martes, 18 de marzo de 2025

Craig Biggio, Pete Rose y José Altuve.

Al conocer la posibilidad de transición desde segunda base hacia el jardín izquierdo, José Altuve asumió esa actitud propia de los peloteros que asumen el liderazgo más por hechos que con palabras. Antes que él en los Astros de Houston, Craig Biggio entendió que su paso a jugar en la segunda base luego de haber destacado como receptor con los siderales, era una oportunidad de ayudar a mejorar el equipo, y Pete Rose previo a Biggio, pero con los Rojos de Cincinnati había hecho dos ajustes al pasar desde segunda base hacia el jardín izquierdo y desde allí a la tercera base. El carácter de un pelotero viene demarcado por su disposición a dar lo mejor de sí por el equipo, puede ser el mejor en una posición, pero si su equipo lo necesita en otro lugar ese pelotero practicara todos los días hasta adaptarse, hasta desarrollar un juego defensivo al menos por encima del promedio. Eso se puede palpar en la disposición de Altuve para practicar su transición hacia el jardín izquierdo. Aunque Altuve nunca ha estado en la élite de los segundas bases defensivos de la Liga Nacional, fue capaz de mantenerse entre los mejores diez camareros en algunas categorías defensivas y hasta ganó un guante de oro. Siempre ha estado allí para ejecutar las jugadas de rutina con espectacularidad o parsimonia de acuerdo a la exigencia del momento, se las ha ingeniado para realizar las maniobras adecuadas, necesarias para ayudar a su equipo a salir indemne de los ataques rivales. Y siempre ha seguido aprendiendo, mejorando cada día para avanzar en su juego, aunque haya otros intermedistas de mejor defensiva teórica y a veces práctica. Una actitud cada vez más extraña, rara, sorprendente en el beisbol actual donde pareciera ser más frecuente la tendencia de números individuales aislados del engranaje del equipo, de la armonía propia de estar en la misma página, una sabermetría que muestra muchas aristas sin señalar particularidades, ajustes de momentos específicos del juego.
Cuando Craig Biggio acordó mudarse a la segunda base en 1992, era un receptor establecido, de muchos atributos defensivos. El cuerpo técnico decidió ejecutar la transición para proteger las piernas del primer bate de su alineación, estar agachado detrás del plato le restaba movilidad en las bases. Biggio fue capaz de entender el movimiento y de inmediato buscó un guante de segunda base y empezó a tomar roletazos alrededor de la intermedia. Jugar detrás del plato le enseñó atener una visión más amplia, más panorámica del juego, aún desde el ángulo de la segunda base, Biggio tenía una visión bastante cercana a las señas que le hacía el nuevo receptor, el también conocía las características de cada bateador, los detalles de cada pitcher. Al principio se acercaba al pitcher tres o cuatro veces cada vez que se embasaban dos corredores. Cuando el manager Art Howe le propuso a Biggio mudarse a segunda base, siempre había sido un cátcher desde sus días de niñez cuando su pelotero favorito era Thurman Munson. Biggio fue cátcher tres temporadas en Kings Park High, luego siguió detrás del plato tres campañas más en Seton Hall. Se desempeñó como receptor dos temporadas en ligas menores y luego se puso la armadura medieval para recibir los envíos de los pitcher durante sus primeras cuatro campañas en las ligas mayores. Había decidido ser receptor porque su padre jugado esa posición en la escuela secundaria, le había preguntado mucho de los trucos, secretos y técnicas; de cómo ponerse de acuerdo con los pitchers, como acostumbrarse a estar agachado casi todo el juego, lo que le empujó a escoger se cátcher fue que le gustaba controlar el juego. Su admiración por Munson era tan marcada que guarda un bate de los que usaba este, en el sótano de su casa. Biggio ha usado ese modelo de bate desde que jugaba en la secundaria. Poco a poco, gradualmente empezó a entender las razones de Art Howe, a comprender los ajustes que se deben hacer para engranar, para apoyar a su equipo a ser mejor.
Las prácticas, las carreras, los embalajes en los jardines para desarrollar toda esa velocidad que necesita un jardinero izquierdo para escuchar el sonido del bate sobre la pelota y de inmediato saber hacia donde tiene que moverse, hacia donde tiene que hacer el semi circulo para ubicarse debajo de la pelota; todas esas fotografias, diagramas de dinámica e inercia han empezado a impregnarse en la nueva rutina de juego de José Altuve. Tiene la disposición, la consciencia de aportar al equipo, de aprender las habilidades más ajenas o lejanas de otra posición muy distinta a la segunda base, la única posición que hasta ahora ha jugado en su carrera de grandes ligas. Puede estar establecido como un pelotero franquicia con fu futuro económico asegurado, para José Altuve lo más importante sigue siendo el equipo, la química, la disposición a dar los mejor sobre el terreno en el papel que determinen las circunstancias. Esa es la marca de un líder, estar dispuesto a hacer la transición requerida para ayudar al equipo.
Luego en 2003 Craig Biggio, de 37 años de edad, se mudó al jardín central para abrirle espacio a Jeff Kent quien había firmado con los Astros. Fue otra transición, otro reto ajustarse a las carreras largas de los jardines, saber desplazarse a la derecha o izquierda dependiendo del giro que tomase la pelota de acuerdo a si el bateador era zurdo o derecho, en este caso Biggio tuvo también que adaptarse al montículo de Tal (por Tal Smith, otrora gerente general de los Astros de Houston) y aprender a navegar sobre o alrededor de este en medio de las persecuciones de los elevados o lineazos hacia esos predios. Después en 2004 Biggio hubo de trasladarse al jardín izquierdo debido a la llegada de Carlos Beltrán, aunque el ajuste no fue tan exigente si tuvo que trabajar unos cuantos aspectos sobre como prepararse para atacar los batazos conectados en esa dirección sobre todo cuando la pelota rebotaba contra la pared del jardín izquierdo. “Cuando juegas en el jardín central la pelota llega con mucha fuerza y hay que correr duro, en el jardín izquierdo la pelota llega sin tanta fuerza pero con más giros traicioneros dependiendo de si el bateador es zurdo o derecho”, dijo Biggio.
Esa actitud fue la asumida por Pete Rose cuando se mudó al jardín izquierdo en 1967 parta que Deron Johnson pudiera venir desde los jardines a jugar primera base para los Rojos de Cincinnati. El empeño, la mística, las ganas de colaborar por la fortaleza del equipo impulsaron a Rose a aprender de tal manera los movimientos rutinarios y también los secretos de los expertos de esas posiciones, hasta codearse con los jardineros derechos más renombrados de la Liga Nacional y todas las ligas mayores, hasta ganar dos guantes de oro como jardinero derecho en 1969 y 1970, corriendo hasta detrás de los fouls declarados desde que salían del bate. Luego emigró hacia el jardín izquierdo y allí también fue campeón de la Liga Nacional en 1972 como lo había sido en 1970 como right fielder. Luego vino la transición hacia la tercera base an la temporada de 1975 a petición de Sparky Anderson, y Rose no dudó en buscar un guante de tercera base y en empezar a recoger roletazos en la esquina caliente.
Altuve está consciente de que a los 35 años de edad ya sus reflejos y elasticidad tal vez no sean los ideales para un defensor de la intermedia. Sin embargo sigue trabajando, entrenando a fondo para adaptarse y convertirse en el mejor jardinero izquierdo posible. Ya ha empezado a familiarizarse con los parajes, la atmósfera del jardín izquierdo. Ha comenzado a ajustarse a la soledad de los jardines respecto a la cercanía del campocorto y las observaciones del primera base. Ya tuvo sus primeros encuentros cercanos con la pared al tomar un lineazo que llevaba intenciones de convertirse en extrabases. También ha cometido sus primeros errores de cálculo al perseguir un elevado en la zona de seguridad, lo que más impresiona de Altuve es la actitud con la que llega al dugout después de esos gazapos, busca a sus compañeros outfielders y les pregunta que debe hacer para mejorar su defensiva como jardinero izquierdo. Ha empezado a leer los movimientos del tercera base ante la presencia de determinado bateador, a descifrar los estiramientos de los brazos del cátcher en dirección hacia el bosque izquierdo, a interpretar los giros del pitcher hacia la pared del left field. El aprendizaje de escuchar el sonido del bate sobre la pelota ya le hace desplegar las zancadas necesarias para atrapar la pelota en el límite de la zona de seguridad y la pared, en esos parajes de adrenalina y determinación que describen y dibujan el conocimiento creciente de los secretos defensivos de la posición.
Cuando Pete Rose migró desde segunda base al jardín izquierdo en 1967 los Rojos de Cincinnati pasaron desde el séptimo lugar que ocuparon en 1966 hasta el cuarto puesto que ocuparon en 1967 . Luego cuando se mudó al jardín derecho en 1968 los Rojos pasaron siguieron en el cuarto lugar. Luego, en 1969 los Rojos subieron al tercer lugar de la división oeste de la Liga Nacional y Rose ganó el guante de oro como rightfielder. En 1972 volvió al jardín izquierdo, luego que Cincinnati terminase en cuarto lugar de la división oeste, y los Rojos volvieron a ganar la división. Después cuando hizo la transición desde el jardín izquierdo hacia tercera base los Rojos pasaron desde el segundo lugar en la división oeste en 1974 hasta ganar la Serie Mundial en 1975. Finalmente cuando Rose pasó desde tercera base a primera con los Filis de Filadelfia, estos llegaron en cuarto lugar en 1979 y luego ganaron la serie Mundial en 1980. En 2024 los Astros de Houston terminaron en lugar de la división central de la Liga Nacional con José Altuve en segunda base, ahora cuando Altuve jugará en el jardín izquierdo ¿Qué posición ocuparán los Astros al terminar la temporada regular?
Alfonso L. Tusa C. 17 marzo 2025. ©

