretear entre la tercera base y un punto cada vez más distante hasta que Marcano metió la pelota en el jardín izquierdo y Parker y Page anotaron las carreras que decidieron el juego.
7.- Un triple fantasmagórico de Wolfgang Ramos. Los Tiburones de La Guaira ganaban 2-1 en el cierre del duodécimo inning la noche del 9 de noviembre de 1983 en el José Bernardo Pérez de Valencia. Ernesto Gómez empezó el inning con sencillo a la izquierda. Allí el manager Tommy Sandt sacó de emergente a Wolfgang Ramos (quien había llegado hacía poco al Magallanes en un cambio) por el camarero Carlos Porte. Jeff Dedmon se mantenía desafiante en la lomita de los escualos y parecía con ventaja. Era muy difícil ver a un relevista como Dedmon encajar dos carreras en una aparición y en el cierre del noveno, luego que La Guaira había tomado ventaja mediante imparable de Juan Francisco Monasterio remolcador de Oswaldo Guillén, Joe Orsulak apareció con imparable al centro y llegó a la intermedia con passed ball del receptor Antonio Córdova, desde allí trajo el mensaje de supervivencia del barco cuando Benny Distefano tronó petardo hacia la derecha. En la apertura del duodécimo inning Guillén remolcó a Gustavo Polidor con lo que de nuevo parecía la estocada final para Magallanes. Entonces en el cierre de ese inning Ramos descargó una línea de altura que curveó y parecía tan ceñida que apuntaba a territorio de foul, solo que a última hora levantó la cal de la raya del jardín derecho y las respiraciones se entrecortaron mientras seguían la carrera desbocada de Gómez y estallaron en éxtasis al pisar el plato. Los escalofríos del triple de Ramos aún erizaban la piel cuando Gómez inició el décimo cuarto inning con imparable, Alfredo Pedrique lo llevó a la intermedia con toque y Stan Cliburn lo remolcó con sencillo al centro.
8.- La sorpresa de aquel cuadrangular de Alejandro Freire ante Omar Daal. El juego inaugural de la serie final de la temporada 1996-97 rezumaba efluvios de esas piezas de pitcheo, esos duelos particulares cada vez más en vías de extinción ante los designios del nuevo beisbol que implica casi un pitcher por inning a partir del sexto tramo. Ramón García y Daal apretaban la marcha con cada inning que pasaba aquella noche del 24 de enero. El juego llegó igualado a una carrera al cierre del octavo inning. Daal enfrascado en tremendo forcejeo con Ramón García parecía en el mejor momento de su trabajo, por eso pocos imaginaban que un novato quien solo había bateado para .269 con 6 carreras empujadas en la temporada regular pudiera representar algún peligro. Cuando Freire hizo contacto con la pelota muchos pensaban que se trataba de un elevado rutinario al jardín izquierdo, solo que a medida que la pelota se aproximaba a los jardines el narrador decía que iba más lejos, lejos hasta que descorchó el jonrón que recargó de euforia aquella noche mientras el novato Freire llegaba saltando al plato en medio de los abrazos de sus compañeros.
9.- Un batazo electrizante de Robert Pérez. Si algún refuerzo estuvo más que justificado para una serie final fue Robert Pérez y Phil Regan no lo dudó un instante para solicitarlo, aún por encima del relevista Kelvim Escobar. Aquel 23 de enero de 2002 se jugaba el primer juego de la serie final. El juego llegó empatado 2-2 al cierre del noveno inning y el ambiente de competitividad remarcaba que esa serie no iba a ser ninguna perita en dulce para nadie. En cuanto el manager de Aragua, Bill Plummer trajo a relevar a Kelvim Escobar para enfrentar a Pérez, su compañero en Cardenales de Lara; la tensión se disparó a mil pulsaciones por segundo. Los Navegantes venían de perder dos series finales seguidas y la expectativa en la tribuna magallanera carcomía las uñas y revolcaba las respiraciones. Cuando Robert Pérez entró a la caja de bateo, se escuchó la más estremecedora música de puertas chirriantes de una película de Hitchcock. De poder a poder Escobar lanzó su recta más meteórica y Pérez respondió con su swing más estroboscópico paran mandar la pelota a la mitad de las gradas del jardín izquierdo para decretar la euforia en el José Bernardo Pérez mientras un reguero de corazones infartados acompañaba el trote del toletero alrededor de las bases.
10.- Un vuelacercas impensable de Mario Lisson. El 18 de enero de 2013 los Navegantes del Magallanes llegaron perdiendo 6-1 a la apertura del octavo inning ante Caribes de Anzoategui en su reducto del estadio Alfonso Chico Carrasquel de Puerto La Cruz. Siempre ha resultado muy complicado para el Magallanes ganar en Puerto La Cruz y más en postemporada. Erold Andrus y Ramón Hernández negociaron boletos y empezó a centellear cierto zumbido de aplausos reprimidos desde el rincón más recóndito del estadio. La primera señal de síncope cardíaco punzó las costillas cuando el narrador delineó el impacto de Reegie Corona para sacar la pelota del parque y acercar el marcado 6-4. Todavía quedaban tres carreras más de ventaja, en medio de la emoción quedaban restos de resignación, es difícil remontar una ventaja de ese calibre a esta altura del juego. Luego Elvis Andrus conectó imparable y Eliezer Alfonzo negoció boleto y todo quedó servido para que Mario Lisson la desapareciera en las gradas del jardín central para darle el triunfo al Magallanes 7-6. En la inmensidad del silencio del estadio resonaba la celebración de los seguidores de la nave magallanera.
