Se busca plasmar la conexión entre el béisbol y la vida, como cada regla del juego resulta una escuela de reflexión hasta para los seguidores más remotos cuando los sucesos del mundo indican que ciertas veces las normas de justicia son violadas; el transcurso de las sentencias de bolas y strikes reflejan la pertinencia y compromiso de cada pelotero en respetar la presencia del árbitro.Cada jugador deja lo mejor de sí sobre el campo de juego a pesar de lo complicado que pueda ser su vida.
miércoles, 9 de octubre de 2024
Las asperezas de una canción
Hay canciones que me llevan a reconocer que el calendario ha magnificado las experiencias y estrujado los sentimientos. Ciertas notas musicales desnudan las tristezas más telúricas que jamás se vislumbran desde la invencibilidad de la adolescencia. Una mezcla de dolor y asfixia sube por el esófago y aprieta el cuello hasta que es inevitable astringencia en la garganta y el incendio en las retinas. El piano y la flauta son como gemidos adicionales al sismo que estremece las costillas y perfora el esternón. Vienen imágenes de otros tiempos, otras actitudes, otro país, atrapadas en las resinas del pasado. Quiero gritar “¿Dónde quedó aquella mutualidad? ¿Qué fue de las tardes de cigarras y gurrufíos? ¿Dónde estarán los contemporáneos de las noches de serenatas?” Los acordes suenan como adagios entrecortados de excursiones meridianas entre olas indómitas: “Te manda el Ande altivo conmigo, su corona de nieve, te manda el Orinoco el beso fresco de su espuma que llueve,…”
No sé como manejar ese raudal de alambres hirvientes en la cara, de pronto veo imágenes de una película de Andy García llamada si mal no recuerdo “La Ciudad Perdida” o de un documental del beisbolista Luis Tiant con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas cuando se acercaba en un taxi a los alrededores del barrio habanero donde creció antes que aterrizara la revolución castrista. Las imágenes venezolanas por supuesto que me duelen más, las hemos vivido en directo, en continua, sin anestesia por 24 años, son tan impactantes que las referencias o consejos cubanos de antes de 1998 se quedan descoloridas ante las puñaladas arteras y sádicas de una realidad que me hace hurgar con desesperación en las profundidades de una Atlántida cada vez más profunda, muy cargada de incidentes turbios, en búsqueda de aquellos recreos escolares donde las maestras nos iban a buscar para regresar a clase y nos hacían formar frente al aula tomando la distancia del brazo estirado.
A medida que avanza la canción corro por una calle de muchas cuadras con olores a majarete y pabellón, ignoro en que país me encuentro, ni si existió alguna vez, esfuerzo la mente para distanciar la fantasía de las raíces de un pasado borroso, apuñalado, corroído. “…te manda el ancho llano su corazón trenzado en cuatro cuerdas, de todos los rincones de mi tierra te traigo mil leyendas. Caracas libertadora, Caracas la encantadora…” Ya no sé si respiro vahos sulfúricos o agonizo. La desfiguración alcanza cotas tan profundas que el rostro de lo que tantas veces recorrimos parece tan desconocido como la cirugía plástica más grotesca. No encuentro aquella Caracas de pulsos en armonía, de humor sostenido, de ingenio agolpado en las esquinas, de una fruición por compartir eso que alguna vez fue el gentilicio: el ingenio sano, la mamadera de gallo, los gritos de los faramayeros, toda una pléyade de figuras que ahora forman parte de una venezolanidad fosilizada.
Escuchar cada línea de esa canción es un ejercicio muy desgastante de contener las lágrimas con todas las fotografías en las manos, todos los domingos en familia convertidos en periódicos amarillentos a aquel país, aquellos cuarenta años de recuperación sostenida, de remontar la cuesta de oscurantismo militarista y oprobio de montoneras, perfidias y nomenclatura dictatorial. Que muchos no supieron valorar encandilados por la utopía de la cachucha, el tipo de mano dura, el autoritarismo. “Te traigo la canción del montañés y el polo marinero, te traigo el galerón del oriental y el joropo llanero, te traigo la emoción del canto marabino, del golpe tocuyano y del bambuco andino”. Todo un chubasco cargado de muchos residuos de aquel sonoro gentilicio de ir siempre a dar lo mejor, de nunca pasar de largo ante el desgarramiento del amigo. Ahora solo quedan guijarros esparcidos en el desierto de pedantería que reverbera en las horas más mudas del atardecer.
Escuchar a una persona en la calle pedir permiso, recoger algo que se te cayó y llamarte con respeto: “Señor esto es suyo”, son escenas remotas, lejanas, propias de un país que persiste en la nostalgia, en la obstinación por seguir aportando detalles ante la sorpresa, la burla, la incredulidad de las nuevas generaciones. Quisiera encontrar y conversar con mis amigos coetáneos para comprobar que no sueño todos los días, que aquello más que un soplo de cuarenta años, fue una realidad tan contundente como el papagayo más entusiasta que rasgaba el ozono del cielo añil aquellas tardes de marzo en el solar de asfalto de Cumanacoa, como las tres lochas entre verdes y marrones que tintineaban en el bolsillo del guardapolvo al correr hacia la cantina escolar para comprar empanada, pan, frescolita y hasta maní, Solo que esos amigos casi todos los topamos en nuestra memoria y cuando por casualidad los vemos nos quedamos paralizados como comprobando si no es un espejismo.