lunes, 17 de marzo de 2025

Otros ángulos de aquella librería.

Hay líneas que se garabatean o teclean con la incertidumbre de si no son repetitivas, concomitantes, fastidiosas y te dices que lo peor que puede pasar es eliminar el documento y reconfigurar la idea. Regresar hasta aquellas mañanas de finales de los 1960s o inicios de los 1970s. Los pasos lentos, mutando a zancadas cinéticas que trituraban hojas secas de apamate en la acera de la escuela José Luis Ramos, te desesperabas por saber si habría llegado el carro de alquiler con El Nacional, El Universal, los suplementos de comiquitas, la revista Sport Gráfico. Tenías que ir a comprar cuadernos, cartulinas y otros insumos escolares y siempre terminabas recostándote sobre el mostrador para ver las barajitas de beisbol que el señor Pedro Luis Marcano, el que tu abuelo decía que era del sector Mundo Nuevo del barrio San Francisco de Cumaná, tenía pegadas por la parte interior del vidrio, junto a una gráfica frase: “Favor no recostarse del mostrador”. Pedro Luis siempre carraspeaba y señalaba esa frase. La primera versión que recuerdas de esta librería (la segunda se ubicaba en la esquina opuesta de la farmacia Montes, siempre frente a la plaza, cerca de la residencia de la señora Custodia, si la memoria no te falla esa mudanza ocurrió alrededor de 1976-1977; la librería El Estudiante fue una especie de sucursal que estaba en la calle Arias casi frontal a la escuela Pedro Luis Cedeño, luego cuando cerró la librería Las Flores, El Estudiante tomó su lugar) aparece a mitad de aquella cuadra que tenía en una esquina la heladería de los Rincones y en la otra una frutería. Se trataba de una pared imponente con puertas de madera tan dura que podía quebrar los nudillos de un niño. Nada más traspasar el marco de la puerta te sentías en una atmósfera espacial, sin gravedad y flotabas entre las barajitas de beisbol, los suplementos de Lorenzo y Pepita, Beto El Recluta, y La Zorra y el Cuervo; y las revistas de Sport Gráfico. “Epa mijo, ¿qué se te ofrece?” Pedro Luis se asomaba sobre el mostrador con aquella sonrisa bonachona. Aunque él también era magallanero siempre te echaba broma diciéndote que “ese equipo tuyo si es malo anoche volvieron a perder con el Caracas”. Luego trataba de reivindicarse cuando lo mirabas tan fijo que parecías gritarle: “traidor!” Si llegaban los caraquistas, Pedro Luis de inmediato recordaba que en su librería no se aceptaban burlas ni ironías contra el Magallanes.
“¿Quien te dijo que yo soy de Mundo Nuevo?” Esa fue una de las raras veces que Pedro Luis interrumpió su labor buscando libros, enrollando cartulinas, o embolsando cuadernos. Sus facciones oscilaban desde la sonrisa hasta la búsqueda detectivesca. Su rostro pecoso, lleno de ángulos claros e intrincados, asomó una sonrisa infantil. “Debí imaginar que eso era obra de tu abuelo. Siempre nos veía a la distancia jugar pelota en la calle. Cuando estábamos sentados en la acera, con el rostro compungido porque no teníamos pelota, el señor Luis José Campos se aparecía de la nada con una pelota nuevecita, de esas que vendían en la farmacia y olían a medicina. Apenas nos conocía, no tenía porque ocuparse del juego de unos muchachos que otros decían que molestaban con sus gritos y majaderías. Campito siempre tenía una sonrisa bonachona, eso sí, siempre nos recordaba el respeto, la humildad, la responsabilidad. Por eso cuando lo vi trabajando en los asientos del cine Royal, me aparecí una de esas tardes, cuando más intenso sonaban los serruchazos y los cepillazos sobre la madera, repicados con remaches de clavos de media pulgada y reproduje su silbido especial cada vez que nos veía jugando a la distancia. Cuando ibas a comprar un pliego de papel bond para la exposición de historia de Venezuela de quinto grado, si sobraba alguna locha, comprabas un sobrecito de figuritas de un álbum que por un lado tenía boxeadores y luchadores y el por el otro banderas del mundo. Una de esas noches te salió la barajita de las Naciones Unidas, esa era la que no le salía a nadie, apenas si tenías cuatro o cinco boxeadores y tres banderas en tu album. A tus amigos de juegos de la calle les faltaba solo esa barajita. Acordamos ir a buscar el premio por llenar el álbum; un balón de futbol. Soñábamos con jugar toda esa noche. Pedro Luis revisó el álbum y nos entregó el balón. Subiendo los escalones de la plaza Montes unos manganzones nos rodearon y trataron de arrebatarnos el balón, cuando ya casi nos lo arrancaban de las manos, se apareció Pedro Luis con un rostro más temible que el del Monstruo Milton. Los tipos se paralizaron y sin que nadie dijese nada, nos devolvieron el balón, sus rostros parecían de plomo.
Esperabas que los tumultos de los clientes se dispersaran, entonces te inclinabas sobre el mostrador, sin tocar ni recostarte y volvías a ver las barajitas de beisbol que Pedro Luis tenía adosadas al vidrio desde el marco estructural del mueble. La primera barajita era del equipo campeón de la temporada 1949-50 de la liga venezolana de beisbol profesional, los Navegantes del Magallanes. Pedro Luis decía que esa barajita se la había encontrado en la acera, el primer día que vendió esas barajitas que promocionaba la revista Sport Gráfico. La segunda era una composición de fotos separadas de los héroes magallaneros del campeonato 1950-51, “esa si me salió en un sobrecito que compré”, dijo Pedro Luis. La tercera mostraba al Magallanes campeón de la campaña 1954-55. Había una especie de mancha de humedad proveniente de la fotografía original que contrasta con el relumbre de la barajita. La cuarta era una imagen de Isaías Látigo Chávez con el rótulo de Inmortales, una sección ideada por los diseñadores del álbum para aquellos peloteros que habían fallecido. Pedro Luis aseguraba que El Látigo iba a ganar más de 15 juegos por temporada en grandes ligas y también iba a hacer ganar varios campeonatos al Magallanes. La quinta mostraba el momento escalofriante cuando Dámaso Blanco anotaba la carrera del triunfo en la Serie del Caribe de 1970, Pedro Luis decía que en ese momento le dio todo el volumen a su radio de onda corta, salió a la calle y se encaramó en el capó de un Cadilac anaranjado y todos gritaron: “Venezuela Campeón!”. La séptima era una barajita Topps de Roberto Clemente con el uniforme sin mangas de los Piratas de Pittsburgh en el jardín derecho de Forbes Field. Cada vez que alguien hablaba de esa barajita, Pedro Luis señalaba una revista Sport Gráfico que tenía en el estante separada del resto de las publicaciones periódicas donde aparecía Clemente ejecutando un tiro desde el rincón del right field. La octava, para ese momento ya Pedro Luis te había recordado que tenías que despegarte del mostrador, casi habías traspasado el vidrio, dibujaba las facciones de un joven Vidal López en plena ejecución sobre el montículo, entonces Pedro Luis recordaba los dos juegos sin hits ni carreras que Vidal había lanzado con Magallanes cuando la liga todavía se llamaba Primera División. La novena reflejaba a un delgadísimo Camaleón García, de los tiempos cuando reemplazó a Pipita Leal para establecerse como tercera base titular del Magallanes por muchísimos años. La décima era una tricromía refulgente de Armando Ortiz, su uniforme blanco del Magallanes relumbraba contra el fondo oscuro del dugout, en medio de las discusiones más encendidas con los caraquistas, Pedro Luis preguntaba cual jugador del Caracas le había bateado un jonrón a Miguel Cuellar después que este venía de ganar el Cy Young de la Liga Americana en 1969.
Los jueves varios muchachos, tal vez siete o hasta diez, se sentaban en el banco de la plaza Montes justo al frente de la librería. Algunos esperaban los periódicos, pero todos se preguntaban que artículos, que fotografías, que portada traería la revista Sport Gráfico. Al dar las diez de la mañana ya había llegado el carro de alquiler con los periódicos y hasta algunas revistas hípicas. Cuando daban las once y sonaba el silbato del central azucarero, Pedro Luis salía hasta el banco de la plaza y convencía a los muchachos para que regresaran a sus casas, fuesen a la escuela y regresaran a las seis de la tarde. Esos atardeceres resultaban muy prolongados, los muchachos iban llegando de cuenta gotas, muchos aún con el guardapolvo de la escuela o con el uniforme de caqui del liceo. Soñaban con hojear el ejemplar de Sport Gráfico, buscar las fotos de Cesar Tovar, Victor Davalillo, Dámaso Blanco, Gustavo Gil, Enzo Hernández o David Concepción. A eso de las siete de la noche Pedro Luis Salía con una revista en la mano. Solo habían llegado diez ejemplares en el paquete y apenas había salvado el que siempre compraba para él. Cuando todos los muchachos abandonaban la plaza cabizbajos y silenciosos, Pedro Luis los llamó, les propuso acordar una hora a la semana, los sábados a los ocho de la mañana, allí en el banco de la plaza leerían juntos los artículos más importantes de Sport Gráfico y después quizás les haría varias preguntas de beisbol y el que las respondiese se quedaba con aquel ejemplar. Primero dijeron que no porque a esa hora iban a jugar pelota en el solar de asfalto frente al Centro de Salud. Pedro Luis dijo que esa reunión solo podía durar 30 a lo sumo 40 minutos porque él tenía que atender su librería. Aquel sábado hubo empates entre tres o cuatro muchachos al responder las preguntas de beisbol de Pedro Luis. Eso los hizo acordar que cada vez que el paquete de Sport Gráfico fuese insuficiente se reunirían en la plaza Montes a leer los artículos más resaltantes. Antes Pedro Luis aclaró que tenían que tenerle paciencia con sus deberes laborales y familiares.
Alfonso L. Tusa C. 03 febrero 2025. ©

domingo, 16 de marzo de 2025

Ese Juego Recurrente en la Radio.

