Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
jueves, 17 de abril de 2025
Inspirado en su hija, Rod Carew trabaja para salvar vidas. El inquilino del Salón de la Fama, viaja por el país para ayudar a recaudar fondos para investigar las enfermedades sanguíneas.
Doug Miller.mlb.com. 30-01-2014
Seattle.- Rod Carew es un inquilino del Salón de la Fama del béisbol, ganador del premio MVP y del Novato del año. Bateó más de 3000 imparables y jugó 18 veces en el Juego de Estrellas en 19 temporadas de Grandes Ligas. Pero en estos días su trabajo no tiene que ver con béisbol. Está relacionado con los niños.
Carew perdió a su hija Michelle en 1996, debido a la leucemia, Michelle tenía 18 años, desde que fue diagnosticada por vez primera, él ha pasado su vida cumpliendole su promesa a ella de que haría lo que fuera posible para ayudar a los niños afectados de enfermedades sanguíneas.
Otra parte de esa promesa se hizo realidad este jueve 30 de enero, cuando Carew sirvió como orador de orden en el almuerzo del 49th Hutch Award, que honra al jugador de Grandes Ligas que haya demostrado un extraordinario servicio comunitario.
El Hutch Award, un galardón nacional auspiciado por el Fred Hutchinson Cancer Research Center ubicado en Seattle, ha sido entregado cada año desde 1965 en homenaje al jugador y manager de Grandes Ligas Fred Hutchinson, quien falleciera de cancer un año antes a la edad de 45 años. Su lista de premiados incluye a Mickey Mantle, Sandy Koufax, Carl Yastrzemski, Pete Rose, Joe Torre, Willie McCovey, Willie Stargell, Lou Brock, George Brett y Johnny Bench.
Carew y el ganador de este año, el jardinero de los Angelinos Raul Ibañez, fueron los invitados de honor en el almuerzo, y la historia de Carew respecto a su hija fue particularmente conmovedora y cautivadora.
Carew habló de cuan valiente y desafiante del miedo parecía Michelle enfrentando la enfermedad y batallando cada día con todo lo que tenía, y cuan insignificante se sintió como padre cuando Michelle le dijo que sabía que moriría.
Pero Carew sintió que había un propósito más grande detrás de todo el sufrimiento, y eso es lo que eventualmente lo trajo a Safeco Field y a todas partes donde va en su viaje para ayudar a otros.
"No perdí a mi hija", dijo Carew. "Mi hija vino aquí por una razón... y esa es que cada niño que ha vivido debido a lo que hago cuando viajo a través del país solicitando ayuda a personas como ustedes, todos ellos son mis hijos".
"Es el sentimiento más grande que nadie pueda tener, mi hija me enseñó todo sobre eso. Hasta el día que muera, eso es lo que voy a hacer".
Carew está maravillado por el trabajo que está haciendo el Fred Hutchinson Research Center no solo en usar conocimiento científico de punta para diseñar tratamientos y avances en ruta a obtener las curas, sino tambien en el compromiso para llevar el producto de las investigaciones a la mayor cantidad de personas, y ahora eso ayuda a familias de pacientes a vivir la batalla con dignidad y con las herramientas que necesitan para permanecer juntos en el largo camino.
Por eso él le pidió a cada doctor del Fred Hutch y a cada miembro del cuerpo de miembros del centro que se pararan para ser reconocidos.
"La gente habla de nosotros como héroes", dijo Carew. "Beisbolistas, futbolistas, jugadores de hockey·".
"Damas y caballeros, estos son heroes. Ellos son los que cambian las vidas de muchos de nosotros, y seguirán haciéndolo porque les importa".
Traducción: Alfonso L. Tusa. Febrero 2, 2014.
miércoles, 16 de abril de 2025
Historia de dos novatos
Al iniciar el décimosexto inning de un juego empatado a dos carreras en el estadio José Bernardo Pérez de Valencia el 05 de noviembre de 1965, Oswaldo Blanco descargó doblete ante Miguel Fresneda y pasó a la antesala con infieldhit de Domingo Carrasquel. El manager George Noga ordenó el toque de bola que ejecutó Leopoldo Tovar, el inicialista Lee May lanzó mal a primera base y Blanco anotó la carrera de quebrar la igualada. Carrasquel llegó hasta tercera y Tovar se metió a la intermedia, desde allí traspasarían el plato mediante imparable de Tommie Agee. Magallanes llegaba al cierre del inning ganando 5-2. Gary Waslewski salió a lanzar su episodio 16. Tommie Reynolds y May sonaron imparables. Waslewski incurrió en wild pitch que hizo anotar a Reynolds mientras May estacionaba en segunda. Luego Waslewski apretó el brazo para concretar la victoria magallanera 5-3 ante los Industriales del Valencia. Magallanes se había ido al frente mediante anotaciones en los innings segundo y tercero. La segunda de ellas ocurre cuando Agee recibe pelotazo y Tommy Helms dispara imparable, ante error cometido por el jardinero central Teolindo Acosta, Agee hizo gala de su velocidad y entró en carrera.
Don Newcombe fue Novato del Año con los Dodgers de Brooklyn en 1949, antes había jugado acá con el Vargas en la temporada 1947-48 donde dejó marca de 10-3 y 2.14 de efectividad. Al bate largó 2 jonrones, empujó 5 carreras y anotó 10.
Joe Black vino con Magallanes también en la 1947-48 (4-7, 4.71), fue Novato del Año de la Liga Nacional en 1952 con los Dodgers de Brooklyn.
Wally Moon fue Novato del Año de la Liga Nacional con los Cardenales de San Luis en 1954, aquí había jugado con Pastora en 1953-54 (.322, 11 jonrones, 50 impulsadas, 58 anotadas, 89 hits).
Pete Rose fue Novato del Año en la Liga Nacional en 1963 con los Rojos de Cincinnati y luego jugó acá con los Leones del Caracas en la justa 1963-64 (.351, 5 jonrones, 19 impulsadas, 41anotadas, 65 hits).
Aquí jugó Gary Peters con Rapiños en la Liga Occidental, temporada 1960-61 (11-5, 1.68. Al bate 3 jonrones, 9 impulsadas, 10 anotadas) y luego fue Novato del Año de la Liga Americana en 1963 con los Medias Blancas de Chicago.