Esos ecos truenan muy duro en las madrugadas, cuando despertamos cargados de sed, cual maratonistas de una carrera interminable, hablando solos de los consejos de los cubanos todos esos años antes de 1998. La mira de Luis Tiant se confunde con el desespero de Andy García al final de la película, ahora si comprendemos toda la intensidad de las voces lamentando la llegada de los barbudos a terminar con el burdel de Batista para implantar la casa de citas de Fidel. La sustancia corrosiva de la utopía asintótica del comunismo y el socialismo han plagado de episodios tan o más criminales
El capítulo venezolano. Por eso crujen más lo huesos al seguir escuchando: “Los tambores morenos y las morenas manos en su ritmo, con todos los cantares de mi patria se vinieron conmigo, esperando llegar a estar contigo y buscar en tu cerro, tibio abrigo”. Y ya no sabemos si habitamos la Atlántida o flotamos.
Alfonso L. Tusa C. 07 octubre 2007. ©
Catorce de noviembre de 1971: Luis Tiant ajusta cuenta con Los Leones del Caracas.
La escena más punzante de aquella mañana dominical se produjo alrededor del mediodía cuando Tiant bajó del montículo del estadio de la UCV, cuando caminaba hacia el dugout de los Tiburones de La Guaira luego de concluir el cierre del octavo inning, Tiant miró hacia sus rivales y hacia los fanáticos caraquistas en la tribuna y en un gesto retador se pasó el índice derecho a través del cuello. Hasta ese momento no había permitido carreras ni imparables, se encontraba a tres outs de completar una de las grandes hazañas de un pitcher. En pocas palabras aquello era una temeridad, por cuanto en el cierre del noveno inning debería enfrentar a Cesar Tovar y Victor Davalillo, solo que el resquemor de Tiant con la directiva de los Leones era tan grande que rezumaba mucha seguridad en sus gestos y pasos.
Luis Tiant había sido uno de los mejores pitchers extranjeros en la Liga Venezolana de Beisbol profesional de temporadas resaltantes con los Leones del Caracas en las campañas de 1966-67 y 1967-68 cuando contribuyó al bicampeonato de los melenudos. En la primera tuvo marca de 12-6 en 157.1 innings lanzados con efectividad de 1.83. En la segunda dejó registros de 6-5 en 87 innings con 1.34 de efectividad. En la serie final ante los Tiburones de La Guaira en enero de 1967, Tiant se acreditó dos de los tres triunfos del campeonato con sendos juegos completos y en el juego decisivo terminó lanzando los dos últimos episodios. Entonces la gerencia del Caracas decidió contratar a Tiant para la parte final de la temporada 1970-71, el lanzador derecho estaba recuperándose de una lesión en el brazo de lanzar, y los directivos melenudos tenían esperanzas en que Tiant regresara a sus mejores actuaciones en LVBP . En la temporada regular tuvo marca de 2-1, con 3.09 de efectividad en 38 innings.
Aquella mañana dominical del 14 de noviembre de 1971, Tiant mezcló con maestría su aun respetable recta con una variedad de lanzamientos en curva; además fue respaldado por la defensiva de sus compañeros y de si mismo al tomar dos batazos de cuidado por el montículo. Los pasos firmes desde el dugout, los movimientos en semicírculo alrededor del montículo al recibir la pelota de receptor Jim Hutto, la mirada profunda incrustada en algún punto del dugout caraquista mostraban que Tiant tenía entre ceja y ceja saldar la afrenta a que lo había sometido la directiva del Caracas cuando decidió no reservar su ficha para la siguiente temporada. Los caraquistas y también los guairistas tenían muy fresco el recuerdo el episodio del tercer juego de la serie semifinal entre Leones y Tiburones de la temporada 1970-71. El novato Robert Marcano bateando de emergente en las instancias decisivas del juego descargó un sonoro cuadrangular ante Tiant para decretar la clasificación de los Tiburones de La Guaira a la serie final y la eliminación de los Leones del Caracas, al barrerlos en tres juegos. Ese fue el verdadero punto de quiebre de la gerencia caraquista con Tiant, asumieron que no se iba a recuperar de la lesión en el hombro de lanzar y optaron por dejarlo libre.
La intensidad y la maestría con las cuales Tiant retiraba en orden a los bateadores de los Leones del Caracas, hacia rememorar al locutor radiofónico varias actuaciones impactantes de pitcher cubano: como aquel duelo ante su coterráneo Orlando Peña en el séptimo juego de la final de la temporada 1963-64, se fajaron por espacio de 10 episodios, al final Peña y el Caracas ganaron el juego y el campeonato ante Tiant y el Valencia Industriales. O como cuando debutó en la Grandes Ligas en 1964 para lanzar un blanqueo ante los Yankees de Nueva York donde solo aceptó cuatro imparables. O cuando lanzó cuatro blanqueos seguidos con los Indios de Cleveland en 1966. Luego vino su gran temporada de 1968 cuando alteró su movimiento de pitcheo al crear una pausa, lideró la Liga Americana en efectividad con 1.60, 9 blanqueos y 5.3 imparables por cada nueve innings, mientras ponchaba más de un bateador por inning y terminaba con marca de 21-9.
El único obstáculo entre Tiant y el juego perfecto fue el inicialista Joe Lis quien le negocio boleto en par de ocasiones. De inmediato el pitcher se recomponía para continuar su dominio ante la alineación caraquista. En el tercer episodio, luego de dos outs, su rival en el montículo, Barry Lersch despachó línea bajita intensa hacia la raya de tercera base que Robert Marcano tomó con la malla del guante. El joven que había descargado aquel dramático cuadrangular que significó su salida definitiva de los Leones del Caracas, ahora estaba en la misma acera de Tiant y en esa ocasión también sacó la pelota del parque, un bambinazo solitario formó parte del apoyo de tres carreras aportado por la ofensiva guairista. En el séptimo inning, el peligroso bateador Victor Davalillo rechinó una línea trepidante que capturó de frente el jardinero derecho Antonio Pipo Correa. En el sexto inning, el propio Lersch había conectado un lineazo que de no ser atrapado por Tiant hubiese trascendido imparable al jardín central.