Sin conocer el beisbol veías a tus hermanos comentar sobre el juego, jugar “paredita” con sus barajitas de grandes ligas y de la liga venezolana de beisbol profesional. Lo que más te intrigaba, te impactaba en los huesos como aquel encontronazo en el patio de la escuela con un muchacho de sexto grado cuando cursabas segundo, era los minutos, las horas que pasaban hablando de un pitcher, de un pelotero, de un tipo que salía a fajarse con todo sobre el montículo. Para ellos las barajitas de Mickey Mantle, Juan Marichal, Roberto Clemente, Víctor Davalillo, Cesar Tovar, Teolindo Acosta, Luis Rodríguez, Roberto Muñoz, todas quedaban a un lado cuando Felipe o Jesús Mario tomaban la barajita de aquel tipo larguirucho, con cara de niño. Habías escuchado su nombre en varias lecturas de la Biblia, y su apodo metía miedo, nada que ver con rostro infantil. Mis hermanos hablaban por turnos, como los sobrinos del pato Donald, cuando leían las letras de la barajita, Isaías Látigo Chávez. La voz de Felipe adquiría matices de tenor y la de Jesús Mario de vendedor de pescado fresco, ahora 56 años después, cuando los papeles de aquel accidente aéreo se requiebran de amarillentos, cuando las voces desesperadas del piloto del avión resuenan en un pasillo infinito de memorias dispersas, el wind up, la pierna izquierda levantada hacia el cielo aún estalla en un lienzo nítido de tonalidades, contrastes, anécdotas infinitas. Cuando aquella fanfarria de NotiRumbos un mediodía dominical silenció las conversaciones de tus hermanos, empezó a punzar en tu subconsciente una narración cada cinco días, el pitcher seguía atento las señas del cátcher con sus movimientos tan o más particulares que los del propio Marichal, las rectas seguían quemando la mascota del cátcher, las curvas seguían desbocando a los bateadores, los cambios de velocidad seguían haciendo que sus compañeros se ajustaran sobre la marcha en sus respectivas posiciones. Ese mediodía Felipe te llamó siete veces para que fueses a ducharte.
A medida que aprendías las peculiaridades, los secretos, las tortuosidades de las reglas del beisbol, lamentabas no haber tenido oportunidad de escuchar en vivo más juegos donde participara el Látigo. A la distancia sigues escuchando el impacto, el estruendo de aquel mediodía. Tus hermanos más nunca escucharon los juegos con aquella solemnidad, aquella abstracción, aquella devoción que obligaba a tu papá a tener que arrancarles el radio transistor de las manos para que le ayudaran a cambiar un neumático o fuese a comprar algo en la bodega. Sigues escuchando ese juego en la distancia, sigues hojeando las páginas de ese libro que te propusiste escribir cuando apenas tenías un puñado de recortes de periódico de algunas reseñas de juegos de ligas menores y de la liga venezolana de beisbol profesional y los testimonios de tus hermanos de todos los juegos que escucharon, las discusiones donde callaban a los caraquistas con solo mencionar al Látigo. A medida que ese juego sonaba más nítido en tus caminatas nocturnales, en paralelo al transcurso de otros juegos, empezaste a visualizar, a diseñar, a bocetear la estructura de aquel otro juego plasmado en papel, y seguiste sin parar hasta conseguir completar un capítulo, dos, veintisiete. Habías logrado conocer a la familia y nunca vas a dejar de agradecer, ni de reconocer todo el apoyo y consideración que te dieron Néstor, la señora Carmen Elena, Valerio, Miguel, Gladys, Zaira. Cada conversación fue un mapa, cada encuentro un lienzo impresionista, cada palabra un uniforme de beisbol que me enfundaba para conocer y adentrarte en los días, la gesta, la vida de Néstor Isaías Chávez Silva, el pitcher que impulsaba cada equipo que defendía hasta convertirlo en contendor serio a la victoria. Nunca te sentiste abrumado por la cantidad de documentos, fotografías, periódicos revista a revisar; siempre querías más detalles y seguías buscando, rastreando. Pasaste mucho tiempo con aquel estruendo meridiano en el cráneo. Felipe casi tuvo que obligarte a que te duchases ese mediodía. Sentías los pasos sobre el montículo del estadio de la UCV, cada juego recargado, revivido. La voz de Delio Amado León ahogada y enfebrecida. Querías revivir la escena, ir a la sala de los pilotos y hablar con Emiliano Savelli, no importa que te tomaran en broma porque eras un niño de siete años te hubieses escapado a la sala de control y algo hubieses ideado para que tuvieran que revisar otra vez el peso del equipaje, el funcionamiento del censor de temperatura de los motores, el peso del combustible. Apenas si balbuceabas aquellas palabras técnicas, sabes que si hubieses estado allí las hubieras pronunciado con toda propiedad. Treinta años después cuando leíste los detalles de la explicación técnica del accidente, volviste a ese aeropuerto, te acercaste a los mecánicos del avión, pero ellos estaban muy confiados en que ese avión, como era alquilado a la aerolínea Viasa, tenía todo su funcionamiento normal, ajustado y cumplía con todos los protocolos de vuelo. Quisiste decirles palabrotas solo las escuchaste en tu cerebro mientras te bañabas.