También vino Rod Carew en las temporadas 1971-72 (.355, 3 jonrones, 31 impulsadas, 27 anotadas, 72 hits) y 1972-73 (.315, 9 impulsadas, 12 anotadas, 23 hits) con los Tigres de Aragua y había sido Novato del Año de la Liga Americana en 1967 con los Mellizos de Minnesota.
En esa 1971-72 también jugó con los Tiburones de La Guaira Lou Piniella (.330, 1 jonrón, 11 impulsadas, 13 anotadas, 34 hits) quién había sido Novato del Año de la Liga Americana en 1969 con los Reales de Kansas City.
En La 1972-73 (.309, 2 jonrones, 12 impulsadas, 19 anotadas, 30 hits), 1973-74 (.371, 1, 24, 47, 91), 1974-75 (.331, 2, 21, 30, 52) y 1978-79 (.282, 1, 15, 24, 44) Al Bumbry reforzó a los Tiburones de La Guaira y fue Novato del Año con los Orioles de Baltimore en 1973.
Butch Metzger fue Novato del Año en 1976 de la Liga Nacional con los Padres de San Diego, jugó aquí con Cardenales de Lara en 1975-76 (7-2, 2.24) y 1977-78 (2-4, 4.20).
Andre Dawson fue Novato del Año en 1977 con los Expos de Montreal, ante había jugado aquí con Cardenales de Lara en la temporada 1975-76 (.333, 6 impulsadas, 6 anotadas, 10 hits).
Rick Sutcliffe jugó aquí con los Tigres de Aragua en la temporada 1978-79 (1-2, 5.16), luego sería Novato del Año con los Dodgers de Los Angeles en 1979.
Steve Sax jugó con los Leones del Caracas en la temporada 1981-82 (.295, 4, 17, 23, 46) y fue Novato del Año de la Liga Nacional en 1982.
Alvin Davis vistió la camiseta de los Leones del Caracas en la temporada 1983-84 (,342, 38 impulsadas, 38 anotadas, 78 hits) luego fue Novato del Año con los Marineros de Seattle en 1984.
Darryl Strawberry jugó con La Guaira en 1982-83(.303, 12, 29, 38, 57) luego fue Novato del Año de la Liga Nacional con los Mets de Nueva York en 1983.
David Justice fue Novato del Año con Bravos de Atlanta en 1990, había jugado con Cardenales de Lara(.234, 1, 24, 26, 43).
Eric Karros fue Novato del Año de la Liga Nacional con los Dodgers de Los Angeles en 1992, había jugado con los Leones del Caracas en la 1990-91 (.244, 6, 16, 21, 43) y la 1991-92 (.131, 6 impulsadas, 3 anotadas, 11 hits).
Cuando los Navegantes del Magallanes anunciaron en su importación al infielder Tommy Helms y al jardinero central Tommie Agee para la temporada 1965-66, sabían la calidad de ellos como peloteros y por lo tanto que podían esperar por cuanto ambos tenían algún tipo de experiencia en Grandes Ligas. Helms había jugado parte de dos temporadas (1964 y 1965) con los Rojos de Cincinnati. Agee había participado en parte de cuatro temporadas con los Indios de Cleveland y Medias Blancas de Chicago (1962, 1963, 1964, 1965). Lo que jamás imaginaron fue que en la próxima campaña de Grandes Ligas estos peloteros alcanzaran un nivel de juego que les permitiera apoderarse del premio Novato del Año. Agee con los Medias Blancas participó en 160 juegos, 629 turnos al bate, 98 carreras anotadas, 172 imparables, 27 dobles, 8 triples, 22 jonrones, 86 carreras empujadas, 44 bases robadas, 41 boletos, 127 ponches, .273 de promedio al bate. En 156 juegos como centerfielder, realizó 365 outs, 9 asistencias, 7 errores, 7 dobleplays, .982 promedio de fildeo.
Helms actuó en 138 juegos con Cincinnati, 542 turnos al bate, 72 anotadas, 154 imparables, 23 dobles, 1 triple, 9 jonrones, 49 empujadas, 3 bases robadas, 24 boletos, 31 ponches, .284 de promedio al bate. En 113 juegos como tercera base, realizó 110 outs, 208 asistencias, 13 errores, 16 dobleplays, .961 promedio de fildeo.
Ese año de 1966 Agee también ganó el guante de oro para outfielder, y fue al Juego de Estrellas, líder en outs para un jardinero central (365) en la Liga Americana, líder en dobleplays para un jardinero central (7), líder en juegos efectuados como jardinero central (156), líder en carreras salvadas como jardinero central (17).
En tanto que Helms fue segundo en turnos al bate por ponche (17.5) en la Liga Nacional, segundo en promedio defensivo de tercera base (.961), cuarto en factor de alcance para tercera base (2.81).
Agee también fue al Juego de Estrellas en 1967 con los patiblancos, ganó otro guante de oro para outfielder en 1970, esta vez en la Liga Nacional con los Mets de Nueva York, también fue el Jugador del Mes de junio de 1970, en 1970 también fue líder en outs de los jardineros centrales de la Liga Nacional. Repitió el liderato de carreras salvadas para un jardinero central con 11 en 1969 y 13 en 1970. En 1970 también fue líder de los jardineros centrales en factor de alcance/9 innings con 2.58 y factor de alcance/juego con 2.52.
Helms asistió a los Juegos de Estrellas de 1967 y 1968 con Cincinnati. Ganó el guante de oro como segunda base en 1970 y 1971. Líder de la Liga Nacional en outs para un segunda base con 395 en 1971. Líder de la Liga Nacional en asistencias para un segunda base con 441 en 1972, entonces defendía la camiseta de los Astros de Houston. Lider en dobleplays para un segunda base en 1970 (107), 1971 (130) y 1972 (115). Lider en carreras salvadas para un segunda base en 1971 con 16. Lider en factor de alcance para un segunda base en 1969 (5.31) y 1971 (5.79). Líder en porcentaje de fildeo para un segunda base en 1970 (.983), 1971 (.990) y 1974 (.985) entonces jugaba con Houston.