La manera como Tiant se recompuso, se ajustó, se reinventó luego de la lesión en el hombro, tal vez tenga su mejor ilustración en el cuarto juego de la Serie Mundial de 1975. Entonces no disponía de sus mejores envíos, sin embargo se reinventó para lanzar el juego completo y apuntarse la victoria 5-4 ante los Rojos de Cincinnati. A partir del quinto inning se las ingenió para dominar a Pete Rose, Johnny Bench, Ken Griffey Sr., Joe Morgan, Tany Pérez y toda la gran maquinaria roja y mantenerlos en blanco hasta completar el out 27 y acreditarse la victoria con que los Medias Rojas de Boston igualaban la serie a dos triunfos por bando. Cada vez ajustaba y perfeccionaba aquel desesperante movimiento de bajar el guante de manera escalonada desde la parte superior del tórax hasta la cintura mientras observaba las señas del receptor, luego venía la pausa de dar la espalda al plato para empezar a levantar la pierna izquierda y completar el wind up. Al completar el out 27 sus compañeros corrieron hacia el montículo pero el fue más rápido y corrió hacia el dugout, le tenía miedo a las aglomeraciones y más si estaba sudado.
En el noveno inning, Cesar Tovar bateó un roletazo candente por el montículo hacia la zona izquierda del montículo que Tiant logró dominar y retiró a Tovar en la inicial. Mientras enfrentaba a Victor Davalillo con la expectativa del juego sin hits ni carrera en el ambiente, Tiant ampliaba la pausa entre sus envíos, estiraba aún más el movimiento de dar la espalda al plato. En ese momento el silencio del estadio se magnificaba. Davalillo terminó conectando rodado hacia la inicial y finalmente Tiant completaba su joya de pitcheo, la revancha ante el Caracas estaba saldada, les había demostrado que no estaba acabado, que ahora era cuando había Luis Tiant para rato. Sus compañeros se arremolinaron a su alrededor y lo felicitaron a mitad de camino hacia el dugout .
En esa temporada 1971-72, Luis Tiant dejó marca de 7-5, con 2.35 de efectividad en 122.2 innings lanzados. En la serie semifinal ante las Águilas del Zulia tuvo marca de 0-1, con efectividad de 1.54 en 11.2 innings lanzados. Perdió el cuarto juego 2-0, y se apuntó juego salvado en sexto desafío cuando La Guaira ganó 4-2, juego que ganó Rob Gardner.
Alfonso L. Tusa C. 12 de agosto de 2021. ©
martes, 8 de octubre de 2024
La marca de un pitcher. Luis Tiant.
Hace unos minutos me enteré del deceso de Luis Tiant, tal vez junto a Miguel Cuellar los dos mejores pitchers cubanos de los 1960s y 1970s. Este artículo lo escribí hace unos años cuando el logró finalmente viajar a Cuba más de 40 años después de su emigreción. Vaya con Dios, señor Luis Tiant.
El domingo 15 de noviembre de 2009 aprecié por fin el documental “The lost son of Havana” (El hijo perdido de La Habana) auspiciado por ESPN para recrear la vida del lanzador cubano Luis Tiant hijo. Sencillamente escalofriantes las escenas del reencuentro con su país y con su familia. Las imágenes por si solas delinean un paisaje abrumador que exprimen lágrimas contenidas por mucho tiempo. Tiant salió de Cuba en mayo de 1961, su padre le aconsejó no regresar porque habían suspendido el béisbol profesional en la isla, y sólo pudo regresar en 2007. “Demasiado tiempo”, lamentó el beisbolista entre abrazos y comentarios entrecortados.
El documental entrevera el desarrollo de la carrera de Tiant en el béisbol organizado estadounidense desde que debutó en la Gran Carpa en 1964 con los Indios de Cleveland y dominó a los Yanquis con blanqueo de 4 hits en su casa, algo inédito en 60 años. Su incandescente temporada de 1968 cuando lideró la Liga Americana con 1.60 de efectividad mientras dejaba marca de 21-9, 19 juegos completos, 9 blanqueos, 4 de ellos seguidos.
El hombre de bigote fumanchú, camina por las veredas, recuerda los lugares donde jugaba pelota de niño, saluda y conversa con amigos en medio de miradas que traspasan la ausencia de 46 años.
Luego de confrontar problemas con el brazo de lanzar que lo hicieron salir de Cleveland y Minnesota, empezó una progresiva recuperación con los Medias Rojas, a partir de 1971 empezó un cambio en su mecánica de pitcheo debido a la lesión que había sufrido en el brazo. De pitcher de poder pasó a ser lanzador de envíos quebrados y cambios de velocidad. Se enseñó a lanzar como lo hacia su padre, El Tiante.
Uno de los amigos refiere un episodio de cuando Tiant hijo entrenaba en una calle de La Habana. El padre llegó, lo observó, le tocó el brazo. “Vas a ser un buen pitcher. Pero no tan bueno como yo”. El hijo se pasó la mano por la visera. “Oh, si. Yo voy a ser mejor que usted”.