Algunos reportajes de revistas deportivas, otros tantos recortes de reseñas periodísticas de juegos de ligas menores, las barajitas y conversaciones con mis hermanos. Eso era el cuerpo de mi proyecto, sabía que me faltaba mucho para escribir un buen libro, uno que al menos templase la mirada de los potenciales lectores. Entonces encontré una página web en tributo a Isaías Látigo Chávez. Al llegar al final de la página noté que era obra de su hijo. Al principio sentí algo de aprensión, por la desconfianza que puede inspirar hablar con un desconocido, pero mi empeño por escribir al menos un libro con elementos históricos auténticos me empujó a marcar el número telefónico. Poco a poco fui enhebrando las palabras y cuando logré expresar que tenía un proyecto de libro biográfico sobre El Látigo, su hijo guardó un breve silencio y luego habló atropelladamente. “Cuenta conmigo. ¡Me gustaría leer ese libro!” Sentí una emoción, una euforia tan grande que flotaba agarrado del teléfono publico. Ver aquella camiseta de los Gigantes de San Francisco, el uniforme gris de visitador, me paralizó, Néstor, tuvo que repetirme varias veces que la tocase sin pena, que estaba bien conservada. Mientras temblaba y palpaba el tejido de algodón crudo mezclado con lana, me enfundé en ese uniforme y desde ese momento hubo una conexión inédita como nunca había sentido con nadie. Podía escuchar la intensidad de cada lanzamiento del Látigo en aquel campeonato nacional juvenil de 1963 escenificado en Margarita, percibía la alegría en los gestos y palabras pausadas que pronunció el día que firmó con los scouts Pompez y Genovese de los Gigantes, le dijo a su padre, Sebastián que iba a poner toda su alma para llegar a las grandes ligas. Néstor tuvo que casi aplicarme un gancho al hígado para traerme de vuelta. “¿Qué te pasa?” En ese momento comprendí y sentí una comunicación que perduró cada capítulo del libro. Aprendí a ponerme las medias sanitarias, la risa del Látigo resonó cuando tropezaba al caminar con los spikes.
A veces había períodos de dudas, de silencio, de parálisis, porque no encontraba la voz, la presencia, la propiedad para contar la historia desde adentro. Entonces escuchaba el impacto del viento sobre las páginas y descifraba las señas del Látigo. “No te detengas, tienes que terminar ese libro, quiero ver esas páginas impresas”. Sin saber como me enfundaba en aquella camiseta gris de los Gigantes y salía a mirar en directo, más que en primera fila en primer aliento, los movimientos del Látigo en los montículos de las ligas menores. Más increíble aún; más de una vez tuve encima aquella armadura de alabastro que era la franela de los Navegantes del Magallanes a mediados de los 1960s y estuve con el Látigo ahí, cuando le ganó por primera vez a los Leones del Caracas de Cesar Tovar, Víctor Davalillo y José Tartabull, un equipo que en teoría estaba dos o tres escalones por encima de los Navegantes. Ahí junto a la bolsa de la pezrrubia vi como el Látigo a punta de gallardía, coraje e integridad reducía toda aquella ventaja, hasta fajarse palmo a palmo, inning por inning, suspiro a suspiro, hasta convertir la fácil victoria que muchos avizoraban en el primer inning a un duelo de pitcheo incandescente que hacía crepitar el silencio en el cierre del noveno, o comienzo del décimo inning. Allí muchos entendían porque el beisbol es tan sorprendente, improbable, enigmático. De vez en cuando te encuentras en YouTube esa canción de Bobby Solo que cantó en el festival de San Remo de 1969. Siempre la escuchas entrecortada como aquel mediodía de marzo de 1969, cuando interrumpieron esa melodía para pasar el avance de NotiRumbos que informaba del accidente del aeropuerto Grano de Oro de Maracaibo. En ese momento quisiste apagar el radio, no podía ser. Un avión había precipitado en las afueras de Maracaibo, pasaron más de veinte minutos en silencio, Felipe sacó la barajita del Látigo del gabinete del baño y pasó como una hora susurrando: “No puede ser. Dios mío ¿por qué?” Muchas veces te alejabas cuando escuchabas esa canción en la radio, alargabas las zancadas hasta que desaparecía el sonido. Después te obligabas a escucharla, querías saber que aristas de sorpresa o dolor te inspiraban y por tanto que clase de imágenes podías armar junto a las revistas, periódicos y testimonios. Ahora tratas de rebuscar en tus conocimientos de italiano para entenderla mejor.
En cada página completada tenías que regresar, borrar, reescribir, intentar acomodar pedazos nuevos de vivencias, a ratos soltabas el teclado, levantabas la mirada y casi te desmayabas al ver allí en vivo el rostro de Isaías Chávez, sonriente, con los labios apretados, ensayando una sonrisa y casi imperceptible se escuchaba: “Sigue…sigue, ya estamos cerca del noveno inning y si sientes que te fallan las fuerzas solo tienes que venir al montículo del universitario o al dugout de los Comodoros de Decatur y ahí encontramos los mejores pitcheos para salir adelante…”Había valido la pena cada segundo invertido en viajar a la Biblioteca Nacional, en de pronto abrir los ojos a las tres de la madrugada y gritar en silencio la palabra que faltaba para estar ahí en vivo y en competitividad pura observando las señas del cátcher en aquel juego de trece innings ante la novena de Nueva Esparta, aquella actitud, aquella disposición a asumir la realidad desde el reconocimiento de errores, impactaba. En el bautizo del libro, El Látigo del Beisbol, flotaba en mis manos adherido por la pezrrubia que tantas veces se inclinó a buscar a un costado del montículo para regresar a sacar ese out impensable, soltar esa pelota invisible; seguí escuchando voces indescifrables enraizadas en la más intensa de su determinación por dejar el alma por su equipo en el terreno de juego. El uniforme albo con el círculo del barco en el costado pectoral izquierdo volvía a fosforecer esta vez en la pared del fondo. La pelota se incrustaba en la mascota del cátcher, y ahí estaba armado para atacar la pelota.
Alfonso L. Tusa C. 16 febrero 2025. ©