En la temporada 1965-66, Tommie Agee dejó los siguientes números con Magallanes: 60 juegos, 248 veces al bate, 45 carreras anotadas, 77 imparables, 13 dobles, 3 triples, 12 jonrones, 35 carreras empujadas, 7 bases robadas, .311 de promedio al bate.
Tommy Helms por su parte participó en 35 juegos, 145 veces al bate, 19 carreras anotadas, 53 imparables, 5 dobles, 2 jonrones, 17 empujadas, 3 bases robadas, .366 de promedio al bate.
Acontecimiento único en LVBP, dos peloteros importados vienen con un mismo equipo (Magallanes 1965-66) y la siguiente campaña de Grandes Ligas (1966) ambos ganan el premio Novato del Año, Agee (Liga Americana, Chicago), Helms (Liga Nacional, Cincinnati)
Alfonso L. Tusa C. 19 octube 2015.
domingo, 13 de abril de 2025
Matices de Fenway Park.
Desde aquellos días fantásticos de la temporada del Sueño Imposible de 1967, cuando por accidente sintonicé la emisora de las Fuerzas Armadas estadounidenses, siempre quise saber más de ese estadio, de ese lugar sagrado enmarcado en los alrededores de Kenmore Square en la ciudad de Boston.
La imagen de un recinto diminuto no encajaba con la inmensidad emocional de aquellos juegos. No me importaba tener que monear cual hombre araña el limonero del pasillo posterior de la casa y desde allí saltar hacia la platabanda. Desde allí tuve mi primer ángulo de Fenway Park. Los jonrones de Tony Conigliaro, las hazañas de Carl Yastrzemski, las fábulas de Jerry Adair, la gesta de Jim Lonborg, definían, diseñaban, ajustaban el mapa, las tribunas, el terreno, el Monstruo Verde de un lugar escrito a cincel y batazos en medio de una ciudad donde la Historia es la novela más profunda y punzante y el beisbol refulge entre la esencia más rancia de sus orígenes, medioevo y actualidad, con muchos fulgores de nostalgia. Ver un juego de beisbol en Fenway Park aunque sea por TV es volver a la naturaleza del juego, a la intensidad de Tris Speaker y Dom DiMaggio en el jardín central, a los recursos y el pundonor del pitcher Babe Ruth. Encogerse en la incomodidad y el anacronismo de los asientos de Fenway Park es un documento histórico de todo lo que ha significado en beisbol en la cotidianidad estadounidense y de todos los países donde se practica el deporte del diamante de cuatro bases.
Aún centellean en mi cráneo las imágenes de aquellas casas grandes, en apariencia fachadas de vecindad. Ese día caminé desde Arlington Street. Quise seguir el mapa mental que había trazado desde el tope de la Hancock Tower. Por momentos dudaba entre si tomar el tren subterráneo, sin embargo los efluvios, la ebullición de eventos históricos, la presencia de esa atmósfera arqueológica bostoniana me hizo practicar mi inglés magullado hasta divisar las torres luminosas de Fenway Park.
Permanecí como treinta minutos atrapado en círculos irregulares alrededor de las cuadras de Kenmore Square, estos mostraban alguna cercanía con las torres sin terminar de llegar a la entrada del estadio. Hasta que consulté con un peatón quien me dijo que esas fachadas de casas victorianas eran la entrada a Fenway Park. Estuve un rato petrificado, buscando aire en una asfixia de donde no quería escapar. Saber que detrás de esas paredes de puertas entrañables y techos recónditos burbujeaba aquel escenario del Sueño Imposible de 1967, el jonrón sonámbulo de Carlton Fisk en el sexto juego de la Serie Mundial de 1975. Esa impresión me dejó extasiado, magullado por el impacto, la impaciencia de trascender las puertas para buscar el ángulo más próximo al Monstruo Verde, la asimetría del jardín central, la pizarra manual a ras de la zona de seguridad del jardín izquierdo. Sin importar la obsolescencia de los asientos, el verdadero beisbol se ve de pie, con el alma en la garganta y la respiración oscilando entre el montículo y el plato.
Regresar a Fenway Park luego de cada puñalada, cada patada de nuevas modificaciones absurdas de reglas, ilustra la narrativa impactante del beisbol original.
En los dugouts estrechos y apretujados de Fenway se respira la pertinencia, el compromiso integral del pitcher, mucho más allá de remitirse a ejecutar envíos desde el montículo.
Observar una pelota estrellarse en el Monstruo Verde dibuja el billar del jardinero izquierdo para aplicar Pitágoras en los rebotes de la pelota sobre los ángulos más intrincados de la banda izquierda.
Ver un juego de pie en Fenway Park es rememorar cada vez que le tocaba el tueno al pitcher con bases llenas y el manager lo dejaba batear. Abajo por dos carreras, el pitcher se las ingeniaba para batear un rodado lento por la línea de tercera base, y cuando muchos pensaban que era el out final, el pitcher corría como relámpago para vencer el brazo del antesalista y mantener vivo el inning y a su equipo ahora a solo una carrera del rival. Nada de locutores internos gritando, usurpando la animación espontánea de la tribuna. Solo el aficionado y el beisbol.
Permanecí como treinta minutos atrapado en círculos irregulares alrededor de las cuadras de Kenmore Square, estos mostraban alguna cercanía con las torres sin terminar de llegar a la entrada del estadio. Hasta que consulté con un peatón quien me dijo que esas fachadas de casas victorianas eran la entrada a Fenway Park. Estuve un rato petrificado, buscando aire en una asfixia de donde no quería escapar. Saber que detrás de esas paredes de puertas entrañables y techos recónditos burbujeaba aquel escenario del Sueño Imposible de 1967, el jonrón sonámbulo de Carlton Fisk en el sexto juego de la Serie Mundial de 1975. Esa impresión me dejó extasiado, magullado por el impacto, la impaciencia de trascender las puertas para buscar el ángulo más próximo al Monstruo Verde, la asimetría del jardín central, la pizarra manual a ras de la zona de seguridad del jardín izquierdo. Sin importar la obsolescencia de los asientos, el verdadero beisbol se ve de pie, con el alma en la garganta y la respiración oscilando entre el montículo y el plato.