11.- Estacazo laberíntico de Luis Camaleón García. El 10 de enero de 1965 los Tigres del Licey, el puntero de la liga profesional dominicana terminaba su periplo de cuatro juegos en LVBP en lo que entonces se conocía como series interligas. Los quisqueyanos tenían marca de 2-1 en los primeros tres desafíos ante clubes venezolanos. A mediados del encuentro la pizarra mostraba paridad 5-5. Pero los dominicanos pasaron al frente con una rayita en el octavo y otra en el noveno. En aquel Magallanes de su reaparición en LVBP pocos pensaban que había la disposición y el coraje para reaccionar en el cierre del noveno inning. El manager Alfonso Carrasquel trajo a Pelayo Chacón de bateador emergente por Luis Peñalver y este respondió con imparable ante Bob Humphreys quien pareció apretar el brazo al dominar a Mike White. Después Mike Ricketts despachó doblete para mantener encendida la esperanza. Entonces el reverbero llegó al clímax cuando Gary Kolb negoció boleto para llenar las bases. Allí salió Camaleón García, líder bate de la liga venezolana vigente y destapó un estacazo inmenso que se incrustó más arriba de la mitad de las gradas del jardín izquierdo ante el sobresalto y las bocas abiertas de los presentes.
12.- Vuelacercas de José Francisco “Cheo” Malavé revive al Magallanes. El30 de enero de 1996 Cardenales de Lara dominaba la serie final 3 juegos a 1 y ganaba el quinto juego 6-3 en la conclusión del cuarto inning. Luego de un out Clemente Álvarez conectó doblete a la izquierda. Eddy Díaz siguió con petardo para dejar hombres en las esquinas. Travis Baptist golpeó a Melvin Mora y la adrenalina alcanzó las cercanías del punto de ebullición cuando Edgardo Alfonzo recibió al relevista Kelvim Escobar con linietazo imparable que puso la pizarra 6-4. Entonces la expectativa se expandió por cada escaño del estadio José Bernardo Pérez de Valencia. En cuenta de 2-0 Escobar vino con una lisa por el medio y Malavé tronó el batazo que revolcó el marcador hasta poner al Magallanes a ganar 8-6 con lo cual se cambió el resultado de ese juego y también de esa serie final porque los Navegantes fueron a Barquisimeto y vencieron a los pájaros rojos en los juegos sexto y séptimo.
Alfonso L. Tusa C. 29 junio 2024. ©
jueves, 5 de diciembre de 2024
Más anónimo que héroe.
La gesta de Armando Ortíz con los Navegantes del Magallanes había empezado desde aquel cambio que lo llevó al barco en diciembre de 1967, los Tiburones de La Guaira recibieron al pitcher Aurelio Monteagudo. En la temporada 1969-70 Ortíz parecía a ratos ser el jardinero izquierdo de los navegantes, pero solo participó en 45 juegos. Hasta que empecé a hurgar en la temporada de 1967 de los Medias Rojas de Boston, los muchachos cardíacos, mi única referencia de ese tipo de jugador que sale a reventarse el pecho por el equipo en cualquier momento del juego era Ortiz. Entonces supe de la épica de un pelotero llamado Jerry Adair. El 3 de junio de 1967 los Medias Rojas anunciaron que habían enviado al relevista Don McMahon y un pitcher de ligas menores a los Medias Blancas de Chicago a cambio de Adair, quien para ese momento bateaba para .204 y podía jugar segunda, short y tercera. Es el tipo de pelotero bajo perfil que abundaba en los equipos del manager Dick Williams.
Adair y Williams fueron compañeros de equipo en los Orioles de Baltimore en las temporadas de 1961 y 1962, desde entonces Williams lo considera el tipo de pelotero que lleva todo su profesionalismo a cada lanzamiento de cada juego. En 1965 lideró a los segundas bases de la Liga Americana en outs con 395, ese año también lideró a los camareros en asistencias con 446, también lideró a los segundas bases en promedio defensivo en 1964 y 1965 con .994 y .986 respectivamente. Durante una doble cartelera de la temporada de 1964, Adair recibió un pelotazo en la boca que ameritó varios puntos de sutura internos y externos, tuvo que abandonar el juego, para asombro de todos en el equipo, incluido Dick Williams, Adair estaba de vuelta en el campo para el segundo desafío, tomando roletazos en segunda base y largando líneas secas hacia los jardines. El tipo de pelotero que antes era difícil de conseguir y ahora son casi tesoros cuyos mapas apenas si se pueden leer a través del desgaste cronológico.
En uno de los juegos iniciales de la temporada 1971-72, donde el manager Patato Pascual le daba la oportunidad de ser el jardinero izquierdo regular mientras llegaba el importado o el criollo que se había retrasado, Armando Ortíz en medio de su gran entrega y su naturaleza voluntariosa corrió un linietazo inmenso que amenazaba con salir del parque y de un salto atrapó la pelota, luego de chocar contra la cerca de concreto quedó tendido en la zona de seguridad. Luego de varios minutos recibiendo atención del médico y el fisioterapeuta, Ortiz se incorporó y aunque al principio cojeaba mucho, poco a poco asentó sus pasos y habló con vehemencia hasta que lo dejaron jugando. El próximo batazo fue un globito casi detrás del short stop, Ortiz corrió como el más aventajado especialista de 100 metros planos hasta atrapar la pelota de cordón de zapato. De inmediato se incorporó y soltó la pelota hacia el mascotín del primera base donde el corredor tuvo que regresar de cabeza.