sábado, 15 de marzo de 2025

Henry Blanco y su salida sorpresiva de Cardenales de Lara.

Tal vez tenga mucho de cierto lo que han dicho y dicen no pocos entendidos del beisbol y sus tortuosidades, el puesto de manager de campo es el trabajo más incierto e inestable no solo en el beisbol, está ahí con los empleos más complicados de la vida, como presidente de una democracia o mecánico de autos de alta competencia. Henry Blanco se encuentra quizás en el momento cumbre de su carrera como manager en la liga venezolana de beisbol profesional, ha participado en tres series finales seguidas, un hecho realizado por pocos dirigentes en LVBP, los más recientes en el tiempo podrían ser Phil Regan con los Navegantes del Magallanes y Buddy Bailey con Tigres de Aragua. El caso de Henry Blanco es más extraño, la primera de esas series finales ocurrió con Tiburones de La Guaira versus Leones del Caracas (2022-2023) de donde salió poco después de la derrota, la segunda con Cardenales versus Tiburones de La Guaira (2023-2024) con gran nivel de adrenalina en discusiones con los árbitros, permaneció en el cargo aunque perdió la serie, la tercera acaba de ocurrir hace poco menos de dos meses versus Bravos de Margarita donde alcanzó finalmente el campeonato, lo cual hacía vislumbrar al menos otra temporada con los pájaros rojos.
Son pocos los managers de LVBP que no han permanecido en el cargo luego de haber logrado el campeonato, los que recuerdo en este instante son Oswaldo Virgil quien fue dejado a un lado por Leones del Caracas luego de ganar la serie final de la temporada 1972-1973 ante Águilas del Zulia, la explicación fue que la gerencia de los melenudos tenía contrato firmado con Tony Pacheco para ser manager en la temporada 1973-1974. El otro es más reciente, Wilfredo Romero quien luego de ganar con Navegantes del Magallanes el título de la temporada 2021-2022 no regresó al cargo, aparentemente por diferencias económicas con la gerencia general. Se desconocen los detalles de la ruptura de Henry Blanco y la gerencia de Cardenales, lo que nadie puede negar es el nivel de compromiso, competitividad y de trabajo que alcanzó Cardenales en estas dos temporadas recientes. Se notó que Blanco ha ido creciendo como estratega y madurando la empatía y la disposición a resolver de inmediato.
Es probable que Henry Blanco anhele la estabilidad de Walter Alston con Los Dodgers de Brooklyn/Los Angeles, Earl Weaver con Orioles de Baltimore o más recientemente de Bobby Cox con Bravos de Atlanta, también sabe que ese es un punto que no depende de él en su totalidad, porque son pocos los puntos críticos que puedan existir en el desempeño de un manager campeón. Solo quien vive por dentro la situación puede descifrar y entender los pormenores y la justificación del caso. Sin embargo siempre queda el acertijo de saber hasta donde hubiese llegado Blanco con Cardenales en la temporada 2025-2026, como aún se preguntas muchos allegados a Navegantes del Magallanes que hubiese logrado Wilfredo Romero con los Navegantes si hubiese sido el manager en la temporada 2022-2023. Ahora hay más expectativas en el panorama de nombramiento de managers en LVBP. ¿Sería probable que Henry Blanco se encuentre en el dugout de al menos algún equipo entre Zulia, Caribes, Tigres o Magallanes?
Alfonso L. Tusa C. 15 marzo 2025. ©

viernes, 14 de marzo de 2025

Entrevista de visiones y expectativas

Pocas veces he sabido, al menos en la liga de beisbol profesional venezolano de una entrevista online convocada por una gerencia deportiva, además abierta a toda la comunidad de seguidores del beisbol. Ante la eventualidad del nombramiento de un nuevo gerente deportivo y todas las expectativas conectadas a ello, hay mucho de justificación en convocar este evento realizado este martes 11 de marzo de 2025. Había y hay muchos puntos por discutir y conocer respecto a los planes y perspectivas del gerente Federico Rojas, de quien se percibe en principio un gran compromiso y determinación por comunicarse con los peloteros y diseñar un mapa de actividades que solvente las carencias que ha padecido la organización las últimas tres temporadas. Particularmente me extrañó que en esa entrevista estuviese ausente el presidente de la junta administradora Héctor Arias, para que explicase las razones y motivos que lo llevaron a él y sus asesores gerenciales a contratar a Rojas.
Si de verdad se quiere hacer las cosas de la mejor manera se debe ser preciso y consecuente con todos los integrantes del equipo, desde el conserje hasta el hombre que ayuda a mantener en buen estado la zona de seguridad de los jardines. La palabra cargada de integridad siempre valdrá mucho más que cualquier conocimiento sofisticado de tecnicismos analíticos que pueden decir mucho pero siempre hay detalles que investigar, que tener en cuenta, como los ajustes sobre la marcha que puede hacer tal o cual pelotero, tal o cual manager, tal o cual gerente deportivo. No se duda de las capacidades y virtudes que pueda tener en este caso Federico Rojas, que las debe tener y de seguro son muchas. Se trata de recordar que existe una posición, un ángulo retirado, solitario, implacable con los desplantes unilaterales de los seres humanos, ese espejo que dice donde están empezando a aparecer los errores y entonces se empieza a corregir a tiempo, sin prisa pero sin pausa y con mucho carácter para llamarse la atención.
No se duda que se puedan hacer los ajustes con dinámica rauda y precisa, que se proceda en simultánea a conversar con los peloteros y dialogar con él o los posibles candidatos a manager. Navegantes del Magallanes lo requiere desde el propio momento que se decidió no renovar contrato al manager campeón de la temporada 2021-2022, Wilfredo Romero. Tres temporadas de desaciertos y pasos en falso indican que la gerencia en general debe una mejor gestión, una mejor comunicación con sus asesores, una presencia continua y armónica que contagie y motive a los peloteros para desplegar esa química, ese trabajo de equipo que solo se consigue con mensajes diarios de humildad, de pertinencia, de ganas de dar lo mejor de cada quien en cada jugada, de ponerse el uniforme cada juego y regresar con un cargamento de arcilla en el pecho, con la seguridad de siempre estar dispuestos a buscar la victoria, aun cuando haya dos outs en el cierre del noveno y se pierda por tres carreas sin nadie en base. Hora de pasar a los hechos precisos, de procurar que estos se compaginen, coincidan, confirmen, comprueben las palabras para que puedan tener validez y no se las lleve ningún viento.
Alfonso L. Tusa C. 13 marzo 2025. ©

jueves, 13 de marzo de 2025

El inicio de la sorprendente trilogía del beisbol  juvenil sucrense, cumple cincuenta años.