Aunque Tiant considera su debut ante Whitey Ford y los Yanquis en 1964 como su mejor día en el béisbol, su momento cumbre llegó en 1975, cuando a pesar de no tener sus mejores números, llevó a los Medias Rojas a la Serie Mundial. Meses atrás el senador McGovern entre otros puntos que llevó para discutir en La Habana entregó a Fidel Castro una carta escrita por el comisionado de béisbol en nombre de Tiant. Castro accedió a que los padres de Tiant no sólo lo fueran a visitar a Boston sino que se quedaran todo el tiempo que quisieran, un acto sin precedentes. Antes de un juego de la temporada regular los Medias Rojas le pidieron a Tiant que querían que su padre hiciera el lanzamiento inicial antes del juego que abriría su hijo. Fue una escena digna de la película “El campo de los sueños” con Fenway Park hirviendo de vítores mientras Tiant Sr. se quitaba el saco para desarrollar su wind-up hacia las mascota de Carlton Fisk. Tiant blanqueó a la Gran maquinaria roja en el primer juego de la serie, pero su gran noche como lo dice Peter Gammons en una de las entrevistas del documental, fue la del cuarto juego, cuando sin contar con lo mejor de su repertorio, fue capaz de mantener una ventaja de 5-4 en los últimos 5 episodios del juego, en el quinto y noveno capítulos embasó dos corredores, a punta de voluntad y disposición se llevó la victoria con 173 lanzamientos en la casa de los Rojos. Como lo dijo Gammons: “Aquella noche fue la de la voluntad de un hombre contra la grandeza de un equipo, y por esa vez pudo más la voluntad”.
Para mí fue inevitable recordar el no-hitter que lanzara Tiant en el estadio Universitario de Caracas con los Tiburones de La Guaira ante los Leones del Caracas. El 14 de noviembre de 1971 Tiant venció 3-0. Antes de salir a lanzar el último episodio el pitcher se volteó hacia la tribuna caraquista y se pasó el dedo por el cuello.
Tiant se despide de sus familiares con los ojos inflamados de lágrimas y una frase recurrente: “Pudo haber sido de otra forma. No tenía porque pasar tanto tiempo sin verlos, sin compartir con ustedes”.
Ya de regreso hacia el aeropuerto se detiene a fumar un habano en una plaza. Un hombre lo reconoce y empieza a preguntarle a los jóvenes quién ha sido el pitcher cubano que ha ganado más juegos en Grandes Ligas. Los muchachos dicen Livan Hernández, El Duque, José Contreras. El hombre chasquea la lengua y ladea la cabeaza, ah, ah. Luis Tiant señores, Luis Tiant es el pitcher cubano con más victorias en grandes ligas. Todavía resonaban en el televisor los gritos de : “Louie, Louie” con que Fenway Park aupaba las actuaciones del pitcher cubano.
Alfonso L. Tusa C.
Frequency (Frecuencia)
Esta película de los años de 1990s, protagonizada por Jim Caviezel y Dennis Quaid me heló los huesos, como la mayoría de las que tratan el tema de la conexión con el pasado mediante distintos subterfugios. Además de contar con el beisbol como trasfondo, existe una intriga que empieza a ramificarse mediante un aparato de radioaficionado que encuentra el personaje de Caviezel entre las pertenencias de su padre (Quaid). El radio termina convirtiéndose en la siempre hipnotizante máquina del tiempo con la cual el hijo establece contacto con el padre. Una marca de madera quemada sobre el escritorio es la señal que determina la factibilidad de la comunicación. El miedo y la euforia se mezclan en la cara del hijo. La sustancia de la ilusión es la única que se puede olfatear en una película, más cuando se trata de una parte del pasado que coincide con nuestra infancia. Los Milagrosos Mets de Nueva York, 1969, y una serie de asesinatos de esa época que trascienden conforman un entorno atrayente.
En la actualidad de los 1990s, el protagonista se había convertido en policía, tal vez una manera de emular a su padre que fue bombero y había fallecido en un incendio. Su madre aún vivía y compartía mucho con ella. Trataba de sumergirse en el trabajo la mayor parte del tiempo, solo guardaba unos momentos para visitar a su madre, pero no tardaba mucho tiempo porque al ver la fotografía de su padre recordaba el incendio en el que este había fallecido. En medio de esa obsesión laboral se entera de la aparición de varios restos mortales de las víctimas de un asesino serial que databan de 1969. Empieza a investigar los detalles de la serie de asesinatos hasta dar con la identidad y los rasgos físicos del perpetrador. A través de la revisión hemerográficas se detenía por instantes ante la secuencia de los triunfos milagrosos de los Mets en la Serie Mundial, la gesta de Gil Hodges, Tom Seaver, Tommie Agee entre otros. Desde que escuchó aquella voz entrecortada en el aparato de radio aficionado su vida y trabajo cambiaron.
Se quedó mirando el micrófono cuando escuchó aquella voz que recordaba de su infancia: ¨Campeón, soy yo, tu papá¨. Un caleidoscopio de imágenes cruza la mirada del hombre que por momento vuelve a ser niño y sale a aprender a manejar bicicleta y a jugar pelota con su padre, galvaniza en todos quienes vivieron esos momentos en la niñez. Le contó los pormenores del incendio donde había fenecido, hubo un silencio entrecortado por asomos de suspiros y sollozos ahogados. Sabía que los Mets habían ganado la Serie Mundial en 1969, pero no recordaba los detalles, estuvo tentado a revisar las páginas deportivas para profundizar los detalles, pero la secuencia de los hallazgos de restos óseos de las víctimas ocupaba todo su tiempo. La gesta de los Milagrosos, aquel juegazo en extrainning de Tom Seaver, las dos atrapadas de Tommie Agee en el jardín central y otro episodio más pintoresco pero igual de crucial en una jugada en el plato serían esenciales en la investigación policial.