En el segundo de un doble juego el 27 de agosto de 1967 los Medias Rojas de Boston perdían ante los Angelinos de California 8-0. Los patirrojos se acercaron con jonrón solitario de Reggie Smith en el cuarto y otro cuadrangular de tres carreras de Carl Yastrzemski en el quinto inning. Joe Foy inició el sexto con doblete, Jack Hamilton concedió dos boletos seguidos y el manager lo relevó con Minnie Rojas a quien Dalton Jones saludó con estacazo que se estrelló en lo alta de la pared del jardín central para colocar la pizarra 8-6. José Tartabull despachó elevado de sacrificio para poner el juego por una carrera. Jerry Adair reventó imparable para igualar el marcador y el éxtasis estalló en las tribunas, Adair era un muchacho cardíaco legítimo. El tipo de pelotero que engranaba a la perfección en el esquema exigente y retador de Dick Williams; si Joe Foy llegaba un día con exceso de peso o bajaba su rendimiento, no dudaba colocar al Supersub Adair en la antesala, igual ocurría con Mike Andrews en segunda.
El bautizo de Armando Ortiz como el arpón secreto de los Navegantes del Magallanes ocurrió el 31 de diciembre de 1967, si en ese entonces se jugaba el 24 y el 31 de diciembre. Aquel 31 fue domingo y el juego empezó a las once de la mañana. Magallanes enfrentaba a los punteros Leones del Caracas con su as Diego Seguí en el montículo, por los Navegantes subió a la lomita Tom Fisher quien comenzó la temporada con los Tiburones de La Guaira. Tan pronto como el segundo inning el inicialista Oswaldo Blanco descifró un envío de Seguí y lo devolvió a las profundidades del jardín izquierdo para acreditarse batazo de tres bases, cuando muchos aseguraban que el siguiente en turno sería retirado, Ortiz despachó un estacazo en el jardín central y el derecho para remolcar a Blanco y estacionarse en segunda con un doble. Caracas igualaría la pizarra en la apertura del tercer acto mediante sencillo de José Tartabull para impulsar a Victor Davalillo desde tercera base.
Luego del golpe bajo que acusaron los Medias Rojas cuando Tony Conigliaro fue golpeado en el ojo izquierdo por el pitcher Jack Hamilton de los Angelinos de California, Conigliaro se había convertido junto a Carl Yastrzemski en líder del equipo. Una de las razones que permitieron a los Medias Rojas mantener el nivel de juego y continuar batallando por el banderín de la Liga Americana fue Jerry Adair. Desde aquella fatídica noche de agosto Adair ha logrado dos imparables ganadores del juego y ha iniciado el rally con que su equipo ha reaccionado para conseguir la victoria. Ha realizado jugadas claves a la defensiva en dos juegos, uno de los cuales lo ganó con cuadrangular. De acuerdo a los periodistas Adair es una persona retraída, quizás desde aquel pelotazo que le rompió la boca. Sin embargo el dice sentirse a gusto con los Medias Rojas a diferencia del ambiente férreo de Eddie Stanky en el dugout de los Medias Blancas. “Este es un equipo más joven y entusiasta”.
En la apertura del segundo inning con Paul Schaal corriendo en tercera base, Armando Ortíz atrapó un elevado entre el jardín central y el derecho; de inmediato lanzó un riflazo hacia el plato para completar un inesperado dobleplay en la mascota del cátcher Ed Herrmann, Fisher esperó a Ortíz cerca del montículo y le estrechó la mano. Los comentarios en la transmisión radial elogiaban la jugada y a la vez felicitaban a los radioescuchas porque no todos los días se ve un dobleplay desde los jardines y menos de un pelotero ocasional como Ortíz. En la parte alta del quinto episodio Roberto Musulungo Herrera despachó imparable al jardín derecho, cuando Teodoro Obregón pasó por tercera base y siguió hacia el plato, Armando Ortíz activó su cañón y puso fuera a Obregón para concretar otra doble matanza en la mascota de Herrmann y mantener el juego igualado 1-1. Para es momento Delio Amado León sospechaba en la transmisión radiofónica que aquel quizás sería el juego de su vida para Armando Ortíz.
Aunque Dick Williams tenía fama de sargento y sarcástico respecto a la manera como se manejaba con sus peloteros, Jerry Adair rompía esos comentarios adventicios, tal vez esos dos años que compartió con Williams en Baltimore facilitaban la comunicación y el trato y hasta mejoraba el ambiente para el resto de los peloteros. La comunicación, la empatía, la química que existía entre el manager y el pelotero suplente que había llegado en un cambio tal vez resultó clave para que los integrantes de aquellos chicos cardíacos cambiasen de parecer en los momentos clave de los juegos hasta alcanzar con mucho amor propio los pedazos de Sueño Imposible de los Medias Rojas de Boston de 1967. Adair podía empezar el juego, entra a mediados del mismo, o emerger en las postrimerías, siempre tenía un gesto, una atrapada genial un batazo atravesado que remolcaba la carrera del empate o la ventaja, a partir de allí cambiaba toda la actitud y la química del dugout, el propio Williams era quien más celebraba.
Mientras el juego estuvo empatado 1-1 muchos se resistían a la idea de que Magallanes, un equipo sotanero, tuviera recursos para vencer Diego Seguí quien mostraba una reluciente marca de 8-0. Seguí siempre había dominado en la liga y a equipos como Magallanes los reducía poco menos que a cenizas. Sin embargo esa mañana de Nochevieja Armando Ortíz tenía otros planes. En la apertura del sexto inning con Nelson Castellanos corriendo en la antesala, Teodoro Obregón largó un elevado lo suficientemente lejano hacia el jardín derecho para que Castellanos intentara el pisa y corre, otra vez Armando Ortíz pintó un strike en la mascota de Ed Herrmann para otro dobleplay. Delio Amado León abundaba en adjetivos y detalles referentes a la tercera asistencia de Ortíz, no todos los días un jardinero consigue ese logro y menos un jardinero derecho. Con esos tres outs en el plato Ortíz implantó una marca para la liga venezolana de beisbol profesional.