 El out veintisiete de aquel juego decisivo de agosto de 1970 en el Décimo Tercer Campeonato Nacional de Beisbol Juvenil me hizo encajar la barbilla en el esternón hasta que Felipe me templó de la mano y Jesús Mario intentó darme dos palmadas en los hombros mientras bajábamos de las gradas del jardín derecho de estadio municipal de Cumaná. El ardor de aquellas dos de la tarde apenas llegaba a fogaje respecto al drama que se vivía sobre el terreno. La novena de Anzoátegui celebraba su campeonato mientras el equipo de Sucre enjugaba lágrimas de vergüenza en el dugout, el pitcher Freddy Mata era el más afectado, apenas si podía enhebrar dos palabras.  Ahora entendía mejor la conversación del tío Carlos cuando entré con papá a la casa de mis abuelos esa tarde de principios de agosto de 1970, en ese momento empecé a olvidar mis lamentos por la decisión de mamá de enviarme a Cumaná para evitar que pasara todo el día jugando pelota en el solar de enfrente de la casa de Cumanacoa. Carlos conversaba con abuelo de un equipo que había ganado tres campeonatos nacionales juveniles seguidos, y que ahora estaba en el tremendo compromiso de mantener ese nivel ante su gente, sobre todo por lo exigente que eran los aficionados sucrenses al beisbol.  Me quedé petrificado bajo la sombra de las matas de cambur de los jardines centrales de la casa. Carlos recitaba de memoria la configuración del equipo juvenil de Sucre que había comenzado todo en el Noveno Campeonato Nacional de Beisbol Juvenil en Barquisimeto durante agosto de 1966: Arthur García cátcher, Armando Toledo 1b, Hernán Trujillo 2b, Alvin Millán 3b, Pedro Millán ss, Nelson Cañas, rf, Carlos Rodríguez, cf, Angel García lf. Me pareció tan exagerado el logro del cual hablaba Carlos que siempre me pareció y me seguía pareciendo fantasioso hasta hace poco, cuando decidí ir a una hemeroteca para comprobar si lo que había dicho Carlos era cierto o rayaba en la visión parcializada de un seguidor sucrense.  La primera reseña que hallé en el libraco del diario La República fue la del 14 de agosto de 1966. Sucre 6 – Miranda 0. Armando Bastardo diseminó 10 imparables, mientras el equipo sucrense mezclaba ocho inatrapables con cinco errores mirandinos para convertir en perdedor al pitcher Julio Torres.  La búsqueda continuó con el juego del 16 de agosto, cuando Sucre se impuso a Aragua 7-5. Jesús Benítez se apunto el triunfo, apoyado por fuerte ofensiva de Pedro Millán y Ángel García. Gustavo Barragán cargó con el revés.  Mis manos empezaron a resecarse sobre el papel amarillento del libraco. El 17 de agosto, Distrito Federal derrotó a Sucre 10-3. Germán Vielman fue el pitcher ganador y Julio Marval el derrotado. En ese momento, llegué a dudar de toda la emoción y los detalles  con que Carlos ilustraba aquella conversación de inicios de agosto de 1970. Pero el próximo resultado paralizó mis dudas.  El 19 de agosto Sucre vencía a Monagas 3-2 con buen trabajo monticular de Humberto Díaz ante el esfuerzo de su rival Francisco Ortíz. Sucre perdió ante Zulia 8-1 con Hurixel Gonzalez imponiéndose a Armando Bastardo. Después, el 20 de agosto, el favorito Falcón también venció a los sucrenses 4-3. Eliecer Buena abrió por los occidentales y Orlando Reyes lo relevó para llevarse la victoria. El pitcher derrotado resultó Jesús Benítez. En ese momento volvía a dudar de las palabras de Carlos aquel mediodía de agosto  de 1970
22 de agosto de 1966, Sucre 2, Distrito Federal 1. Con ese resultado el equipo clasificaba al playoff. Humberto Díaz supo fajarse con la fuerte toletería distrital para vencer a su colega Alejandro González.   23 de agosto en el inicio del playoff; Zulia 1, Sucre 0. En la apertura del octavo inning con el juego empatado 0-0 y 2 outs, Pedro Millán negoció boleto, Carlos Rodriguez disparó imparable y Arthur García tocó la pelota entre pitcher y tercera base, el pitcher zurdo Luis Contreras  tomo la esférica y su tiro a tercera base pareció retrasado pero el auxiliar José Mendez decretó el out y se armó el lío. Ramón Rivas, el manager de Sucre, protestó airadamente y fue expulsado. Acto seguido los peloteros de Sucre salieron del dugout para reclamarle al árbitro. El comité organizador y la policía intervinieron para restablecer la calma. En el cierre del octavo los zulianos marcaron una carrera. Contreras fue el pitcher ganador. Julio Marval volvía a saborear la derrota.  24 de agosto de 1966. Sucre 6, Bolivar 1. Alejandro García se apuntó la victoria con relevo de Armando Bastardo. Omar Martínez salió derrotado con relevos de César Martínez y Jesús Contreras. Por Sucre Carlos Rodríguez (5-3) y Nelson Cañas (3-2) fueron los más destacados con el madero.  25 de agosto: Sucre 4, Falcón 1. Humberto Díaz cubrió la distancia para acreditarse el triunfo en labor de 4 imparables. Carlos Rodríguez fue la figura defensiva del juego al ejecutar varias joyas de fildeo ante batazos peligrosos. Pedro Arévalo salió derrotado con relevos de Freddy Guanpa y Carlos Vegas. Hernán Trujillo (4-2) y Alvin Millan (4-2), comandaron la ofensiva sucrense.  26 de agosto: Sucre 7, Anzoategui 6. Armando Bastardo se apuntó el triunfo con relevo de Jesús Benítez. Nelson Núñez cargó con el revés, Dalmiro Perdomo lo relevó. Carlos Rodríguez (3-2) 27 de agosto de 1966: Sucre 4, Lara 0. Con esa victoria la novena sucrense lograba su primer campeonato nacional de beisbol juvenil. Humberto Díaz se apuntó su cuarta victoria del campeonato. Juan Flores salió derrotado con relevos de Gaudy Crespo, Pablo Torrealba, Elías Durán y William Romero.  Podía recordar con todos sus detalles la emoción de Carlos en aquel diálogo bajo las matas de cambur. Abuelo intentó decirle que tenía que salir a hacer un viaje de mudanzas, pero Carlos casi lo amarra a uno de los pilares del pasillo porque si aquel campeonato de Barquisimeto había resultado sorpresivo, había que ver lo que pasó en Barcelona entre agosto y septiembre de 1967.  El Décimo Campeonato Nacional de Beisbol Juvenil, empezó el 19 de agosto de 1967 con una victoria de Sucre sobre Nueva Esparta, 7-1. Armando Bastardo se apuntó la victoria en trabajo completo de 5 imparables permitidos y 11 ponches. 20 de agosto de 1967: Sucre 3, Trujillo 2. Jesús Caballero se apuntó el triunfo con relevo de Henry Mendoza. 21 de agosto de 1967: Monagas 2, Sucre 0. Ennio González logró la victoria. Rafael Velásquez cargó con la derrota. 22 de agosto de 1967: Sucre 20, Mérida 0. G. Rodriguez fue el pitcher ganador. 23 de agosto de 1967: Sucre 4, Guárico 3. Rafael Velásquez fue el pitcher ganador. José Luis Meneses cargó con la derrota. Alvin Millán largó jonrón de dos carreras.  26 de agosto de 1967 (playoff final): Sucre 11, Monagas 2. Armando Bastardo se llevó la victoria en trabajo completo de 6 imparables. F. Vallenilla fue el lanzador derrotado.