El policía hablaba muy rápido frente al micrófono de radioaficionado, casi tumbaba la mesa y junto con ella el aparato de radio. Quería saber muchas cosas a la vez, lo que su padre recordaba del incendio, los lugares que frecuentaba, las conversaciones con su mamá. A medida que recopilaba información el policía empezó a actuar, a darle información al padre, cuando se acercaba el día del incendio le dio los detalles por los cuales se había producido el accidente y entonces el padre tomo precauciones en consecuencia y logró salvar la vida, sin embargo esos cambios en la historia trajeron otros resultados rudos, su madre había desaparecido, había dejado de visitarlo en el presente, su padre le confirmó que ella había muerto también víctima del asesino serial. Esto lo hizo intensificar su investigación hasta encontrar los detalles de cómo había sido el asesinato, y al contarle a su padre este logró llegar a tiempo para ahuyentar al asesino. Sin embargo Ese dolor le hizo reflexionar y disecó cada asesinato.
Empezó por darle a su padre la dirección, hora y fecha donde el criminal mataría a otra de sus víctimas. La prueba que eligieron para probar que lo que decía era cierto, al informar a la policía, fueron los juegos de la Serie Mundial. Un sargento de la policía que había conocido al padre era el primer incrédulo de las predicciones que le llevaba el personaje de Caviezel, este estaba tan angustiado y molesto que hasta le contó los detalles del episodio de Cleon James y la pelota manchada de betún para demostrar que la pelota le había golpeado en el zapato. El sargento se quedó mirando al policía con mirada adusta, estuvo apunto de regañarlo y hasta amonestarlo. En 1969 el mismo sargento arrestó al padre por seguir al criminal sin tener el requerido justificativo y hasta lo detuvo, solo la intervención de la madre (con lo cual comprobó que le había devuelto la vida con lo que había ajustado en su investigación) logró que el sargento lo liberase. Para ese momento el tipo había visto el incidente del juego.
Se quedó congelado cuando veía a Cleon Jones mostrarle al árbitro la pelota manchada de betún. Entonces varios clic sonaron en su cabeza. El sargento empezó a investigar por su cuenta, a indagar, a buscar las direcciones de las víctimas hasta canalizar sus ideas y aplicar sus emociones, ¿Cómo no se había percatado de tantos detalles que afloraban en los expedientes? Entonces empezó a cambiar su actitud con el padre y la madre del personaje de Caviezel. Juntos empezaron a trazar el mapa para alcanzar a l asesino, lo tenían tan acorralado que el tipo fue a buscar al padre a su casa, este logró burlarlo por unos días. El hijo le dijo que le guardara algo en la casa en un sitio que el sabía había permanecido en el tiempo. Cuando registró en el fondo de un compartimiento en forma de baúl, encontró el objeto que le sirvió para denunciar y acusar al criminal al punto de ser objeto de una orden de captura formal, el tipo también perseguía al personaje de Caviezel en el presente.
La escena culminante ocurre cuando el perpetrador irrumpe en la casa en 1969 y a comienzos de los años 1990s, padre e hijo se dan señales mediante el radio, El niño corre al cuarto a avisarle a su madre que un hombre extraño está en la casa. En simultánea el malandro irrumpe en la misma casa pero en el presente y amenaza con estrangular al policía, frenado por los golpes que le asestaba el padre a veintitantos años de distancia. Cuando el criminal conecta varios impactos suidos y todo parece perdido, suena un disparo de escopeta y la mano del malandro desaparece cuando amenazaba con desfigurar al policía en el presente. Entonces la magia de la película hace que padre e hijo se encuentren en el presente. Van a jugar una caimanera de softbol con los amigos del padre quien corre en primera base y le grita a su hijo que lo lleve hasta el home (hogar) y este conecta un largo batazo que se convierte en jonrón.
Alfonso L. Tusa C. 04 de noviembre de 2022. ©
domingo, 6 de octubre de 2024
La Resiliencia de Luis Arráez.
Este final, estos días postreros de la t6emporada regular de 2024 ha lanzado muchas luces sobre el pavimento de las dificultades. Cuando Arráez empezó a ceder espacio en la ventaja que poseía de más de 15 milésimas sobre su inmediato perseguidor, incluso los analistas más experimentados empezaron a dar señas de resignación. La presión del final de la temporada implica la impaciencia y el desespero ante las dificultades. Es complicado abstraerse para hallar la serenidad. Doce turnos seguidos sin imparables son como para desconcertar al más controlado, más cuando quien marcha segundo empieza a mejorar su ofensiva con intensidad y constancia. Ahí fue donde Arráez mostró la arista más imperceptible de su carácter. Luego, cuando despachó aquellos dos tubeyes y el triple en el antepenúltimo juego de la campaña, los críticos de los medios bajaron el asedio punzante de reclamar la sequía de imparables.
Como al manager de Padres de San Diego se le ocurriera descansar a Arraez luego de asegurar el puesto del primer comodín de la Liga Nacional, la más descarnada y despiadada arremetida de improperios sopló desde los fanáticos ubicados en cierta red social. El japonés Shohei Othani bateó de 5-2 en la victoria de los Dodgers sobre Colorado, lo cual significó que la ventaja de Arráez se redujo a solo cuatro puntos.
El error más recurrente de muchos seguidores del beisbol y hasta de algunos comunicadores sociales consiste en aseverar o asumir conclusiones sin saber que ocurre en la vida particular del pelotero (aún sin saberlo se debería abrir un margen de prudencia tomando en cuenta que la vida del ser humano es complicada y cambiante), o cual es la situación interna del equipo, las observaciones de cierto técnico, las cavilaciones del manager.