La empatía de Dick Williams con Jerry Adair era tal que cuando fue manager de los Atléticos de Oakland en 1972 lo llamó para que formara parte de su equipo técnico, y colaboró en la trilogía de títulos de Serie Mundial alcanzada por los Atléticos (1972 – 1974). Luego cuando Williams fue manager de los Angelinos de California en 1975, lo volvió a llamar para que lo apoyara como técnico. Otra prueba de esa empatía se puede observar en el juego del lunes 28 de agosto de 1967, los Medias Rojas llegaron igualados 5-5 con los Senadores de Washington al cierre del noveno inning, Adair abrió el inning con doble, después que Yastrzemski lo arrimara a tercera base con rodado al cuadro, hubo boletos intencionales para los siguientes dos bateadores y Elston Howard remolcó a Adair con el sencillo victorioso. Parecía que cada vez que Williams lo alineaba o llamaba de emergente tarde en el juego, Adair disponía de una brújula para alcanzar los roletazos más invisibles o despachar los imparables determinantes.
Las tres asistencias de Armando Ortíz igualaron la marca que tenía Roberto Moronta desde el 17 de febrero de 1946. Para completar su gran día Ortíz descifró la gran curva de Seguí para conectarle cuadrangular en el cierre del séptimo inning. Desde la celebración del dugout Ortiz comentó que ese era solo el comienzo de su demostración para demostrarle a los Tiburones de La Guaira que se habían equivocado al cambiarlo. Con mucha seguridad declaró que nada de lo que había hecho en ese juego había sido casualidad o espejismo. Que de ahora en adelante los Tiburones y el resto de los equipos tendría que tener muchísimo cuidado con él. En la temporada 1968-69 participó en 48 juegos, promedió .254 con el madero, 44 imparables, 10 dobles, un triple, un jonrón, 14 carreras empujadas, 16 remolcadas; fuese iniciando el juego o viniendo como emergente, Ortiz resultó clave en varias victorias de los Navegantes con el bate y el guante para colaborar en la clasificación del equipo.
El 30 de septiembre cuando la leyenda de los muchachos cardíacos y el Sueño Imposible parecía languidecer luego que los Mellizos de Minnesota salieron adelante 1-0 en el primer inning y Jim Kaat mantuvo en blanco a los Medias Rojas hasta el tercero cuando debió salir pon una lesión en el hombro y vino Jim Perry a relevar, para mantener a los chicos cardíacos en blanco hasta el quinto, entonces Reggie Smith abre el inning con doble, Dalton Jones emerge por Russ Gibson y batea rodado enyoyado hacia segunda base que en el instante final rebota de manera irregular y escapa del control del camarero Rod Carew para un imparable de piernas que lleva a Smith hasta la antesala. Lugo Perry poncha en sucesión al pitcher José Santiago y a Mike Andrews. Aparece Jerry Adair y al primer lanzamiento deja caer una bala fría al jardín derecho corto para remolcar a Smith con la igualada. Boston pasa adelante 2-1 con rodado de Yastrzemski a segunda que hace privarse a Perry al no cubrir primera base. Los Mellizos empatan el jugo en la apertura del sexto inning. Y en el cierre de esa entrada George Scott pone adelante a los patirrojos 3-2 con estacazo a las gradas del jardín central. En el cierre del séptimo, luego de un out Andrews se apunta hit de piernas con rodado a la izquierda del montículo, Adair batea rodado al montículo que Kline toma y lanza a segunda pero la bola se le cae a Zoilo Versalles. Yastrzemski enfrenta a Jim Merritt y batea jonrón entre el jardin derecho y el central.
Armando Ortíz resultó el propio arpón escondido de los Navegantes del Magallanes en la temporada 1969-70, aunque apareció en 45 juegos de la temporada regular y en todos los de la serie semifinal y la final, Ortíz siempre parecía el eterno desconocido que dejaba al pitcher rival petrificado, anestesiado. Cada vez que entrevistaban al manager Carlos Patato Pascual cuando accedían a otro nivel de los playoffs, siempre evitaba encasillarse en elogios para los jugadores establecidos, siempre recordaba también a Gregorio Machado, Concepción Escalona, Gilberto Marcano, Victor Colina y cuando mandaba a buscar a Armando Ortíz los peloteros decían que ya se había vestido y se había retirado, si aún estaba en el dugout Ortíz apenas hablaba en pocas palabras pero con mucha determinación. Sonreía casi tapándose el rostro, detrás de las manos en la boca decía, no se equivoquen conmigo, por más alto que haya llegado un pitcher si me deja una recta en el medio lo voy a castigar y eso fue lo que pasó con Cuellar.
Muestra inequívoca de cuan anónimo resultaba Jerry Adair dentro de aquel equipo de los muchachos cardíacos de Boston en la temporada del Sueño Imposible en 1967, fue el juego del 19 de septiembre ante los Tigres de Detroit, con quienes estaban igualados en la azotea de la Liga Americana junto a Mellizos de Minnesota. Boston salió adelante en el segundo inning cuando rus Gibson despachó senillo impulsor de la carrera de Reggie Smith. Los Tigres pasaron a delante en el cierre del sexto mediante doble de Al Kalina y vuelacercas de Jim Northrup. Jerry Adair abrió el noveno inning de los patirrojos con sencillo al jardín derecho. Luego Yastrzemski negoció boleto ante Mickey Lolich, Luego de un tuno muy disputado donde George Scott le conecto más de siete fouls a Lolich, logró despachar un lineazo al jardín central con el cual Adair corrió furiosamente hasta tercera y se embaló como el mejor velocista para deslizarse en el plato con el mensaje de la igualada.