27 de agosto de 1967: Sucre 4, Bolivar 1. Rafael Velásquez lanzó las nueve entradas bateó de 4-2 con dos carreras empujadas. Hirómides Marchán cargó con el revés, lo relevó Manuel Olivares. 29 de agosto de 1967: Zulia 3, Sucre 1. Luis Contreras se apuntó el triunfo. Armando Bastardo salió derrotado. 30 de agosto de 1967: Sucre 3, Falcón 1.  Rafael Velásquez pitcher ganador. Jorge Piña salió derrotado. La delegación de Sucre amenazó con retirarse del torneo debido a la posposición del juego ante Anzoátegui, incluso llegaron a regresar a Cumaná, donde las autoridades de la gobernación convencieron a los dirigentes de que debían regresar a Barcelona para defender el título nacional sobre el terreno de juego. 31 de agosto de 1967: Sucre 4, Anzoategui 0. Armando Bastardo lanzó el blanqueo. Nelson Núñez cargó con la derrota. 01 de septiembre de 1967: Sucre 4, Anzoategui 2. Armando Bastardo en gran demostración de coraje y pundonor volvió a ser el pitcher ganador, esta vez en funciones de relevista. Nelson Vásquez resultó derrotado. Sucre lograba su segundo campeonato nacional de beisbol juvenil.  La emoción de Carlos me hizo empezar a valorar con más intensidad el beisbol, se refería a aquel equipo, a aquellos peloteros con un orgullo y una devoción por la mística, la entrega y el empeño que ponían en cada juego. Y aunque abuelo seguía insistiendo en que tenía pendiente una mudanza, Carlos lo aguantó por el brazo, tenía que recordar lo que hizo ese equipo en el Undécimo Campeonato de Beisbol Juvenil escenificado en San Felipe.  09 de agosto de 1968: Sucre 2, Distrito Federal 0. Rafael Velásquez se apuntó la victoria, recetó 13 ponches, bateó un doble y anotó una carrera. Alfonso Collazo salió derrotado. Nelson Cañas bateó de 2-1 con carrera empujada.   Carlos recordó que había muchas caras nuevas en el equipo de 1968: Quírico Prosperi era el campocorto, Ñañez estaba en segunda base, J. Silva en el jardín izquierdo, Enrique Frontado en tercera base, Miguel Figueroa era el cátcher, G. Rivas era el jardinero central.  11 de agosto de 1968: Sucre 8, Miranda 2. Armando Bastardo se llevó la victoria. José Ceballos resultó perdedor. Nelson  Cañas bateó de 3-2. 12 de agosto de 1968: Sucre 3, Bolívar 0. Rafael Velásquez se apuntó el triunfo. Ramón Gómez  cargó con el revés. Enrique Frontado bateó de 4-3 y empujó las tres carreras sucrenses.  13 de agosto de 1968: Guárico 5, Sucre 4. José Rondón fue el pitcher ganador.  Ambrosio González salió derrotado. 14 de agosto de 1968: Sucre 4, Carabobo 2. Rafael Velasquez se apuntó el triunfo en labor completa, 8 ponches. Diego Bolívar salió derrotado. Quírico Prosperi y Miguel Figueroa batearon de 4-3. 16 de agosto de 1968: Sucre 4, Zulia 3. Armando Bastardo pitcher ganador. Nidio Sirit cargó con el revés.  17 de agosto de 1968: Sucre 4, Trujillo 4. 18 de agosto de 1968: Distrito Federal 2, Sucre 1. Alfonso Collazo se llevó la victoria. Rafael Velásquez salió derrotado.  19 de agosto de 1968: Sucre 6, Monagas 2. Armando Bastardo se apuntó el triunfo. Ennio Mata cargó con el revés.
20 de agosto de 1968: Sucre 3, Yaracuy 0. Rafael Velásquez pitcher ganador, implantó marca para la categoría de 20 ponches, solo permitió 2 imparables. Nelson Conde salió derrotado. 24 de agosto de 1968: Sucre 0, Zulia 0. 17 innings. Sucre y Zulia abandonaron el campeonato luego de quedar igualados con DF al completarse el playoff final, alegaron fallas organizativas. En reuniones de las autoridades del beisbol, se acordó con los delegados de los equipos realizar la serie decisiva entre Zulia, DF y Sucre a mediados de septiembre en Caracas.  14 de septiembre de 1969: DF 1, Sucre 0. 11 innings. Pitcher ganador: Alfonso Collazo con relevo de Victor Patiño. Pitcher Perdedor: Rafael Velásquez con relevo de Armando Bastardo. 15 de septiembre de 1968: Sucre 4, Zulia 1. Armando Bastardo se apuntó la victoria. Luis Soto salió derrotado con relevos de Nidio Sirit y Quintero.  16 de septiembre de 1968: Sucre 3, DF 0. Campeones. Rafael Velásquez pitcher ganador. Victor Patiño cargó con el revés.  Ahora veo con más nitidez aquella noche de agosto de 1970 cuando entramos al estadio de Cumaná con el tío Carlos. Sucre jugaba ante Cojedes. Era otra generación de peloteros. A la distancia recuerdo al jardinero central César Campos, nativo de Cumanacoa, asiduo jugador de las caimaneras del solar de asfalto frente al hospital donde lo llamaban “El Charro”. Al tercera base Justo Arias. Del segunda base solo recuerdo su apellido: Millán. Me quedé paralizado viendo el verde esmeralda del cuadro interior y los jardines del diamante, hasta que Carlos me templó por el brazo izquierdo. “¿Qué te pasa Alfonsito? ¿Nunca habías visto un campo de beisbol?” Pues no, uno formal, de estadio, de juegos de campeonato, esa era la primera vez que lo veía y esa imagen quedó grabada a cincel en mis retinas junto con la pizarra eléctrica, primitiva, pequeña, para mí inmensa y sofisticada con sus leyendas de “Visitor”, “Home Club”, “Ball” “Strike”, Out”. Alumbradas con hileras de bombillos. También reconocía el nivel de juego y la entrega del equipo sucrense de 1970, quizás no estaba al nivel de la famosa trilogía, pero lo dejaron todo sobre el campo a su manera, fueron capaces de vencer a Anzoategui en una ronda previa y en el juego final montaron una amenaza de tres hombres en base sin outs en el séptimo inning, solo que el pitcher Jaime Millán terminó imponiendo  su ley. Aquella noche de la victoria inaugural versus Cojedes, el tío Carlos dijo que no se conformaría con otra cosa distinta  a que Sucre llegara al último juego con oportunidad de ganar el campeonato. Al entrar a la casa de mis abuelos aquella tarde dominical, Carlos era el que más lamentaba la derrota y eso me sorprendió porque a pesar de toda la emoción mostrada en aquella conversación con abuelo bajo las matas de cambur, el había reconocido que si Anzoategui en 1967 o DF Federal en 1968 hubiese ganado el campeonato, él lo habría aceptado y justificado. Este agosto de 1970 se había encariñado con algo que había visto en la química, en la entrega de aquel equipo sobre el terreno en aquel juego ante Cojedes, que no terminaba de comprender porque se había quedado a un paso del cuarto campeonato en cinco años.
Alfonso L. Tusa C. 21 de agosto de 2016. ©
Apostillas:   Rafael Velásquez saltó al profesional con los Llaneros de Acarigua y jugó en la temporada 1968-69. Luego tendría dos apariciones fugaces con los Tigres de Aragua en las campañas 1971-72 y 1972-73 Armando Bastardo lanzó un juego perfecto el 23 de septiembre de 1971 lanzando para el MOP Zona 10 ante Urbanos en el playoff del campeonato distrital AA. Marcador: MOP Zona 10 5, Urbanos 0. Apenas el segundo juego de esas características en la memoria de la máxima categoría amateur venezolana. El primero pertenecía a Gustavo “Mocho” García quién había lanzado perfecto el 19 de abril de 1952 en el desaparecido estadio San Agustín, para llevar a Locomotora La Guaira a un triunfo 5-0 sobre Intendencia Naval. En los jardines del equipo antoatiguense de 1970 jugaba un tal Antonio Armas, y en el cuerpo de lanzadores aparecía un tal Alexis Ramírez quienes posteriormente firmarían para jugar en el profesional con Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes respectivamente.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Fogonazo en el plexo solar.