El hecho es que el último día de la temporada las posibilidades de Othani arrebatar el campeonato de bateo estaban intactas. Entonces Arráez enseñó su capacidad de abstracción para olvidar los dolores físicos. La fortaleza de espíritu lo lleva a continuar sus ejercicios de swing corto y compacto aún en el dugout. La disciplina mental le ha permitido mantener y mejorar la agudeza visual con simples prácticas de puntos luminosos que aprendió en su infancia al perseguir luciérnagas en su afán por atraparlas y meterlas en botellas para alumbrar las noches de su madre. Poder correr en el campo con apenas el tenue resplandor esmeralda de las luciérnagas agudizó la precisión, el enfoque de ese swing magistral que descarga líneas hacia lugares de geometría inesperada.
Arráez fue capaz de regresar del ponche más desconcertante para enfocarse encada giro, cada desplazamiento circular hasta conseguir el destello de costura carmesí donde impactar su madero. Percusión instantánea. Carrera desesperada del jardinero central, traspiés recurrentes del jardinero izquierdo. Vuelo continuo hasta la zona de seguridad. La pelota precipita en la arcilla y rebota hasta la mitad de la pared. Arráez corre hasta segunda base con su imparable 200 de la temporada, un doble que rasguñaba el título de bateo. Todo el mérito para esa actitud que le permitió a Arráez traducir, conectar su esfuerzo con la victoria de su equipo. Tres campeonatos de bateo seguidos, tres equipos diferentes, al menos200 imparables en 2023 y 2024. Solo tres bateadores de la Liga Nacional alcanzaron cabalgar sobre el potro de los .300 de promedio de bateo en 2024: Arraez (.314), Ohtani (.310), Ozuna (.302).
Alfonso L. Tusa C. 06 octubre 2024.
viernes, 4 de octubre de 2024
Pete Rose: Competitividad Pura.
Leer en internet que Pete Rose falleció tiempla un manto, un lienzo de imágenes, de dinámicas imborrables que reviven esa parte impactante y vertiginosa del beisbol que pareciera en peligro de extinción aunque permanezcan peloteros como Mookie Betts, José Altuve, Aaron Judge, Luis Arraez o Salvador Pérez. Recuerdo a Pete Rose siempre ajustándose a una nueva posición para mejorar el rendimiento de su equipo. Primero se mudó desde segunda base hacia el jardín izquierdo y cuando muchos pronosticaban largos días de errores y adaptación, Rose a punta de voluntad y disciplina aprendió a ubicarse debajo de los elevados y a correr de espaldas al plato para ejecutar atrapadas contra la pared.
En la temporada 1964-65 vino a jugar en LVBP con Leones del Caracas y en medio de un juego suspendido por falta de fluido eléctrico, Dámaso Blanco, su compañero de equipo, comentó que celebraba dicha circunstancia porque podría llegar más temprano a casa. Rose acotó que él no se iría del estadio hasta que el juego no se suspendiese oficialmente, que él tenía un compromiso que cumplir allí con su equipo y con el público.
Pete Rose le bateaba muy bien a casi todos esos fenómenos de los 1960s y 1970s. Ante Bob Gibson conectó para .307 en 114 turnos al bate; el líder de los Cardenales de San Luis bajaba del montículo con ácido en los ojos cada vez que Rose conectaba imparables ante sus envíos más ajustados a la esquina interior del plato.
En el cierre del duodécimo inning del juego de estrellas de 1970, Pete Rose corría en segunda base y ante imparable de Jim Hickman al centro, Rose dobló en tercera base y en filó hacia el plato donde anotó el triunfo al arrollar al catcher Ray Fosse quien esperaba el disparo. Fosse siguió jugando el resto de la temporada aunque tenía fractura y separación en el hombro izquierdo. A pesar de que Rose justificó su estilo de juego, al observar el video se nota que el corredor pudo eludir al cátcher y anotar.
Cuando Pete Rose enfrentaba a Tom Seaver le bateó para .281 en 159 oportunidades. Tom el Terrífico pasaba un rato más estrujando la bolsa de la pezrrubia, ideando nuevas estrategias para intentar dominar al incómodo Charlie Hustle.
Durante la serie de campeonato de la Liga Nacional de 1973, Bud Harrelson, campocorto de los Mets de Nueva York, dio unas declaraciones sobre lo timoratos que habían lucido los Rojos de Cincinnati ante el pitcher Jon Matlack. En cuanto Rose se enteró preguntó en el dugout de los Rojos de cuando acá Harrelson era coach de bateo. Sus compañeros lo miraron sospechando que podía estar cocinando una represalia. Efectivamente, en el juego siguiente, Rose se enzarzó con Harrelson en una jugada en segunda base y lo golpeó en la cara. Eso le costó el repudio de todo el equipo de los Mets y de todo el Shea Stadium por mucho tiempo.
Conta el zurdo Steve Carlton, Rose bateó para .263 en 118 turnos. Cada vez que Rose entraba al cajón de bateo, Carlton respiraba profundo y se iba detrás del montículo.
Durante la temporada de 1978, Pete rose se sumergió en una seguidilla de 44 juegos bateando al menos un imparable. Esa seguidilla se detuvo el 1 de agosto ante Bravos de Atlanta; Larry McWilliams y Gene Garber se combinaron para detener la continuidad de juegos con imparables de Rose. Esa sigue siendo tercera seguidilla de juegos bateando al menos un imparable en la historia de MLB, detrás de Willie Keeler que alcanzó 45 juegos y Joe DiMaggio que llegó hasta 56.