Armando Ortíz podía haberle bateado un jonrón a Miguel Cuellar o a Diego Seguí, igual al terminar el juego el manager fuese Lorenzo Fernández o Carlos Patato Pascual, tenía que ir corriendo a buscarlo cuando ya salía del clubhouse para que declarase a la prensa, Ortiz regresaba con una sonrisa penosa, casi reclamando que debía regresar a casa.
El día cuando Jerry Adair recibió el pelotazo en la boca y le tomaron puntos de sutura, el manager de los Orioles de Baltimore le preguntó varias veces si estaba seguro de poder jugar el segundo juego con esos puntos de sutura recién tomados, Adair tomó su guante y le dijo al manager que le bateara varios roletazos con toda su fuerza, como si fuerza Mickey Mantle.
Alfonso L. Tusa C. 22 de enero de 2023. ©
Mediodías de quinto grado.
Desde las once de la maña, cuando sonaba el silbato del central azucarero, empezaba una carrera vertiginosa contra reloj entre ordenar los cuadernos de quinto grado y regresar cada tres minutos al pilar de piedra tallada del comedor para desde ahí ver si había terminado la edición meridiana del Observador Venezolano.
En cuanto empezaba a sonar la banda sonora de la Cabalgata Gillette, salía presuroso del baño y me escondía tras el pilar del comedor, para ver la Serie Mundial de 1970 entre Rojos de Cincinnati y Orioles de Baltimore anunciada por Carlos Tovar Bracho. Mi papá siempre me capturaba y me llevaba de regreso al cuarto y desde ahí me acompañaba hasta la calle para que me dirigiese a la escuela.
Uno de esos mediodías logré escabullirme de la vigilancia de papá, tal vez porque el trabajo lo absorbía mucho ese día. Hice como que abría la puerta de la calle, y en vez de salir regresé de puntillas a esconderme tras el pilar. El blanco y negro del televisor Zenith, reverberaba en medio de la jugada, casi bajé todo el volumen. Miraba aquella intervención inmensa de Brooks Robinson para atrapar un roletazo candente detrás de la tercera base, justo sobre la raya de cal, desde territorio foul. Robinson giró sobre su cuerpo y metió un riflazo para retirar a Lee May en el salto.
En medio de mi asombro escuché voces destempladas en la oficina. La voz de papá casi ni se oía. Un cliente de esos que destilan buen humor en público cuando todo marcha bien, ahora, en la soledad meridiana casi tomaba a papá por el cuello de la camisa. Esa imagen me taladró a través de la rendija de la puerta. Me olvidé de la sentencia categórica de papá para que me abstuviese de inmiscuirme en sus asuntos particulares.
Ver a aquel tipo iracundo con la voz plagada de espinas y los ojos impregnados de odio me hizo empujar la puerta de vidrio y metal. Mi voz percoló entre la metralla del cliente. Papá casi me invita a salir. Me resistí. Me arriesgué y dije que si ese tipo no trataba bien a mi papá, me iba a quedar ahí, en medio de la oficina, Aunque un enjambre de respiraciones entrecortadas y puntos bermejos en las mejillas afloraba en sus gestos, papá mantuvo la calma y me llevó hasta el comedor donde seguía el juego entre Orioles y Cincinnati.
Me llevó un poco más de mitad de cuadra y dijo que tenía que ir a la escuela.
Al salir de la escuela me entretuve buscando ratones silvestres en los matorrales de la calle Bolívar hasta que el atardecer colmó de penumbra los espacios del bosquecillo. Metí el rostro bajo la almohada al percibir la silueta de papá en el marco de la puerta y mordí la cara interior de mis mejillas.
De pronto, cuando me resignaba a la sentencia del castigo, me dijo que había termina do de ver el juego de la Serie Mundial entre Orioles y Rojos y el cliente lo vio con él luego de sugerir que no apagase el televisor. La ira desapareció y el hombre entendió que a veces hay retrasos que escapan a nuestra voluntad.
Alfonso L. Tusa C. 04 diciembre 2024. ©
martes, 3 de diciembre de 2024
Una Conversación Memorable con la ‘Voz de Dios’.
En su nuevo libro, el antiguo Yankee Paul O’Neill relata una conversación con el inquilino del Salón de la Fama Ted Williams que involucró algún consejo crucial: “No dejes que nadie te cambie”.******************************************************************************************************************************************************************************************
Paul O’Neill y Jack Curry. The New York Times. 22 de mayo de 2022.***********************************************************************************************************************************************************
Su voz era poderosa y directa, como la voz de Dios. De alguna manera, él era un dios. Un dios de bateo llamado Ted Williams llamando a mi teléfono celular, la llamada más impresionante y grata que haya recibido.
Regreso al entrenamiento primaveral a finales de marzo de 1999, donde me ponía metódicamente a punto para otro día con los Yankees. Cada primavera, sudaba y me calentaba y tomaba cientos de swings mientras encontraba el swing confiable que podía llevar a la temporada. Pero ese día en Tampa, estaba ordinario y lento porque en mis últimos 34 turnos solo había conectado de imparable en 4 ocasiones. No tenía equilibrio. No estaba dirigiendo la pelota. Estaba batallando con la gripe y me sentía miserable. Entonces sonó mi teléfono.
“¿Paul? Es Ted Williams,” dijo la voz. “He estado pensando en tí. Eres un tremendo pelotero”. ¿Lo oí correctamente? ¿Se trataba realmente de Ted Williams y de verdad me llamó un tremendo pelotero? Si y si. Coloqué mi mano en el respaldo de la silla, me equilibré, y me senté. Mi reacción inmediata fue sentarme como un estudiante disciplinado en un aula porque quería darle a esta llamada el respeto que merecía.