Allí estaban otra vez Josué y Jacinto, los obreros pasaban los haraganes inmensos de madera, esparciendo los granos entre verdosos y anaranjados sobre la superficie agrietada de cemento fermentado de tantas manchas, de tantos años de secado y descascaro de café. Siempre iban a aquella hacienda en las afueras de Cumanacoa a jugar pelota los sábados, se levantaban a las seis de la mañana y pasaban por las casas de sus amigos, donde los padres de estos les reclamaban si no tenían familia o deberes escolares o familiares que atender. Luego de esperar varios minutos, el desayuno galvanizaba en gritos de aprobación, en acuerdos destemplados de regresar antes de las dos de la tarde. Así iban armando los dos equipos. Esta vez el encargado del café tenía un semblante hosco, su voz reverberaba. Silvestre empezó a preguntar cuando desocuparían la trilla. El hombre lejos de contestar, parecía mudo, sus mejillas tornasoleaban de rosado, a carmesí y por último a púrpura permanganato. Lucanor negociaba el café de su hacienda con Protágoras el padre de Silvestre, siempre llevaba unas tres toneladas de café natural, con muchos granos rojos y unos cuantos verdes en una camioneta que subía al centro de la trilla a través del portón del fondo, lo que Josué y Jacinto llamaban el jardín central. A veces debían esperar dos horas, a veces tres, pero este sábado ya tenían casi cinco horas apostados a la cerca de alambre metálico detrás de lo que para ello era el jardín izquierdo de su rombo de beisbol. Jacinto había excavado una hondonada desde la trilla hasta el inicio de cañaveral de tanto caminar de aquí para allá y Josué silbaba cada vez más agudo, tanto que hasta los gavilanes y pericos huían hacia azules más lejanos en el cielo. Silvestre llamó a sus amigos cuando notó que los obreros empezaron a recoger el café. Lucanor murmuraba entre dientes que todavía no podían empezar a jugar pelota. Antes de recoger el café debían cepillarlo varias veces para orearlo.
En cuanto se despejó la mitad de la trilla Josué se ubicó en el extremo donde ubicaban el home y se llevó el bate al hombro. Jacinto se acercó a unos cinco metros y sacó la pelota recubierta de cinta adhesiva azul eléctrico. En cuanto hizo el primer lanzamiento Lucanor carraspeó y le dio un puñetazo al saco de mecatillo. Silvestre apenas tuvo ocasión de avanzar con zancadas extendidas por la baranda derecha, la que daba hacia un montecillo de borra, de cáscaras de café que habían formado unos médanos cargados de verdolagas y arbustos urticantes. Quería evitar que Josué bateara la pelota a esos médanos que dificultaban la búsqueda porque engullían la esférica hasta desaparecerla. Esta vez el impacto fue seco, el sonido rebotó en las paredes de bahareque posteriores a la tercera base, donde estaba estacionada la camioneta en reversa. Lucanor doblaba el torso desnudo sobre el sacó que carga con paletadas de café a medio secar. Apenas tuvo ocasión de percibir el zumbido de un objeto próximo. La pelota pasó a escasos dos centímetros del guante estirado de Jacinto, casi se va de bruces sobre el cemento agrietado. Silvestre quería volar desde la baranda pero la trayectoria de la pelota había tomado intensidad de avispón verde, potencia de cañón, los fragmentos emergentes de cinta adhesiva conferían un efecto de motor fórmula uno a la pelota. Josué amagó con lanzar el bate, su mirada desperdigada en un rostro cargado de puntos pálidos, parecía una inmensa red incapaz de alcanzar la pelota. Antes que Lucanor pudiese reaccionar el proyectil se incrustó casi en el centro del pecho, al costado izquierdo del esternón. Lejos de mostrar algún asomo de dolor, o de prestarle atención a la mancha colorada que se dibujó cual círculo ígneo bajo los vellos pectorales, Lucanor tomó la pelota y al más vivo estilo de Sandy Koufax envió una recta hirviente que se incrustó en la pared de bahareque, desprendiendo varios fragmentos de lodos, varios lamentos de los obreros, varias zancadas de Silvestre.
La voz del muchacho sonaba pastosa, atropellada en adjetivos, recargada de miedo. Quería disculparse y todo lo que salía eran justificativos vacíos. Lucanor amenazó con hablar de inmediato con Protágoras. Esa trilla era para secar café y maíz, cualquier otra actividad era secundaria. La voz sonaba filosa, capaz de cortar muchos cabellos a ras de piel. Silvestre no sabía como calmar el temblor en las manos, la metió hasta el fondo de los bolsillos traseros del pantalón. Igual seguía mirando fijo a los ojos de Lucanor, tardaba segundos en contestar, insistía que solo querían jugar, que apenas tenían los sábados para hacerlo. Lucanor llenaba los sacos con café semi seco y los lanzaba con tal furia a la camioneta que el metal sonaba como un chubasco rabioso a plenas tres de la tarde. Josué y Jacinto se cansaron de gesticular para que Silvestre dejara eso así, que no discutiera más. Querían seguir teniendo oportunidades de regresar a jugar pelota, a armar su diamante de pedazos de cartón sobre aquel cemento desgastado.
Alfonso L. Tusa C. 28 enero 2025. ©

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