Regresar a Fenway Park luego de cada puñalada, cada patada de nuevas modificaciones absurdas de reglas, ilustra la narrativa impactante del beisbol original.
En los dugouts estrechos y apretujados de Fenway se respira la pertinencia, el compromiso integral del pitcher, mucho más allá de remitirse a ejecutar envíos desde el montículo.
Observar una pelota estrellarse en el Monstruo Verde dibuja el billar del jardinero izquierdo para aplicar Pitágoras en los rebotes de la pelota sobre los ángulos más intrincados de la banda izquierda.
Ver un juego de pie en Fenway Park es rememorar cada vez que le tocaba el tueno al pitcher con bases llenas y el manager lo dejaba batear. Abajo por dos carreras, el pitcher se las ingeniaba para batear un rodado lento por la línea de tercera base, y cuando muchos pensaban que era el out final, el pitcher corría como relámpago para vencer el brazo del antesalista y mantener vivo el inning y a su equipo ahora a solo una carrera del rival. Nada de locutores internos gritando, usurpando la animación espontánea de la tribuna. Solo el aficionado y el beisbol.
Momentos plasmados a cincel. Fotografías indelebles de jugadas fantasmales. Atrapadas inesperadas de Jerry Adair en segunda base para completar triunfos sufridos de los muchachos cardíacos del Sueño Imposible. El movimiento pausado de Luis Tiant para mostrar la espalda en ruta de dominar al bateador en plena recta final de la temporada 1975. La celeridad anticipada de Dwight Evans para capturar un elevado en los confines del jardín derecho para luego retratar al corredor con su brazalete de trueno y relámpago.
Grandes imágenes que implican preguntas sobre si esas tribunas, ese Monstruo Verde, ese abanico del cuadro interior, son más fantasía que realidad, más fábula que evidencia, más sueño que materia.
Alfonso L. Tusa C. 09 diciembre 2024. ©
sábado, 12 de abril de 2025
El cambio de José Suarez e Inmer Lobo por Eduard Bazardo, Edwar Colina y Wilfred Alvarado.
A veces hay una voz interior, una especia de conciencia, o comunicación con Dios que dice o ilustra parcialmente ciertas particularidades de los días por venir, que puede extenderse a semanas y meses. Desde que en Navegantes del Magallanes hicieron ajustes en la gerencia deportiva tan temprano como inicios de marzo de 2025, se siente en la atmósfera como una especie de calendario continuo con muchas fechas dinámicas que hacen prever una cotidianidad de mucha acción desde ahora hasta octubre. Luego de la confirmación de Eduardo Pérez como manager y ciertos ajustes en el cuerpo técnico. Tan temprano como la primera quincena de abril se anuncia la llegada de José Suárez e Inmer Lobo. Lo que más llama la atención de estos pitchers es que ambos son zurdos, y al menos uno de ellos es relevista. En principio pudiese parecer que el precio fue alto porque Bazardo es grande liga y porque Colina de alguna manera mostró ciertos destellos de abridor ocasional con visos a mejores días.
Sin embargo para obtener buenos peloteros hay que entregar calidad. Aunque se ha contado con algunos relevistas zurdos en el pasado, Magallanes no ha dispuesto de manera estable con al menos dos o tres relevistas de esa mano que puedan llamarse confiables en más del 75 porciento de las veces. Aunque la gerencia asegura que van a utilizar a Suarez como pitcher abridor, parece que habría que esperar a ver como se desarrolla el experimento de los Bravos de Atlanta para convertirlo en relevista. Es asunto de la evaluación que hagan los Técnicos de los Bravos respecto al potencial que pudiese tener Suarez como relevista. Si resulta que el rendimiento como relevista es auspicioso, de seguro los Bravos restringirán su actuación con los Navegantes exclusivamente al bullpen. La injerencia de Eduardo Pérez pudiese ser válida o efectiva si el desempeño de Suárez desde el bullpen es apenas aceptable, entonces podría existir la posibilidad de que le permitan a Suárez abrir algunos juegos con los Navegantes.
De acuerdo a las observaciones de la gerencia, la arista primordial del perfil de Suarez que los motivó a realizar el canje fue su habilidad para colocar la pelota en la zona de strike, una destreza cada vez más escasa no solo en el pitcheo de los Navegantes sino en todo el beisbol, tal vez relacionada con la exageración por lanzar envíos súper rápidos de esto que llaman beisbol moderno, lo cual también se refleja en el cada vez más elevado número de pitchers que se someten a la cirugía conocida como Tommy John. Los pitchers que tienen control o comando en sus envíos, regulan la velocidad de sus lanzamientos porque saben que solo así tienen más probabilidades de ubicar la pelota donde quieren. Allí es donde reside el verdadero dominio de un pitcher, lograr que los bateadores se embarquen con la menor cantidad de sus envíos. Si a Suarez le dan permiso para abrir juegos con los Navegantes será el hallazgo de un tesoro bastante valioso, si las órdenes son solo relevar, seguirá siendo tesoro.
En cuanto a Inmer Lobo, es cierto que es muy joven, pero eso no necesariamente es un parámetro para asegurar que no verá acción con los Navegantes tan pronto como la propia temporada 2025-2026. Primero no todos los pitchers tienen el mismo ritmo de desarrollo, el mismo rango de aprendizaje, la misma capacidad de asumir responsabilidades de manera apropiada en el menor lapso. En Magallanes está el antecedente de Manuel Sarmiento, quien con 16 años ya estaba ganando juegos claves para su equipo. Se sabe que Lobo no es Sarmiento, sin embargo, de acuerdo a sus números de ligas menores podría darse el caso de un avance cada vez más marcado, entonces podría recibir alguna oportunidad al inicio de la temporada y empezar a ganarse un espacio en el bullpen, amén de que es zurdo.
Alfonso L. Tusa C. 12 abril 2025. ©
viernes, 11 de abril de 2025
Un Hombre de Beisbol Que Fue mejor Observado en Su Totalidad.
Gil Hodges tuvo dificultades para llegar al Salón de la Fama porque los votantes tuvieron que considerarlo como jugador o como manager. Hodges fue decididamente ambos y finalmente llegó a Cooperstown.