Sabía que mi hermana Molly, una reportera de The New York Times, tenía una entrevista programada con Ted sobre comida, pesca, y obviamente, un poco de beisbol, también.
Cuando Molly me contó eso, yo estaba admirado de que mi hermana mayor estaba preparada para hablar con uno de los grandes bateadores de todos los tiempos. Le dije a Molly bromeando que tenía dificultades y que ella debería decirle a Ted que yo necesitaba algún consejo. Nunca esperé que la visita de Molly al hogar de Ted resultara en que él me contactara. Todo eso me llevó de vuelta a ser el muchacho cuyo orgulloso padre le había dicho que su swing le hacía recordar el de Williams. No pude acercarme al swing de Williams ni a sus logros, pero estaba deseoso de hablar con ese hombre.
Hasta el día de hoy, hasta con la conexión de mi hermana y su motivación gentíl y esforzada, todavía me sorprende que Ted estuviera dispuesto a llamarme. Todavía me sorprendí más cuando Ted dijo, “Apuesto a que no estás bateando la pelota hacia la otra banda”. Ese comentario me produjo mariposas en el estómago porque mostró que Ted sabía la manera como yo tenía que batear para ser productivo. Para ser exitoso, necesitaba buscar pitcheos en el medio o la parte externa del plato y golpear la pelota hacia la banda contraria. Así que el legendario Ted Williams __un bateador que halaba la pelota y también era lo suficientemente talentoso para ajustarse y batear la pelota por el medio del campo o hacia la banda contraria__ conocía mi enfoque.
“¿Sabes que?” Repliqué.”Tienes razón. Me he estado saliendo hacia el frente muy rápido”. A un minuto de empezar la conversación, trataba de procesar que tan irreal era que Ted Williams __el Ted Williams__ estuviese evaluándome como bateador. Ted ganó seis títulos de bateo, dos premios al jugador más valioso, integró 19 equipos de estrellas, fue el último hombre en batear sobre .400 (en 1941), y terminó su carrera fenomenal con un promedio de .344, 521 jonrones, y una marca de todos los tiempos de .482 de porcentaje de embasado. Fue el héroe que también pausó dos veces su carrera para servir a nuestro país en la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea. ¡Y estaba hablando conmigo de bateo! Fue una llamada muy inspiracional y cargada de nervios porque estaba absorbiendo
cada palabra que Ted pronunciaba. Pero también sentía que había como cien preguntas que necesitaba hacer antes que la voz de Dios colgara. No quería interrumpirlo, así que lo dejé guiar la conversación, y de seguro, Ted dijo algo que me hizo sonreír y sentir que había hecho algo correcto como bateador.
“No dejes que nadie te cambie”, soltó Ted.
Tanto como cualquier consejo de bateo que hubiera recibido, esas palabras resonaron conmigo porque se alineaban con como siempre sentí. Un bateador serio y terco, estaba dedicado a mi enfoque del nivel del swing hasta elevarlo un poco para batear líneas. Creía en ese swing y todavía lo hago. Oír a Williams decir que un bateador no debe dejar que nadie lo cambie fue uno de los puntos resaltantes de la llamada y fue algo que pude haber escuchado por todo el día.
Honestamente, debería haber esperado que Ted enfatizara eso porque lo había escrito en “The Science of Hitting”, su libro en el cual disecó la cosa más difícil de hacer en el deporte: batear una pelota de beisbol. No recuerdo la primera vez que tomé el libro, pero recuerdo haberme enamorado de él. Hay una fotografía de Ted en la portada, su pie delantero está ligeramente levantado, sus ojos enfocados en la pelota, y un lenguaje corporal que grita: “Estoy listo para triturar este pitcheo”. Ted escribió que Lefty O’Doul, quien bató para .349 en su carrera, le dijo, “Hijo, lo que sea que hagas, no dejes que nadie te cambie tu estilo de bateo. Tu estilo eres tú”. Ted obedeció. Yo también.
Mientras Ted seguía su predica, subrayó la importancia de tener el mejor reporte evaluativo de todos acerca de mí. Básicamente, Ted decía que yo necesitaba saber lo que hacía bien y trabajar incansablemente para ser magnífico en eso. Pienso que esa filosofía debería aplicarse a cada atleta. Es un error complicar las cosas tratando de ser algo que no eres o tratando de hacer algo que no eres capaz de hacer. “Conócete como bateador”, dijo Ted. “Conoce quien eres y lo que puedes hacer y ve y hazlo. Pero tienes que conocerte”.
Como siempre había pensado que los bateadores necesitan sentirse cómodos y confiados en la manera como batean, oir a Ted decir lo mismo me reforzó esa idea. Siempre escuché varias voces que llenaron mi mundo con consejos de bateo, pero fui selectivo con las sugerencias que adopté.
Resulta humorístico conceder esto, pero el consejo de Ted me hizo pensar en mis hijos. Cuando llegaba a casa de Yankee Stadium después de los juegos, le lanzaba pelotas de tenis a Aaron y Andy, como mi padre hizo conmigo. Pero ellos siempre estaban tratando de imitar a Derek Jeter o Ken Griffey Jr. cuando practicábamos. Y entendía que era cosas de niños tratando de ser como sus ídolos y los peloteros que veían por televisión. Yo hice igual con Pete Rose, Joe Morgan, y mis héroes de la gran maquinaria roja. Pero después de ver docenas de swings de Jeter y Griffey y pocos swings auténticos de Aaron y Andy, me frustraba porque no le prestaban atención a sus estilos de bateo propios. “No porque se paren como Derek Jeter o hagan swing como Ken Griffey Jr.”, les decía, “Eso significa que van a batear como ellos”.