Versus el dandy Juan Marichal, Pete Rose bateó para .341en 123 turnos. Marichal reconoce que Rose está entre los tres mejores bateadores que enfrentó.
En mayo de 1975 los Rojos de Cincinnati pasaban un momento difícil con balance de 12-12 y complicaciones en tercera base. El manager Sparky Anderson llamó a Pete Rose y le solicitó mudarse desde el jardín izquierdo (donde había ganado dos guantes de oro) hasta la tercera base. El día siguiente Rose apareció tomando roletazos en tercera base en la práctica previa al juego, con lo cual inició su transición hacia la antesala y abrió espacio para que George Foster fuese el left fielder regular.
Ante Gaylord Perry el promedio de bateo de Pete Rose fue .304 en 130 turnos. Perry tocaba la visera de su gorra, su cuello y hasta el antebrazo izquierdo antes de cada lanzamiento contra Rose.
En el sexto juego de la Serie Mundial de 1980 con los Filis de Filadelfia adelante 4-1, los reales de Kansas City tenían tres corredores en base en la apertura del noveno inning con un out cuando Frank White bateó un elevado hacia primera base que intentó tomar el cátcher Bob Boone pero la pelota rebotó de su mascota, Rose reaccionó ipso facto y capturó la pelota a la altura de las rodillas. Ese segundo out oxigenó al pitcher Tug McGraw quien luego obtuvo el tercer out que le dio el título a los Filis.
Frente a Nolan Ryan Rose consiguió batear para .273 en 73 ocasiones. Apenas le bateó dos tubeyes, logró empujar cuatro carreras, le negoció 17 boletos, mientras Ryan lo ponchaba en 13 ocasiones.
Pete Rose fue capaz de batear al menos 200 imparables en 10 de sus 24 temporadas en la gran carpa, eso lo convierte junto a Ichiro Suzuki en los dos peloteros con más temporadas de al menos 200 imparables en la historia de MLB.
Cada vez que Cincinnati jugaba ante los Bravos en Milwaukee o Atlanta y Henry Aaron llegaba a segunda base, Rose le preguntaba a Hammering Hank como hacía él para batearle a Sandy Koufax. Rose solo pudo batear para .175 en 57 turnos ante Koufax.
Alfonso L. Tusa C. 04 octubre 2024.
martes, 1 de octubre de 2024
¿Cómo es la defensiva de José Altuve?
La mayoría de la analítica del béisbol desde siempre ha tendido a privilegiar el aspecto ofensivo del juego. La mayor proporción de las estadísticas ilustran las habilidades para batear. El caso de José Altuve no es la excepción. Por lo general se observa como casi a diario desplaza a segundas bases y otros peloteros históricos de gran renombre y hasta inquilinos del Salón de la Fama en diversas categorías ofensivas vitalicias. Pareciera que es un pelotero cuya faceta principal es el manejo del madero o el desplazamiento en las almohadillas. Mientras reviso las coordenadas de Altuve en los numeritos defensivos es inevitable recordar aquellos managers cultores de la defensa y el pitcheo como la base de sus triunfos: Whitey Herzog y los Cardenales de San Luis de inicios de los 1980s, Earl Weaver y sus Orioles de Baltimore de finales de los 1960s y comienzos de 1970s, Dick Williams y la dinastía de los Atléticos de Oakland a inicios de los 1970s.
¿Cómo le va a José Altuve con su desempeño defensivo? Puede ser que no disponga de la misma precisión de Jesús Marcano Trillo (Manny Trillo) para lanzar a primera base por debajo del brazo en el transcurso de un dobleplay, ni la agilidad de Gustavo Gil para tomar roletazos casi invisibles hacia el lado de la almohadilla intermedia, ni la velocidad de reflejos de Remigio Hermoso para atacar rodados dragados justo al lado derecho del montículo. Sin embargo hay curiosidad por buscar las estadísticas defensivas de Altuve desde que subió a la gran carpa. Tal vez no alcance los guarismos de otros camareros de gran defensiva como Joe Morgan, Nellie Fox o Craig Biggio; quizás esté lejos de Willie Randolph o Phil Garner, Dick Green.
La defensa puede ser tan ignorada, tan vista con indiferencia, que no es de extrañar que Altuve haya salvado muchos juegos con su guante y agilidad mental, tantos, que pudieran alcanzar más de la mitad de los que ha decidido con su ofensiva. En la defensa no existen tantas categorías como en la ofensiva y quizás hay más contrincantes de esos cuya faceta más importante es su juego al campo. Entonces aparecen las evidencias de la comunicación de Altuve con el campo corto, la asertividad de coordinación para saber quien entra a la base cuando hay corredor en segunda y el pitcher se voltea de pronto. Por momentos el juego pareciera congelarse en la dinámica de una carrera de espaldas al plato para decapitar una bala fría. Justo a medio camino del jardín derecho corto y de inmediato soltar la pelota hacia la mascota del cátcher si el corredor amenaza con desprenderse desde tercera base. A veces Altuye corre a los alrededores de primera base para asistir al receptor o suplirlo en su carrera hacia allá con algún rodado al lado izquierdo del cuadro interior. En las situaciones más tensas, con las bases llenas y el cuadro adentro, Altuve levanta la voz para alentar al pitcher. El residente del montículo voltea hacia las bases y los corredores regresan desesperados. Altuve puede estar jugando bien internado en la grama del cuadro, pero si truena un batazo intenso, el segunda base tiene reflejos para correr hacia atrás y con el guante de revés tomar la pelota y completar el out con disparo calcinante a la mascota del cátcher, o saltar junto a la percusión del batazo para atrapar el lineazo y levantarse de inmediato en alerta a los corredores.