Tyler Kepner. The New York Times. 6 de diciembre de 2021.
Fueron hijos de los años 1920s, adolescentes de Indiana cuando Brooklyn fue a buscarlos. Gil Hodges de Petersburg, era alrededor de tres años mayor que Carl Erskine, de Anderson. Un día, en 1950, compartieron una tarde para la eternidad: cuatro jonrones para Hodges y un juego completo __más cuatro imparables con el madero__ para Erskine. El pitcher era muy cercano al toletero y su familia.
“Conocí a su hermano y a su padre,”, Dijo Erskine por teléfono desde Indiana este lunes 6 de diciembre. “Esos tres hombre murieron de la misma condición cardíaca. Eso fue raro, pero uno de los hombres más grandes y fuertes del equipo era Hodges, pero su corazón no era fuerte y eso le quitó la vida muy temprano”.
Hodges tenía solo 47 años de edad cuando falleció el viernes santo de 1972, en West Palm Beach, Fla., después de una ronda de golf con sus coaches de los Mets durante el entrenamiento primaveral. Erskine cumplirá 95 el 13 de diciembre, uno de solo dos Dodgers sobrevivientes __ junto a Roger Craig __ de los que jugaron para los ganadores de la Serie Mundial de 1955. Su llama esta flameando, pero su leyenda arde más brillante ahora. Hodges es un inquilino del Salón de la Fama.
Lo logró este domingo cuando un panel de 16 personas, por fín, arrojó un veredicto diferente a todos los otros. Olvidado por 15 años por los periodistas, y de nuevo por varias iteraciones del comité de veteranos, Hodges tendrá finalmente una placa en Cooperstown, N.Y. “Es algo muy grande que le ha ocurrido a nuestra familia”, dijo Gil Hodges Jr. este lunes 6 de diciembre. “Estamos muy emocionados de que mamá llegó a verlo, con 95 años de edad. Era el tiempo perfecto”.
Joan Hodges, la viuda de Gil, paseó con él por Broadway en un vehículo convertible en octubre de 1969, con infinidad de papelillos flotando como nieve. El triunfo en esa Serie Mundial, como manager de los Milagrosos Mets, fue uno de tres para Hodges. También ayudó a los Dodgers de Los Angeles a ganar el campeonato en 1959, su último gran año como pelotero activo.
Hodges promedió 30 jonrones y 101 carreras impulsadas por temporada desde 1949 hasta 1959. Despachó 370 cuadrangulares en total, y en mayo de 1963, cuando Hodges se retiró, solo dos bateadores derechos (Jimmie Foxx y Willie Mays) tenían más jonrones. Ahora hay más de 40 bateadores derechos por delante de Hodges.
Su defensiva también le resaltó. Los guantes de oro aparecieron en 1957 __el último año de los Dodgers en Brooklyn y la décima temporada completa de Hodges__ y Hodges se apoderó de los primeros tres galardones. Esos premios no tuvieron nada que ver con su trayectoria en Brooklyn.
“Muchos primeras bases son buenos con el mascotín; Ted Kluszewski, de hecho, fue un primera base sobresaliente, pero comparado con Hodges no tenía el rango”, decía Erskine. “Gil podía cubrir un terreno muy amplio. Había sido cátcher antes, así que estaba acostumbrado a tomar toques frente al plato. Él atacaba el toque, lo atrapaba, y se volteaba para enfriar al corredor en segunda base con el brazo más potente y preciso de un cátcher. Nunca vi a otro primera base tratar de hacer eso. Era ágil y tenía manos grandes”.
Hodges puede haber tenido las manos más inmensas del beisbol. Eso es lo que Roger Kahn escribió en “The Boys of Summer”, al menos lo confirmó con esta cita del campocorto Pee Wee Reese: “Gil usa un guante en primera base porque es una costumbre. Con esas manazas, él no necesita uno”.
El caso de Hodges para Coopperstown había sido sorprendente. Estaba ganando su momento en la boleta de los periodistas antes de fallecer, entonces pasó más de una década en patrón de espera, con 49 a 63 porciento de los votos. Históricamente, casi cada candidato que obtiene ese apoyo eventualmente ingresa, pero los comités nunca le habían dado acceso a Hodges al umbral del 75 porciento.
La votación de 1993 fue especialmente cruel. Roy Campanella, el compañero de Brooklyn de Hodges postrado en una silla de ruedas quien fallecería ese verano, no pudo asistir a la reunión en persona y no le permitieron votar por teléfono. La familia estuvo golpeada, al menos en ese momento.
“Eso duele un poco diferente, porque teníamos el décimo segundo voto”, dijo Gil Jr. “Pero ¿sabes qué? Cuando el día terminó, todo seguía igual todavía. Seguimos y pasamos la página.
Un problema para Hodges era que los candidatos al Salón de la fama se supone deben ser juzgados por una carrera como jugador o como manager, no por ambas. Por estricta interpretación, entonces, el título de 1969 de Hodges con los Mets no podía ser tomado en cuenta. Pero ese logro es parte integral de su historia, y sus peloteros por largo tiempo han acreditado a Hodges por su destreza para manejar a los peloteros e insistir en un estilo de juego limpio.
Después que los Mets vencieron a Atlanta en la serie de campeonato de la Liga Nacional de 1969, el jardinero Cleon Jones recordó hace un par de años, que Hank Aaron de los Bravos advirtió a un scout de Baltimore que los favoritos Orioles podrían tener problemas.
“Si no juegan el mejor beisbol que has practicado todo el año, van a perder”, dijo Jones al recordar el mensaje de Aaron. “Ese es un buen equipo, no cometen errores y hacen todo lo necesario para ganar”.
Jones continuó: “Y yo le atribuyo eso a Gil Hodges. Si el manager hubiese sido alguien más __Yogi Berra o Wes Westrum o incluso Casey Stengel, no se estuviese hablando de los Mets de 1969. Ganamos debido a nuestro líder, el cual fue Gil Hodges, porque inculcaba esa especie de actitud en el equipo y no permitía que cometiéramos errores”.