Bien, digamos que ellos no me escuchaban de la misma forma en que yo escuchaba a mi padre o a Ted. Como Ted, yo de verdad creía en sentirme cómodo de principio a fin, cuando estaba en el plato. Ted fue tan inteligente y tan curioso en cuanto al bateo, hasta preguntó si yo había olfateado la madera quemada del bate luego de un foul. Yo lo había percibido. He hablado con muchas personas quienes no creen que los bateadores puedan oler la madera quemada cuando conectan un pitcheo, debido a la fricción de la madera contra el cuero, es posible percibir ese olor.
En una cita de tres grandes mentes bateadoras, Ted se sentó con Wade Boggs y Don Mattingly en 1986 para hablar de bateo, y Peter Gammons de Sports Illustrated estuvo ahí para describir la escena. En determinado momento, Williams preguntó a Boggs, “¿Has olfateado la madera quemada del bate luego de conectar la pelota?” Boggs estaba abismado y dijo que no. Williams dijo, ”Cada cinco o seis veces que bateaba ante un tipo de buen repertorio, hacía swing fuerte y __oomph__solo bateaba de foul en martillazo. El impacto era muy duro. Y olía la madera quemada del bate. Debió haber sido las costuras de la pelota que impactaron con el bate y la fricción causó la quemadura, eso ocurrió cinco o seis veces”. Boggs meneó la cabeza y dijo, “Tremendo”, lo cual era la única reacción apropiada.
Por más sorprendido que estaba mientras hablaba con Ted, era indudable que la conversación se convirtió en una tertulia entre dos bateadores. De nuevo, él era el experto. Yo escuchaba más que hablaba, pero le pregunté a Ted que tipo de pitcheos buscaba en ciertas situaciones. Fue esclarecedor escuchar a Ted decir que no le gustaba hacer swing al primer pitcheo de un turno al bate porque quería evaluar que tipo de lanzamientos tenía un pitcher en un día determinado. Más que todo, Ted resaltó la importancia de escoger un buen envío para batear. Suena simple, pero no lo es.
He destacado y fallado como bateador, así que sé cuan difícil es tener éxito en las ligas mayores. Con tantos pitchers que lanzan cerca de 100 millas por hora y con bateadores enfrentando varios brazos poderosos por juego, nunca ha sido tan retador batear en las mayores. Pero, en ese difícil tráfago, no todo bateador sigue el consejo de Williams de enfocarse en quienes son y que hacen bien.
La versión actual de Major League Baseball es un mundo hambriento de poder y feliz por el poder. Los jonrones son el activo más deseado. Es visible en la manera como los peloteros tratan de conectar la bola hacia lugares recónditos, es obvio en la forma como los bateadores son recompensados con salarios atractivos, y también es aparente en la manera como los aficionados reaccionan cada vez que una pelota recorre 450 pies. Muchos bateadores están haciendo swing a la parte baja de la pelota para tratar de levantar la pelota en el aire y enviarla a volar sobre la cerca. Mi estrategia era batear la parte superior de la pelota porque creo que eso me daba la mejor oportunidad de hacer contacto y despachar líneas. Ted creía en batear la pelota duro y batearla en el aire. Yo también. Y, de nuevo, mi misión era batear líneas.
Todavía pienso bastante en aquella conversación con Ted. Hay peloteros cuyos nombres son icónicos debido a lo que lograron. Ted Williams es uno de esos nombres gigantescos. Cada pelotero sabe o debería saber los detalles íntimos de la carrera de Salón de la Fama de Williams. Pero, ¿recibir una llamada de él? Eso es insondable. Si yo me hubiera encontrado con Ted en un juego y hubiese hablado de bateo con él por unos minutos, eso también habría sido agradable y surrealista. Hubo algo fenomenal al tener esa llamada personal. Por esos diez minutos poco más o menos, tuve un entrenador de bateo personal y su nombre era Ted Williams.
Unas pocas horas después del anuncio de la temporada de 1999, me sentía tan vigoroso que produje una seguidilla de batazos contundentes. Seguía diciéndome: “Si Ted Williams piensa que yo debería batear la pelota hacia la otra banda, voy a asegurarme de hacerlo”. Así que trabajé diligentemente en despachar lineazos entre el jardín izquierdo y el central. Luego de cada linietazo bien colocado, oía la voz de Ted decirme que estaba haciendo exactamente lo que necesitaba hacer como bateador.
Ted me dejó con estos consejos finales: “Espera tu pitcheo”. Williams agregó: “Y recuerda, mientras más contundente batees, más estarás pensando acerca del bateo. No deberías preocuparte para nada. Te lo digo en este momento. Eres un tremendo pelotero”.
Si, lo escuché bien. Ted Williams me llamó un tremendo pelotero. Pienso que pude haberme retirado feliz ese día. Ah, y después de mi conversación con Ted, despaché dos linietazos hacia la banda contraria. Me sentí como un tremendo pelotero.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 20 de agosto de 2022.
domingo, 1 de diciembre de 2024
Clemente Álvarez: Accede por fin al Salón de la Fama Magallanero el cátcher de tres campeonatos de los Navegantes.
Siempre que leía una nueva reseña de los nuevos elegidos al citado salón, recordaba el juego inicial de la serie de round robin de la temporada 1993-94. Había gran expectativa porque aquel 2 de enero de 1994 los Navegantes del Magallanes iniciaban el round robin ante sus eternos rivales Leones del Caracas y muchos entendidos aún tenían cierta reserva de cómo respondería al reto el joven receptor de los Navegantes que había conducido muy bien el pitcheo del equipo en la temporada regular “pero el round robin es otra cosa, la tensión es cien veces mayor”. De seguro un zorro viejo como Phil Regan enviaría a sus corredores más habilidosos (Roger Cedeño, Omar Vizquel y Greg Briley) a intentar el robo de base desde bien temprano. Además de adelantar al corredor, con eso podía buscar afectar el rendimiento de Clemente detrás del plato. Solo que Clemente había practicado con más ahínco aún, sus lanzamientos desde el jardín central hasta un balde con pelotas que colocaba más allá de la raya del jardín izquierdo.