Revisar las estadísticas de los mejores camareros del juego durante más de 120 años de historia, resulta más que impresionante, asombroso. Se regresa a los orígenes del juego. Y a pesar de la injusticia y la especulación de las comparaciones, se reconoce el ejercicio de revivir otras épocas del beisbol, otros peloteros que en circunstancias distintas edificaron los episodios de una evolución continua cargada de empeño e integridad para plasmar sobre el terreno la intensidad de los mejores cultores de ejecutar los outs en la segunda base. Tal vez Altuve no sabe mucho de ellos, pero al escuchar sus hazañas de alguna manera incluye algo del arrojo de Joe Morgan, la sangre fría de Bill Mazeroski, la maestría de Willie Randolph o la elegancia de Bobby Grich, para recibir un tiro del receptor en un intento de robo, alcanzar un elevadito peligroso sobre la raya de cal casi en el jardín derecho, o entrar a cubrir en primera base en un toque de bola entre la inicial y el montículo. Es cierto que Altuve aparece en el puesto 100 entre los camareros con más outs realizados en MLB, sus 2502 outs en 15219.1 innings están lejos del fenómeno Bid McPhee quien ejecutó 6552 outs en 18734 innings. Luego parecen Nellie Fox con 6090 (20217) en tercer lugar. Joe Morgan cuarto 5742 (21543.1). Charlie Gehringer sexto 5369 (19351). Bill Mazeroski séptimo 4974 (18336.1). Willie Randolph noveno 4859 (18660). Lou Whitaker undécimo 4771 (19068). Frank White duodécimo 4742 (17809.1). Roberto Alomar décimo quinto 4458 (19876). Bobby Grich décimo séptimo 4217 (15156.2). Craig Biggio vigésimo primero 3992 (17154.2). Manny Trillo puesto 44 con 3403 (12797.1). Dick Green puesto 99 con 2518 (9541.2). Tal vez esta estadística haga `parecer rezagado a Altuve, sin embargo se debe recordar que revisamos el desempeño de los mejores segundas bases en el beisbol más exigente del planeta.
Uno de los aspectos más llamativos y determinantes en la defensa de un segunda base es la capacidad para ejecutar asistencias, la soltura para convertirse en la referencia de corte para los tiros del jardinero central o el derecho, la celeridad para soltar la pelota al recibirla del campo corto o el tercera base en la ejecución del dobleplay, la disposición para buscar la pelota detrás del campocorto o el primera base en caso de que esta se escape. Entre los camareros Altuve ocupa el lugar 46 con 4271 asistencias en 15219.1 innings. Detrás de Eddie Collins primero con 7630 en 23516 innings. Charlie Gehringer segundo con 7068 en 19351. Joe Morgan tercero 6967 en 21543.1. Bill Mazeroski quinto 6685 en 18336.1. Lou Whitaker sexto 6653 en 19068. Roberto Alomar séptimo 6524 en 19876. Nellie Fox octavo 6376 en 20217. Ryne Sandberg noveno 6363 en 17231.2. Willie Randolph décimo 6336 en 18860. Frank White duodécimo 6253 en 17809.1. Craig Biggio décimo octavo 5448 en 17154.2. Manny Trillo lugar 32 4699 en 12797.1.
El dobleplay requiere agilidad mental y precisión de movimientos para ejecutar la jugada que puede significar la diferencia entre ganar o perder un desafío. En este renglón Altuve ocupa el puesto 31 de todos los tiempos con 994 dobleplays en 15219.1; en una lista que comandan Mazeroski (1) 1706, 16336.1. Fox (2) 1619, 20217. Randolph (3) 1547, 18660. Whitaker (4) 1527, 19068. Morgan (6) 1505, 21543.1. Gehringer (7) 1407, 19876. Alomar (9) 1407, 19876. White (10) 1382 17809.1. Detrás están Manny Trillo (34) 973, 12797.1. Rougned Odor (84) 739, 9524.1.
El promedio defensivo representa la precisión del ejecutante en cuanto a la cantidad de errores cometidos. Entre los camareros Altuve ocupa el lugar 49 con .9847 en 15192.1 innings. Delante de él aparecen Luis Rivas (48) .9848, 4804.1. Edgardo Alfonzo (34) .9863, 4573. Marco Scutaro (30) .9866, 4390.2. Ryne Sandberg (10) .9894, 17231.2. D.J. LeMahieu (6) .9906, 9538. Dustin Pedroia (3) .9914, 12879.1. Plácido Polanco (1) .9927, 8462.
En la temporada actual (2024) Altuve ocupó la cuarta posición en promedio defensivo con .989 en 147 juegos detrás de Bryson Stott .993 en 137. Jonathan India .991 en 133. Ketel Marte .990 en 113.
En asistencias Altuve terminó noveno con 312, detrás de Andrés Gimenez (396). Marcus Semien (389). Brice Turang (379). Brendan Rodgers (342). Nico Hoerner (337). Zack Gelof (332). Gleyber Torres (330). Bryson Stott (314).
En outs concretados Altuve se ubicó en el décimo sexto lugar con 158. Detrás de Gelof (1) 254. Torres (3) 234. Gimenez (4) 233. Semien (10) 214. Gavin Lux (14) 179.
Respecto a los dobleplays Altuve aparece en cuarto lugar con 85. Detrás de Gimenez 93. Gelof 92. Rodgers 89.
Alfonso Tusa. Octubre 1 2024.
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