Los compañeros de Hodges en Brooklyn no esperaban que él fuese manager, dijo Erskine, porque él era muy equilibrado, nunca dado a los altercados __el opuesto, en otras palabras, del manager de los Orioles, Eral Weaver. Un manager sin una “personalidad de fuerza”, como lo dijo Erskine, era algo raro.
“Pero si se habla con alguien que jugó para él como su manager, como Tom Seaver con los Mets, él dijo: ‘Hodges era tranquilo, pero tenía una mirada que te podía quemar los calzoncillos’”, Erskine dijo, “Así que si él te daba esa mirada, no tenía que decir nada. No era un tipo gritón, pero te ponía esa luz brillante y de inmediato sabías que significaba eso”.
Los Mets no pudieron ganar más campeonatos con Hodges. Terminaron con marca de 83-79 en cada una de las dos siguientes temporadas, en ambas ocasiones terminaron en tercer lugar. Ed Kranepool, primera base de ese equipo, insistía en que los Mets habrían ganado “muchos, muchos más banderines” si Hodges hubiera vivido. Por supuesto, no hay manera de saberlo.
Es una apuesta segura, sin embargo, que Hodges habría aceptado su elección al Salón de la Fama con modestia, sin querer mucha fanfarria. Él construyó un legado y levantó una familia en Nueva York, pero era de Indiana, desde el principio hasta el final.
“Una persona con los pies bien puestos sobre la tierra __ ese fue su entorno, la manera como fue criado”, dijo Erskine. “La humildad era parte de su vida. Era tan natural como respirar. Eso era una especie de marca de fábrica, y una muy buena”.
Tyler Kepner ha sido periodista nacional de beisbol desde 2010. Llegó a The Times en 2000 y cubrió a los Mets por dos temporadas, luego cubrió a los Yankees desde 2002 hasta 2009.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 30 marzo 2025.
jueves, 10 de abril de 2025
Las Barajitas de Sport Gráfico.
A mediados de los años 1960s, cuando empecé a conocer el beisbol mediante las transmisiones radiofónicas que mis hermanos escuchaban casi todas las noches, una revista deportiva que compraban todos los jueves llamada Sport Gráfico y sus infaltables caimaneras las tardes cuando no tenían clases o los fines de semana, de pronto apareció otro elemento que terminó de intensificar mi curiosidad por el juego. En medio de mi incipiente afición por la lectura, encontré al final de la revista una página que hablaba de la próxima aparición de un álbum de barajitas con todos los peloteros de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional, si mal no recuerdo aquella era la temporada 1966-67 y por supuesto mis hermanos empezaron. A modo de promoción, la revista trataba de motivar a los aficionados con premios a quienes lograran completar la colección del álbum. El primer premio consistía en un viaje a Estados Unidos con todos los gastos pagados para asistir al juego inaugural de las grandes ligas.
Un atardecer mis hermanos llegaron cada uno con dos sobrecitos blancos con litografía azul marino, al despegar los bordes de los sobres emergieron las imágenes de esos peloteros que tanto eran nombrados en las transmisiones radiofónicas. Ahí estaba el cátcher del Magallanes Duane Josephson, el pitcher de los Industriales del Valencia Roberto Muñoz, Mel Queen el pitcher y jardinero de los Tigres de Aragua, Gonzalo Marquez el primera base de los Leones del Caracas, el pitcher Ken Sanders de Cardenales de Lara y la barajita que los hizo saltar de alegría y admiración, la de Luis Aparicio hijo, shortstop de Tiburones de La Guaira. Me impresionó mucho el brillo de las fotografías, el olor de chicle bomba que salía de los sobres y la textura del cartón donde estaban fijadas las imágenes, tenía la dureza de una piedra y la flexibilidad del plástico. Mis hermanos parecían transportados al estadio, casi que hablaban con las barajitas, repetían las palabras del narrador cuando refería alguna jugada de ellos.
En mediodía mientras regresaba de las clases de tercer grado de primaria y mis hermanos de primer y segundo año de bachillerato, los escuché emocionados hablando mientras apretujaban una barajita entre las páginas de un cuaderno, apenas si rozaban la barajita que movían con la punta de los dedos. Comentaban las escaramuzas que hubieron de ingeniar para escapar de la plaza Montes sin que unos manganzones consiguieran arrebatársela. Se trataba del cromo de Teodoro Obregón que la temporada anterior había pasado a los Leones del Caracas desde los Industriales del Valencia a cambio de Dámaso Blanco. Se recordaba mucho la combinación de dobleplays de Obregón con Gustavo Gil. Seguía siendo un gran shortstop defensivo, quizás por eso era una de las barajitas más buscadas y mis hermanos cuando la sacaron del sobre de inmediato la escondieron pero no pudieron evitar que los asomados la vieran y empezaran a acosarlos, por lo que debieron correr duro hasta la casa.
Ver aquellas barajitas se convirtió en un momento muy especial para mí. Solo podía verlas cuando mis hermanos las sacaban de los escondites donde las atesoraban. Ni siquiera una de esas cajas de seguridad de los bancos era tan inalcanzable como los lugares estratégicos donde Felipe y Jesus Mario escondían las barajitas. Lo que convertía a las barajitas en inalcanzables era la regularidad con que cambiaban el escondite. Llegaron a atesorarlas tanto que era todo un asunto de seguridad verlas, casi lloraba para que me dejaran verlas, les decía que me gustaba tenerlas en las manos cuando escuchaba los juegos, así imaginaba que estaba en el estadio y transmitía todo lo que decía el narrador sobre la imagen de la barajita. Ellos se burlaban y reían. “No podemos darte las barajitas porque las vas a arrugar y después ya no tienen el mismo valor. Escuché decir a Felipe que en caracas podían pagar hasta mil bolívares por una barajita en buen estado, eso parecía una fortuna.