Álvarez tuvo oportunidad de jugar para Felipe Rojas Alou cuando este vino a dirigir a los Navegantes a finales de los 1980s, quizás de allí le viene su propiedad para manejar el juego, su paciencia con los pitchers, su dedicación a los detalles imperceptibles del juego. Desde entonces empezó una escalada en la meta que se propuso: ser el cátcher regular de los Navegantes a la brevedad. Y poco a poco fue ganando terreno hasta que alcanzó la titularidad en la temporada 1993-94, donde el Magallanes alcanzó el primero de cuatro campeonatos en los que Clemente Álvarez colaboró decisivamente, los otros en 1995-96, 1996-97 y 2001-02.
Clemente era el tipo de cátcher que siempre pedía unos minutos al cátcher de bullpen para recibir algunos envíos de calentamiento del pitcher abridor minutos antes de empezar el juego. La presencia de Clemente Álvarez detrás del plato motivo, armó y diseñó la configuración de un equipo que siempre sacaba recursos impensables para remontar desventajas inmensas.
Clemente hacía rememorar los mejores atributos de muchos receptores de los Navegantes, cuando bloqueaba el plato traía imágenes de Ray Fosse, cátcher muy aguerrido y dispuesto siempre a fajarse ante los corredores más intimidantes. Era muy bueno llamando los juegos, diseñando la secuencia de los pitcheos de acuerdo con el bateador atributo que siempre mostro Duane Josephson careta que reforzó al Magallanes a mediados de los 1960s. Si salía un elevado de foul hacia los rincones más alejados del plato Clemente tenía como un radar que lo llevaba hasta atrapar la pelota lo cual recordaba a Steve Nicosia quien dictó cátedra con los Navegantes tomando todo tipo de globitos en foul detrás del plato en la temporada 1976-77. La habilidad de Clemente para mascotear, moverse detrás del plato con tal naturalidad que convertía en strikes pelotas fuera de la zona, eso también lo había ejecutado con maestría otro gran receptor defensivo, Tom Prince hacia finales de los 1980s.
En el primer inning de aquel juego del 2 de enero de 1994, Roger Cedeño se embasó y mientras tomaba turno Omar Vizquel salió a la conquista de la segunda base con enormes posibilidades debido a la velocidad de sus piernas, solo que el brazo de Clemente fue más potente que un cañón y retrató a Cedeño en el guante de Álvaro Espinoza. Regan parecía enterrar la barbilla en su pecho, ladeó la cabeza y sonrió irónico. En las tribunas, los magallaneros querían celebrar pero la jugada había sido tan sorprendente, el tiro tan perfecto, que parecían querer mantener la magia del momento hasta que la sirena derramo la euforia.
Observar a Clemente mover a los jardineros adelantándose delante del plato rebobina la gestión de Johnny Bench con la Gran Maquinaria Roja, la misma autoridad y naturalidad mostraba Álvarez para conseguir la mejor configuración de sus compañeros sobre el terreno de juego. Tenía el aplomo para pedir pitcheos pegados ante bateadores peligrosos, como lo hacía Thurman Munson con Ron Guidry. Si el pitcheo se quedaba en el medio saltaba impulsado por resortes y hacía señas enérgicas hacia el montículo. Si salían elevado de foul hacia la tribuna, Clemente era capaz de exponer su integridad física ante la baranda o estirándose hacia las sillas, tal como lo hizo Carlton Fisk en su momento.
En el tercer inning Cedeño volvió a embasarse y nuevamente el roo de base estaba en el ambiente, de seguro tanto en la mente de Regan como en la de los caraquistas burbujeaba la reflexión de que Clemente no iba a lanzar dos veces con tal perfección a la segunda base. Pero para delirio de los magallaneros e incredulidad de sus eternos rivales, Clemente metió otro balín para dibujar un lienzo con toda la carga emocional de van Gogh, las pinceladas describieron el guante de Carlos García preceder el spike de Cedeño, para completar un dobleplay porque Vizquel se había ponchado. Para ese momento los Navegantes ganaban 2-0 y de llegar a salvo Cedeño tendrían muchas posibilidades de al menos descontar.
Diecinueve temporadas detrás del plato, siempre con el uniforme magallanero, siempre dispuesto a dejar el alma en cada foul perseguido, en cada bloqueo del plato, en cada tiro a las bases. Se dice rápido pero cargar encima las herramientas de la ignorancia (máscara, rodilleras, pechera), permanecer agachado detrás del bateador en todo el juego, requiere una entereza de carácter, una fortaleza de espíritu que muy pocas personas tienen.
Para el octavo inning, con el juego 3-1, Cedeño volvió a embasarse. Esta vez parecía la ocasión de la revancha, también para Vizquel que volvía a estar en dos strikes. De nuevo Regan ordenó el robo y Cedeño corrió como nunca pero Clemente metió otro balazo que llegó al guante de Espinoza antes que las manos del corredor caraquista. El juego terminó 3-1 y en todos los análisis destacó que la clave estuvo en los tres bazucazos de Clemente.
Este domingo 17 de diciembre de 2023 cuando exalten a Clemente Álvarez al Salón de la Fama magallanero de seguro se escucharan los reconocimientos de Juan Carlos Pulido, Ivan Arteaga, Juan Francisco Castillo, Ramón García entre otros pitchers que contaron con el respaldo y las observaciones de Clemente Álvarez.
Alfonso L. Tusa C. 16 diciembre de 2023.©
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