Luego de varias investigaciones, miraba por debajo de la almohada cuando mis hermanos pensaban que estaba dormido, o me quedaba detrás de la puerta del cuarto antes de entrar. Así llegué a escuchar que uno de los sitios donde las escondían era en el gabinete del baño. Tenía que ajustarme a su dinámica para detectar el momento cuando las colocaran allí. La primera vez llegué a verlas, pero cuando pude subir al lavamanos y abrir el gabinete ya se las habían llevado. Más nunca las ví, como tampoco las revistas de Sport Gráfico que guardaba debajo de mi cama y un día me horroricé al no tocarlas más. Por eso cada vez que veo una de esas barajitas, en uno de esos eventos que hacen los coleccionistas, me quedó minutos que pueden llegar hasta la media hora viendo aquellos peloteros de la LVBP de los 1960: Faustino Zabala, Victor Colina, Ulises Urrieta, Neudo Morales, Iran Paz, Pipo Correa, Edito Arteaga, Juan Francia, Armando Ortíz, Virgilio Mata, Pablo Torrealba, Jesús Aristimuño, Manuel Mendible, Héctor Urbano, Orlando reyes, Gustavo Spósito, . Si los más olvidados, los más fugaces, los que en ciertas ocasiones decidieron juegos pero luego el olvido los borró hasta de los recuentos de las temporadas. Y las revistas las extraño más porque necesito las imágenes, las estampas de muchos juegos, de muchas anécdotas que pigmenten unos momento cuyos fósiles es harto difícil encontrar.
Alfonso L. Tusa C. 10 abril 2025. ©
miércoles, 9 de abril de 2025
El Juego Perfecto de William Dear y Jansen Panatierre.
Perri Nemiroff. Abril 14, 2010.
Lo he dicho antes, pero lo tengo que decir otra vez, hay un paralelo increíble entre El Juego Perfecto (la película The Perfect Game) y la historia real en la que está basada: En 1957, los Industriales de Monterrey desafiaron la lógica y se convirtieron en el primer equipo no estadounidense en ganar la Serie Mundial de las pequeñas ligas. Más recientemente, el elenco y el equipo de trabajo de The Perfect Game desafiaron toda lógica para llevar la película a las salas de cine.
Visiblemente emocionados de ver como la película era estrenada en el cine, el director William Dear y la estrella Jansen Panatierre, recordaron las situaciones rudas, pero también resaltaron los momentos buenos. La mayor parte del trabajo de Dear como director ha ocurrido en la pantalla pequeña, sin embargo, tiene una película notable de beisbol en su curriculum, Angels in the Outfield. Tuvo una experiencia de trabajo con beisbolistas infantiles en la filmación de The Sandlot 3. En The Perfect Game él trabaja con un reparto nuevo que incluye a Jake T. Austin, Ryan Ochoa, Moises Arias y, por supuesto, a Panettiere como Enrique Suarez, uno de los dos pitchers, y el gran bateador del equipo.
No es divertido ver como un proyecto por el que te sientes apasionado está a punto de ser lanzado a la basura, pero cuando el producto final es tan impresionante como en este caso, no hay más nada que hacer sino ilustrar el éxito logrado. Revise lo que Dear y Panatierre tenían que decir acerca de trabajar a través de los inconvenientes y hacer lo mejor que se podía con unos recursos limitados, así como algunas memorias divertidas de las locaciones de grabación.
¿Cómo te involucraste en esta película?
Panetierre: Yo había terminado de hacer una película pequeña en Nickelodeon, tan pronto como salí de eso audicioné para este proyecto, no leí el guión, no tenía la menor idea de que trataba, solo trataba de conseguir trabajo como cualquier actor desempleado. Hice la audición, en realidad no me apasioné por el proyecto hasta que leí el guión y de pronto me interesó mucho. Me percaté de que me había topado con un guión muy bueno. Porque en ese momento del negocio, no necesariamente estaba buscando las mejores cosas, especialmente como un actor joven que trataba de empezar una carrera. Así que lo miré y me dije, ‘Guao’, entendí que había encontrado algo muy bueno. Se sentía real porque era una gran historia con mucho corazón, era algo en lo que podía poner todo mi esfuerzo y eso de verdad daría buenos resultados.
Usted luce de mucha más edad ahora de la que muestra en la película.
Panetierre: Yo era gordo y rechoncho en la película. [Señala una foto de la película] Mire a este tipo!. Solo detállelo. Dios mío! Se podia sacar filetes de mis mejillas.
¿Como descubrió la historia original?
Dear: Bien, en realidad el guionista William Winokur había oído de la historia. Lo que él cuenta es que se enteró de eso por uno de los actores de Happy Days, el tipo que interpretó a Potsie, no sé quien es con exactitud.
Anson Williams?
Dear: Anson Williams! Él dijo que Anson Williams le contó la historia en la cena una noche, y él investigó el relato y había ocurrido en la realidad. Se dijo que esa historia debía ser contada, fue a México, encontró a los muchachos, los conoció, les dijo que quería hacer una película sobre sus vidas. Ellos son héroes locales quienes por 50 años han sido celebridades sin ningún tipo de pompa o circunstancia respecto a su heroísmo. Solo son héroes subterráneos que tienen todo el respeto de los mexicanos en su país. En un almuerzo en Ciudad de México cuando conoció a los peloteros antes de la filmación, las personas se acercaban y se paraban con humildad detrás de ellos y esperaban y entonces los peloteros, como Ángel, reconocían a alguien, les decían unas palabras en español y él firmaba un autógrafo. Se notaba que esos señores no tenían pretensiones.
¿Cómo fue el proceso de hacerle prueba de actuación a niños? Hacer la escogencia entre actores experimentados es una cosa, pero estos eran niños muy jóvenes, de alguna manera nuevos en la industria.
Dear: Es dificil hacer prueba a niños. Esta película empezaba, entonces se detenía, entonces cambiaba de manos, entonces la tenían otros productores, entonces pasaba a otro director, y el director interino, yo fui el director primero, y este otro director llegó no por decisión mía o del guionista, sino por decisión de algo que ocurrió en e l plano financiero, y él fue responsable por encontrar estos niños y mucho del elenco y de verdad estoy muy agradecido por las personas que él escogió. Reemplazamos algunos niños después cuando regresé a bordo, estuve feliz de regresar a la dirección. Estaba muy contento de regresar a bordo. Digamos que lo mejor que hizo la producción fue la selección del elenco porque todo lo demás que hicieron parecía desvanecerse y…
Panetierre: Morderles en el trasero.
Dear: Si, morderles en el trasero y enredar nuestra producción. Solo usé un minuto, 52 segundos de su filmación, puro sonido, sin diálogos. Y ellos filmaron por 11 días y gastaron 7 millones de dólares.
Panetierre: Lo que hacia que esta película se complicara a veces era que había muchas gallinas en el gallinero, ¿sabes? Muchas personas tratando de controlar las cosas, por eso había mucho conflicto de intereses.
¿Qué retos tuvo en términos de dirección artística y recreación de aquella época?
Dear: Diría que teníamos la ventaja del hecho que era un lugar muy simple de Monterrey, por lo cual nuestros retos no eran que teníamos que construir palacios elaborados o algo por el estilo para recrear la época. Lo que yo quería hacer era incluir muchos carros viejos, introduje como 50 carros. Me apasiona el estilo de los carros de los 1950s y los usé como una manera económica de lograr una buena porción de dirección artística porque un carro ocupa una buena cantidad de espacio. La parte extraña fue que una vez le dije a uno de los tipos de transporte, ‘Bien, quiero mover estos cuatro carros para allá, para el otro lado de la calle’. Y él dijo, ‘Bien, eso tomará como hora y media, tal vez dos horas’. Le dije, ‘¿Por qué? ¿Por qué tardaría tanto?’ Él dijo, ‘Esos carros no funcionan’. [Risas] ¡Y eso fue parte del presupuesto! Solo teníamos dos carros operativos. No, teníamos tres carros que funcionaban.
Panetierre: Pienso que mi padre manejó uno de ellos también.
Dear: Tres carros y un bus! Cuando ves la película de nuevo, notas que hay una camioneta pick up roja que funciona, que hay un bus que se mueve, un Valiant azul que rueda. Ah, y teníamos un taxi amarillo y un Pontiac negro del ’46 con grandes cornetas. Pero más allá de eso, todos los otros carros parecían momias, había que llevar una grúa para moverlos hacia el otro lado de la calle. Pero los carros fueron de gran ayuda.
¿Le sirvió de algo su experiencia en la television cuando desarrolló este proyecto?
Dear: Tener experiencia como cineasta definitivamente fue una ventaja para mí porque esta producción, cuando finalmente pudimos poner en pie de nuevo la producción, ya había pasado por momentos difíciles y se había malgastado muchos recursos, así que estábamos trabajando en un patrón de tiempo muy limitado. La película que usted vio fue filmada en 30 días, lo cual es muy rápido para una película de ese tamaño y que requirió todo lo que todo el equipo tenía que hacer, lo que nosotros podíamos aportar. Estábamos aplicando cada truco documentado de los viejos cineastas combinados con los nuevos. Cuando Jansen llega allí antes de batear el jonrón de bases llenas cuando la pelota viene hacia él y él recuerda lo que el padre Esteban dijo acerca de ver las alas del colibrí y ser capaz de ver a la pelota detenerse. Filmamos los pasos con Jansen, había treinta y cinco millones invertidos en el estadio, la pelota fue filmada en un ejercicio eléctrico contra una pequeña pieza de pantalla verde en mi camino con una cámara P2, con una cámara de video normal Panasonic P2.
Panetierre: ¿Recuerdas donde me golpeo en la cabeza de pronto, de la nada?
Dear: Si, él se pega en la cabeza allí afuera, de la nada, cuando Moisés dice, ‘La jugada inesperada’ y Jansen dice…
Juntos: ‘En el momento inesperado’.
Dear: No teníamos esa toma, así que literalmente pusimos otra pantalla verde. Pienso que filmamos una toma en la ducha.
Panetierre: Ellos la filmaron en el gimnasio, en la ducha de mi apartamento.
Dear: Fuimos ahí de noche, no había luz en ninguna parte y había una luz en la ducha así que hicimos que unos de los muchachos sostuvieran la pantalla verde.
Panetierre: Teníamos a Danny de Liege, ese muchacho grande, teníamos a mi papá sosteniendo la pantalla verde también, lo teníamos a él (Dear) sosteniendo la cámara y allí estaba yo en una ducha de cuatro por cuatro con muy poca luz, así que uno de ellos tuvo que sostener una luz.
¿Incluirá usted historias cono esta en el DVD?
Dear: Espero que sí. De alguna manera debería hacerlo. Mi hijo Oliver es el segundo director de esta película, se encargó de todo lo relacionado con beisbol. Afortunadamente cuando encuentras un campo, usualmente habrá uno o dos campos adicionales, así que eso fue maravilloso porque cuando no estábamos utilizando a Jansen y a esos muchachos con los diálogos, los enviábamos al segundo campo y Oliver filmaba escenas de beisbol porque estas escenas toman mucho tiempo hasta lograr las buenas atrapadas y los mejores batazos.
Panetierre: Pienso que golpeé a Oliver en la cabeza con la pelota. Yo estaba bateando y él estaba justo ahí y había una hoja de papel cubriendo la cámara y él estaba parado ahí, y usted sabe, los directores se ponen un poco excéntricos al decir, ‘Oh si, tengo superpoderes’, y cosas como esa. Y yo le digo, ‘Te puedo golpear. ¿Estás seguro? Y él dice, ‘Si, solo acércate a mí lo más que puedas. Solo acércate lo más que puedas’. BOOM!
¿Tuvieron que hacer mucho entrenamiento?
Panetierre: Fuimos al sur dos semanas antes de filmar en México, así que eso fue muy poco. Viajamos a Carolina del Norte y ahí estuvimos dos semanas practicando seis horas todos los días. Yo había jugado beisbol, también Jake [T. Austin], y muchos de los otros muchachos. Al final de eso, al final de solo lanzar la pelota en el estudio de grabación cuando nos aburríamos y cosas como esa, cuando uno de nosotros no estaba filmando, en el almuerzo y cuando hicimos lo que debíamos en Los Angeles, logramos un nivel muy bueno. Pienso que Jake y yo empezamos a pitchear como a 60 mph. Éramos capaces de lanzar la pelota. Y eso ayudó definitivamente porque mucho de los implementos que se usaban no eran muy amigables. Eran guantes de los 1950s. Así que al nosotros tener ese gran desempeño, especialmente con los roletazos, tener ese gran desempeño y ser capaces de hacer las jugadas, eso ayudó mucho.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 30 marzo 2025.
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